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Agroindustria azucarera y mortalidad:
análisis comparado de cuatro complejos latinoamericanos
Alfredo S. C. Bolsi y J.
Patricia Ortiz de D’Arterio *
Este texto es una versión revisada y corregida de un
trabajo presentado en las VI Jornadas Argentinas de Estudios de
Población, organizadas por AEPA y Universidad Nacional del Comahue,
Neuquén, noviembre de 2001. Este trabajo se realizó con la ayuda
financiera del Conicet.
* Instituto de Estudios Geográficos, Universidad Nacional de Tucumán y
CONICET. E-mail:
bolsi@filo.unt.edu.ar
Introducción El análisis
comparado de la evolución de la mortalidad en áreas dominadas por complejos
agroindustriales semejantes, se inscribe en el propósito general de precisar
los rasgos destacados de sus poblaciones y de discutir sobre los factores
que inciden en las variaciones sobresalientes de aquel índice.
Entre el vasto y complicado conjunto que conforman esos factores, en este
trabajo se tiene especial interés en identificar la importancia de la acción
de la clase dirigente en general pero principalmente en: a) la involucrada
en la construcción y aplicación de la estructura destinada a actuar sobre
las condiciones que inciden en la mortalidad, que aquí denominamos
ingeniería social1, y b) la que construye dichos complejos
agroindustriales.3 Está implicado en el planteo sobre la “inevitabilidad”, o
de la omnipotencia, de los procesos culturales, políticos, sociales,
económicos –y aún naturales- en la definición de los rasgos poblacionales,
en este caso, de la evolución o transición de la mortalidad.
Se sostiene, al respecto, que si bien esa incidencia existe, no es
automática. Se entiende que la responsabilidad de la dirigencia, esto es,
sus respuestas, es el timón que, a través de las decisiones que toma a
diario, contribuye a seleccionar –entre los posibles- aquellos procesos que
definen los caracteres de la población. Al mismo tiempo, se observa que
habitualmente ese factor no es considerado en toda su magnitud; en tal caso,
el campo conceptual ha ido adquiriendo un talante determinista que soslaya
la importancia de la libertad humana, esto es, la notable capacidad de
cambio derivada de los esfuerzos individuales.
El análisis comparado nos pareció apropiado para lograr estos propósitos.
Por lo general, los estudios de este tipo se han llevado adelante en forma
algo descontextualizada, esto es, considerados como “casos únicos”. Aquí se
sostiene que una “actitud comparativa” se apoya en lo que ya se conoce para
juzgar lo que se acaba de conocer. Pero debe convenirse que al comparar no
sólo se juzga mejor lo que “se acaba de conocer” sino que se conoce mejor lo
que se cree ya conocido. Los enfoques comparativos fueron definidos
modernamente por estudiosos del campo de la geografía, de la historia, de la
demografía, de la sociología y merecieron especial atención metodológica por
parte de quienes trabajan en la sociología histórica (Tilly, 1991).
Es en esos términos que un estudio anterior avanzó en el análisis del
proceso de la mortalidad infantil de los complejos azucareros de Tucumán y
del Norte (Salta y Jujuy) de Argentina durante el siglo XX (Bolsi y Ortiz,
2001). En este trabajo la propuesta es ampliar el campo de observación e
involucrar a otros complejos agroindustriales azucareros de América latina.
Ante las diferentes opciones posibles, ahora se intenta analizar la
evolución de la mortalidad general en por lo menos cuatro de esos complejos.
Es sabido que los procesos en los que se encuentra involucrada la
agroindustria azucarera tienen importantes denominadores comunes. La
globalización azucarera, o si se quiere su “mundialización”, es -según lo
que señala la bibliografía especializada- muy antigua. Puede conjeturarse
entonces que, en consonancia con ese paralelismo histórico, se habría
definido una cultura material que generó quizá más semejanzas que
diferencias: ellas se pueden reconocer en cualquier paisaje azucarero
latinoamericano. Más allá de las obvias diferencias regionales y políticas
en las que se insertan dichos complejos, pueden identificarse pautas y
conductas culturales comunes que han construido esa atmósfera territorial
casi única que posee la agroindustria del azúcar.
Para esta oportunidad se han seleccionado, además de los mencionados
complejos argentinos,4 el de Morelos (uno de los más antiguos de México) y
el también antiguo de Cienfuegos, de Cuba.5 En este trabajo se utilizaron
las estadísticas vitales suministradas por entidades nacionales, a las que
se suman en los casos argentinos las estadísticas provinciales. Se trata de
fuentes oficiales de las oficinas de estadística de México, Cuba y
Argentina, detalladas en el apartado “fuentes de datos”.
Es de destacar que la información, salvo –en alguna medida- el caso del área
cañera tucumana, es discontinua, fragmentada, por lo que en algunos aspectos
los análisis son incompletos; por ejemplo las estadísticas de Cienfuegos
hasta 1970 se refieren al Municipio homónimo, mientras que a partir de
entonces se trata de la provincia de Cienfuegos.
Se trabajó, mientras fue posible, con estadísticas según lugar de residencia
habitual; salvo en el caso de Morelos que, hasta 1974, todos los datos
disponibles son por entidad de registro. Se utilizaron tanto estadísticas
corregidas –tal es el caso de México y Cuba para algunos períodos- como
estadísticas sin ajuste para los casos argentinos, considerándose que a
pesar de su imprecisión es posible destacar los rasgos generales de los
procesos que se estudian.
Diferentes estudios han puesto en evidencia el problema del subregistro,
especialmente tratándose de la mortalidad infantil. En México, por ejemplo,
se calcula que entre 1930 y 1940 que la subestimación fue del orden del 40
por ciento (Juárez Carcaño y Camposterga Cruz, 1977:39). Para Cuba García
Quiñones (1996) señala que en 1960 existía un subregistro del 16% de las
defunciones infantiles. Algunos autores señalan que el principal problema
reside en el hecho de que existen numerosos casos de recién nacidos que
fallecen antes de ser registrados como nacimientos. Por otra parte, a veces
ni el personal sanitario ni el responsable del registro civil conoce con
certeza la definición de nacido vivo ni se discrimina adecuadamente entre
defunciones infantiles y fetales. Otro tipo de problema radica en la
extemporaneidad de los registros de nacimientos (Villaurrutia, 1982).
Desde otro punto de vista se debe señalar que las estadísticas sobre causa
de muerte adolecen de omisiones en el registro de la enfermedad que ocasionó
el deceso, especialmente tratándose de la primera mitad del siglo XX. Por
otra parte, en su calidad influyen las modificaciones que han experimentado
los criterios de clasificación establecidos por la OMS, que dificultan la
comparación de la información para las distintas áreas analizadas.
Mortalidad y complejos azucareros
Se ha creído conveniente suponer que la evolución de la mortalidad de cada
uno de los países que albergan los complejos azucareros seleccionados podría
proporcionar un primer marco de referencia que oriente la explicación de los
procesos que se desean comparar.
Es sabido, en tal caso, que hay marcadas diferencias entre los tres países;
tal vez la más importante radica en que Cuba es una economía básicamente
azucarera con un sistema de planificación estatal desde 1959, al tiempo que
en los otros dos países la economía azucarera no ocupa un lugar central y
sus sistemas político-económicos difieren del cubano actual; pero también es
sabido que si bien los procesos y caracteres económicos tienen su
importancia en la marcha de la mortalidad, hay otros factores –como por
ejemplo las políticas sanitarias o la educación- que han desempeñado papeles
primordiales en la transición de la mortalidad. Este es uno de los aspectos
que se estudiarán.
Gráfico n. 1
En primer lugar, puede observarse que nos encontraríamos frente a dos
universos distintos. Por un lado, Cuba y Argentina que, a pesar de algunas
diferencias, diseñan un perfil transicional caracterizado por su iniciación
temprana, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, y un rápido descenso
de las tasas. A tal punto, que en la década de los ’40 ya se habían ubicado
por debajo del 10 por mil manteniéndose allí hasta el fin del siglo XX; en
buena parte del trayecto postransicional, sin embargo, encontramos a los
valores de Cuba más cercanos al 5 por mil que los de Argentina pero hacia el
final, por diferentes razones,6 se observa una convergencia en torno al 7
por mil. Difiere también en los inicios del proceso: para llegar a la
primera coincidencia de los valores de las tasas de ambos países que se
produce hacia 1920 en torno al 15 por mil, la mortalidad cubana debió
descender desde más del 45 por mil al tiempo que la de Argentina sólo bajó
desde valores en torno al 30 por mil.
Por otro, el proceso mexicano inicia su transición un cuarto de siglo
después que Cuba y Argentina y logra descender de la línea del 10 por mil
tres décadas más tarde; sin embargo, principalmente por diferencias en la
estructura por edad, concluye el siglo XX con niveles de mortalidad más
bajos que el de esos países.
Las diferencias entre esos dos procesos ponen de manifiesto, obviamente, las
diferencias de los contextos económicos, sociales y políticos (y su
respectiva evolución histórica) en que se desenvuelven. El protagonizado por
Cuba y Argentina habitualmente ha sido tomado como ejemplo de excepción en
el conjunto latinoamericano mientras que el protagonizado por México se
aproxima a los valores medios y al proceso de la mortalidad seguido por la
mayoría de la población latinoamericana.
Gráfico n. 2
Quizá convenga señalar, antes de describir los rasgos de los procesos de la
mortalidad en las distintas áreas cañeras de estos países, que los cuatro
ejemplos que aquí se discuten tienen una vieja tradición azucarera como se
destacó al comienzo; sin embargo, ninguna de las unidades administrativas en
las que se instalaron esos complejos y que se consideran para calcular las
tasas están dominadas con absoluta exclusividad por la actividad azucarera.
A partir de la información utilizada, cuyas deficiencias ya han sido
señaladas, se pudo constatar provisoriamente que el proceso de la mortalidad
de tres de los cuatro complejos azucareros podría haber sido muy semejante.
Más allá de los ya indicados caracteres del contexto argentino, la
mortalidad de las áreas cañeras de Tucumán y del Norte, en una historia que
hemos denominado de “latinoamericanización”, y la de Morelos, habrían
iniciado su transición en la década de 1930. En estos tres conjuntos la
mortalidad, que antes de esos años superaba el 25 por mil, descendió
rápidamente hasta alcanzar el nivel del 10 por mil un poco más temprano en
el Norte y en Tucumán (en la primera mitad de la década de 1950) que en
Morelos (fines de la misma década). Pero la mortalidad de los paisajes
azucareros del Norte argentino, que acompañaba en su descenso a la de
Tucumán y Morelos hasta fines de los ’40, se vio sometida a un proceso
regresivo, razón por la cual detuvo su marcha descendente y luego de
describir un amplio arco recién alcanza el nivel del 10 por mil a comienzos
de la década de 1980.
La información deficiente de la provincia de Cienfuegos no nos permitió
asimilar la evolución de su mortalidad –con certeza- a la de Cuba. Cabría,
sin embargo, conjeturar que en función de la importancia de la población
rural -dominante por lo menos hasta bien entrado el siglo XX- o del atraso
relativo de los servicios sanitarios y sociales, la transición de la
mortalidad del área azucarera de Cienfuegos podría haberse dado algo más
tarde que la observada para Cuba en su conjunto. La figura que reproduce esa
marcha indica que a mediados de la década de 1930 la diferencia con la
mortalidad cubana es todavía significativa; puede observarse también que el
descenso de los valores de Cienfuegos es importante y antecedería al de los
otros tres complejos.
Por el contrario, es posible verificar que el descenso de la mortalidad
general de Cienfuegos por debajo del nivel del 10 por mil se produjo a
comienzos de los ’50 y Tucumán lo alcanzó a mediados; Morelos a principios
de los ’60 y el Norte –alejándose notablemente del conjunto- a comienzos de
los ‘80. Ateniéndonos a la dimensión secular del proceso que estudiamos, es
posible destacar en esta primera aproximación que las figuras de la
evolución de la mortalidad de los cuatro ejemplos tienen algunas
diferencias; sin embargo, sería también correcto destacar semejanzas. 7
Por último, habría que agregar que en el caso de Morelos a partir de fines
de 1950, de Tucumán luego de la segunda mitad de los ’70 y del Norte pocos
años después, la mortalidad se desarrolló en niveles más bajos que los de
cada país –probablemente por efectos de una mayor juventud de sus
poblaciones. Por el contrario, los valores casi idénticos de Cienfuegos y
Cuba podrían estar expresando una mayor homogeneidad social, económica y aún
demográfica.
Cambios en la estructura por edad de la mortalidad
Estos cambios, como es de esperar, han sido muy importantes según puede
observarse en los siguientes gráficos de mortalidad proporcional agrupada.
Gráficos n. 3 y 4
En efecto, a partir de un conjunto más bien heterogéneo de estructuras -tal
como se observa en 1940- se alcanza, medio siglo después, otro que posee más
semejanzas que diferencias. El desplazamiento de la representatividad de las
defunciones de niños hacia los grupos de mayor edad -en ese medio siglo- se
produjo, sin embargo, de dos maneras distintas. Por una parte se destaca el
proceso de Cienfuegos: el perfil de 1940 era el más evolucionado de todos,
con una muy clara concentración del volumen de fallecimientos en el grupo de
50 y más años. Por otra, en contraste marcado, las estructuras de Morelos,
Tucumán y el Norte demuestran todavía –en pleno proceso transicional- la
precariedad y el atraso de la ingeniería social de finales de los años ’30 y
el alto riesgo de muerte en todos los grupos de edades consideradas. Se pone
de manifiesto, también, la importancia del subregistro de esos años, tal
como ya se señaló.
Cincuenta años más tarde, aún cuando el grupo de estructuras se hizo más
homogéneo, la ventaja a favor de Cienfuegos se mantuvo pues su estructura se
expresa en el perfil mejor desarrollado de todos; los restantes todavía
concentran –a pesar de la evolución positiva- más del 10 por ciento de
defunciones de 0 a 1 año; de ellos, sin embargo, parece ser que la evolución
del complejo cañero de Tucumán habría sido la más favorecida.
Cambios en las causas predominantes de muerte
Para el desarrollo de este punto, que intenta describir en lo posible los
rasgos del desplazamiento del predominio de las defunciones ocasionadas por
enfermedades transmisibles –asociadas con carencias primarias- hacia las no
transmisibles, hemos encontrado algunos obstáculos en cuanto a la
información que impidieron elaborar series cronológicas comparables. En su
lugar, se construyeron los cuadros de defunciones generales por causas para
1940 y 1990. En el primero de ellos, además, se excluyó a Cienfuegos por no
disponerse, hasta el momento, de la información necesaria. A ello debe
sumarse, por otra parte, la alta proporción de causas no especificadas o mal
definidas, hecho que se inscribe en la calidad deficiente de la información
estadística de estos años en América latina. El perfil correspondiente a
1990 pone en evidencia la
mejora cualitativa de la información demográfica.
No obstante estas circunstancias críticas, los cuadros podrían expresar –de
una manera precaria, desde luego- los cambios sustanciales de los perfiles
de causas de muerte.
Cuadro n° 1: Defunciones generales por causas de muerte (en
porcentajes). Año 1940
En 1940, en efecto, las enfermedades transmisibles alcanzaban casi el 65 por
ciento en el área cañera de Morelos y en torno al 40 por ciento en las de
Tucumán y el Norte. Estas amplias diferencias podrían ser consistentes con
la de los otros indicadores que hemos visto hasta ahora. Aún cuando –como se
dijo- no se dispone todavía de información para el área cañera de
Cienfuegos, no sería de extrañar que los valores de su perfil (aunque más
altos que los de Cuba, como señala García Quiñones, 1996) sean los más bajos
del conjunto de áreas cañeras que estudiamos; la política de la intervención
norteamericana de principios del siglo XX apuntó precisamente a erradicar
las enfermedades transmisibles: los diferentes testimonios contemporáneos,
los estudios posteriores y los indicadores que aquí se utilizan,
confirmarían esa conjetura. Se repetirían, en tal caso, las diferencias en
la estructura por edad de la mortalidad que se encontraron en 1940: por un
lado un perfil probablemente más avanzado de Cienfuegos (de hecho, el de
Cuba lo era), y por otro el más crítico de Morelos. La bibliografía señala,
en efecto, que después de la revolución mexicana se registró en todo México
un importante retroceso en las enfermedades infecciosas y parasitarias.
Martínez (1970) describe en particular esta situación.
Cuadro n° 2: Defunciones generales por causas de muerte (en
porcentajes). Año 1990
Medio siglo más tarde se produjo –como es sabido- una sustancial mejora en
la calidad de la información y un descenso importante en el grupo de
enfermedades transmisibles. Sin embargo no se produjeron cambios en el orden
jerárquico de los perfiles, cuyos detalles pueden verse en los cuadros: la
sociedad cañera de Cienfuegos –y un poco cercana a ella la de Tucumán- se
mantiene algo distanciada de las del Norte pero principalmente de la de
Morelos donde la representatividad de las causas transmisibles supera en dos
veces la de aquellas dos primeras.
Al mismo tiempo, en todos los complejos se aprecia un incremento de las
muertes ocasionadas por enfermedades cardio y cerebro vasculares y en menor
medida de los neoplasmas. Por su parte, el grupo de accidentes manifiesta
una tendencia al aumento.
No obstante, cabe insistir que aún en 1990 las sociedades de los complejos
azucareros de Morelos principalmente, y del Norte, acusaban la persistencia
de las enfermedades contagiosas que representan más del 10 por ciento del
total. Al respecto, Camposterga Cruz (1996:386) destacó que al disminuir, en
las décadas de 1940-50, las causas de muerte más fáciles de evitar, los
progresos eran cada vez más lentos porque dependían del aumento del nivel de
vida. Planteo que puede hacerse extensivo al Norte.
Los cambiantes escenarios de la mortalidad Si nos
atenemos a un grado de generalización amplio, podrían identificarse dos
variantes de paisajes azucareros que resultaron de los procesos
agroindustriales que se estudian. Por una parte, es posible asociar los
complejos del Norte argentino y el de Cuba con el tipo denominado
“plantación”; por otro, los de Morelos y Tucumán, que reconocen un divorcio
estructural y funcional entre las actividades agrarias y las industriales y
a su vez una compleja organización del mundo agro-cañero. Pero al mismo
tiempo es necesario reconocer, como es obvio, que los procesos que han
llevado a esos paisajes a la situación actual han sido algo diferentes.
No es propósito hacer aquí una descripción detallada de cada uno de esos
procesos; sin embargo, es preciso intentar la descripción de un diseño
general de los cuatro contextos y sus referencias más significativas de
manera tal que nos permita interpretar los haces de relaciones que
pretendemos individualizar. Se hará hincapié, sin embargo, en los años de
mayor significación de estos procesos que se encontrarían, según se vio, en
torno a las décadas de 1920 y 1930. Ello no excluye un análisis de los años
de gestación, anteriores a estas décadas.
La plantación cubana
Se ha señalado que el sistema azucarero cubano, nacido a fines del XV, se
asimiló desde luego al régimen esclavista pero contribuyó a acelerar el
proceso de división de los grandes latifundios ganaderos pues, a diferencia
de lo sucedido en otras islas caribeñas, la industria cubana resultó de una
construcción casi popular (como sucedería dos siglos después en Tucumán) que
respondía al deseo de encontrar nuevas fuentes de bienestar (Guerra, 1976:
54).
Sólo años más tarde la esclavitud fue adquiriendo mayor importancia en la
industria azucarera que ya a fines del XVIII era la pieza fundamental de la
economía cubana. Aún así, durante muchos años de este primer período
persistió la práctica del cultivador independiente que levantaba su trapiche
para la molienda y fabricación de su producto; cuando las exigencias
industriales crecieron y se redujo el número de ingenios, muchos de los
cultivadores se transformaron en “colonos” que sembraban caña pero no tenían
trapiche o fábrica de su propiedad (Guerra, 1976: 75).
La culminación del período de plantación esclavista, hacia 1880, se asoció
con cambios internos y externos profundos. Uno de ellos era el relacionado
con el latifundismo, que resultara de la rivalidad de los centrales
azucareros surgidos luego de 1850. Deben incluirse en estos cruciales años
de fin de siglo XIX los procesos de los mercados internacionales, los
cambios tecnológicos y ese amplio conjunto de factores que influyeron
decisivamente en la transformación de casi todos los complejos azucareros
del mundo. A ello se suma, según lo apunta Moreno Fraginals (1978: passim),
la decadencia de la esclavitud, los procesos desencadenados luego de la
revolución de 1895 y la intervención norteamericana.
Los altos niveles de mortalidad de la isla durante el período de dominio
español, especialmente la gran incidencia de las enfermedades epidémicas,
movilizaron a los norteamericanos durante los años de su intervención,8 a
poner en práctica una serie de medidas que buscaban proteger a la población
local y, con ello, a sus propios ciudadanos, principalmente a través de la
construcción de carreteras, la realización de trabajos de alcantarillado y
de potabilización del agua, obras de saneamiento ambiental en ciudades y
pueblos, la construcción de acueductos, los controles sanitarios básicos de
puertos y alimentos y la notificación y control de enfermedades infecciosas;
pero, más que nada, mediante la ejecución de un ambicioso plan de salud
pública- que incluyó la unificación en un solo organismo de todas las
funciones y problemas relacionados con salud (en 1906), la creación de la
Secretaría de Sanidad y Beneficencia (en 1909) y la ampliación del servicio
estatal y privado de salud 9. Además, se construyeron hospitales
especializados para la atención de tuberculosos y leprosos. Habría que
agregar a ello el crecimiento del ingreso nacional, que fue del orden del 71
por ciento entre 1905 y 1924, y la mejora en la enseñanza: las personas
alfabetas en 1907 eran menos del 57 por ciento del total de la población y
en 1953 había subido a más del 76 por ciento (García Quiñones, 1996: 21-26).
Los efectos en la reducción de la mortalidad se hicieron evidentes muy
pronto. En pocos años desapareció la fiebre amarilla y la viruela (CEDEM,
1976: 165), cambió la dinámica de las causas de muerte y cayó rápidamente la
mortalidad infantil. Durante la primera mitad del siglo, la esperanza de
vida en Cuba aumentó de 38 a 59 años: un nivel 12 años más alto que el
promedio latinoamericano (Jiménez Araya, 1995).
Por otra parte, aún cuando la concentración del conjunto de las actividades
se incrementó en este período de plantación capitalista, el colono agrícola
era un sector sustancial del complejo azucarero; a comienzos de la década de
1940 su número alcanzaba casi a los 30.000 (República de Cuba; Censo del año
1943: 265). 10 El sistema de retribución a los agricultores había sido
definido claramente en la ley de coordinación azucarera de 1937, casi con
seguridad como uno de los resultados de su agremiación (Asociación de
Colonos de Cuba), realizada en 1934.
Este movimiento gremial cañero había tenido su correlato, en 1934, con la
creación de la Asociación Nacional de Hacendados de Cuba, integrada por los
industriales de la caña de azúcar que, en 1942, dirigían 158 centrales
(República de Cuba; Censo del año 1943: 267). El mundo agroindustrial era
integrado también por 500.000 braceros, que según la legislación vigente en
esos años debían trabajar 8 horas diarias y percibir en torno a $1.40
diarios (Ibídem: 266).
Sin embargo, se sostuvo que resultó muy difícil detener el creciente avance
del latifundismo asociado con el monocultivo azucarero y con un mundo
industrial corporativo. En 1940 esos latifundios abarcaban 32 millones de
hectáreas. El avance se hacía a costa del desplazamiento de los agricultores
independientes, al tiempo que el peón y los macheteros cubanos continuaron
siendo desplazados por braceros importados (Guerra, passim).
La desigual lucha en la cual la plantación azucarera que iba paulatinamente
ahogando el contrapeso democrático del mundo cañero, fue zanjada a partir de
la década de 1960. En efecto, desde esos años, dice Dembicz, se buscó
acelerar la concentración y la uniformidad de los cultivos azucareros en
grandes unidades productivas, al tiempo que se eliminaba la diversidad y el
“mosaico de usos”. Fue especialmente a partir de fines de los ’60 que esa
política se fue plasmando en plantaciones de caña de azúcar –en realidad,
grandes complejos agroindustriales- con administración central. Hacia fines
de los ’80, sin embargo, estas plantaciones, unas 82 empresas en total, con
alto grado de uniformidad cultural, una organización económica y espacial
que respondía a la lógica de la planificación estatal, estructuradas en
torno al batey azucarero que era su centro social, tecnológico, económico e
industrial, coexistían con las llamadas “empresas agroindustriales
socialistas” que incorporaban la agricultura tradicional campesina.
Los cambios políticos y económicos de fines de la década de 1950 no
alteraron las principales tendencias que se venían operando en años previos
en materia de ingeniería social. Antes bien, las medidas se intensificaron11
para corregir los desajustes en distintos aspectos de la marcha de la
mortalidad, a tal punto que se redujeron los niveles de la mortalidad
infantil, las diferencias regionales y especialmente las urbano-rurales.
Cañeros e industriales de Morelos
En México y especialmente en el estado de Morelos, el proceso siguió un
camino casi opuesto al cubano. 12 En efecto, la historia se inició allí con
la hacienda azucarera; ese sistema se fue consolidando paulatinamente a tal
punto que a principios del siglo XVII ya se habían organizado 15 ingenios en
el estado de Morelos.
Puede añadirse que el proceso de consolidación fue tan fuerte que la
hacienda azucarera que encontramos allí dos siglos más tarde es la
continuación del sistema colonial pero con una estructura mucho más sólida y
compleja; más tarde, hacia finales del porfiriato, en torno a 1900, Morelos
contaba con 26 ingenios que producían el 30 por ciento del azúcar del país.
La pax hacendaria, al decir de Crespo (1990), paternalista, rígida,
tradicionalista, con un claro sistema de lealtades, había permitido
–aparentemente sin problemas-13 la asimilación del proceso de modernización
tecnológica que alteró la vieja estructura fabril y agraria. No había
alterado, sin embargo, la tendencia de la mortalidad general según se viera
más arriba.
El ingenio moderno surgido de este proceso creó problemas de orden social,
pero también permitió algunos avances de la ingeniería social a través de la
reducción de las jornadas de trabajo (de 12 a 8 horas), del aumento de la
seguridad laboral en cuanto a accidentes y, lo que resultó importante, del
incremento salarial (que ya se venía observando desde 1840). Esa tendencia
se consolidó mucho más entre los obreros de las fábricas y durante el último
tramo del XIX y la primera década del XX (Crespo, 1990: 678/80). Entre 1877
y 1910 la población de Morelos había crecido a un ritmo de 1,4%; el producto
bruto, en el orden de 2,7 % (Jiménez Guzmán, 1988: 16).
Sin embargo, es sabido que en 1910 el proceso de crecimiento de las
plantaciones azucareras sufrió una fuerte alteración. Hasta esa fecha, el
sistema había acumulado casi 320.000 hectáreas de tierra agrícola de
Morelos, al tiempo que las propiedades pequeñas sumaban 37.000 hectáreas y
las tierras de los pueblos 144.000 hectáreas.
La revolución, que de una manera u otra buscó alterar ese orden de
magnitudes,14 tuvo también efectos contrapuestos. Así es que el gran
esfuerzo de crecimiento y modernización de finales del Porfiriato se diluyó
–incluso con regresión- como consecuencia de esa guerra; los incendios,
destrucciones y robos, que se multiplicaron por la región, precipitaron los
niveles de producción de los ingenios morelenses a tal punto que en 1925 el
presupuesto estatal –que antes se solventaba con los impuestos industriales-
dependía de los subsidios federales.
Resulta casi imposible resumir la compleja trama de procesos que se
desarrollaron entre los inicios de la guerra, en 1910 y la situación de la
agroindustria azucarera imperante hacia fines de la década de 1930. En ese
lapso los complejos azucareros del área no sólo sintieron los efectos de la
guerra, sino también los de los diferentes mecanismos, ritmos, leyes,
políticas y regulaciones sobre uso y reparto de la tierra. Como resultado de
ello puede constatarse que ya a fines de los ’30 los ingenios no tenían
tierras propias, aunque en su lugar había una zona exclusiva de
abastecimiento destinada al cultivo de la caña de azúcar.15
Se sostiene que recién en la década de 1940 Morelos recuperó su producción
azucarera; pero en ese nuevo escenario ya se habían incorporado otros
factores que tendrían una fuerte gravitación en los procesos posteriores. De
ahora en adelante la evolución de los complejos agroindustriales morelenses
–y del conjunto de la economía estatal- estaría mucho más ligada a la
gestión omnipresente del gobierno federal y a la incorporación más activa,
luego de los centenares de huelgas realizadas en 1935,16 del gremialismo
obrero,17 de las corporaciones cañeras y del campesinado entre otros
actores.
Es en estas décadas, la de 1920 pero principalmente la siguiente que, según
se vio, encontramos la transición de la mortalidad de México y casi al mismo
tiempo de Morelos. Durante estos años, además de las luchas gremiales, sus
fracasos y sus éxitos, se sienten otros efectos de la revolución a través de
los primeros programas de salud pública, a las campañas nacionales de
vacunación18, a la utilización generalizada de insecticidas, a la mayor
infraestructura sanitaria y a los programas de salubridad realizados por
organismos internacionales 19 o por la Secretaría de Salubridad y Asistencia
(Martínez, 1970; Camposterga Cruz, 1996.).
Pero para Camposterga Cruz la importación y aplicación de tecnología médica
no explica todo el proceso pues en esos años hubo una sustancial mejora en
los niveles de vida a través del incremento en la disponibilidad de
alimentos (resultado de la reforma agraria) y de programas de integración y
desarrollo, esto es, fundación de instituciones de salud, educación y
seguridad social, como así también la mejor legislación laboral. A ello le
suma el efecto de los programas educativos nacionales, iniciados desde 1920,
por los cuales se impartieron en las escuelas clases de higiene, nutrición y
prevención de la contaminación del agua (Morelos, 1973) y la disminución del
analfabetismo20. José Morelos, por su parte, menciona que cambios en los
hábitos de consumo (consumo de agua hervida donde no hay provisión de agua
potable, de leche pasteurizada y de alimentos sanos por parte de los
niños21) y en los hábitos culturales en general (generalización de depósitos
de basura), el mejoramiento de la sanidad han sido muy importantes para
controlar ciertas enfermedades infecciosas.
Por otra parte, el gobierno federal no sólo se incorporó al sistema
azucarero como una pieza fundamental sino que, al mismo tiempo, puso en
práctica diversos proyectos que, en su conjunto, modificaron al cabo de
algunas décadas la fisonomía casi exclusivamente agroindustrial de Morelos.
La incorporación casi masiva del Estado en el complejo azucarero, como se
afirmó, se inició temprano en el siglo XX y luego de estar comprometido con
los procesos de reparto de la tierra puso su empeño en los conflictos que la
nueva estructura azucarera había generado.
Las acciones, en efecto, abarcaron varios “frentes nuevos” y atendieron
hasta la década de 1940 aspectos tan diversos como los conflictos de los
obreros con los industriales,22 la creación de cooperativas y aún de
ingenios cooperativos como el caso del exitoso Emiliano Zapata en Zacatepec,23
o, en fin, las extensiones de las zonas de abastecimiento en materia prima a
los ingenios, los que se obligaban, a su vez, a adquirir toda la caña de
azúcar que se produjera en dichas zonas, a precios legales vigentes (Jiménez
Guzmán, 1988: 32).
La construcción de la autopista México - Acapulco, en 1952, pero
principalmente el desarrollo de los proyectos Ciudad Industrial del valle de
Cuernavaca a comienzos de los ’60 y del parque industrial en 1978,
orientaron la economía morelense hacia otros sectores y –según se dijera-
fue una de las razones que motivaron el fuerte ritmo de crecimiento
demográfico de las últimas décadas (Oswald, 1992: 69-75).24
Estas acciones –entre otras tantas- permitieron reemplazar aquella pax
hacendaria, por la nueva pax federal. En general, hay coincidencia en
destacar que el sector azucarero mexicano tuvo un auge notable a partir de
la década de 1950, al tiempo que en el caso de Morelos el crecimiento
–basado más en la expansión de la superficie que en aumento de los
rendimientos- fue sostenido entre 1956 y 1967 en el cual la producción llegó
al punto más alto de la historia (Crespo, 1992: 221; Oswald, 1992; Jiménez
Guzmán, 1988: 32). Sin embargo parece ser que es nueva pax encerraba algunos
problemas que se hicieron más evidentes a fines de la década de 1960.
La baja rentabilidad del sistema, la presencia de empresas con saldos
negativos, la caída de los niveles de inversión y de la productividad
agrícola no pudieron asociarse con la favorable coyuntura que planteaba las
nuevas relaciones entre Cuba y Estados Unidos luego de 1970, un acicate
suficiente para su recuperación (Crespo, 1992: 221; Jiménez Guzmán, 1988:
32). La crisis, en efecto, era profunda pues ya en 1968 los ingenios
operaban con pérdidas y en 1969 algunos debieron ser cerrados y otros
declarados en emergencia, al tiempo que se redujo la superficie sembrada con
caña (Jiménez Guzmán, 1988: 33).
Con la estatización de la industria azucarera a partir de 1970 el gobierno
quedó como único responsable de la marcha fabril. Durante la década de 1980
administraba 50 ingenios (ello significaba el 75 por ciento de la producción
total) de los cuales 37 trabajaban a pérdida; a ello se sumaba –como suele
suceder en las administraciones estatales- una gran pluralidad de agentes
gubernamentales que intervenían en su manejo. Esta situación, por último,
comenzó a revertirse a partir de finales de 1980 como resultado de una serie
de medidas que Crespo detalla ordenadamente (Crespo, 1992: 223 y subs.).
Entre las décadas de 1960 y 1970 la caída de la mortalidad se hizo más lenta
y recién en los años ’70 el descenso tomó un nuevo impulso, especialmente
por los avances sociales. Sin embargo, el nivel de la esperanza de vida de
México en 1980 (64.6 años) era similar al de los países desarrollados en
1940.
Hoy, al cabo de este proceso, la industria azucarera morelense conforma un
complejo integrado por dos ingenios (donde trabajan 1565 obreros)25 y más de
15.000 has cultivadas con caña que ocupa el 40 por ciento del total de la
superficie irrigada del estado. No se ha podido obtener el total de
cosecheros implicados en cada zafra, pero es de destacar, según lo que
señala Oswald, que durante la cosecha se hablan hasta 32 lenguas indígenas
(1992:82).
Cañeros e industriales de Tucumán y plantación del Norte
Se ha señalado que los territorios agroindustriales del Norte (Jujuy y
Salta) y de Tucumán difieren en sus medios naturales, pero principalmente en
las formas de uso y de reparto que histórica y actualmente ambas sociedades
hacen de dichos medios.
Esto puede observarse a través del poder económico, sin parangón en el Río
de la Plata, que hacia fines del período colonial ostentaba como dueña de la
tierra la elite del Norte, en contraste con los grupos dominantes tucumanos
integrados principalmente por mercaderes, donde la tierra estaba bastante
subdividida y ocupada por una creciente clase campesina. Este carácter
distintivo de ambos paisajes puso –desde sus inicios- una distancia casi
insalvable entre ambos mundos agroindustriales.
Además, el complejo azucarero del Norte se desarrolló en un área de
fronteras, de población escasa, dominada por extensas haciendas, fortines,
presidios y reducciones. Por el contrario, la actividad cañera tucumana
creció en el corazón campesino, correlativa con una transformación donde una
labor agrícola en aumento asociada con la agroartesanía local, como la
elaboración de azúcares, se abría paso sobre una dominante actividad
ganadera. En ese contexto se diseñó la base de la actividad azucarera que
dominaría la economía tucumana luego de la tercera década del siglo XIX.
El paisaje agrícola tucumano, entonces, se estructuró sobre la base de un
“trípode funcional” (las fábricas, los proveedores de materia prima –que
desde los inicios de las actividades conformaron un sector separado de la
industria- y los obreros) a los que se le agregó luego la persistente y
masiva acción del Estado, mientras que en el Norte la estructura central era
el ingenio-plantación en la que se asocian la propiedad agrícola productora
de materia prima y la fábrica. Si bien el Estado y los obreros se sumaron a
esta estructura, el perfil de la plantación no se desdibujó en el Norte.
Hacia los últimos años del siglo XIX la agroartesanía, si bien persistía, ya
había sido reemplazada en buena medida por la agroindustria, montada al
amparo de los aranceles y sobre la base de una radical innovación
tecnológica viabilizada por una importante inyección de capitales. Los
cambios tuvieron mayor alcance en Tucumán. Hasta 1895, cuando se produjo la
primera crisis de superproducción, en el Norte se habían instalado 4
ingenios pero 35 en Tucumán. La demanda de materia prima fue entonces más
imperiosa en esta provincia donde la superficie cañera había aumentado más
de 30 veces entre 1872 y 1895 mientras que en el Norte había subido sólo 5
veces, hasta algo menos de 3.000 has. Además, las casi 55.000 has de Tucumán
estaban repartidas en 2.600 cañeros, lo que arrojaba un promedio de 20 has
por explotación. En Jujuy, con 16 propiedades, el promedio era 6 veces y
media más alto que en Tucumán.
Si se ha destacado la crisis de 1895 es porque en ese año no sólo se rompió
el equilibrio entre los actores del mundo azucarero sino porque a partir de
entonces el Estado, que de alguna forma ya se había hecho presente a través
de los aranceles aduaneros y de otras medidas, iría cobrando una importancia
creciente –inédita- principalmente a través de sus propuestas regulatorias
hasta convertirse en uno de los actores decisivos de los complejos
azucareros, aunque con especial incidencia en la agroindustria tucumana. Se
ha dicho, al respecto, que la diferente forma de articulación de estos
actores (industriales, cañeros, obreros, Estado) definieron el proceso
azucarero en el cual las crisis fueron la situación dominante.
Por otra parte, la activa y creciente participación del Estado a partir de
estos años podría estar señalando el paso de lo que Popper llamó el
“capitalismo sin trabas” hacia el “intervencionismo político”. No significa
ello la ausencia estatal previa a esta fecha; pero a partir de 1895 el
Estado avanzó sistemáticamente sobre cada uno de los aspectos centrales de
los complejos azucareros. Además, el paso tiene un significado importante
para este trabajo: el “intervencionismo” se asoció con la elaboración y
puesta en práctica de una “ingeniería social” –estatal- que antes de estos
años no era muy sólida en ninguna de las dos comarcas.
La mortalidad, en efecto, tuvo por lo menos hasta 1920 valores altos y una
marcha muy irregular, común a todo proceso pretransicional.26 Es en esos
años que comenzó, según lo que hemos visto, la transición, aunque suavemente
en los comienzos, para acentuarse a partir de fines de los 30 y mantenerse
en fuerte descenso por lo menos hasta finales de la década de 1940.
Esas variaciones y los altos registros del período pretransicional ponen en
evidencia la fuerte desprotección de las sociedades cañeras de esos años,
mitigada primero por la sociedad civil y la acción de las empresas
azucareras y por la acción estatal luego de la crisis de 1895. Fue también
importante la acción de los gremios (al parecer, más contundente en Tucumán
que en el Norte). Debido a su presión, se fue desmontando la estructura de
las proveedurías, vales, raciones, salarios bajos, etc. (Bolsi y Ortiz,
2001: 81). El equipamiento sanitario de las áreas cañeras se incrementó con
cierto ritmo a partir de comienzos de la segunda década del XX con la activa
participación de un grupo de empresarios, de manera que hacia 1920 todos los
ingenios contaban con médicos y varios de ellos con hospitales. A ello se
sumó la legislación laboral y la mejora en los servicios educativos, entre
otros.27 Aún cuando el descenso de la mortalidad ya se había iniciado antes
del advenimiento del peronismo, cabe rescatar el importante papel jugado al
respecto, especialmente en diferentes aspectos de la legislación laboral (Bolsi
y Ortiz, 2001:89).28
Las diferencias en la construcción de ambos paisajes tuvieron diversas
consecuencias.29 Por una parte, el complejo tucumano ha sido más frágil
frente a obstáculos y problemas tanto de orden natural como de cambios
bruscos en los mercados. En contraposición, el intervencionismo, en lo que
hace a la ingeniería social, encontró en Tucumán un campo más fecundo para
mitigar los efectos de las crisis. Asimismo, el Norte tuvo tradicionalmente
menor peso político que Tucumán, que contaba con una industria mucho más
integrada a la provincia. Esta condición cambió gradualmente y se sostiene
que hoy en día el Norte tiene una mayor presencia en el escenario nacional.
Además, esta mayor fragilidad explica la diferencia en los impactos que la
crisis de mediados de 1960 ocasionó en ambos complejos. En efecto: mientras
que en Tucumán se cerraron 7 ingenios, quedaron sin cupo 7.000 cañeros, se
redujo en 50.000 hectáreas la superficie sembrada de caña de azúcar y
150.000 personas emigraron por problemas de empleo, en el Norte la
superficie de caña y la producción aumentaron considerablemente. Sin
embargo, hemos visto que en esos años el curso de la mortalidad del complejo
norteño se separó del de Tucumán. Al respecto, se ha señalado (Bolsi y
Ortiz, 2001: 70) que ello se debe a la incidencia de la mortalidad infantil
del área azucarera salteña, que luego de un período de descenso hasta 1955,
vuelve a crecer -"en forma notoria"- en especial durante la década de 1960;
esta reversión se observó también en Jujuy, pero de una manera mucho más
atenuada. A su vez, esta regresión fue interpretada como un testimonio de la
acumulación de persistencias del pasado, que la ingeniería social no había
logrado desplazar (Id.: 90).
Nuevamente la crisis golpeó con más rudeza en la estructura tucumana durante
el proceso de desregulación de la década de 1990 y de la crisis de
superproducción de 1997-1998, de la cual una propuesta de salida, que
fracasó, era el convenio de fideicomiso firmado en 2000 por la casi
totalidad de los ingenios. En buena medida, estas circunstancias explican
las condiciones poco favorables de la mortalidad en estos años,
principalmente de la mortalidad infantil.
Conclusiones Los cuatro paisajes azucareros
recorrieron un largo proceso que en México y Cuba se iniciara durante el
período colonial. A través de esa historia se han desarrollado muchos
elementos comunes de la cultura material pero se transitaron caminos de
territorialización diferentes. Así, sociedades azucareras que en lo cultural
podrían definirse como relativamente homogéneas, han construido sin embargo
paisajes estructuralmente diferenciados: a fines del siglo XX se distinguen
las plantaciones (unidades funcionales en torno al batey o al ingenio, como
es el caso de Cienfuegos y de los complejos del Norte) de los complejos
disociados, como sucede en Tucumán y Morelos, con actividades industriales y
agrícolas diferenciadas.
En ese contexto se distingue claramente la década de 1930 por su
significación en la historia de mortalidad pues, con la probable antelación
de Cienfuegos, en todos ya se había iniciado el proceso transicional.
Superando de distintas maneras el período de marcada desprotección social a
comienzos de los ’50, o probablemente antes, la mortalidad de la población
del área azucarera de Cienfuegos había logrado descender el 10 por mil; la
de Tucumán lo hizo a mediados de esa década, la de Morelos a principios de
los ’60 y la de los complejos del Norte, luego de la regresión señalada, a
comienzos de 1980.
Según la mortalidad por edad en 1940 -en consonancia con su proceso de
avanzada- la estructura de Cienfuegos demostraba el mejor perfil, al tiempo
que en los complejos restantes persistía el alto riesgo de muerte en todas
las edades, poniendo de manifiesto el retraso de la ingeniería social. Medio
siglo más tarde las estructuras ostentan perfiles más homogéneos aunque el
de Cienfuegos persiste como el más desarrollado, seguido por el de Tucumán.
Cienfuegos también pone en evidencia una menor proporción de muertes por
enfermedades transmisibles en 1940, en marcada oposición con Morelos, donde
esas causas eran responsables del 65 por ciento de las defunciones. En
Tucumán y en los complejos del Norte, los valores eran cercanos al 40 por
ciento. En 1990 la transición epidemiológica dio muestras de haber avanzado
más en Cienfuegos y Tucumán, con valores inferiores al 8 por ciento entre
las transmisibles y algo menos en el Norte y en Morelos, que cuenta todavía
con la más alta proporción de muertes por enfermedades transmisibles.
Es posible adelantar algunas conjeturas sobre las coincidencias y
diferencias observadas en la evolución de la mortalidad de la población de
los cuatro complejos agroindustriales azucareros. En tal caso, obviamente
debe advertirse el notable efecto de la presencia –o ausencia- de la clase
dirigente comprometida con los problemas de salud pública. Se advierte un
marcado contraste entre las administraciones española y norteamericana en
Cuba, ambas con fuertes intereses económicos y políticos en la isla. Se ha
visto que en Cienfuegos (como en casi todo el ámbito cubano) la aplicación
de una ingeniería social compleja –que reemplazó a la organizada por España-
dio resultados positivos en muy poco tiempo. Debido a ello, Cuba conformó un
caso de excepción en Latinoamérica. Pero, además, resulta evidente que las
generaciones posteriores a estos trascendentes años iniciales supieron
instalarse en esa tendencia, consolidar la tradición sanitarista y aún
acrecentar la complejidad y eficiencia de la ingeniería social y –en las
últimas décadas- reducir los desniveles que persistían en el territorio
nacional. En este caso el alto grado de compromiso, a partir de la ocupación
norteamericana, excedió el carácter ideológico o político de esas
administraciones de diverso signo.
En los ejemplos argentinos (donde se destacaron diferencias entre Tucumán y
el Norte), no ha sido posible advertir una acción tan fuertemente
comprometida de la clase dirigente como en el caso cubano. En diversos
aspectos fue más reticente y tardía (de hecho, lo fue con respecto al
conjunto argentino). Al mismo tiempo, se observó que no hubo en los casos
argentinos una intervención extranacional; en todo caso, dicha intervención
habría sido tal vez más acentuadamente extra regional, esto es, a partir del
Estado nacional. Esta “reticencia” al compromiso, o demora en asumirlo
plenamente, coincidió con una mayor participación de la actividad y de las
presiones gremiales que, conjuntamente con la acción de las élites
agroindustriales locales, prepararon una mejor articulación con las medidas
derivadas de una creciente presencia del Estado nacional en la región.
Al retraso de la transición de la mortalidad de los complejos argentinos con
respecto a la de Cienfuegos, se sumó la regresión de la mortalidad que se
viera en el Norte luego de la década de 1950. La conjetura es que el proceso
de territorialización, cuyo resultado fuera la plantación azucarera, habría
jugado su papel en esta circunstancia. El carácter de enclave, la rigidez de
su estructura funcional y social –donde la esclerosis de la dirigencia
podría haber sido importante- habrían debilitado los controles sociales, de
hecho los de la acción gremial, y probablemente los avances en materia de
estructura sanitaria hasta fines de los ’60. Obsérvese que la profunda
crisis azucarera de esa década, afectó mucho más –en lo social y económico-
al paisaje azucarero tucumano (más socializado), pero la impactante crisis
de mortalidad (especialmente de mortalidad infantil) se desarrolló en el
Norte, principalmente en el área azucarera de Salta. El perfil
epidemiológico de los ’90, en tal caso, demuestra una mayor similitud de las
estructuras de Cienfuegos y Tucumán, más avanzadas, y de Morelos y el Norte,
algo más retrasadas.
El caso de Morelos es el de mayor complejidad del conjunto que se analiza.
Las respuestas de la clase dirigente local y nacional a los problemas de
esta sociedad agro azucarera habrían sido las más débiles de todos los
casos. Esta ausencia (especialmente durante la pax hacendaria del porfiriato)
tuvo el correlato de las altas tasas de mortalidad pretransicional (más
elevadas que los niveles latinoamericanos de Tucumán y el Norte). El
gremialismo, pero especialmente la revolución (circunstancia ajena a los
otros complejos) buscaron cubrir aquel déficit de respuestas. Luego de la
guerra se inició un largo y complejo proceso de reconstrucción del
territorio azucarero, juntamente con la redefinición y reorganización de la
ingeniería social. Se señaló en tal caso que el reparto de la tierra a
campesinos fue tan importante como la aplicación de nuevos programas de
salud pública alentados y financiados por el Estado nacional y por entidades
extranacionales. A ello se sumó, luego, la organización de cooperativas y
una más intensa presencia gremial. Cuando finalmente la estructura azucarera
se recuperó en torno a los ’40, la transición de la mortalidad, que ya se
había iniciado en los ’30, se aceleró, pero a partir de una situación de
desventaja con respecto a los otros complejos según nos señala su perfil
epidemiológico de esos años. Esa desventaja persiste aún en los ’90, a pesar
de haberse puesto en plena marcha la ingeniería social a partir de la década
de 1950 con fuerte presencia del Estado federal y de organizaciones
internacionales.
Notas
1 Se trata de un concepto utilizado habitualmente por Karl
Popper, pero que en este caso se podría interpretar como una malla de
contención que busca combatir y atenuar los factores que inciden en la
mortalidad, construida a lo largo de décadas por diversos autores y en
distintas circunstancias como resultado de políticas y acciones mancomunadas
unas, aisladas otras, aplicadas con persistencia u olvidadas pronto. En su
conjunto, esas políticas y acciones se perciben como una combinación de
intervenciones internacionales, nacionales o provinciales públicas, o de
instituciones o agentes privados, como gremios, por ejemplo, u otros
organismos que fueron buscando solucionar los problemas de la realidad
social. El concepto parece apropiado para este análisis comparado: involucra
no sólo las políticas y acciones sanitarias, incluidas sus campañas y
programas, sino también las políticas y acciones sociales y económicas, que
comprenden aspectos como educación, legislación laboral y evolución de
salarios, vivienda e infraestructura general; no deben excluirse las
convulsiones sociales ni lo que de denominaría la “tradición sanitarista”,
que aquí preferimos entenderlo como el grado de compromiso de las elites. La
ingeniería social sería también una expresión de la cultura cívica y social
de los responsables del bien público.
2 La base conceptual de esta expresión tiene que ver con la tradición de la
escuela de Berkeley; se encuentra asociada también con las ideas de
“territorialización” (Harvey, 1998).
3 En un grado de generalización quizá excesivo pero útil para este trabajo
la “sociedad constructora” (en todo caso los “agentes sociales”) es
sumamente heterogénea y cambiante en el tiempo, integrada por actores
locales, nacionales y aún internacionales que han participado de esa tarea,
involucrados en un también cambiante proceso capitalista; sistema económico
y actores han ido construyendo –o reconstruyendo- permanentemente ese
paisaje azucarero desde el último tercio del siglo XIX hasta hoy en México y
Argentina y hasta 1959 en Cuba. A partir de esa fecha el paisaje cubano
reflejó la influencia de la planificación estatal principalmente.
4 El complejo azucarero de Tucumán está integrado por los departamentos
Alberdi, Cruz Alta, Chicligasta, Famaillá, Leales, Lules, Monteros, Río
Chico y Simoca mientras que los departamentos Güemes (antes Campo Santo) y
Orán de Salta y El Carmen, Ledesma, San Pedro, Sta. Bárbara y Palpalá de
Jujuy se identifican como “área cañera Norte”.
5 Es sabido que el proceso azucarero de Cienfuegos es muy semejante al de
Cuba. Pero en términos poblacionales y a los efectos comparativos hemos
preferido desechar a Cuba en su conjunto –aunque no totalmente, como veremos
seguidamente- pues incluiríamos allí otros procesos (por ejemplo el de la
urbanización) que distorsionarían la propuesta original.
6 No se reiterarán aquí los pormenores de los procesos de cada país. Una muy
calificada bibliografía da cuenta de ello.
7 Es posible que la mortalidad de Cienfuegos ya se haya encontrado en
proceso avanzado de transición durante los años 30; ello podría suponerse en
función de los resultados obtenidos por la ingeniería social de la
intervención norteamericana que desde los primeros años del siglo XX se
expandió en todo el territorio y especialmente en las áreas
agroindustriales.
8 Que ya habían comenzado a invertir en ferrocarriles e ingenios azucareros
antes de la guerra de la independencia.
9 De 56 hospitales y clínicas estatales y privadas que existían en 1907
pasaron a 134 en 1934.
10 Esa misma fuente señala que el 40 % de esos colonos pertenecían a la
provincia de Las Viñas, donde el distrito de Cienfuegos –nuestro caso de
estudio- era uno de los bastiones azucareros.
11 Entre ellas se pueden citar la reducción -a un 50%- del precio de las
medicinas, las campañas de vacunación, la construcción de policlínicos (que
sumaban 397 en 1982) y centros de atención neonatal, los programas de
atención materno-infantil, la elevación del número médicos por persona -de 1
médico cada 1087 habitantes en 1958 se pasó a 1 médico cada 203 habitantes
en la actualidad, el aumento del presupuesto dedicado a salud (que en 1990
fue 32 veces mayor que en 1959), el carácter estatal y gratuito de los
servicios de salud, la desaparición del analfabetismo y la elevación del
nivel educativo, especialmente de las mujeres. Y en la década del ’80 la
instauración del plan “El médico de familia” que consiste en la asignación
de 1 médico cada 120-160 familias que desarrolla tareas preventivas,
curativas y educativas con respecto a la población del vecindario que se le
asigna (García Quiñones, 1996).
12 Uno de los aportes fundamentales sobre el tema azucarero mexicano es el
de Horacio Crespo (1990) de quien tomamos la mayor parte de la información
que aquí se ofrece.
13 Moreno Fraginals conjetura que parte de los numerosos incendios de los
campos conformó una de las formas de protesta (citado por Crespo, 1990: 686)
frente a la necesidad, creada por la nueva tecnología fabril, de ampliar la
superficie cultivada a expensas de las tierras de las aldeas.
14 Señala Crespo que en este estado de Morelos, con la revolución iniciada
en 1910, se desarrolló la reforma agraria más temprana –y radical- que se
diera en un área de plantación.
15 No todos los productores agrarios tenían autorización para cultivar caña
de azúcar y se sostenía que la siembra era función de la capacidad de
molienda del ingenio. A su vez los cañeros, muy a menudo organizados en
cooperativas- debían cumplir varios requisitos; entre ellos, algo semejante
a la plantación cubana actual, aceptar la supremacía y control de la labor
agraria por parte del ingenio.
16 En 1936 se constituyó el Sindicato de Trabajadores de la Industria
Azucarera y Similares de México.
17 El movimiento obrero en el proceso agroindustrial tuvo una importancia
muy grande. Aparte de las reivindicaciones en materia de salud, duración de
las jornadas laborales, carencia de servicios médicos, inestabilidad del
trabajo o arbitrariedad patronal que comenzaron a ser discutidas en Morelos
entre finales de los ’20 y comienzos de los ’30, la cuestión salarial fue
uno de los núcleos centrales de la gestión gremial. Así es que en la década
de 1936 a 1945, el salario del peón de la industria azucarera ascendió de
$1.30 diarios a 3.30. En la década siguiente, se mantuvo en torno a los
$3.30 pero entre 1955 y 1976 pasó de 3.30 a 7.50. A partir de ese año, a
tono con el ambiente crítico de la agroindustria, los salarios descienden,
por primera vez desde los ’30, de $7.50 a 4.50. (Crespo, 1990: 729).
18 En México, las vacunas BCG, Sabín, contra la influenza, difteria y
varicela, se usaron por primera vez en forma masiva después de los años ’40
(Morelos, 1973:132).
19 Antes de la segunda guerra, la Fundación Rockefeller, la OPS. y el
Servicio de Salud Pública de USA establecieron programas para tratar de
eliminar la fiebre amarilla y la bubónica en el continente americano, y
México fue uno de los principales países beneficiados. Asimismo durante la
guerra, USA (mediante el Instituto de Asuntos Internacionales y de la
Oficina para el control del Paludismo en las áreas de guerra) desarrolló
programas cooperativos de salud en 18 países americanos, entre ellos México
(Morelos, 1973: 132).
20 La población alfabeta en 1940 alcanzaba el 41,7% y en 1960 el 62,2 % (Camposterga
Cruz, 1996:375)
21 El Instituto Nacional de Protección de la Infancia en la década de 1950
llevó a cabo campañas que tuvieron como objetivos mejorar la dieta infantil
(Morelos, 1973).
22 Crespo rescata el laudo de Cárdenas, en 1936, que constituye el primer
contrato colectivo de trabajo de la estructura azucarera.
23 Muy pronto, sin embargo, debió afrontar problemas de minifundio en su
área agrícola pues el reparto de la tierra no había incorporado entre sus
previsiones el eterno problema de los “recursos fijos” frente al crecimiento
demográfico.
24 Entre 1970 y 1990 la población de Morelos casi se duplicó: de 616.000
habitantes pasó a 1.195.000.
25 El parque industrial de Morelos está integrado por 280 establecimientos
con 26.500 empleados. El valor que se obtiene relacionando las dos cifras
(95), pone en evidencia la magnitud de los ingenios morelenses.
26 No debe descartarse, sin embargo, la incidencia de la baja calidad de la
información.
27 Según el censo escolar de 1946 el analfabetismo en Tucumán era 45% más
bajo que en el Norte y más alto el porcentaje de población de edad escolar
que recibía educación.
28 Se valoraron, al respecto, cuestiones tales como el subsidio por
nacimiento, el salario familiar y la provisión de leche para los niños.
29 Se ha rescatado el “mayor índice de socialización” de la estructura
tucumana, donde hacia fines de 1930 coexistían ingenios que pertenecían a
los industriales, a agrupaciones de cañeros, a la provincia y a asociaciones
de cañeros con factores comerciales.
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