Revista THEOMAI   /  THEOMAI   Journal
Estudios sobre Sociedad, Naturaleza y Desarrollo / Society, Nature and Development Studies

 

número 12 (segundo semestre de 2005) 
number 12 (second semester of 2005)

    

ISSN 1515-6443


Agroindustria azucarera y mortalidad:
análisis comparado de cuatro complejos latinoamericanos


Alfredo S. C. Bolsi y J. Patricia Ortiz de D’Arterio *


 

Este texto es una versión revisada y corregida de un trabajo presentado en las VI Jornadas Argentinas de Estudios de Población, organizadas por AEPA y Universidad Nacional del Comahue, Neuquén, noviembre de 2001. Este trabajo se realizó con la ayuda financiera del Conicet.

* Instituto de Estudios Geográficos, Universidad Nacional de Tucumán y CONICET. E-mail: bolsi@filo.unt.edu.ar


 

Introducción

El análisis comparado de la evolución de la mortalidad en áreas dominadas por complejos agroindustriales semejantes, se inscribe en el propósito general de precisar los rasgos destacados de sus poblaciones y de discutir sobre los factores que inciden en las variaciones sobresalientes de aquel índice.

Entre el vasto y complicado conjunto que conforman esos factores, en este trabajo se tiene especial interés en identificar la importancia de la acción de la clase dirigente en general pero principalmente en: a) la involucrada en la construcción y aplicación de la estructura destinada a actuar sobre las condiciones que inciden en la mortalidad, que aquí denominamos ingeniería social1, y b) la que construye dichos complejos agroindustriales.3 Está implicado en el planteo sobre la “inevitabilidad”, o de la omnipotencia, de los procesos culturales, políticos, sociales, económicos –y aún naturales- en la definición de los rasgos poblacionales, en este caso, de la evolución o transición de la mortalidad.

Se sostiene, al respecto, que si bien esa incidencia existe, no es automática. Se entiende que la responsabilidad de la dirigencia, esto es, sus respuestas, es el timón que, a través de las decisiones que toma a diario, contribuye a seleccionar –entre los posibles- aquellos procesos que definen los caracteres de la población. Al mismo tiempo, se observa que habitualmente ese factor no es considerado en toda su magnitud; en tal caso, el campo conceptual ha ido adquiriendo un talante determinista que soslaya la importancia de la libertad humana, esto es, la notable capacidad de cambio derivada de los esfuerzos individuales.

El análisis comparado nos pareció apropiado para lograr estos propósitos. Por lo general, los estudios de este tipo se han llevado adelante en forma algo descontextualizada, esto es, considerados como “casos únicos”. Aquí se sostiene que una “actitud comparativa” se apoya en lo que ya se conoce para juzgar lo que se acaba de conocer. Pero debe convenirse que al comparar no sólo se juzga mejor lo que “se acaba de conocer” sino que se conoce mejor lo que se cree ya conocido. Los enfoques comparativos fueron definidos modernamente por estudiosos del campo de la geografía, de la historia, de la demografía, de la sociología y merecieron especial atención metodológica por parte de quienes trabajan en la sociología histórica (Tilly, 1991).

Es en esos términos que un estudio anterior avanzó en el análisis del proceso de la mortalidad infantil de los complejos azucareros de Tucumán y del Norte (Salta y Jujuy) de Argentina durante el siglo XX (Bolsi y Ortiz, 2001). En este trabajo la propuesta es ampliar el campo de observación e involucrar a otros complejos agroindustriales azucareros de América latina. Ante las diferentes opciones posibles, ahora se intenta analizar la evolución de la mortalidad general en por lo menos cuatro de esos complejos. Es sabido que los procesos en los que se encuentra involucrada la agroindustria azucarera tienen importantes denominadores comunes. La globalización azucarera, o si se quiere su “mundialización”, es -según lo que señala la bibliografía especializada- muy antigua. Puede conjeturarse entonces que, en consonancia con ese paralelismo histórico, se habría definido una cultura material que generó quizá más semejanzas que diferencias: ellas se pueden reconocer en cualquier paisaje azucarero latinoamericano. Más allá de las obvias diferencias regionales y políticas en las que se insertan dichos complejos, pueden identificarse pautas y conductas culturales comunes que han construido esa atmósfera territorial casi única que posee la agroindustria del azúcar.

Para esta oportunidad se han seleccionado, además de los mencionados complejos argentinos,4 el de Morelos (uno de los más antiguos de México) y el también antiguo de Cienfuegos, de Cuba.5 En este trabajo se utilizaron las estadísticas vitales suministradas por entidades nacionales, a las que se suman en los casos argentinos las estadísticas provinciales. Se trata de fuentes oficiales de las oficinas de estadística de México, Cuba y Argentina, detalladas en el apartado “fuentes de datos”.

Es de destacar que la información, salvo –en alguna medida- el caso del área cañera tucumana, es discontinua, fragmentada, por lo que en algunos aspectos los análisis son incompletos; por ejemplo las estadísticas de Cienfuegos hasta 1970 se refieren al Municipio homónimo, mientras que a partir de entonces se trata de la provincia de Cienfuegos.

Se trabajó, mientras fue posible, con estadísticas según lugar de residencia habitual; salvo en el caso de Morelos que, hasta 1974, todos los datos disponibles son por entidad de registro. Se utilizaron tanto estadísticas corregidas –tal es el caso de México y Cuba para algunos períodos- como estadísticas sin ajuste para los casos argentinos, considerándose que a pesar de su imprecisión es posible destacar los rasgos generales de los procesos que se estudian.

Diferentes estudios han puesto en evidencia el problema del subregistro, especialmente tratándose de la mortalidad infantil. En México, por ejemplo, se calcula que entre 1930 y 1940 que la subestimación fue del orden del 40 por ciento (Juárez Carcaño y Camposterga Cruz, 1977:39). Para Cuba García Quiñones (1996) señala que en 1960 existía un subregistro del 16% de las defunciones infantiles. Algunos autores señalan que el principal problema reside en el hecho de que existen numerosos casos de recién nacidos que fallecen antes de ser registrados como nacimientos. Por otra parte, a veces ni el personal sanitario ni el responsable del registro civil conoce con certeza la definición de nacido vivo ni se discrimina adecuadamente entre defunciones infantiles y fetales. Otro tipo de problema radica en la extemporaneidad de los registros de nacimientos (Villaurrutia, 1982).

Desde otro punto de vista se debe señalar que las estadísticas sobre causa de muerte adolecen de omisiones en el registro de la enfermedad que ocasionó el deceso, especialmente tratándose de la primera mitad del siglo XX. Por otra parte, en su calidad influyen las modificaciones que han experimentado los criterios de clasificación establecidos por la OMS, que dificultan la comparación de la información para las distintas áreas analizadas.


Mortalidad y complejos azucareros

Se ha creído conveniente suponer que la evolución de la mortalidad de cada uno de los países que albergan los complejos azucareros seleccionados podría proporcionar un primer marco de referencia que oriente la explicación de los procesos que se desean comparar.

Es sabido, en tal caso, que hay marcadas diferencias entre los tres países; tal vez la más importante radica en que Cuba es una economía básicamente azucarera con un sistema de planificación estatal desde 1959, al tiempo que en los otros dos países la economía azucarera no ocupa un lugar central y sus sistemas político-económicos difieren del cubano actual; pero también es sabido que si bien los procesos y caracteres económicos tienen su importancia en la marcha de la mortalidad, hay otros factores –como por ejemplo las políticas sanitarias o la educación- que han desempeñado papeles primordiales en la transición de la mortalidad. Este es uno de los aspectos que se estudiarán.


Gráfico n. 1

En primer lugar, puede observarse que nos encontraríamos frente a dos universos distintos. Por un lado, Cuba y Argentina que, a pesar de algunas diferencias, diseñan un perfil transicional caracterizado por su iniciación temprana, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, y un rápido descenso de las tasas. A tal punto, que en la década de los ’40 ya se habían ubicado por debajo del 10 por mil manteniéndose allí hasta el fin del siglo XX; en buena parte del trayecto postransicional, sin embargo, encontramos a los valores de Cuba más cercanos al 5 por mil que los de Argentina pero hacia el final, por diferentes razones,6 se observa una convergencia en torno al 7 por mil. Difiere también en los inicios del proceso: para llegar a la primera coincidencia de los valores de las tasas de ambos países que se produce hacia 1920 en torno al 15 por mil, la mortalidad cubana debió descender desde más del 45 por mil al tiempo que la de Argentina sólo bajó desde valores en torno al 30 por mil.

Por otro, el proceso mexicano inicia su transición un cuarto de siglo después que Cuba y Argentina y logra descender de la línea del 10 por mil tres décadas más tarde; sin embargo, principalmente por diferencias en la estructura por edad, concluye el siglo XX con niveles de mortalidad más bajos que el de esos países.

Las diferencias entre esos dos procesos ponen de manifiesto, obviamente, las diferencias de los contextos económicos, sociales y políticos (y su respectiva evolución histórica) en que se desenvuelven. El protagonizado por Cuba y Argentina habitualmente ha sido tomado como ejemplo de excepción en el conjunto latinoamericano mientras que el protagonizado por México se aproxima a los valores medios y al proceso de la mortalidad seguido por la mayoría de la población latinoamericana.

Gráfico n. 2

Quizá convenga señalar, antes de describir los rasgos de los procesos de la mortalidad en las distintas áreas cañeras de estos países, que los cuatro ejemplos que aquí se discuten tienen una vieja tradición azucarera como se destacó al comienzo; sin embargo, ninguna de las unidades administrativas en las que se instalaron esos complejos y que se consideran para calcular las tasas están dominadas con absoluta exclusividad por la actividad azucarera.

A partir de la información utilizada, cuyas deficiencias ya han sido señaladas, se pudo constatar provisoriamente que el proceso de la mortalidad de tres de los cuatro complejos azucareros podría haber sido muy semejante. Más allá de los ya indicados caracteres del contexto argentino, la mortalidad de las áreas cañeras de Tucumán y del Norte, en una historia que hemos denominado de “latinoamericanización”, y la de Morelos, habrían iniciado su transición en la década de 1930. En estos tres conjuntos la mortalidad, que antes de esos años superaba el 25 por mil, descendió rápidamente hasta alcanzar el nivel del 10 por mil un poco más temprano en el Norte y en Tucumán (en la primera mitad de la década de 1950) que en Morelos (fines de la misma década). Pero la mortalidad de los paisajes azucareros del Norte argentino, que acompañaba en su descenso a la de Tucumán y Morelos hasta fines de los ’40, se vio sometida a un proceso regresivo, razón por la cual detuvo su marcha descendente y luego de describir un amplio arco recién alcanza el nivel del 10 por mil a comienzos de la década de 1980.

La información deficiente de la provincia de Cienfuegos no nos permitió asimilar la evolución de su mortalidad –con certeza- a la de Cuba. Cabría, sin embargo, conjeturar que en función de la importancia de la población rural -dominante por lo menos hasta bien entrado el siglo XX- o del atraso relativo de los servicios sanitarios y sociales, la transición de la mortalidad del área azucarera de Cienfuegos podría haberse dado algo más tarde que la observada para Cuba en su conjunto. La figura que reproduce esa marcha indica que a mediados de la década de 1930 la diferencia con la mortalidad cubana es todavía significativa; puede observarse también que el descenso de los valores de Cienfuegos es importante y antecedería al de los otros tres complejos.

Por el contrario, es posible verificar que el descenso de la mortalidad general de Cienfuegos por debajo del nivel del 10 por mil se produjo a comienzos de los ’50 y Tucumán lo alcanzó a mediados; Morelos a principios de los ’60 y el Norte –alejándose notablemente del conjunto- a comienzos de los ‘80. Ateniéndonos a la dimensión secular del proceso que estudiamos, es posible destacar en esta primera aproximación que las figuras de la evolución de la mortalidad de los cuatro ejemplos tienen algunas diferencias; sin embargo, sería también correcto destacar semejanzas. 7

Por último, habría que agregar que en el caso de Morelos a partir de fines de 1950, de Tucumán luego de la segunda mitad de los ’70 y del Norte pocos años después, la mortalidad se desarrolló en niveles más bajos que los de cada país –probablemente por efectos de una mayor juventud de sus poblaciones. Por el contrario, los valores casi idénticos de Cienfuegos y Cuba podrían estar expresando una mayor homogeneidad social, económica y aún demográfica.


Cambios en la estructura por edad de la mortalidad

Estos cambios, como es de esperar, han sido muy importantes según puede observarse en los siguientes gráficos de mortalidad proporcional agrupada.

Gráficos n. 3 y 4

En efecto, a partir de un conjunto más bien heterogéneo de estructuras -tal como se observa en 1940- se alcanza, medio siglo después, otro que posee más semejanzas que diferencias. El desplazamiento de la representatividad de las defunciones de niños hacia los grupos de mayor edad -en ese medio siglo- se produjo, sin embargo, de dos maneras distintas. Por una parte se destaca el proceso de Cienfuegos: el perfil de 1940 era el más evolucionado de todos, con una muy clara concentración del volumen de fallecimientos en el grupo de 50 y más años. Por otra, en contraste marcado, las estructuras de Morelos, Tucumán y el Norte demuestran todavía –en pleno proceso transicional- la precariedad y el atraso de la ingeniería social de finales de los años ’30 y el alto riesgo de muerte en todos los grupos de edades consideradas. Se pone de manifiesto, también, la importancia del subregistro de esos años, tal como ya se señaló.

Cincuenta años más tarde, aún cuando el grupo de estructuras se hizo más homogéneo, la ventaja a favor de Cienfuegos se mantuvo pues su estructura se expresa en el perfil mejor desarrollado de todos; los restantes todavía concentran –a pesar de la evolución positiva- más del 10 por ciento de defunciones de 0 a 1 año; de ellos, sin embargo, parece ser que la evolución del complejo cañero de Tucumán habría sido la más favorecida.


Cambios en las causas predominantes de muerte

Para el desarrollo de este punto, que intenta describir en lo posible los rasgos del desplazamiento del predominio de las defunciones ocasionadas por enfermedades transmisibles –asociadas con carencias primarias- hacia las no transmisibles, hemos encontrado algunos obstáculos en cuanto a la información que impidieron elaborar series cronológicas comparables. En su lugar, se construyeron los cuadros de defunciones generales por causas para 1940 y 1990. En el primero de ellos, además, se excluyó a Cienfuegos por no disponerse, hasta el momento, de la información necesaria. A ello debe sumarse, por otra parte, la alta proporción de causas no especificadas o mal definidas, hecho que se inscribe en la calidad deficiente de la información estadística de estos años en América latina. El perfil correspondiente a 1990 pone en evidencia la
mejora cualitativa de la información demográfica.

No obstante estas circunstancias críticas, los cuadros podrían expresar –de una manera precaria, desde luego- los cambios sustanciales de los perfiles de causas de muerte.

Cuadro n° 1: Defunciones generales por causas de muerte (en porcentajes). Año 1940

En 1940, en efecto, las enfermedades transmisibles alcanzaban casi el 65 por ciento en el área cañera de Morelos y en torno al 40 por ciento en las de Tucumán y el Norte. Estas amplias diferencias podrían ser consistentes con la de los otros indicadores que hemos visto hasta ahora. Aún cuando –como se dijo- no se dispone todavía de información para el área cañera de Cienfuegos, no sería de extrañar que los valores de su perfil (aunque más altos que los de Cuba, como señala García Quiñones, 1996) sean los más bajos del conjunto de áreas cañeras que estudiamos; la política de la intervención norteamericana de principios del siglo XX apuntó precisamente a erradicar las enfermedades transmisibles: los diferentes testimonios contemporáneos, los estudios posteriores y los indicadores que aquí se utilizan, confirmarían esa conjetura. Se repetirían, en tal caso, las diferencias en la estructura por edad de la mortalidad que se encontraron en 1940: por un lado un perfil probablemente más avanzado de Cienfuegos (de hecho, el de Cuba lo era), y por otro el más crítico de Morelos. La bibliografía señala, en efecto, que después de la revolución mexicana se registró en todo México un importante retroceso en las enfermedades infecciosas y parasitarias. Martínez (1970) describe en particular esta situación.

Cuadro n° 2: Defunciones generales por causas de muerte (en porcentajes). Año 1990

Medio siglo más tarde se produjo –como es sabido- una sustancial mejora en la calidad de la información y un descenso importante en el grupo de enfermedades transmisibles. Sin embargo no se produjeron cambios en el orden jerárquico de los perfiles, cuyos detalles pueden verse en los cuadros: la sociedad cañera de Cienfuegos –y un poco cercana a ella la de Tucumán- se mantiene algo distanciada de las del Norte pero principalmente de la de Morelos donde la representatividad de las causas transmisibles supera en dos veces la de aquellas dos primeras.

Al mismo tiempo, en todos los complejos se aprecia un incremento de las muertes ocasionadas por enfermedades cardio y cerebro vasculares y en menor medida de los neoplasmas. Por su parte, el grupo de accidentes manifiesta una tendencia al aumento.

No obstante, cabe insistir que aún en 1990 las sociedades de los complejos azucareros de Morelos principalmente, y del Norte, acusaban la persistencia de las enfermedades contagiosas que representan más del 10 por ciento del total. Al respecto, Camposterga Cruz (1996:386) destacó que al disminuir, en las décadas de 1940-50, las causas de muerte más fáciles de evitar, los progresos eran cada vez más lentos porque dependían del aumento del nivel de vida. Planteo que puede hacerse extensivo al Norte.


Los cambiantes escenarios de la mortalidad

Si nos atenemos a un grado de generalización amplio, podrían identificarse dos variantes de paisajes azucareros que resultaron de los procesos agroindustriales que se estudian. Por una parte, es posible asociar los complejos del Norte argentino y el de Cuba con el tipo denominado “plantación”; por otro, los de Morelos y Tucumán, que reconocen un divorcio estructural y funcional entre las actividades agrarias y las industriales y a su vez una compleja organización del mundo agro-cañero. Pero al mismo tiempo es necesario reconocer, como es obvio, que los procesos que han llevado a esos paisajes a la situación actual han sido algo diferentes.

No es propósito hacer aquí una descripción detallada de cada uno de esos procesos; sin embargo, es preciso intentar la descripción de un diseño general de los cuatro contextos y sus referencias más significativas de manera tal que nos permita interpretar los haces de relaciones que pretendemos individualizar. Se hará hincapié, sin embargo, en los años de mayor significación de estos procesos que se encontrarían, según se vio, en torno a las décadas de 1920 y 1930. Ello no excluye un análisis de los años de gestación, anteriores a estas décadas.

La plantación cubana

Se ha señalado que el sistema azucarero cubano, nacido a fines del XV, se asimiló desde luego al régimen esclavista pero contribuyó a acelerar el proceso de división de los grandes latifundios ganaderos pues, a diferencia de lo sucedido en otras islas caribeñas, la industria cubana resultó de una construcción casi popular (como sucedería dos siglos después en Tucumán) que respondía al deseo de encontrar nuevas fuentes de bienestar (Guerra, 1976: 54).

Sólo años más tarde la esclavitud fue adquiriendo mayor importancia en la industria azucarera que ya a fines del XVIII era la pieza fundamental de la economía cubana. Aún así, durante muchos años de este primer período persistió la práctica del cultivador independiente que levantaba su trapiche para la molienda y fabricación de su producto; cuando las exigencias industriales crecieron y se redujo el número de ingenios, muchos de los cultivadores se transformaron en “colonos” que sembraban caña pero no tenían trapiche o fábrica de su propiedad (Guerra, 1976: 75).

La culminación del período de plantación esclavista, hacia 1880, se asoció con cambios internos y externos profundos. Uno de ellos era el relacionado con el latifundismo, que resultara de la rivalidad de los centrales azucareros surgidos luego de 1850. Deben incluirse en estos cruciales años de fin de siglo XIX los procesos de los mercados internacionales, los cambios tecnológicos y ese amplio conjunto de factores que influyeron decisivamente en la transformación de casi todos los complejos azucareros del mundo. A ello se suma, según lo apunta Moreno Fraginals (1978: passim), la decadencia de la esclavitud, los procesos desencadenados luego de la revolución de 1895 y la intervención norteamericana.

Los altos niveles de mortalidad de la isla durante el período de dominio español, especialmente la gran incidencia de las enfermedades epidémicas, movilizaron a los norteamericanos durante los años de su intervención,8 a poner en práctica una serie de medidas que buscaban proteger a la población local y, con ello, a sus propios ciudadanos, principalmente a través de la construcción de carreteras, la realización de trabajos de alcantarillado y de potabilización del agua, obras de saneamiento ambiental en ciudades y pueblos, la construcción de acueductos, los controles sanitarios básicos de puertos y alimentos y la notificación y control de enfermedades infecciosas; pero, más que nada, mediante la ejecución de un ambicioso plan de salud pública- que incluyó la unificación en un solo organismo de todas las funciones y problemas relacionados con salud (en 1906), la creación de la Secretaría de Sanidad y Beneficencia (en 1909) y la ampliación del servicio estatal y privado de salud 9. Además, se construyeron hospitales especializados para la atención de tuberculosos y leprosos. Habría que agregar a ello el crecimiento del ingreso nacional, que fue del orden del 71 por ciento entre 1905 y 1924, y la mejora en la enseñanza: las personas alfabetas en 1907 eran menos del 57 por ciento del total de la población y en 1953 había subido a más del 76 por ciento (García Quiñones, 1996: 21-26).

Los efectos en la reducción de la mortalidad se hicieron evidentes muy pronto. En pocos años desapareció la fiebre amarilla y la viruela (CEDEM, 1976: 165), cambió la dinámica de las causas de muerte y cayó rápidamente la mortalidad infantil. Durante la primera mitad del siglo, la esperanza de vida en Cuba aumentó de 38 a 59 años: un nivel 12 años más alto que el promedio latinoamericano (Jiménez Araya, 1995).

Por otra parte, aún cuando la concentración del conjunto de las actividades se incrementó en este período de plantación capitalista, el colono agrícola era un sector sustancial del complejo azucarero; a comienzos de la década de 1940 su número alcanzaba casi a los 30.000 (República de Cuba; Censo del año 1943: 265). 10 El sistema de retribución a los agricultores había sido definido claramente en la ley de coordinación azucarera de 1937, casi con seguridad como uno de los resultados de su agremiación (Asociación de Colonos de Cuba), realizada en 1934.

Este movimiento gremial cañero había tenido su correlato, en 1934, con la creación de la Asociación Nacional de Hacendados de Cuba, integrada por los industriales de la caña de azúcar que, en 1942, dirigían 158 centrales (República de Cuba; Censo del año 1943: 267). El mundo agroindustrial era integrado también por 500.000 braceros, que según la legislación vigente en esos años debían trabajar 8 horas diarias y percibir en torno a $1.40 diarios (Ibídem: 266).

Sin embargo, se sostuvo que resultó muy difícil detener el creciente avance del latifundismo asociado con el monocultivo azucarero y con un mundo industrial corporativo. En 1940 esos latifundios abarcaban 32 millones de hectáreas. El avance se hacía a costa del desplazamiento de los agricultores independientes, al tiempo que el peón y los macheteros cubanos continuaron siendo desplazados por braceros importados (Guerra, passim).
La desigual lucha en la cual la plantación azucarera que iba paulatinamente ahogando el contrapeso democrático del mundo cañero, fue zanjada a partir de la década de 1960. En efecto, desde esos años, dice Dembicz, se buscó acelerar la concentración y la uniformidad de los cultivos azucareros en grandes unidades productivas, al tiempo que se eliminaba la diversidad y el “mosaico de usos”. Fue especialmente a partir de fines de los ’60 que esa política se fue plasmando en plantaciones de caña de azúcar –en realidad, grandes complejos agroindustriales- con administración central. Hacia fines de los ’80, sin embargo, estas plantaciones, unas 82 empresas en total, con alto grado de uniformidad cultural, una organización económica y espacial que respondía a la lógica de la planificación estatal, estructuradas en torno al batey azucarero que era su centro social, tecnológico, económico e industrial, coexistían con las llamadas “empresas agroindustriales socialistas” que incorporaban la agricultura tradicional campesina.

Los cambios políticos y económicos de fines de la década de 1950 no alteraron las principales tendencias que se venían operando en años previos en materia de ingeniería social. Antes bien, las medidas se intensificaron11 para corregir los desajustes en distintos aspectos de la marcha de la mortalidad, a tal punto que se redujeron los niveles de la mortalidad infantil, las diferencias regionales y especialmente las urbano-rurales.


Cañeros e industriales de Morelos

En México y especialmente en el estado de Morelos, el proceso siguió un camino casi opuesto al cubano. 12 En efecto, la historia se inició allí con la hacienda azucarera; ese sistema se fue consolidando paulatinamente a tal punto que a principios del siglo XVII ya se habían organizado 15 ingenios en el estado de Morelos.

Puede añadirse que el proceso de consolidación fue tan fuerte que la hacienda azucarera que encontramos allí dos siglos más tarde es la continuación del sistema colonial pero con una estructura mucho más sólida y compleja; más tarde, hacia finales del porfiriato, en torno a 1900, Morelos contaba con 26 ingenios que producían el 30 por ciento del azúcar del país. La pax hacendaria, al decir de Crespo (1990), paternalista, rígida, tradicionalista, con un claro sistema de lealtades, había permitido –aparentemente sin problemas-13 la asimilación del proceso de modernización tecnológica que alteró la vieja estructura fabril y agraria. No había alterado, sin embargo, la tendencia de la mortalidad general según se viera más arriba.

El ingenio moderno surgido de este proceso creó problemas de orden social, pero también permitió algunos avances de la ingeniería social a través de la reducción de las jornadas de trabajo (de 12 a 8 horas), del aumento de la seguridad laboral en cuanto a accidentes y, lo que resultó importante, del incremento salarial (que ya se venía observando desde 1840). Esa tendencia se consolidó mucho más entre los obreros de las fábricas y durante el último tramo del XIX y la primera década del XX (Crespo, 1990: 678/80). Entre 1877 y 1910 la población de Morelos había crecido a un ritmo de 1,4%; el producto bruto, en el orden de 2,7 % (Jiménez Guzmán, 1988: 16).

Sin embargo, es sabido que en 1910 el proceso de crecimiento de las plantaciones azucareras sufrió una fuerte alteración. Hasta esa fecha, el sistema había acumulado casi 320.000 hectáreas de tierra agrícola de Morelos, al tiempo que las propiedades pequeñas sumaban 37.000 hectáreas y las tierras de los pueblos 144.000 hectáreas.

La revolución, que de una manera u otra buscó alterar ese orden de magnitudes,14 tuvo también efectos contrapuestos. Así es que el gran esfuerzo de crecimiento y modernización de finales del Porfiriato se diluyó –incluso con regresión- como consecuencia de esa guerra; los incendios, destrucciones y robos, que se multiplicaron por la región, precipitaron los niveles de producción de los ingenios morelenses a tal punto que en 1925 el presupuesto estatal –que antes se solventaba con los impuestos industriales- dependía de los subsidios federales.

Resulta casi imposible resumir la compleja trama de procesos que se desarrollaron entre los inicios de la guerra, en 1910 y la situación de la agroindustria azucarera imperante hacia fines de la década de 1930. En ese lapso los complejos azucareros del área no sólo sintieron los efectos de la guerra, sino también los de los diferentes mecanismos, ritmos, leyes, políticas y regulaciones sobre uso y reparto de la tierra. Como resultado de ello puede constatarse que ya a fines de los ’30 los ingenios no tenían tierras propias, aunque en su lugar había una zona exclusiva de abastecimiento destinada al cultivo de la caña de azúcar.15

Se sostiene que recién en la década de 1940 Morelos recuperó su producción azucarera; pero en ese nuevo escenario ya se habían incorporado otros factores que tendrían una fuerte gravitación en los procesos posteriores. De ahora en adelante la evolución de los complejos agroindustriales morelenses –y del conjunto de la economía estatal- estaría mucho más ligada a la gestión omnipresente del gobierno federal y a la incorporación más activa, luego de los centenares de huelgas realizadas en 1935,16 del gremialismo obrero,17 de las corporaciones cañeras y del campesinado entre otros actores.

Es en estas décadas, la de 1920 pero principalmente la siguiente que, según se vio, encontramos la transición de la mortalidad de México y casi al mismo tiempo de Morelos. Durante estos años, además de las luchas gremiales, sus fracasos y sus éxitos, se sienten otros efectos de la revolución a través de los primeros programas de salud pública, a las campañas nacionales de vacunación18, a la utilización generalizada de insecticidas, a la mayor infraestructura sanitaria y a los programas de salubridad realizados por organismos internacionales 19 o por la Secretaría de Salubridad y Asistencia (Martínez, 1970; Camposterga Cruz, 1996.).

Pero para Camposterga Cruz la importación y aplicación de tecnología médica no explica todo el proceso pues en esos años hubo una sustancial mejora en los niveles de vida a través del incremento en la disponibilidad de alimentos (resultado de la reforma agraria) y de programas de integración y desarrollo, esto es, fundación de instituciones de salud, educación y seguridad social, como así también la mejor legislación laboral. A ello le suma el efecto de los programas educativos nacionales, iniciados desde 1920, por los cuales se impartieron en las escuelas clases de higiene, nutrición y prevención de la contaminación del agua (Morelos, 1973) y la disminución del analfabetismo20. José Morelos, por su parte, menciona que cambios en los hábitos de consumo (consumo de agua hervida donde no hay provisión de agua potable, de leche pasteurizada y de alimentos sanos por parte de los niños21) y en los hábitos culturales en general (generalización de depósitos de basura), el mejoramiento de la sanidad han sido muy importantes para controlar ciertas enfermedades infecciosas.

Por otra parte, el gobierno federal no sólo se incorporó al sistema azucarero como una pieza fundamental sino que, al mismo tiempo, puso en práctica diversos proyectos que, en su conjunto, modificaron al cabo de algunas décadas la fisonomía casi exclusivamente agroindustrial de Morelos.

La incorporación casi masiva del Estado en el complejo azucarero, como se afirmó, se inició temprano en el siglo XX y luego de estar comprometido con los procesos de reparto de la tierra puso su empeño en los conflictos que la nueva estructura azucarera había generado.

Las acciones, en efecto, abarcaron varios “frentes nuevos” y atendieron hasta la década de 1940 aspectos tan diversos como los conflictos de los obreros con los industriales,22 la creación de cooperativas y aún de ingenios cooperativos como el caso del exitoso Emiliano Zapata en Zacatepec,23 o, en fin, las extensiones de las zonas de abastecimiento en materia prima a los ingenios, los que se obligaban, a su vez, a adquirir toda la caña de azúcar que se produjera en dichas zonas, a precios legales vigentes (Jiménez Guzmán, 1988: 32).

La construcción de la autopista México - Acapulco, en 1952, pero principalmente el desarrollo de los proyectos Ciudad Industrial del valle de Cuernavaca a comienzos de los ’60 y del parque industrial en 1978, orientaron la economía morelense hacia otros sectores y –según se dijera- fue una de las razones que motivaron el fuerte ritmo de crecimiento demográfico de las últimas décadas (Oswald, 1992: 69-75).24

Estas acciones –entre otras tantas- permitieron reemplazar aquella pax hacendaria, por la nueva pax federal. En general, hay coincidencia en destacar que el sector azucarero mexicano tuvo un auge notable a partir de la década de 1950, al tiempo que en el caso de Morelos el crecimiento –basado más en la expansión de la superficie que en aumento de los rendimientos- fue sostenido entre 1956 y 1967 en el cual la producción llegó al punto más alto de la historia (Crespo, 1992: 221; Oswald, 1992; Jiménez Guzmán, 1988: 32). Sin embargo parece ser que es nueva pax encerraba algunos problemas que se hicieron más evidentes a fines de la década de 1960.

La baja rentabilidad del sistema, la presencia de empresas con saldos negativos, la caída de los niveles de inversión y de la productividad agrícola no pudieron asociarse con la favorable coyuntura que planteaba las nuevas relaciones entre Cuba y Estados Unidos luego de 1970, un acicate suficiente para su recuperación (Crespo, 1992: 221; Jiménez Guzmán, 1988: 32). La crisis, en efecto, era profunda pues ya en 1968 los ingenios operaban con pérdidas y en 1969 algunos debieron ser cerrados y otros declarados en emergencia, al tiempo que se redujo la superficie sembrada con caña (Jiménez Guzmán, 1988: 33).

Con la estatización de la industria azucarera a partir de 1970 el gobierno quedó como único responsable de la marcha fabril. Durante la década de 1980 administraba 50 ingenios (ello significaba el 75 por ciento de la producción total) de los cuales 37 trabajaban a pérdida; a ello se sumaba –como suele suceder en las administraciones estatales- una gran pluralidad de agentes gubernamentales que intervenían en su manejo. Esta situación, por último, comenzó a revertirse a partir de finales de 1980 como resultado de una serie de medidas que Crespo detalla ordenadamente (Crespo, 1992: 223 y subs.).

Entre las décadas de 1960 y 1970 la caída de la mortalidad se hizo más lenta y recién en los años ’70 el descenso tomó un nuevo impulso, especialmente por los avances sociales. Sin embargo, el nivel de la esperanza de vida de México en 1980 (64.6 años) era similar al de los países desarrollados en 1940.

Hoy, al cabo de este proceso, la industria azucarera morelense conforma un complejo integrado por dos ingenios (donde trabajan 1565 obreros)25 y más de 15.000 has cultivadas con caña que ocupa el 40 por ciento del total de la superficie irrigada del estado. No se ha podido obtener el total de cosecheros implicados en cada zafra, pero es de destacar, según lo que señala Oswald, que durante la cosecha se hablan hasta 32 lenguas indígenas (1992:82).

Cañeros e industriales de Tucumán y plantación del Norte

Se ha señalado que los territorios agroindustriales del Norte (Jujuy y Salta) y de Tucumán difieren en sus medios naturales, pero principalmente en las formas de uso y de reparto que histórica y actualmente ambas sociedades hacen de dichos medios.

Esto puede observarse a través del poder económico, sin parangón en el Río de la Plata, que hacia fines del período colonial ostentaba como dueña de la tierra la elite del Norte, en contraste con los grupos dominantes tucumanos integrados principalmente por mercaderes, donde la tierra estaba bastante subdividida y ocupada por una creciente clase campesina. Este carácter distintivo de ambos paisajes puso –desde sus inicios- una distancia casi insalvable entre ambos mundos agroindustriales.

Además, el complejo azucarero del Norte se desarrolló en un área de fronteras, de población escasa, dominada por extensas haciendas, fortines, presidios y reducciones. Por el contrario, la actividad cañera tucumana creció en el corazón campesino, correlativa con una transformación donde una labor agrícola en aumento asociada con la agroartesanía local, como la elaboración de azúcares, se abría paso sobre una dominante actividad ganadera. En ese contexto se diseñó la base de la actividad azucarera que dominaría la economía tucumana luego de la tercera década del siglo XIX.

El paisaje agrícola tucumano, entonces, se estructuró sobre la base de un “trípode funcional” (las fábricas, los proveedores de materia prima –que desde los inicios de las actividades conformaron un sector separado de la industria- y los obreros) a los que se le agregó luego la persistente y masiva acción del Estado, mientras que en el Norte la estructura central era el ingenio-plantación en la que se asocian la propiedad agrícola productora de materia prima y la fábrica. Si bien el Estado y los obreros se sumaron a esta estructura, el perfil de la plantación no se desdibujó en el Norte.

Hacia los últimos años del siglo XIX la agroartesanía, si bien persistía, ya había sido reemplazada en buena medida por la agroindustria, montada al amparo de los aranceles y sobre la base de una radical innovación tecnológica viabilizada por una importante inyección de capitales. Los cambios tuvieron mayor alcance en Tucumán. Hasta 1895, cuando se produjo la primera crisis de superproducción, en el Norte se habían instalado 4 ingenios pero 35 en Tucumán. La demanda de materia prima fue entonces más imperiosa en esta provincia donde la superficie cañera había aumentado más de 30 veces entre 1872 y 1895 mientras que en el Norte había subido sólo 5 veces, hasta algo menos de 3.000 has. Además, las casi 55.000 has de Tucumán estaban repartidas en 2.600 cañeros, lo que arrojaba un promedio de 20 has por explotación. En Jujuy, con 16 propiedades, el promedio era 6 veces y media más alto que en Tucumán.

Si se ha destacado la crisis de 1895 es porque en ese año no sólo se rompió el equilibrio entre los actores del mundo azucarero sino porque a partir de entonces el Estado, que de alguna forma ya se había hecho presente a través de los aranceles aduaneros y de otras medidas, iría cobrando una importancia creciente –inédita- principalmente a través de sus propuestas regulatorias hasta convertirse en uno de los actores decisivos de los complejos azucareros, aunque con especial incidencia en la agroindustria tucumana. Se ha dicho, al respecto, que la diferente forma de articulación de estos actores (industriales, cañeros, obreros, Estado) definieron el proceso azucarero en el cual las crisis fueron la situación dominante.

Por otra parte, la activa y creciente participación del Estado a partir de estos años podría estar señalando el paso de lo que Popper llamó el “capitalismo sin trabas” hacia el “intervencionismo político”. No significa ello la ausencia estatal previa a esta fecha; pero a partir de 1895 el Estado avanzó sistemáticamente sobre cada uno de los aspectos centrales de los complejos azucareros. Además, el paso tiene un significado importante para este trabajo: el “intervencionismo” se asoció con la elaboración y puesta en práctica de una “ingeniería social” –estatal- que antes de estos años no era muy sólida en ninguna de las dos comarcas.

La mortalidad, en efecto, tuvo por lo menos hasta 1920 valores altos y una marcha muy irregular, común a todo proceso pretransicional.26 Es en esos años que comenzó, según lo que hemos visto, la transición, aunque suavemente en los comienzos, para acentuarse a partir de fines de los 30 y mantenerse en fuerte descenso por lo menos hasta finales de la década de 1940.

Esas variaciones y los altos registros del período pretransicional ponen en evidencia la fuerte desprotección de las sociedades cañeras de esos años, mitigada primero por la sociedad civil y la acción de las empresas azucareras y por la acción estatal luego de la crisis de 1895. Fue también importante la acción de los gremios (al parecer, más contundente en Tucumán que en el Norte). Debido a su presión, se fue desmontando la estructura de las proveedurías, vales, raciones, salarios bajos, etc. (Bolsi y Ortiz, 2001: 81). El equipamiento sanitario de las áreas cañeras se incrementó con cierto ritmo a partir de comienzos de la segunda década del XX con la activa participación de un grupo de empresarios, de manera que hacia 1920 todos los ingenios contaban con médicos y varios de ellos con hospitales. A ello se sumó la legislación laboral y la mejora en los servicios educativos, entre otros.27 Aún cuando el descenso de la mortalidad ya se había iniciado antes del advenimiento del peronismo, cabe rescatar el importante papel jugado al respecto, especialmente en diferentes aspectos de la legislación laboral (Bolsi y Ortiz, 2001:89).28

Las diferencias en la construcción de ambos paisajes tuvieron diversas consecuencias.29 Por una parte, el complejo tucumano ha sido más frágil frente a obstáculos y problemas tanto de orden natural como de cambios bruscos en los mercados. En contraposición, el intervencionismo, en lo que hace a la ingeniería social, encontró en Tucumán un campo más fecundo para mitigar los efectos de las crisis. Asimismo, el Norte tuvo tradicionalmente menor peso político que Tucumán, que contaba con una industria mucho más integrada a la provincia. Esta condición cambió gradualmente y se sostiene que hoy en día el Norte tiene una mayor presencia en el escenario nacional.

Además, esta mayor fragilidad explica la diferencia en los impactos que la crisis de mediados de 1960 ocasionó en ambos complejos. En efecto: mientras que en Tucumán se cerraron 7 ingenios, quedaron sin cupo 7.000 cañeros, se redujo en 50.000 hectáreas la superficie sembrada de caña de azúcar y 150.000 personas emigraron por problemas de empleo, en el Norte la superficie de caña y la producción aumentaron considerablemente. Sin embargo, hemos visto que en esos años el curso de la mortalidad del complejo norteño se separó del de Tucumán. Al respecto, se ha señalado (Bolsi y Ortiz, 2001: 70) que ello se debe a la incidencia de la mortalidad infantil del área azucarera salteña, que luego de un período de descenso hasta 1955, vuelve a crecer -"en forma notoria"- en especial durante la década de 1960; esta reversión se observó también en Jujuy, pero de una manera mucho más atenuada. A su vez, esta regresión fue interpretada como un testimonio de la acumulación de persistencias del pasado, que la ingeniería social no había logrado desplazar (Id.: 90).

Nuevamente la crisis golpeó con más rudeza en la estructura tucumana durante el proceso de desregulación de la década de 1990 y de la crisis de superproducción de 1997-1998, de la cual una propuesta de salida, que fracasó, era el convenio de fideicomiso firmado en 2000 por la casi totalidad de los ingenios. En buena medida, estas circunstancias explican las condiciones poco favorables de la mortalidad en estos años, principalmente de la mortalidad infantil.


Conclusiones

Los cuatro paisajes azucareros recorrieron un largo proceso que en México y Cuba se iniciara durante el período colonial. A través de esa historia se han desarrollado muchos elementos comunes de la cultura material pero se transitaron caminos de territorialización diferentes. Así, sociedades azucareras que en lo cultural podrían definirse como relativamente homogéneas, han construido sin embargo paisajes estructuralmente diferenciados: a fines del siglo XX se distinguen las plantaciones (unidades funcionales en torno al batey o al ingenio, como es el caso de Cienfuegos y de los complejos del Norte) de los complejos disociados, como sucede en Tucumán y Morelos, con actividades industriales y agrícolas diferenciadas.

En ese contexto se distingue claramente la década de 1930 por su significación en la historia de mortalidad pues, con la probable antelación de Cienfuegos, en todos ya se había iniciado el proceso transicional. Superando de distintas maneras el período de marcada desprotección social a comienzos de los ’50, o probablemente antes, la mortalidad de la población del área azucarera de Cienfuegos había logrado descender el 10 por mil; la de Tucumán lo hizo a mediados de esa década, la de Morelos a principios de los ’60 y la de los complejos del Norte, luego de la regresión señalada, a comienzos de 1980.

Según la mortalidad por edad en 1940 -en consonancia con su proceso de avanzada- la estructura de Cienfuegos demostraba el mejor perfil, al tiempo que en los complejos restantes persistía el alto riesgo de muerte en todas las edades, poniendo de manifiesto el retraso de la ingeniería social. Medio siglo más tarde las estructuras ostentan perfiles más homogéneos aunque el de Cienfuegos persiste como el más desarrollado, seguido por el de Tucumán.

Cienfuegos también pone en evidencia una menor proporción de muertes por enfermedades transmisibles en 1940, en marcada oposición con Morelos, donde esas causas eran responsables del 65 por ciento de las defunciones. En Tucumán y en los complejos del Norte, los valores eran cercanos al 40 por ciento. En 1990 la transición epidemiológica dio muestras de haber avanzado más en Cienfuegos y Tucumán, con valores inferiores al 8 por ciento entre las transmisibles y algo menos en el Norte y en Morelos, que cuenta todavía con la más alta proporción de muertes por enfermedades transmisibles.

Es posible adelantar algunas conjeturas sobre las coincidencias y diferencias observadas en la evolución de la mortalidad de la población de los cuatro complejos agroindustriales azucareros. En tal caso, obviamente debe advertirse el notable efecto de la presencia –o ausencia- de la clase dirigente comprometida con los problemas de salud pública. Se advierte un marcado contraste entre las administraciones española y norteamericana en Cuba, ambas con fuertes intereses económicos y políticos en la isla. Se ha visto que en Cienfuegos (como en casi todo el ámbito cubano) la aplicación de una ingeniería social compleja –que reemplazó a la organizada por España- dio resultados positivos en muy poco tiempo. Debido a ello, Cuba conformó un caso de excepción en Latinoamérica. Pero, además, resulta evidente que las generaciones posteriores a estos trascendentes años iniciales supieron instalarse en esa tendencia, consolidar la tradición sanitarista y aún acrecentar la complejidad y eficiencia de la ingeniería social y –en las últimas décadas- reducir los desniveles que persistían en el territorio nacional. En este caso el alto grado de compromiso, a partir de la ocupación norteamericana, excedió el carácter ideológico o político de esas administraciones de diverso signo.

En los ejemplos argentinos (donde se destacaron diferencias entre Tucumán y el Norte), no ha sido posible advertir una acción tan fuertemente comprometida de la clase dirigente como en el caso cubano. En diversos aspectos fue más reticente y tardía (de hecho, lo fue con respecto al conjunto argentino). Al mismo tiempo, se observó que no hubo en los casos argentinos una intervención extranacional; en todo caso, dicha intervención habría sido tal vez más acentuadamente extra regional, esto es, a partir del Estado nacional. Esta “reticencia” al compromiso, o demora en asumirlo plenamente, coincidió con una mayor participación de la actividad y de las presiones gremiales que, conjuntamente con la acción de las élites agroindustriales locales, prepararon una mejor articulación con las medidas derivadas de una creciente presencia del Estado nacional en la región.

Al retraso de la transición de la mortalidad de los complejos argentinos con respecto a la de Cienfuegos, se sumó la regresión de la mortalidad que se viera en el Norte luego de la década de 1950. La conjetura es que el proceso de territorialización, cuyo resultado fuera la plantación azucarera, habría jugado su papel en esta circunstancia. El carácter de enclave, la rigidez de su estructura funcional y social –donde la esclerosis de la dirigencia podría haber sido importante- habrían debilitado los controles sociales, de hecho los de la acción gremial, y probablemente los avances en materia de estructura sanitaria hasta fines de los ’60. Obsérvese que la profunda crisis azucarera de esa década, afectó mucho más –en lo social y económico- al paisaje azucarero tucumano (más socializado), pero la impactante crisis de mortalidad (especialmente de mortalidad infantil) se desarrolló en el Norte, principalmente en el área azucarera de Salta. El perfil epidemiológico de los ’90, en tal caso, demuestra una mayor similitud de las estructuras de Cienfuegos y Tucumán, más avanzadas, y de Morelos y el Norte, algo más retrasadas.

El caso de Morelos es el de mayor complejidad del conjunto que se analiza. Las respuestas de la clase dirigente local y nacional a los problemas de esta sociedad agro azucarera habrían sido las más débiles de todos los casos. Esta ausencia (especialmente durante la pax hacendaria del porfiriato) tuvo el correlato de las altas tasas de mortalidad pretransicional (más elevadas que los niveles latinoamericanos de Tucumán y el Norte). El gremialismo, pero especialmente la revolución (circunstancia ajena a los otros complejos) buscaron cubrir aquel déficit de respuestas. Luego de la guerra se inició un largo y complejo proceso de reconstrucción del territorio azucarero, juntamente con la redefinición y reorganización de la ingeniería social. Se señaló en tal caso que el reparto de la tierra a campesinos fue tan importante como la aplicación de nuevos programas de salud pública alentados y financiados por el Estado nacional y por entidades extranacionales. A ello se sumó, luego, la organización de cooperativas y una más intensa presencia gremial. Cuando finalmente la estructura azucarera se recuperó en torno a los ’40, la transición de la mortalidad, que ya se había iniciado en los ’30, se aceleró, pero a partir de una situación de desventaja con respecto a los otros complejos según nos señala su perfil epidemiológico de esos años. Esa desventaja persiste aún en los ’90, a pesar de haberse puesto en plena marcha la ingeniería social a partir de la década de 1950 con fuerte presencia del Estado federal y de organizaciones internacionales.

Notas

1 Se trata de un concepto utilizado habitualmente por Karl Popper, pero que en este caso se podría interpretar como una malla de contención que busca combatir y atenuar los factores que inciden en la mortalidad, construida a lo largo de décadas por diversos autores y en distintas circunstancias como resultado de políticas y acciones mancomunadas unas, aisladas otras, aplicadas con persistencia u olvidadas pronto. En su conjunto, esas políticas y acciones se perciben como una combinación de intervenciones internacionales, nacionales o provinciales públicas, o de instituciones o agentes privados, como gremios, por ejemplo, u otros organismos que fueron buscando solucionar los problemas de la realidad social. El concepto parece apropiado para este análisis comparado: involucra no sólo las políticas y acciones sanitarias, incluidas sus campañas y programas, sino también las políticas y acciones sociales y económicas, que comprenden aspectos como educación, legislación laboral y evolución de salarios, vivienda e infraestructura general; no deben excluirse las convulsiones sociales ni lo que de denominaría la “tradición sanitarista”, que aquí preferimos entenderlo como el grado de compromiso de las elites. La ingeniería social sería también una expresión de la cultura cívica y social de los responsables del bien público.
2 La base conceptual de esta expresión tiene que ver con la tradición de la escuela de Berkeley; se encuentra asociada también con las ideas de “territorialización” (Harvey, 1998).
3 En un grado de generalización quizá excesivo pero útil para este trabajo la “sociedad constructora” (en todo caso los “agentes sociales”) es sumamente heterogénea y cambiante en el tiempo, integrada por actores locales, nacionales y aún internacionales que han participado de esa tarea, involucrados en un también cambiante proceso capitalista; sistema económico y actores han ido construyendo –o reconstruyendo- permanentemente ese paisaje azucarero desde el último tercio del siglo XIX hasta hoy en México y Argentina y hasta 1959 en Cuba. A partir de esa fecha el paisaje cubano reflejó la influencia de la planificación estatal principalmente.
4 El complejo azucarero de Tucumán está integrado por los departamentos Alberdi, Cruz Alta, Chicligasta, Famaillá, Leales, Lules, Monteros, Río Chico y Simoca mientras que los departamentos Güemes (antes Campo Santo) y Orán de Salta y El Carmen, Ledesma, San Pedro, Sta. Bárbara y Palpalá de Jujuy se identifican como “área cañera Norte”.
5 Es sabido que el proceso azucarero de Cienfuegos es muy semejante al de Cuba. Pero en términos poblacionales y a los efectos comparativos hemos preferido desechar a Cuba en su conjunto –aunque no totalmente, como veremos seguidamente- pues incluiríamos allí otros procesos (por ejemplo el de la urbanización) que distorsionarían la propuesta original.
6 No se reiterarán aquí los pormenores de los procesos de cada país. Una muy calificada bibliografía da cuenta de ello.
7 Es posible que la mortalidad de Cienfuegos ya se haya encontrado en proceso avanzado de transición durante los años 30; ello podría suponerse en función de los resultados obtenidos por la ingeniería social de la intervención norteamericana que desde los primeros años del siglo XX se expandió en todo el territorio y especialmente en las áreas agroindustriales.
8 Que ya habían comenzado a invertir en ferrocarriles e ingenios azucareros antes de la guerra de la independencia.
9 De 56 hospitales y clínicas estatales y privadas que existían en 1907 pasaron a 134 en 1934.
10 Esa misma fuente señala que el 40 % de esos colonos pertenecían a la provincia de Las Viñas, donde el distrito de Cienfuegos –nuestro caso de estudio- era uno de los bastiones azucareros.
11 Entre ellas se pueden citar la reducción -a un 50%- del precio de las medicinas, las campañas de vacunación, la construcción de policlínicos (que sumaban 397 en 1982) y centros de atención neonatal, los programas de atención materno-infantil, la elevación del número médicos por persona -de 1 médico cada 1087 habitantes en 1958 se pasó a 1 médico cada 203 habitantes en la actualidad, el aumento del presupuesto dedicado a salud (que en 1990 fue 32 veces mayor que en 1959), el carácter estatal y gratuito de los servicios de salud, la desaparición del analfabetismo y la elevación del nivel educativo, especialmente de las mujeres. Y en la década del ’80 la instauración del plan “El médico de familia” que consiste en la asignación de 1 médico cada 120-160 familias que desarrolla tareas preventivas, curativas y educativas con respecto a la población del vecindario que se le asigna (García Quiñones, 1996).
12 Uno de los aportes fundamentales sobre el tema azucarero mexicano es el de Horacio Crespo (1990) de quien tomamos la mayor parte de la información que aquí se ofrece.
13 Moreno Fraginals conjetura que parte de los numerosos incendios de los campos conformó una de las formas de protesta (citado por Crespo, 1990: 686) frente a la necesidad, creada por la nueva tecnología fabril, de ampliar la superficie cultivada a expensas de las tierras de las aldeas.
14 Señala Crespo que en este estado de Morelos, con la revolución iniciada en 1910, se desarrolló la reforma agraria más temprana –y radical- que se diera en un área de plantación.
15 No todos los productores agrarios tenían autorización para cultivar caña de azúcar y se sostenía que la siembra era función de la capacidad de molienda del ingenio. A su vez los cañeros, muy a menudo organizados en cooperativas- debían cumplir varios requisitos; entre ellos, algo semejante a la plantación cubana actual, aceptar la supremacía y control de la labor agraria por parte del ingenio.
16 En 1936 se constituyó el Sindicato de Trabajadores de la Industria Azucarera y Similares de México.
17 El movimiento obrero en el proceso agroindustrial tuvo una importancia muy grande. Aparte de las reivindicaciones en materia de salud, duración de las jornadas laborales, carencia de servicios médicos, inestabilidad del trabajo o arbitrariedad patronal que comenzaron a ser discutidas en Morelos entre finales de los ’20 y comienzos de los ’30, la cuestión salarial fue uno de los núcleos centrales de la gestión gremial. Así es que en la década de 1936 a 1945, el salario del peón de la industria azucarera ascendió de $1.30 diarios a 3.30. En la década siguiente, se mantuvo en torno a los $3.30 pero entre 1955 y 1976 pasó de 3.30 a 7.50. A partir de ese año, a tono con el ambiente crítico de la agroindustria, los salarios descienden, por primera vez desde los ’30, de $7.50 a 4.50. (Crespo, 1990: 729).
18 En México, las vacunas BCG, Sabín, contra la influenza, difteria y varicela, se usaron por primera vez en forma masiva después de los años ’40 (Morelos, 1973:132).
19 Antes de la segunda guerra, la Fundación Rockefeller, la OPS. y el Servicio de Salud Pública de USA establecieron programas para tratar de eliminar la fiebre amarilla y la bubónica en el continente americano, y México fue uno de los principales países beneficiados. Asimismo durante la guerra, USA (mediante el Instituto de Asuntos Internacionales y de la Oficina para el control del Paludismo en las áreas de guerra) desarrolló programas cooperativos de salud en 18 países americanos, entre ellos México (Morelos, 1973: 132).
20 La población alfabeta en 1940 alcanzaba el 41,7% y en 1960 el 62,2 % (Camposterga Cruz, 1996:375)
21 El Instituto Nacional de Protección de la Infancia en la década de 1950 llevó a cabo campañas que tuvieron como objetivos mejorar la dieta infantil (Morelos, 1973).
22 Crespo rescata el laudo de Cárdenas, en 1936, que constituye el primer contrato colectivo de trabajo de la estructura azucarera.
23 Muy pronto, sin embargo, debió afrontar problemas de minifundio en su área agrícola pues el reparto de la tierra no había incorporado entre sus previsiones el eterno problema de los “recursos fijos” frente al crecimiento demográfico.
24 Entre 1970 y 1990 la población de Morelos casi se duplicó: de 616.000 habitantes pasó a 1.195.000.
25 El parque industrial de Morelos está integrado por 280 establecimientos con 26.500 empleados. El valor que se obtiene relacionando las dos cifras (95), pone en evidencia la magnitud de los ingenios morelenses.
26 No debe descartarse, sin embargo, la incidencia de la baja calidad de la información.
27 Según el censo escolar de 1946 el analfabetismo en Tucumán era 45% más bajo que en el Norte y más alto el porcentaje de población de edad escolar que recibía educación.
28 Se valoraron, al respecto, cuestiones tales como el subsidio por nacimiento, el salario familiar y la provisión de leche para los niños.
29 Se ha rescatado el “mayor índice de socialización” de la estructura tucumana, donde hacia fines de 1930 coexistían ingenios que pertenecían a los industriales, a agrupaciones de cañeros, a la provincia y a asociaciones de cañeros con factores comerciales.
 

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