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La Teoría de Movilización de Recursos
desnuda en América Latina
Sonia Puricelli*
* Universidad Autónoma de Zacatecas, México. E-mail:
Introducción
El presente
trabajo discute una de las teorías más influyentes dentro del campo de los
movimientos sociales —La Teoría de Movilización de Recursos (TMR)— y
cuestiona específicamente el problema de como dicha teoría puede contribuir
a la realidad latinoamericana. Justificamos nuestro interés en la TMR, dado
que ha repercutido desde los años setenta, no sólo en el pensamiento
abstracto del tema, sino también en múltiples estudios empíricos. No
obstante, aún provoca inquietudes puesto que es, a nuestro juicio,
conceptualmente débil. Además, como suele suceder con las teorías
predominantes, se discute en América Latina sin deliberar las
especificidades estructurales regionales. Por lo tanto, nos resulta útil
preguntar cuáles son sus limitantes y aportes, y cómo podemos abordar el
estudio de movimientos sociales en Latinoamérica.
Esta discusión
contiene tres puntos nodales: el primero contextualiza la teoría y expone en
qué consiste, el segundo la polemiza, y el tercero propone elementos para
seguir problematizando una noción de movimiento social en nuestra región
dentro del contexto de relaciones de poder en el neoliberalismo.
I. La Teoría de Movilización de Recursos
Contexto
En
los años sesenta —prometedores en términos de cambio social— germinó un
nuevo enfoque académico para entender a los movimientos sociales. A lo largo
de esta década brotaron múltiples e innovadoras movilizaciones mientras que,
a su vez, una escuela de académicos estadounidenses revolucionó el método
interpretativo para analizar el desenvolvimiento de estos fenómenos con
nuevas herramientas conceptuales. Frente a la nueva ola rebelde de aquel
entonces —que comprendió las protestas estudiantil, sindical, antinuclear,
pacifista, antiaborto, ecológica, feminista, de desempleados, de derechos de
los consumidores, de derechos civiles—, dichos investigadores rechazaron los
postulados que estaban de moda de la Teoría de Comportamiento Colectivo (TCC).
Subsecuentemente concibieron un modelo radicalmente opuesto que se difundió
en publicaciones influyentes durante los años setenta,1 y
cristalizó su predominio académico en el siguiente decenio: la Teoría de
Movilización de Recursos.
Atributos
conceptuales
En
su tiempo, las innovaciones de la TMR
... subrayan
tales variables “objetivas” como organización, intereses, recursos,
oportunidades y estrategias para explicar las movilizaciones a gran
escala… El “actor racional” (individuo y grupo), empleando razonamiento
estratégico e instrumental, reemplaza la multitud como el referente
central para el análisis de la acción colectiva.2
Indudablemente,
éstas constituyeron una ruptura violenta con las categorías psicológicas
anteriormente predominantes en la TCC, las cuales se preocuparon por las
frustraciones, la privación, los agravios y la agresión. La irracionalidad
de los actores y su incapacidad de adaptarse a la sociedad establecían los
hilos conductores de análisis en el enfoque de la Teoría de Comportamiento
Colectivo. En contraste, el juicio de que los movimientos sociales fueran
indeseables se extinguió con las nuevas conclusiones a través de las ideas
de movilización y recursos.
La definición conceptual que ofrece la TMR enuncia: “Un movimiento social
es un conjunto de opiniones y creencias en una población que representa
preferencias para cambiar algunos elementos de la estructura social y/o la
distribución de las recompensas en una sociedad.”3 Empero,
aportar a la conceptualización no es prioridad de la teoría; de hecho es un
elemento descuidado. Esta definición brinda variables operativas que se
desarrollan dentro de las reflexiones académicas, tales como opiniones y
preferencias. Sin embargo, el mayor esfuerzo del enfoque descansa en arrojar
luz sobre el funcionamiento interno de un movimiento.
Dentro de este marco de la TMR, los supuestos abstractos y el análisis de
casos se fundamentan en: a) las dinámicas y las tácticas del crecimiento y
declive de los movimientos sociales; b) la variedad de recursos que se deben
movilizar; c) el vínculo a otros grupos; d) la dependencia de apoyo externo
para el éxito; e) las tácticas de las autoridades para controlar o
incorporar.4 Elementos útiles, sin duda, que constituyen
instrumentos aplicables a cualquier caso, sin limitantes de temporalidad o
geografía; no obstante, otra vez, es evidente que padece de la omisión
abismal de ignorar la ideología implícita en los movimientos.
Esencialmente, el enfoque plantea que:
Primero, el
estudio de la agregación de recursos (dinero y trabajo) es primordial para
la comprensión de la actividad de movimientos sociales. Puesto que los
recursos son necesarios para emprender conflicto social, se deben agregar
para propósitos colectivos. Segundo, la agregación de recursos requiere
alguna forma mínima de organización, y, por tanto, implícitamente o
explícitamente, nos enfocamos más directamente en las organizaciones de
movimientos sociales que los que trabajan dentro de la perspectiva
tradicional. Tercero, en explicar los éxitos y fracasos de un movimiento
social, hay un reconocimiento explícito de la importancia primordial de la
participación de parte de los individuos y las organizaciones del exterior
de la colectividad que un movimiento social representa. Cuarto, un modelo
explícito de oferta y demanda, aunque sea tosco, a veces se aplica al flujo
de los recursos hacia y fuera de movimientos sociales específicos.
Finalmente, hay sensibilidad a la importancia de los costos y beneficios en
explicar la participación individual y organizacional en la actividad de un
movimiento social.5
A partir de esta
perspectiva, que se basa en teorías sociológicas y económicas —a diferencia
de las psicológicas de la TCC—, se identifican tres componentes
fundamentales que constituyen los principales puntos de referencia dentro de
los análisis: Sectores de Movimientos Sociales (SMS), Organizaciones de
Movimientos Sociales (OMS) e Industrias de los Movimientos Sociales (IMS).
De hecho, la TMR innova múltiples términos que construyen un lenguaje
idiosincrático, y las publicaciones desglosan las explicaciones y
justificaciones de sus indicadores. Exponen que una OMS es una organización
compleja, o formal, que identifica sus metas con las preferencias de un
movimiento social y busca implementar dichas metas6. A su vez, el
conjunto de las OMS que buscan lograr las preferencias más amplias de un
movimiento social constituye una IMS, que es el análogo organizativo de un
movimiento social y, por último, un SMS son todas las IMS en una sociedad.7
Defienden que la separación analítica de sectores, organizaciones e
industrias aporta ventajas, tales como: a) el enfoque explica el componente
organizativo de la actividad de un movimiento, b) el reconocimiento de que
los movimientos están representados por más de una OMS, y c) la posible
explicación del ascenso o declive de las IMS, independientemente del tamaño,
la intensidad o las preferencias de un movimiento social.8 La
tarea de la movilización de recursos de una OMS consiste en trabajar hacia
los cambios que buscan y vincular conceptualmente los movimientos y las IMS
mediante los siguientes recursos: legitimidad, dinero, infraestructura y
trabajo.9
Los teóricos forjan más detalladamente su léxico, por cierto, sutilmente
capitalista, y en la discusión se alude a: firmas, conglomerados,
reclutamiento, control de recursos, etcétera, y cada vocablo se justifica
cuidadosamente. Mediante esta construcción de lenguaje, la explicación de la
existencia de un movimiento yace en las siguientes variables claves ubicuas
en el discurso: organización, intereses, recursos (variedad y fuentes),
oportunidades, estrategias, burocracia y, sobre todo, mecanismos para
reducir costos. En fin, la existencia de un movimiento implica la
maximización de sus recursos, de acuerdo a la sagacidad que nos ofrece esta
perspectiva.
Aportaciones
Las
siguientes nociones que la TMR ha insertado en la discusión y el análisis
del tema, incuestionablemente pioneras en su momento, se han convertido en
ideas ahora difundidas y aceptadas sin mayor debate: a) los agravios no
necesariamente producen movimientos automáticamente, el proceso es más
complicado; b) los integrantes no son irracionales, psicológicamente
padecidos, sino participantes informados y convencidos; c) los movimientos
no son entidades aisladas, sino que interactúan con otras organizaciones,
autoridades, partidos, sectores de la sociedad, los medios de comunicación,
etcétera, y usan a la infraestructura de la sociedad para movilizarse. Estas
reflexiones han superado la crítica y han perdurado en las ciencias sociales
para formar hoy parte íntegra del entendimiento de los movimientos sociales.
Los investigadores pertenecientes a esta escuela proponen algunos elementos
donde se ha hecho más progreso en los aportes. Recalcan específicamente las
ventajas de la movilización masiva de activistas, cómo se usan las redes
para reclutar y bajo cuáles condiciones, ciertas personas con actitudes
favorables y neutrales se convierten en activistas.10 Por
ejemplo, señalan el provecho de la captación en bloque (es decir, grupos
preexistentes que comparten identidades distintivas fuertes y redes
interpersonales densas) puesto que estos grupos ya están organizados y
pueden movilizarse rápidamente.11
Mediante los
mecanismos que detallan —como la elección de tácticas de manera discriminada
(incluyendo la opción de cambiar metas si favorece al desempeño del
movimiento), las dinámicas para acrecentar sus recursos (y la delimitación
misma de los recursos prioritarios)—, concebimos a los movimientos como
entidades razonadas, metodológicas, estratégicas y sensibles con respecto a
las oportunidades y condiciones de organización.
En general, podemos apreciar que la teoría no sólo ha identificado la
infraestructura necesaria para sostener un movimiento, así como estrategias
de movilización que nos ayudan a entender la organización interna, sino que
también ha deliberado sobre su crecimiento. Por ende, con otra lectura,
podemos considerar que los discípulos de la TMR han contribuido a definir
mecanismos que puedan fortalecer un movimiento y consecuentemente favorecer
su éxito.
II. Críticas a la Teoría de Movilización de Recursos
Debilidades
Son
múltiples los elementos teóricos no consensuados entre académicos que aún
alimentan la discusión y la polémica en el campo de las teorías sobre
movimientos sociales. En primer lugar, mientras que la teoría se esfuerza
por destacar dinámicas y estrategias del crecimiento, declive y cambio de un
movimiento, no se compromete a articular una conceptualización de él.
Desglosa piezas de un movimiento, pero no explica su conjunto holístico, ni
su impacto en la construcción de una historia alternativa. La misma
vernácula que se emplea en las publicaciones correspondientes evidencia esta
fragmentación analítica, dado que las variables están des-ideologizadas y la
reflexión en general es despolitizada. Observamos que la teoría se
fundamenta más en categorías frescas que en reflexiones abstractas y una
consecuencia de ello es la construcción de un lenguaje en sí.
Dicho lenguaje
engloba los siguientes términos básicos con relación a los recursos humanos
que pueden aportar estratégicamente a un movimiento: adherentes [que
son los individuos y las organizaciones que creen en las metas de un
movimiento], constituyentes [proporcionan los recursos, es decir,
trabajo (tiempo) o fondos (dinero)], el público espectador [los
no-adherentes quienes no se oponen a un movimiento social y solamente
observan la actividad de un movimiento; son adherentes potenciales],
adherentes conscientes [los individuos y grupos que forman parte de un
movimiento social determinado pero quienes no se benefician directamente de
la realización de las metas de una OMS], constituyentes conscientes
[los partidarios de una OMS quienes no se benefician directamente de las
metas realizadas], equipo transitorio [empleados reunidos para una
tarea específica de corto plazo] y federación [sucursales que
organizan constituyentes en pequeñas unidades locales para ampliar la
búsqueda de metas en diferentes regiones], entre otros.
Cabe señalar que
los teóricos no consideran la histórica noción del bien común y es
notablemente ausente la inclusión de ideales en general, como solidaridad.
Indudablemente, los indicadores arriba mencionados constituyeron creatividad
académica en su tiempo, pero ahora resultan metodológicamente superfluos y
teóricamente infructíferos. De hecho, reproducen en un cierto sentido el
estilo enciclopédico de Smelser y otros de la corriente de la TCC, quienes
enlistan características y etiquetas sin cristalizar en conclusiones
integrales.12
La utilidad de los
indicadores característicos de la TMR descansa precisamente en ilustrar cómo
se logra movilizar los elementos que pueden desarrollar un movimiento
social. Sin embargo, el esfuerzo prioritario de este enfoque, que consiste
en maximizar los recursos y las condiciones —incluyendo el reclutamiento—,
se limita a cuestiones cuantitativas:
En un nivel, la
tarea de movilización de recursos es principalmente convertir adherentes
[quienes creen en las metas] en constituyentes [quienes proporcionan los
recursos] y mantener la participación de los ya constituyentes. Sin embargo,
en otro nivel, se puede considerar la tarea como convertir no-adherentes en
adherentes.13
Esta teoría no
aborda cómo maximizar técnicas de negociación con el adversario, ni cómo
consolidar las metas a largo plazo, tampoco cómo concientizar a las bases
sociales y la opinión pública en general sobre las causas estructurales del
descontento. En nuestra opinión, estas dinámicas constituyen recursos
cualitativos necesarios para complementar el volumen de un movimiento con
cohesión interna y fuerza que tenga el fin de influir en el cambio social.
La TMR no se
preocupa por considerar el contenido idealista y contestatario de los
movimientos sociales, por lo tanto no refleja su búsqueda de un mundo mejor.
De hecho, la concepción de recursos en ella es positivamente positivista
dado que esencialmente se limita a tiempo, dinero e individuos. Las ideas se
desenvuelven en un enfoque utilitario y exponen la importancia de tareas
estratégicas para lograr las metas, por ejemplo, contratar empleados,
“vender” su punto de vista a potenciales colaboradores, emplear la
mercadotécnica y competir con asociaciones voluntarias, políticas y
religiosas para obtener recursos del público. La alusión a las dinámicas de
una empresa dentro de un mercado es deliberada. En este sentido, esta visión
administrativa carece de significado, puesto que no analiza la razón de ser
de las luchas. Definitivamente no aporta los porqués y cómos contextuales, y
no considera el descontento popular en relación con las estructuras
socioeconómicas.
Para el paradigma
de la movilización de recursos, el objeto de análisis no es el movimiento
social en este sentido [ideológico], sino la acción colectiva entre grupos
con intereses opuestos. El análisis no procede desde una relación
hermenéutica hacia la ideología o la auto-comprensión de los actores
colectivos.14
La agenda oculta
ideológica de eludir el análisis de clase, indudablemente ha repercutido en
las investigaciones (y no es exagerado conjeturar acerca de la elección de
casos, la región, el enfoque y las conclusiones). Consideramos un estudio
ilustrativo de la campaña de movilización del Sindicato de Trabajadores
Industriales de la Federación Sindical Holandés para una semana laboral más
corta, en el cual se construye una metodología matemática mediante
ecuaciones, tablas y gráficas para atribuir puntos a las actitudes y
motivaciones de los miembros (por ejemplo, la voluntad de participación) y
así aportar aparentemente a la ciencia.15 Este análisis
cuantificado constituye, en realidad, una herramienta falsa si consideramos
que agregar números al estudio no esclarece la comprensión, al contrario,
coarta la reflexión crítica concerniente a la problematización del fenómeno.
Los economistas
neoclásicos… frecuentemente han perseguido el proyecto “imperialista” de
llevar análisis microeconómico de interés propio dentro de todas las áreas
de la conducta humana… Por lo tanto, los modelos desarrollaron cuestiones
excluyentes de poder y estratificación, además de personalidad y actitudes,
como las preocupaciones de otras disciplinas, otorgándoles implícitamente
poco peso.16
Otra crítica
puntual ataca los supuestos deshumanizantes de la teoría, en particular, el
manejo de un actor pseudo-universal sin historia personal, ni género, raza,
o clase. Consecuentemente, significa que los valores y las perspectivas
atribuidas a todos los actores son de los varones blancos de clase media en
sistemas capitalistas occidentales.17
Trasciende en una
teoría burguesa, hasta el perfil de los integrantes de los movimientos es
burgués. Además, repercute en el individualismo, en el sentido de que aplica
mucho énfasis en cómo obtener más (recursos) y cómo competir entre otros IMS
y OMS.18
Al considerar las
metas de las OMS como productos y la adherencia como demanda, entonces,
podemos aplicar un modelo económico sencillo a este proceso competitivo. La
demanda puede ser elástica, y su elasticidad probablemente depende en forma
considerable de la publicidad de las OMS. Los productos se pueden sustituir
por todas las IMS.19
La discusión sobre
los productos de los movimientos sociales [las metas de las OMS], su demanda
[los adherentes, partidarios] y la publicidad necesaria para influir en la
demanda, constituye un discurso eficientista y ejecutivo. Esta mentalidad
alude a dinero y ganancias, y establece una lógica injustificadamente
economicista y hasta mercenaria.
Podemos juzgar
retrospectivamente este enfoque —que era vanguardista hace varios lustros—
como una ramificación de la Teoría de la Elección Racional aplicada al
estudio de movilizaciones. Esta última, básicamente consiste en estudiar la
libre elección de los actores, que son seres racionales. El poderoso
pensamiento neoclásico penetra el campo de la TMR y determina tanto su
lenguaje como sus fundamentos: “La participación en un movimiento social se
considera… como el resultado de los procesos de una decisión racional en la
cual las personas calculan los costos y los beneficios de su participación.”20
Este hilo conductor evidentemente conduce la reflexión hacia una
atomización analítica y a un discurso individualista, y floreció
oportunamente como antecesor del proyecto neoliberal.
La noción de la
movilización de recursos ha sido empleada para transformar el estudio de los
movimientos sociales hacia un estudio de estrategias, como si los actores se
definieran por sus metas y no por las relaciones sociales —y sobre todo las
relaciones de poder— en las cuales están implicados… Pero en demasiados
casos, esta noción se emplea para eliminar interrogativos acerca del
significado de la acción colectiva, como si la movilización de recursos se
pudiera definir independientemente de la naturaleza de las metas y las
relaciones sociales del actor, como si todo actor fuera finalmente conducido
por una lógica de la racionalidad económica.21
Observamos un
círculo vicioso confundido, o quizá una espiral, entre los estudios de caso
y la concepción de lo que es un movimiento social. Las investigaciones nos
ilustran los ejemplos de Mothers Against Drunk Driving, Southern Farmers’
Alliance, Students for a Democratic Society, American Communist Party,
National Organization for Women y Woman’s Christian Temperance Union como
estudios de caso de movimientos sociales bajo el modelo de la TMR.22
Observamos que reflejan la tendencia de considerar a algunas ONG, grupos de
presión y organizaciones religiosas en el estudio de los movimientos. En el
caso de Mothers Against Drunk Driving, es poco sorprendente que “... se
emprendió con recursos financieros considerables del gobierno federal, y
obtuvo apoyo organizativo de oficiales locales y públicos, y agencias
policíacas.”23 Esta miscelánea desorienta la comprensión de los
casos de estudio y también de la abstracción de los movimientos, y resulta
complejo identificar si las teorías son la causa o el efecto del caos
conceptual que aún no se resuelve.
A manera de
conclusión: la teoría ante el espejo latinoamericano
Es
pertinente subrayar que los estudios de caso concernientes a la inspiración
y aplicación de la TMR provienen de los Estados Unidos. Es un contexto
postindustrial, en el cual la teoría ha abordado desde su principio
movimientos de negros y de organizaciones religiosas y, cada vez con mayor
importancia, organizaciones de derechos civiles. En otro mundo, el nuevo, en
un contexto de industrialización subordinada, las fuentes empíricas no han
sido análogas. En nuestros países subdesarrollados han predominado
movimientos de liberación (movimientos nacionales, sectoriales e indígenas).
La índole de la movilización latinoamericana refleja conflictos de propiedad
privada, acceso a medios de producción, condiciones de trabajo y soberanía
nacional que consecuentemente confrontan las contradicciones del capital
(ahora neoliberal). Es más, subyace fehacientemente el antiimperialismo en
muchas movilizaciones en contra de privatizaciones, la marginación y
exclusión. Sin embargo, pese a las diferencias empíricas y filosóficas en
Latinoamérica, la Teoría de Movilización de Recursos (paralelamente a la
Teoría de Acción Colectiva y de Nuevos Movimientos Sociales) continúa
influyendo en investigaciones de la región.24
Más allá del
centrismo estadounidense, podemos matizar hasta qué punto se puede aplicar
la TMR a América Latina. A pesar de las múltiples debilidades expuestas, no
hay que descartarla sin explorar su capacidad explicativa. La teoría desnuda
puede ser metodológicamente abrigada con un tejido latinoamericano y nos
proponemos precisamente articular ideas útiles para ese fin.
En primer lugar,
identificamos los recursos en AL como materiales, simbólicos e
intelectuales. El Movimiento Sin Tierra en Brasil, Los Piqueteros en
Argentina, los Cocaleros en Bolivia, y muchos otros casos, comprueban que un
movimiento puede crecer sin riqueza financiera en nuestra región
subdesarrollada. Por tanto, otorgamos más importancia a la solidaridad y a
las propuestas para el cambio social que al financiamiento. Una clave sería,
entonces, maximizar las relaciones internas y también las sostenidas con
entidades al exterior, además de fortalecer la ideología correspondiente.
Observamos que,
por ejemplo, en México el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, se
ancla, en parte, en La Red Zapatista en Movimiento por la Liberación
Nacional y el Frente Zapatista de Liberación Nacional, entre otras OMS; el
movimiento boliviano contra la privatización de recursos naturales de
septiembre-octubre de 2003 en La Paz, trascendió hasta México; la
subsecuente Megamarcha del 27 de noviembre de 2003 en la ciudad de México,
en contra de las reformas estructurales privatizadoras, englobó profusas
organizaciones participantes;25 y los Altermundistas extienden
cada vez más su red paradigmática. No obstante, sus metas a largo plazo aún
no se materializan y este SMS no se ha aliado en un movimiento
potencialmente capaz de revolucionar el meollo de las demandas: las
relaciones y el modelo de producción.
Podemos deducir
que para maximizar estratégicamente la correlación de fuerzas en
Latinoamérica no es suficiente aumentar los simpatizantes, es fundamental
desarrollar los frentes y las alianzas, es imperativo difundir su ideología
y es urgente fortalecer el poder de negociación de los movimientos. La
ideología es primordial; en nuestro contexto latinoamericano no estamos
deliberando sobre ONG, ni beneficencias. Contamos con movimientos sociales
que expresan la política de masas en contra de las contradicciones sociales.
Complementando el enfoque con la inclusión de variables como dominación y
explotación, éste podría alcanzar a reflejar la realidad de manera
contextualizada. Planteamos que la teoría puede ofrecer una contribución
actualizada y regionalizada al campo si incluimos causantes estructurales de
conflictos y elementos no-materiales en la movilización (valores, bien
común, etcétera).
III. Elementos para construir una teoría alternativa
Propuestas
Por
último, queda pendiente madurar un concepto de movimientos sociales desde y
para América Latina, y una teoría correspondiente. Mientras que continúe la
discusión, proponemos —como punto de partida— la siguiente definición de qué
es un movimiento social en Latinoamérica:
Es el resultado de
un proceso de:
i) la organización
de la base a través de: a) la concientización de explotación y/o dominación,
b) el descontento colectivo en un contexto general de conflicto entre
capital y trabajo, y c) acuerdos de acción;
ii) la
representación de sus intereses (generalmente materiales) mediante: a)
protestas públicas, y b) demandas específicas;
iii) en su fase
final, la ejecución de (todos, algunos o ninguno de) sus intereses mediante
la negociación con el adversario.
En América Latina
en general, los movimientos sociales actuales son una expresión de sectores
medianos y bajos perjudicados por las políticas del Estado y buscan
principalmente reivindicaciones económicas: subsistencia, derechos
laborales, condiciones de vida, soberanía de recursos naturales, etcétera.
El análisis de los
movimientos sociales requiere considerar el contexto histórico, político y
económico para explicar por qué surgen a través de un ámbito no sólo
coyuntural sino también estructural. Por lo tanto, es improcedente eliminar
al Estado de la reflexión. Para desarrollar dicha explicación, es
imprescindible exponer qué buscan transformar en la sociedad, y cómo
construyen esta alternativa. En atención a las consideraciones arriba
mencionadas, proponemos las siguientes hipótesis y reflexiones para
problematizar el estudio de la mayoría de los movimientos sociales actuales
en nuestra región:
i. La relación
entre el Estado y la sociedad es subordinada a la relación entre el Estado y
el capital transnacional.
Son relaciones
incompatibles entre sí por la forma en que están operando en América Latina,
dado que el modelo de acumulación ahora favorece a la relación entre el
Estado y capital transnacional a costa de
excluir a la mayoría de la población. La reorientación económica, las
privatizaciones y la concentración de riqueza recuperaron la rentabilidad
del capital, pero la ideología individualista y competitiva neoliberal no
deja lugar para los intereses de las masas. El Estado sigue siendo
intervencionista, pero ya no con compromiso social sino para subsidiar y
garantizar las condiciones de ganancia para las grandes corporaciones. La
élite política es oligárquica otra vez y busca crecimiento, no desarrollo.
Esta hipótesis
conlleva las siguientes repercusiones:
ii. Las grandes
corporaciones dictan las relaciones sociales y las relaciones de poder,
incluyendo los intereses del Estado.
Su concentración
de riqueza y propiedad privada implica que controlan las condiciones de
trabajo. Dado que no tienen compromiso social y su ganancia se basa en mano
de obra barata (a consecuencia de la explotación y el desempleo), las
condiciones laborales son precarias, flexibilizadas y cada vez más
informales. Esta dinámica provoca una sociedad polarizada.
Por su parte, el
Estado es aliado de las grandes corporaciones. Le interesa el crecimiento
estabilizador (aunque sea concentrado) y la nueva reorientación del capital
que recupera el lucro. Sus proyectos provocan un nuevo control político y
económico sobre las relaciones de producción y la distribución de riqueza,
que son ahora más elitistas.
iii. El poder
político estatal, junto con el poder transnacional corporativo resta poder
popular (poder de los movimientos).
Los intereses de
los primeros no incluyen los intereses del último. La mayoría de los
movimientos cuentan con poder convocatorio y legitimidad, pero no suficiente
poder de negociación para realizar sus demandas más substanciales. Sus
demandas no tienen lugar en el proyecto económico y los movimientos son
desmantelados y/o ignorados sin que afecte al dominio del Estado y el
capital transnacional. Los movimientos solos no cuentan con suficiente
fuerza política para alterar esta relación, y sus alianzas con otros
movimientos, sindicatos y niveles institucionales de izquierda tampoco
alcanzan a constituir un poder político popular. La lucha de clases es
coyunturalmente débil y los movimientos afectan la legitimidad del Estado
(incluyendo su modelo de acumulación), pero no alteran las relaciones de
poder político y económico.
iv. La exclusión
económica lleva a la exclusión política.
El proyecto
económico requiere una gestión política determinante, dado que la economía y
la política son inseparables. La inclusión ahora es elitista: se basa en la
acumulación concentrada del gran capital. La exclusión de las masas de la
distribución de riqueza está estrechamente vinculada con la ausencia de un
Estado de Bienestar. Por lo tanto, los reclamos sociales y la organización
de intereses populares —los movimientos sociales— no tienen lugar en estas
relaciones de dominación.
El Estado y el
capital transnacional son suficientemente fuertes para no ceder a presiones
sociales y no pagan consecuencias significativas. El primero puede seguir
ejecutando sus políticas sin consulta ni consenso popular en la mayoría de
los países latinoamericanos. La correlación de fuerzas se ha invertido y la
lucha de clases está desmoralizada y desmantelada, salvo unas excepciones
alentadoras, tales como El campo no aguanta más (México 2002-2004) y otros
movimientos arriba mencionados.
De acuerdo con la
historia, el Estado sólo haría una reorientación en caso de a) una pérdida
de ganancia del gran capital, es decir, una crisis irrecuperable, o b)
encontrarse ante una fuerza social de alcance revolucionario.
Notas
Bibliografía
citada
Libros
Libros referidos
Revistas
COHEN, Jean L.: “Strategy
or Identity: New Theoretical Paradigms and Contemporary Social Movements”,
in Social Research, USA, Volume 52, Number 4, Winter, 1985, pp.
663-716.
JENKINS, J. Craig: “La teoría de la movilización de recursos y el estudio
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pp. 5-49.
[“Resource Mobilization Theory and the Study of Social Movements”, in
Annual Review of Sociology, USA, Volume 9, 1983, pp. 527-553]
KLANDERMAS,
Bert: “Mobilization and Participation: Social-Psycological Expansions of
Resource Mobilization Theory”, in American Sociological Review,
USA, Volume 49, Number 5, October 1984, pp. 583-600.
McCARTHY, John D., Zald, Mayer N.: “Resource Mobilization and Social
Movements: A Partial Theory”, in American Journal of Sociology,
USA, Volume 82, Number 6, May, 1977, pp. 1212-1241.
TOURAINE, Alain: “An Introduction to the Study of Social Movements”,
in Social
Research,
USA, Volume 52, Number 4, Winter, 1985, pp. 749-787.
Periódicos
La
Jornada,
México, viernes 28 de noviembre de 2003.
El
Universal,
México, viernes 28 de noviembre de 2003.
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