Revista THEOMAI   /  THEOMAI   Journal
Estudios sobre Sociedad, Naturaleza y Desarrollo / Society, Nature and Development Studies

 

número 12 (segundo semestre de 2005) 
number 12 (second semester of 2005)

    

ISSN 1515-6443


Los caminos literarios del viaje

 
Carina Rodríguez
*

 

* Universidad Nacional de Quilmes 

 

El viaje como utopía, metáfora, experiencia mística, descubrimiento geográfico, fuente histórica, análisis cultural, entre otras, conforman las diversas aristas de la literatura de viajeros, que se remonta desde el mítico regreso de Ulises a su hogar en Odisea hasta los documentales, suplementos y manuales de turismo actuales.

En la ciudad de Rosario, investigadores, historiadores, geógrafos, antropólogos, literatos, filólogos y escritores de América latina, Estados Unidos y Europa transitaron por los senderos de los relatos de aventureros de otros espacios y tiempos. El segundo encuentro "Las metáforas del viaje y sus imágenes. La literatura de viajeros como problema" fue organizado por la Universidad Nacional de Rosario (UNR), la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) y la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF).

“Tradicionalmente, la literatura de viaje es interpretada bajo parámetros analíticos que explicitan un desplazamiento desde la racionalidad de Occidente, hacia territorios inexplorados del mundo moderno. Desde esta perspectiva centralizada, el viaje se concibe como desplazamiento, como búsqueda conflictiva en la cual espacio, tiempo y horizonte cultural delinean los bordes de una otredad intranquilizadora y casi siempre amenazante”, señala Sandra Fernández, historiadora de la UNR.

La alteridad es la protagonista en los libros de bitácora. El viajero en su itinerario explora culturas desconocidas, paisajes nunca antes vistos, sistemas de valores diferentes. Y, frente a esto, existen diversas actitudes: “la que ni siquiera se plantea que pueda existir algo diferente que posea algún valor, y por lo tanto es inmune a toda curiosidad; y la que se inclina con interés inicial sobre lo distinto, pero no resiste la confrontación y lo que intenta es asimilarlo a lo propio”, describe la docente investigadora de la UNQ, Margarita Pierini.

Más allá de los recursos de la asimilación, la visión de lo desconocido imprime a fuego nuevas sensaciones en el explorador. “Cuando el autor escribe, disuelve su yo en los personajes que afloran. Con el viaje sucede lo mismo, es un desafío porque pone a prueba los límites de la identidad. Nadie sale indemne”, agrega el escritor Christian Kupchik. Y el viaje supone el traslado de un punto a otro: geográfico o espiritual, real o literario. Cada vez que el viajero describe sus experiencias o el lector abre las páginas del libro, se emprende un nuevo camino. Kupchik acertó una definición del viaje en la conferencia final o, tal vez, abrió más  interrogantes: “¿Un rizo, un rodeo deformando el curso lineal de una vida? ¿Un accidente de la duración? ¿Un acontecimiento aleatorio, ya inspirado o impuesto? ¿Una vocación, un rito, una peripecia, una ruptura, una excrecencia particular de la curiosidad o, entre otros, un modo de aprendizaje, una forma de fuga, un remedio para el placer?”.


El viaje en el cine y la literatura

En la actualidad, la problemática del viaje se recrea no sólo a través de la pluma sino también a través del ojo de la cámara. Imágenes conjuradas en la mente de escritores se han trasladado, con mayor o menor influencia, a la pantalla del cine.

A principios del siglo veinte, Joseph Conrad publicó “El corazón de las tinieblas”. Con el tiempo, este relato de codicia, sinrazón y hastío existencial ha sido considerado uno de los más convulsivos análisis sobre el espíritu colonial de Occidente. Muchos escritores y artistas han buceado en los elementos de esta novela. La historia narrada se adentra en la densa selva africana, donde Marlow avanza por el río Congo en busca de Kurtz, un brillante hombre de empresa que perdió la razón en medio de la jungla. Su viaje es una odisea: el barco en el que navega es arcaico, el río es peligroso y acechado por nativos cuyos ojos brillan en la oscuridad, el calor es insoportable. Marlow avanza obsesionado por el hombre al que busca, del cual se va formando una imagen contradictoria y mitificada.

En 1979, Francis Ford Coppola filmó Apocalypse Now. La película es un viaje al centro de Vietnam en el medio de la guerra. En ella, el Capitán Willard es un oficial de los servicios de inteligencia del ejército de Estados Unidos al que se le ha asignado la peligrosa misión de avanzar río arriba para eliminar a Kurtz, un coronel estadounidense renegado que ha organizado su propio ejército.

El espíritu de El corazón de las tinieblas recorre Apocalipse now. Si las palabras de Conrad se asemejan a pinceladas en esa tela que representa la vertiginosidad de la modernidad europea y demarcan un territorio particular, Apocalypse Now se revela como una trasposición en imágenes fílmicas de otro viaje, uno donde África se metamorfosea en Vietnam y se convierte en el glosador de un hecho puntual” señala Lilian Diodatti, docente e investigadora de la Universidad Nacional de Rosario.

El río es el escenario en ambos casos. “Marlow es un hombre de mar inglés que no sólo reconoce la grandeza de los ríos, sino además el papel jugado por éstos en el desarrollo de las conquistas y la expansión colonial. En cambio, el río de Willard se presenta totalmente despojado de las connotaciones conradianas, no tiene pasado, ni grandezas que exhibir, sólo es una vía de comunicación que le permitirá acceder al cumplimiento de su tarea, eliminar a Kurtz”, explica Diodatti.

La selva, por su parte, encarna para Conrad el espacio que conduce a las oscuridad, y para Coppola el Apocalipsis, aquel que se amalgama con el protagonista, Willard, a medida que se acerca a Kurtz. “Es como si la subjetividad del personaje paulatinamente fuera agenciándose de los rasgos de aquella, sinuosa, oscura, abrumante, abrasadora, destilando una humedad presentada en el rostro casi permanentemente sudoroso del soldado”, agrega la investigadora.

La pluma de Conrad y la cámara de Coppola delinean entonces un territorio a medida que avanza el viaje y convierten a ese espacio, el río y la selva, en otros personajes. Es un viaje que no permitirá a los protagonistas permanecer inmutables. Es un descenso al infierno, donde habitan las consecuencias del colonialismo europeo o las ruinas de la guerra. Y en el centro de la escena, lo que une ambos relatos es el horror. El que pronuncia Kurtz antes de morir, el que resuena en la mente de Willard, el que tal vez inspira a Conrad a escribir o a Coppola a filmar. Es el horror escondido en las profundas tinieblas del corazón del hombre.


En definitiva, ¿por qué viajamos?

Cada viaje está presidido por un objetivo, un motivo y una legitimidad diferente. Y también por una ética. Son reglas y valores que, a pesar de no tomar la forma de un reglamento o tratado, se asoman en los escritos y las guías de viaje clásicas y actuales.

“No hay viaje sin moral: todos poseen una idea directriz, una razón mayor, un valor dominante, una motivación manifiesta o un principio edificante. Cualquiera de estas variables vinculada al objetivo de partida parece ser indispensable”, señala el escritor Christian Kutpchik.

Desde la Edad Media, los aventureros se ponen en camino en función de un móvil. Antes que viajeros, son marinos, mercaderes, militares, corresponsales, emisarios, embajadores, que se trasladan para descubrir y conquistar tierras desconocidas, transportar bienes, hombres y técnicas, imponer ideas o realizar avances científicos.

Y una vez emprendido el sendero, deben franquear el umbral invisible de una nueva cultura, paisaje o realidad. El viaje se convierte entonces en una eterna intrusión. “Confrontado el viajero al triste espectáculo de la guerra o la miseria, más que medir el peligro de lo real, puede dominar en ellos un súbito hastío motivado por la conciencia de estar allí donde no debe”, ejemplifica Kutpchik. Entonces, este sentimiento puede llenar de culpa al explorador, inmutándolo e induciéndolo a regresar al punto de partida. En cambio, si la culpa es escasa, la relación con el otro puede bordear la indiferencia, la falta de respeto o la condescendencia.

En contraposición a la movilidad originada por un oficio o motivo, el escritor ubica al viaje pasión: un desplazamiento de carácter más íntimo, es el impulso que nos incita a trasladarnos para amar, odiar o creer en lo que vemos. Es el desplazamiento como motor de lo sagrado.

Una de sus primeras versiones es el viaje religioso. En sus inicios, Yahvé es un Dios del camino que invita a sus criaturas a deambular por el desierto o a navegar en un arca. Las peregrinaciones a Medina, Jerusalén o La Meca se incluyen en esta categoría. Y actualmente se suma el turismo religioso a lugares como el Tíbet, Roma o la ciudad local de Luján que combinan la devoción, con los atractivos culturales y los espacios de placer.

También pueden incluirse peregrinajes sin ingredientes religiosos. Aquellos que buscan otros objetos de culto: la ruta del Che, el Louvre, la tumba de Lenin. O los que se mueven motivados por pasiones personales: encontrar la naturaleza en regiones salvajes o las raíces del blues en África. Son aventureros vehementes por encontrar el pasado, resucitar ritos ancestrales o erigir idealismos perdidos.

Frente a estas tipificaciones, Kutpchik apuesta por el viajero que “se une a las fuentes primigenias en la historia de la movilidad humana: aquel que desritualiza el viaje y experimenta, que se funde en el enigma. No busca establecer una ética ni se esconde en una moral. Simplemente, viaja, y sabe que ese viaje esconde otro, y luego otro, que lo conducirá hasta un incierto destino donde, tal vez, lo espera su íntima inmensidad”.

 

 


 
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