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Los caminos literarios del viaje
Carina Rodríguez*
* Universidad Nacional de Quilmes
El viaje como
utopía, metáfora, experiencia mística, descubrimiento geográfico, fuente
histórica, análisis cultural, entre otras, conforman las diversas aristas de
la literatura de viajeros, que se remonta desde el mítico regreso de Ulises
a su hogar en Odisea hasta los documentales, suplementos y manuales de
turismo actuales.
En la ciudad
de Rosario, investigadores, historiadores, geógrafos, antropólogos,
literatos, filólogos y escritores de América latina, Estados Unidos y Europa
transitaron por los senderos de los relatos de aventureros de otros espacios
y tiempos. El segundo encuentro "Las metáforas del viaje y sus imágenes. La
literatura de viajeros como problema" fue organizado por la Universidad
Nacional de Rosario (UNR), la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) y la
Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF).
“Tradicionalmente, la literatura de viaje es interpretada bajo parámetros
analíticos que explicitan un desplazamiento desde la racionalidad de
Occidente, hacia territorios inexplorados del mundo moderno. Desde esta
perspectiva centralizada, el viaje se concibe como desplazamiento, como
búsqueda conflictiva en la cual espacio, tiempo y horizonte cultural
delinean los bordes de una otredad intranquilizadora y casi siempre
amenazante”, señala Sandra Fernández, historiadora de la UNR.
La alteridad
es la protagonista en los libros de bitácora. El viajero en su itinerario
explora culturas desconocidas, paisajes nunca antes vistos, sistemas de
valores diferentes. Y, frente a esto, existen diversas actitudes: “la que ni
siquiera se plantea que pueda existir algo diferente que posea algún valor,
y por lo tanto es inmune a toda curiosidad; y la que se inclina con interés
inicial sobre lo distinto, pero no resiste la confrontación y lo que intenta
es asimilarlo a lo propio”, describe la docente investigadora de la UNQ,
Margarita Pierini.
Más allá de
los recursos de la asimilación, la visión de lo desconocido imprime a fuego
nuevas sensaciones en el explorador. “Cuando el autor escribe, disuelve su
yo en los personajes que afloran. Con el viaje sucede lo mismo, es un
desafío porque pone a prueba los límites de la identidad. Nadie sale
indemne”, agrega el escritor Christian Kupchik. Y el viaje supone el
traslado de un punto a otro: geográfico o espiritual, real o literario. Cada
vez que el viajero describe sus experiencias o el lector abre las páginas
del libro, se emprende un nuevo camino. Kupchik acertó una definición del
viaje en la conferencia final o, tal vez, abrió más interrogantes: “¿Un
rizo, un rodeo deformando el curso lineal de una vida? ¿Un accidente de la
duración? ¿Un acontecimiento aleatorio, ya inspirado o impuesto? ¿Una
vocación, un rito, una peripecia, una ruptura, una excrecencia particular de
la curiosidad o, entre otros, un modo de aprendizaje, una forma de fuga, un
remedio para el placer?”.
El viaje en el cine y la literatura
En la
actualidad, la problemática del viaje se recrea no sólo a través de la pluma
sino también a través del ojo de la cámara. Imágenes conjuradas en la mente
de escritores se han trasladado, con mayor o menor influencia, a la pantalla
del cine.
A principios
del siglo veinte, Joseph Conrad publicó “El corazón de las tinieblas”. Con
el tiempo, este relato de codicia, sinrazón y hastío existencial ha sido
considerado uno de los más convulsivos análisis sobre el espíritu colonial
de Occidente. Muchos escritores y artistas han buceado en los elementos de
esta novela. La historia narrada se adentra en la densa selva africana,
donde Marlow avanza por el río Congo en busca de Kurtz, un brillante hombre
de empresa que perdió la razón en medio de la jungla. Su viaje es una
odisea: el barco en el que navega es arcaico, el río es peligroso y acechado
por nativos cuyos ojos brillan en la oscuridad, el calor es insoportable.
Marlow avanza obsesionado por el hombre al que busca, del cual se va
formando una imagen contradictoria y mitificada.
En 1979,
Francis Ford Coppola filmó Apocalypse Now. La película es un viaje al
centro de Vietnam en el medio de la guerra. En ella, el Capitán Willard es
un oficial de los servicios de inteligencia del ejército de Estados Unidos
al que se le ha asignado la peligrosa misión de avanzar río arriba para
eliminar a Kurtz, un coronel estadounidense renegado que ha organizado su
propio ejército.
El espíritu
de El corazón de las tinieblas recorre Apocalipse now. “Si
las palabras de Conrad se asemejan a pinceladas en esa tela que representa
la vertiginosidad de la modernidad europea y demarcan un territorio
particular, Apocalypse Now se revela como una trasposición en
imágenes fílmicas de otro viaje, uno donde África se metamorfosea en Vietnam
y se convierte en el glosador de un hecho puntual” señala
Lilian
Diodatti, docente e investigadora de la Universidad Nacional de Rosario.
El río es el
escenario en ambos casos. “Marlow
es un hombre de mar inglés que no sólo reconoce la grandeza de los ríos,
sino además el papel jugado por éstos en el desarrollo de las conquistas y
la expansión colonial. En cambio, el río de Willard se presenta totalmente
despojado de las connotaciones conradianas, no tiene pasado, ni grandezas
que exhibir, sólo es una vía de comunicación que le permitirá acceder al
cumplimiento de su tarea, eliminar a Kurtz”, explica Diodatti.
La selva, por
su parte, encarna para Conrad el espacio que conduce a las oscuridad, y para
Coppola el Apocalipsis, aquel que se amalgama con el protagonista, Willard,
a medida que se acerca a Kurtz. “Es
como si la subjetividad del personaje paulatinamente fuera agenciándose de
los rasgos de aquella, sinuosa, oscura, abrumante, abrasadora, destilando
una humedad presentada en el rostro casi permanentemente sudoroso del
soldado”, agrega la investigadora.
La pluma de
Conrad y la cámara de Coppola delinean entonces un territorio a medida que
avanza el viaje y convierten a ese espacio, el río y la selva, en otros
personajes. Es un viaje que no permitirá a los protagonistas permanecer
inmutables. Es un descenso al infierno, donde habitan las consecuencias del
colonialismo europeo o las ruinas de la guerra. Y en el centro de la escena,
lo que une ambos relatos es el horror. El que pronuncia Kurtz antes de
morir, el que resuena en la mente de Willard, el que tal vez inspira a
Conrad a escribir o a Coppola a filmar. Es el horror escondido en las
profundas tinieblas del corazón del hombre.
En definitiva,
¿por qué viajamos?
Cada viaje
está presidido por un objetivo, un motivo y una legitimidad diferente. Y
también por una ética. Son reglas y valores que, a pesar de no tomar la
forma de un reglamento o tratado, se asoman en los escritos y las guías de
viaje clásicas y actuales.
“No hay viaje
sin moral: todos poseen una idea directriz, una razón mayor, un valor
dominante, una motivación manifiesta o un principio edificante. Cualquiera
de estas variables vinculada al objetivo de partida parece ser
indispensable”, señala el escritor Christian Kutpchik.
Desde la Edad
Media, los aventureros se ponen en camino en función de un móvil. Antes que
viajeros, son marinos, mercaderes, militares, corresponsales, emisarios,
embajadores, que se trasladan para descubrir y conquistar tierras
desconocidas, transportar bienes, hombres y técnicas, imponer ideas o
realizar avances científicos.
Y una vez
emprendido el sendero, deben franquear el umbral invisible de una nueva
cultura, paisaje o realidad. El viaje se convierte entonces en una eterna
intrusión. “Confrontado el viajero al triste espectáculo de la guerra o la
miseria, más que medir el peligro de lo real, puede dominar en ellos un
súbito hastío motivado por la conciencia de estar allí donde no debe”,
ejemplifica Kutpchik. Entonces, este sentimiento puede llenar de culpa al
explorador, inmutándolo e induciéndolo a regresar al punto de partida. En
cambio, si la culpa es escasa, la relación con el otro puede bordear la
indiferencia, la falta de respeto o la condescendencia.
En
contraposición a la movilidad originada por un oficio o motivo, el escritor
ubica al viaje pasión: un desplazamiento de carácter más íntimo, es
el impulso que nos incita a trasladarnos para amar, odiar o creer en lo que
vemos. Es el desplazamiento como motor de lo sagrado.
Una de sus
primeras versiones es el viaje religioso. En sus inicios, Yahvé es un
Dios del camino que invita a sus criaturas a deambular por el desierto o
a navegar en un arca. Las peregrinaciones a Medina, Jerusalén o La Meca se
incluyen en esta categoría. Y actualmente se suma el turismo religioso a
lugares como el Tíbet, Roma o la ciudad local de Luján que combinan la
devoción, con los atractivos culturales y los espacios de placer.
También pueden
incluirse peregrinajes sin ingredientes religiosos. Aquellos que buscan
otros objetos de culto: la ruta del Che, el Louvre, la tumba de Lenin. O los
que se mueven motivados por pasiones personales: encontrar la naturaleza en
regiones salvajes o las raíces del blues en África. Son aventureros
vehementes por encontrar el pasado, resucitar ritos ancestrales o erigir
idealismos perdidos.
Frente a estas
tipificaciones, Kutpchik apuesta por el viajero que “se une a las fuentes
primigenias en la historia de la movilidad humana: aquel que desritualiza el
viaje y experimenta, que se funde en el enigma. No busca establecer una
ética ni se esconde en una moral. Simplemente, viaja, y sabe que ese viaje
esconde otro, y luego otro, que lo conducirá hasta un incierto destino
donde, tal vez, lo espera su íntima inmensidad”.
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