Desde la segunda posguerra
mundial los organismos financieros internacionales manifiestan un
destacado interés por los importantes niveles de desigualdad social
en América Latina que, sobre la base de la experiencia de su proceso
histórico, exhibe un no deseado y sí generalizado liderazgo.
El desarrollo
económico y social tuvo, como idea, un significativo apoyo después
de la Guerra, tanto en el ámbito académico como en el político. Como
proyecto social implicaba la posibilidad de la mejora de las
condiciones de vida de amplias masas de la población, así como su
inclusión en le esquema productivo y en el sistema cultural.
Desarrollo y modernización productiva y social son
categorías que se generalizaron durante la década de 1950 en el
ámbito de la sociología y de la economía. Ya en los 60 la idea de
desarrollo y su contrapartida, el subdesarrollo,
integraron parte de una discusión que incluía la impugnación del
orden económico internacional y las estructuras sociales y políticas
locales.
Desarrollo y
dependencia se mostraron como categorías estrechamente
articuladas. Y el desplazamiento del desarrollo como problema
técnico al terreno del conflicto político, modificó tanto la
percepción del mismo como las soluciones consideradas apropiadas
para alcanzarlo. Los proyectos autoritarios y de desintegración
económica y social a fines de los 70 y comienzos de los 80
modificaron de manera radical la discusión, orientándola a la
preocupación por un ajuste económico, que supera la función
instrumental para erigirse prontamente en un fin en sí mismo.
En este contexto,
entre fin de los 80 y durante las décadas siguientes el concepto de
desarrollo es vastamente desplazado por el término
unidimensional de crecimiento (Thiel Reinold, Teoría del
desarrollo). Se trata del denominado
modelo neoliberal, orientado al mercado, que concibe el
desarrollo a partir de una liberalización de los mercados,
especialmente de los financieros, y de una función del Estado
limitada al establecimiento de condiciones marco favorables al
mercado. La transformación del modelo de desarrollo que se ha
dado en América Latina a partir de la aplicación de las llamadas
políticas del Consenso de Washington –paradigma de la economía de
desarrollo de los primeros años de la década de los 90, con sus
tres pilares de política económica: la estabilización
macroeconómica, la adaptación estructural y la liberalización- ha
provocado cambios en la estructura social que han desestabilizado
las vías de integración social y las formas de socialización. De
allí la exigencia de comprender estas transformaciones a la hora de
conocer y actuar sobre la cuestión social.
El aumento del
desempleo, el crecimiento del empleo informal, el debilitamiento del
rol de los sindicatos, la disminución de la presencia del Estado en
áreas claves de la política social, la pérdida de la calidad
educativa para los más pobres, el empobrecimiento y el aumento de la
inequidad en la distribución del ingreso, han transformado
sustancialmente la naturaleza del lazo social. Pero también son
evidentes cambios en las prácticas culturales y políticas de las
clases más perjudicadas (Denis Merklen, Mas allá de la pobreza).
La crisis de los
años 70 desencadenó una serie de problemas sociales que aún tienen
vigencia y se han profundizado. Y ya para los 80 comienza un
redescubrimiento de la cuestión social que significativamente pasó a
ser considerada en términos de pobreza.
El crecimiento de
las tasas de pobreza se convirtió en la preocupación central y el
problema pasa a ser enfocado exclusivamente en torno a la figura del
pobre. Sin duda los datos justificaron ampliamente el uso del
término, en tanto se dio un crecimiento y profundización de la
pobreza, la aparición de la denominada nueva pobreza, de
la pauperización creciente y de los ahora diferenciados
nuevos y viejos pobres.
La noción de pobreza
adquiere una centralidad destacada, y no son escasos los debates en
torno a las diferentes definiciones de la categoría; debates que en
muchos casos se refirieron a los aspectos técnicos sobre la medición
de la pobreza o a la línea demarcatoria a partir de la cual una
población es considerada pobre o indigente. No obstante, el
tratamiento de la cuestión exclusivamente en estos términos ha
ocluido aristas importantes del problema, reduciendo también el
potencial repertorio de respuestas legítimas.
Aspectos tales como
el de la integración y la institucionalidad informal de la pobreza
surgen como desafíos a ser considerados por las Ciencias Sociales
frente a la necesidad de búsquedas y de hallazgos que conduzcan a
la superación de la realidad social de América Latina.
Por un lado hay una
cantidad importante de personas para las cuales la sociedad no tiene
ningún lugar respetable: son inútiles al mundo o
supernumerarios. Pero simultáneamente, y según el ya citado
Merklen, hay un incremento de las
experiencias de vulnerabilidad, inestabilidad, fragilidad,
precariedad. Los individuos afectados por los déficit de
integración y por la pobreza son los mismos, pero los problemas y
las soluciones son diferentes. En este contexto, el problema actual
no es sólo el que plantea la constitución de una periferia
precaria, tal como la define Castel, sino también el de la desestabilización de los
estables, en tanto el proceso de precarización atraviesa algunas
de las zonas antes estabilizadas por el empleo.
Por otro lado, la
desigualdad y la pobreza persisten como situación estructural que
impone a millones de personas en América Latina la condición de
excluidos del sistema social y económico formal. Esta exclusión no
implica tan sólo carecer de bienes y servicios básicos, sino también
la existencia de redes y reglas informales que permiten el acceso a
ellos; y de un espacio social propio, regido por normas diferentes
que cumplen con la función de procurar la satisfacción de las
carencias propias de la pobreza. En efecto, es constante en América
Latina el surgimiento de nuevos colectivos de pobres con capacidad
para institucionalizar su pobreza, construyendo sus propios espacios
sociales. Y en este contexto es necesario el estudio específico de
las características y magnitud de esta pobreza instalada ya
históricamente en institucionalidad informal, a fin de terminar con
la exclusión y la marginalidad (Cesar Yánez, Los Estados
latinoamericanos y la pertinaz desigualdad)
Es palmaria la necesidad del
conocimiento de estas organizaciones informales, generalmente vistas
por los gobiernos como un elemento desestabilizador, por los
técnicos como una dificultad para el planeamiento y por los partidos
políticos como mero instrumento electoral.
El desafío de
enfrentar la cuestión social en América Latina en toda su
complejidad cobra una inusitada urgencia y actualidad. Es
indispensable generar políticas públicas que, superando las medidas
asistenciales en la emergencia, coadyuven a la reducción de las
enormes brechas de desigualdad, que reconocen como origen más
próximo esta transición desde el desarrollo hacia el estricto
y limitado crecimiento, sin equidad y con desilusionantes
resultados.
Frente a los
movimientos sociales y su dinámica, la respuesta más común desde los
grupos dominantes ha sido criminalizarlos en términos éticos y
tratar de impedirlos en términos políticos. De allí que la historia
de estos movimientos sociales se constituye en un campo
historiográfico especialmente apropiado para rastrear las conexiones
existentes entre historia y política o, a nivel más general, entre
las ciencias sociales y su entorno social
(Pedro
Cadarso, Fundamentos teóricos del conflicto social).
Es sobre la base de
estos urgencias y posibilidades que desde la Revista Theomai
proponemos continuar con un espacio de reflexión, orientado a
generar alternativas teóricas que permitan interpretar la naturaleza
profunda de estos cambios históricos y que posibiliten la transición
hacia prácticas enriquecedoras.