Revista THEOMAI   /  THEOMAI   Journal
Estudios sobre Sociedad, Naturaleza y Desarrollo / Society, Nature and Development Studies

 

número 9 (primer semestre de 2004)  
number 9 (first semester of 2004)

                 

 


A propósito de “Ciencia, política y cientificismo”
de Oscar Varsavsky

 

Guido Galafassi

 

En estas décadas post-dictadura en donde el valor de cambio se ha masificado a niveles extremadamente inconcebibles en cualquier etapa previa del capitalismo, donde el consumo-mercancía alcanza y reemplaza cualquier otra forma de valoración llevando a al economía de mercado a sus límites más lejanos, construyendo un hiper-capitalismo que hasta está socavando los principios más fundamentales del capital en tanto relación social; el mundo del conocimiento científico no ha escapado lamentablemente a estas influencias. La dupla neoliberalismo-posmodernidad, que usualmente no se presentan conformando una unidad (aunque no cabe ya ninguna duda que solo son dos caras de una misma moneda) impregna cada vez más fuertemente el ámbito del conocimiento. Y en esto están involucrados ya no solo aquellos intelectuales (especializados hoy en estudiarse a si mismos) que en los años setenta se enrolaban en las diversas agrupaciones de izquierda que proclamaban la necesidad de la revolución y que actualmente son los promotores fundamentales de la apatía y la incertidumbre posmoderna, camuflados bajo el paraguas de defensores de la democracia representativa (cuando la propia concepción de democracia representativa está cada día más fuertemente cuestionada); sino que también buena parte de la ciencia argentina ha olvidado todo intento de constituirse en una herramienta para el cambio social, o ni siquiera para el mismísimo ideario de progreso liberal, el cual abrazó durante toda su historia.

De esta manera, esta dupla neoliberalismo-posmodernidad ha agudizado profundamente la tendencia “cientificista” ya magistralmente denunciada por Oscar Varsavsky a fines de los años sesenta. Frente a la máxima posmoderna del “fin de la historia y la muerte de las ideologías” y en un marco que concibe a la ciencia como producto necesariamente articulado a los procesos sociales, económicos, políticos y culturales de su tiempo, vale rescatar el pensamiento de Varsavsky pues nos permite reflexionar sobre el modelo científico vigente y la necesidad o no de un cambio. Para esto, dejaremos que fundamentalmente Varsavsky habla por si mismo (1).

Es importante entonces comenzar por la manera en como la ideología impregna también el quehacer de los científicos (a pesar de que el discurso positivista, moderno o posmoderno, sostenga recurrentemente lo contrario). Varsavsky entonces realiza una esquemática pero muy gráfica clasificación de los científicos argentinos de aquellos años según su filiación ideológico-científica:

“Dado el carácter francamente ideológico del contenido, es oportuno puntualizar que en toda discusión de este tipo la máxima simplificación que puede hacerse es considerar cuatro posiciones básicas:
Fósil, o reaccionaria pura
Totalitaria, stalinista estereotipada
Reformista, defensora del sistema actual pero en su forma más moderna y perfeccionada, admitiendo las críticas razonables. Desarrollismo.
Rebelde, o revolucionaria, intransigente ante los defectos del sistema y ansiosa por modificarlo a fondo.
Fósiles versus Totalitarios es la alternativa maniquea con que más se nos sugestiona. Es irreal porque ninguna de ambas puede ya tener vigencia práctica en gran escala, aunque la tuvieron en ejemplos históricos muy publicitados, y se ven todavía algunas malas imitaciones. La oposición real es entre Reformistas y Rebeldes.
Los Reformistas se atribuyen como mérito combatir a los Fósiles y Totalitarios, lo cual es muchas veces cierto. Capitalizan ese mérito en forma de una ‘falacia triangular’, que consiste en presuponer que no son cuatro sino tres las posiciones posibles –dos extremos y un justo medio- y por lo tanto quien está contra ellos es Fósil o Totalitario.
Los Rebeldes tienen que luchar contra esa magia del número tres. Les cuesta poco demostrar que no son Fósiles, pero como enemigos del Reformismo se los acusa de Totalitarios. Tampoco les es fácil esclarecer su oposición a un sistema que a través del Reformismo está prometiendo constantemente enmendarse y descargando sus culpas sobre los Fósiles. Es una situación que clama a gritos por su Moliére.” (pp. 6-7)

Tanto en aquel momento, como –mucho más- en la actualidad, estas afirmaciones son duramente resistidas, pues lo que predomina es la creencia (o la práctica) de que una ciencia única es posible, la cual está necesariamente basada en los principios de la “razón universal” (ley natural). Pero es difícil, sino imposible, poder demostrar fehacientemente (es decir sin el apoyo y el respaldo de las posiciones de poder que la propia estructura burocrática construye y consolida) que los científicos están exentos de realizar ciencia en un contexto de legitimaciones que quede afuera de cualquier influencia política o ideológica del sistema social al cual pertenece. Así, se arguye que los cada día más diversos y sofisticados sistemas de evaluación y de asignación de jerarquías del trabajo científico están incontaminados de cualquier interferencia política y representan cabalmente métodos absolutamente objetivos y transparentes. A esto es a lo que Varsavsky llamaba “cientificismo”:

“Todo este conjunto de características de la investigación científica actual es lo que podríamos llamar ‘cientificismo’. Resumiendo, cientificista es el investigador que se ha adaptado a este mercado científico, que renuncia a preocuparse por el significado social de su actividad, desvinculándola de los problemas políticos, y se entrega de lleno a su ‘carrera’, aceptando para ella las normas y valores de los grandes centros internacionales, concentrados en su esacalafón”. (pp. 39)

El espejo, o mejor dicho, la subordinación de la ciencia autóctona a los modelos establecidos en los países centrales es clave para la caracterización del cientificismo,

“Es natural, pues, que todo aspirante a científico mire con reverencia a esa Meca del Norte, crea que cualquier dirección que allí se indique es progresista y única, acuda a sus templos a perfeccionarse, y una vez recibido su espaldarazo mantenga a su regreso –si regresa- un vínculo más fuerte con ella que con su medio social. Elige alguno de los temas allí en boga y cree que eso es libertad de investigación, como algunos creen que poder elegir entre media docena de diarios es libertad de prensa.
¿Qué puede tener esto de objetable? Es un tipo de dependencia cultural que la mayoría acepta con orgullo, creyendo incluso que así está por encima de ‘mezquinos nacionalismo’ y que además a la larga eso beneficia al país. Ni siquiera tiene sentido, se dice, plantear la independencia con respecto a algo que tiene validez universal, más fácil es que los católicos renieguen de Roma.” (pp. 15)

Al Varsavsky considerar la aplicabilidad de la ciencia y los problemas de injusticia, irracionalidad, pobreza, explotación social, suicidio, explosión demográfica, etc., llega fácilmente a deducir que,

“…algo debe andar mal en ella…La clásica respuesta es que esos no son problemas científicos: la ciencia da instrumentos neutros, y son las fuerzas políticas quienes deben usarlos justicieramente. Si no lo hacen, no es culpa de la ciencia. Esta respuesta es falsa: la ciencia actual no crea toda clase de instrumentos, sino sólo aquellos que el sistema le estimula a crear. Para el bienestar individual de algunos o muchos, heladera y corazones artificiales, y para asegurar el orden, o sea la permanencia del sistema, propaganda, la readaptación del individuo alienado o del grupo disconforme. No se ha ocupado tanto, en cambio, de crear instrumentos para eliminar esos problemas de fondo del sistema: métodos de educación, de participación, de distribución, que sean tan eficientes, prácticos y atrayentes como un automóvil.” (pp. 16)

Y en el campo de la denominada “ciencia pura o básica”, el consenso reconoce la existencia de una supuesta independencia y autonomía de esta respecto al sistema de poderes económico y político, independencia que se manifiesta primordialmente en la llamada “libertad de investigación”.

“El progreso científico pues, sólo estaría garantizado por la ‘libertad de investigación’. El sistema social actual cumpliría este requisito, como lo prueban los éxitos de su ciencia, y todo está como es debido. Este argumento, tan típico del ‘libre-empresismo’, convence ya a muy pocos científicos, aunque eso no se nota en sus actitudes.
Está claro que son cada vez menos los que eligen su tema sin presiones, los que hacen ‘ciencia por la ciencia misma’… Hoy se exige que todo trabajo tenga una motivación, es decir, alguna vinculación con otros trabajos o con aplicaciones prácticas.
Gracias a eso, el sistema actual influye activamente sobre su ciencia y fija sus prioridades, aunque por supuesto con guante de terciopelo, pues no es Totalitario (…)
El sistema no fuerza, presiona. Tenemos ya todos los elementos para comprender como lo hace: la élite del grupo, la necesidad de fondos, la motivación de los trabajos, el prestigio de la ciencia universal. (…)
Antes, para el que no quería trabajar en empresas o en las fuerzas armadas, el único Mecenas disponible era la Universidad, pero en los últimos años ha tomado preponderancia otro factor de poder: la Fundación, pública o privada, dedicada específicamente a promover y financiar la investigación ‘pura’ o básica. Entre estas fundaciones incluimos a los Consejos Nacionales de Investigaciones (…)
Ford, Rockefeller, Carnegie, National Science Foundation, National Institute for Health, BID, AID y varias otras instituciones más ricas que muchos países, subsidian directamente a investigadores, o indirectamente a través de universidades y otros centros de trabajo
(2) (…)
Ese espíritu empresarial se ha contagiado también a las Universidades, en parte porque deben pedir ayuda a fundaciones y empresas por insuficiencia de fondos propios, en parte por querer demostrar también su ‘eficiencia’, y sobre todo porque están dirigidas por el mismo grupo de personas: la élite científica.
Es lógico entonces que se hayan impuesto los criterios empresariales para evaluar esas investigaciones. Las élites y la burocracia asignan importancia –y fondos- a los temas de investigación según los resultados que de ellos se esperan.
Los temas y equipos ya sancionados como eficientes –los de la élite, muchos de los cuales provienen de la época ‘pre-financiera’- reciben alta prioridad, y se toman como puntos de referencia para juzgar a otros candidatos, dándose entonces preferencia a ramificaciones de esos temas, avalados como interesantes por esos equipos, y en general iniciados por colaboradores que se van independizando parcialmente. De tanto en tanto se apoya algún tema nuevo, casi siempre cuando está motivado por alguna aplicación industrial, médica o militar (…) En la Argentina, el CNICT (Consejo Nacional de Investigaciones) siguió casi siempre esa política: el dinero va a los equipos que ya son fuertes y por lo tanto dan seguridad de resultados, y es insignificante lo que se dedica a desarrollar ramas donde todavía no hay investigadores que hayan demostrado su calidad.
Pronto ocurre un fenómeno muy usual en nuestra sociedad: los equipos que reciben fondos y gastan mucho dinero van cobrando por ese solo motivo mayor importancia –con tal de mantener un nivel normal de producción- y eso atrae más fondos.
Los administradores, por su parte, se sienten inclinados a defender sus decisiones, y ‘promueven’ la importancia de los temas que apoyaron.
Esta realimentación positiva produce una especie de selección natural de temas, en la que las nuevas ‘especies’ están tan desfavorecidas con respecto a los temas ya establecidos como una nueva empresa frente a las corporaciones gigantes; sólo los que respondan a una nueva necesidad imperiosa del sistema podrán competir. Y esas necesidades son poco visibles en el campo de la ciencia básica, pues se refieren al futuro. Para plantearlas se requiere un criterio general, ideológico o filosófico como el que motiva esas páginas, y eso es pecado totalitario.” (pp. 21-25)

Esta no independencia del sistema científico respecto del sistema económico es también claramente visible, según Varsavsky, en el proceso que determina las pautas de evaluación de los resultados de la investigación, a través de una imagen en cierto sentido especular al proceso de contabilidad de costos y beneficios de la sociedad de consumo,

“La evaluación de resultados recientes de ciencia básica es, pues, en gran parte, evaluación de hombres. Debemos comprender cómo se asigna su importancia a cada científico, desde que comienza su carrera hasta que ingresa a esa élite que es el tribunal de última instancia…, hasta que el tiempo da su propia opinión, y en la que incluimos no solo a los sabios de más fama, sino a todos los asesores de fundaciones, jurados de concursos, referís y comentaristas de revistas especializadas cuyos nombre generalmente no son conocidos fuera de su propio campo (…)
El valor de un científico debería medirse por la calidad de su trabajo, la originalidad de sus ideas y la influencia que ellas tienen sobre sus colegas, por su capacidad de formar y estimular a otros jóvenes, de crear escuela, por la intensidad y continuidad de su esfuerzo.
Todo esto es muy difícil de medir, de contabilizar, y hay que hacerlo no para centenares de casos, sino para millones de jóvenes aspirantes a ingresar a este grupo y para los centenares de miles que ya han ingresado pero cuidan celosamente que no se les postergue el reconocimiento de sus méritos.
El sistema ha resuelto este problema de una manera muy acorde con su ideología, usando como instrumento principal el paper, artículo publicado en una revista científica (…)
La lista de papers publicados es el argumento más directo y palpable para demostrar el éxito de un subsidio o la importancia de un curriculum vital. Gracias a ellos la investigación científica puede contabilizarse.
Sin exagerar demasiado, podemos decir que lo que el investigador produce para el mercado científico es el paper (…)
En base a eso se ha creado un mecanismo (criterio universalista, objetivo) de ingreso y movilidad interna en este grupo social de los científicos, controlada por una élite cuya autoridad deriva en parte de sus antecedentes científicos y en parte cada vez mayor de su influencia sobre las fundaciones y otros proveedores de fondos. En Argentina y otros países hay una ‘carrera de investigador’, con múltiples categorías en su escalafón. El paper es esencial para ascender, para justificar los subsidios obtenidos, para renovar los contratos con las universidades ‘serias’. El contenido del paper es más difícil de evaluar; sólo hay consenso sobre los muy buenos y muy malos. Para los normales, las opiniones sobre su importancia relativa están muy frecuentemente divididas, y eso da más preponderancia a los criterios ‘contables’.
Este mecanismo revela la influencia de las filosofías de tipo neopositivista, surgidas del éxito de las ciencias físicas y del triunfo del estilo consumista (…)
El hecho concreto es, pues, que los logros científicos tienden cada vez más a medirse por criterios cuantificables, lo cual se supone ser sinónimo de ‘objetivo’ y ‘científico’. Un resultado natural es la masificación de la ciencia: cualquiera que se las haya arreglado para cumplir formalmente con esos criterios, debe ser admitido en el grupo. Pero es bien sabido que el cumplimiento de requisitos fijos requiere una habilidad poco relacionada con la inteligencia y la sabiduría. Estas no molestan, al contrario, pero no son indispensables, pues se trata sólo de realizar ciertos actos o rituales específicos que, como veremos, no son muy difíciles (…)
(Así el paper) no es garantía de tener espíritu crítico ni ideas originales, grandes o pequeñas.
Piénsese en lo trillado y nítido del camino que tiene que seguir un jóven para llegar a publicar. Apenas graduado se lo envía a hacer tesis o a perfeccionarse al hemisferio Norte, donde entra en algún equipo de investigación conocido. Tiene que ser rematadamente malo para no encontrar alguno que lo acepte. Para los graduados de países subdesarrollados hay consideraciones especiales, becas, paciencia.
Allí le enseñan ciertas técnicas de trabajo –inclusive a redactar papers-, lo familiarizan con el instrumental más moderno y le dan un tema concreto vinculado con el tema general del equipo, de modo que empieza a trabajar con un marco de referencia claro y concreto. Es difícil para los no investigadores darse cuenta de la ventaja que esto último significa. Se le especifica incluso que tipos de resultados se esperan, o que hipótesis debe probar o refutar (…) Cuando consigue algún resultado, la recomendación de su jefe basta para que su trabajo sea publicado en una revista conocida, y ya ha ingresado al club de los científicos.
Nótese que en todos estos pasos la inteligencia que se requiere es más receptiva que creativa, y receptiva en el tema de que se trata, nada más (…)
Si en el curso de algunos años ha conseguido publicar media docena de papers sobre la concentración del ión potasio en el axón del calamar gigante excitado, o sobre la correlación entre el número de diputados socialistas y el número de leyes obreras aprobadas, o sobre la representación de los cuantificadores lógicos mediante operadores de saturación abiertos, ya puede ser profesor en cualquier universidad, y las revistas empiezan a pedirle que sirva de referee o comentarista. Pronto algún jóven se acerca a pedirle tema de tesis (o porque es bueno o porque los buenos no tienen más lugar) y a partir de entonces empieza a adquirir gran importancia su talento para las relaciones públicas. Pero aunque hubiera no uno, sino cien de estos científicos por cada mil habitantes, los problemas del desarrollo y el cambio no estarían más cerca de su solución. Ni tampoco los grandes problemas de la ‘ciencia universal’.
Los más capaces, los más creativos, sufren también la influencia de este mecanismo, y sometidos a la competencia de la mayoría se ven presionados a dedicar sus esfuerzos a cumplir esos requisitos formales, para los cuales, justamente, muchas veces no tienen habilidad. Y aunque el sistema deja todavía muchos resquicios y oportunidades para los más inteligentes, podemos decir por lo menos que no estimula la creatividad y las grandes ideas, sino el trabajo metódico (útil pero no suficiente para el progreso de la ciencia) y la adaptación a normas establecidas.
No es de extrañar que la masa cada vez mayor de científicos esté absorbida por la preocupación de esa competencia de tipo empresarial que al menor desfallecimiento puede hacerle perder subsidios, contratos y prestigio, y se deje dominar por la necesidad de vender sus productos en un mercado cuyas normas es peligroso cuestionar.” (pp. 26-32)

De esta forma, el cientificismo contemporáneo solo conduce a crear un “mercado científico” que produce y consume de manera contable y cuantificable en base a un sistema propio de autolegitimación basado en las asignación de recursos, jerarquías y temas de investigación (es decir, permisos de trabajo), pero que solo es funcional y copia fiel del sistema social consumista. Y esto conduce, según Varsavsky, a una pérdida gradual de creatividad que limita fuertemente la aparición de grandes ideas renovadoras del conocimiento,

“Y no es de extrañar tampoco que estos últimos 35 años –una generación- no hayan visto la aparición de ninguna idea del calibre de las que nos dieron Darwin, Einstein, Pasteur, Marx, Weber, Mendel, Pavlov, Lebesgue, Gödel, Freud o la pleyade de la mecánica cuántica. La ciencia de la sociedad de consumo ha producido innumerables aplicaciones de gran importancia, desde computadoras hasta órganos artificiales, pero ninguna de esas ideas emocionantes, a que nos referíamos más arriba.
Esta es una afirmación que necesita muchas más pruebas que las que puedo dar aquí, pero me parece indispensable hacerla, porque en la medida en que sea cierta, la ciencia actual está usufructuando indebidamente el prestigio de obra humana universal que conquistó merecidamente la ciencia del siglo XIX y primer tercio del XX, y eso deforma la visibilidad política de los científicos.” (pp. 32-33)

En síntesis, releer hoy a Varsavsky, luego de más de treinta años no implica aceptar ciegamente todos sus postulados y afirmaciones  (porque también mientras algunas cuestiones siguen aproximadamente iguales otras se han modificado), pero si posibilita abrir una fisura crítica a partir de la cual es posible repensar el actual modelo de conocimiento científico, aislado mayoritariamente de su propia realidad social y autolegitimado predominantemente en base a tecnicismos elitistas.

 

Notas

1) Varsavsky, Oscar: Ciencia, política y cientificismo. Buenos Aires, CEAL, 1969.
2) No podemos olvidar la fuerte dependencia de la investigación actual en la Argentina con los subsidios, créditos y planes del Banco Mundial (Programa de Incentivos, por ejemplo), los que, como todo su accionar tiene una obvia contrapartida en compromisos de aplicación de políticas específicas sometidas a observación y control permanente.

 


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