Revista THEOMAI   /  THEOMAI   Journal
Estudios sobre Sociedad, Naturaleza y Desarrollo / Society, Nature and Development Studies

 

número 9 (primer semestre de 2004)  
number 9 (first semester of 2004)

 


Editorial

english version       

Capitalismo, Naturaleza, ¿Discurso?
La dinámica de la praxis

 

 

A la raíz va el hombre verdadero. Radical no es más que eso: el que va a las raíces. No se llame radical quien no vea las cosas en su fondo. Ni hombre, quien no ayude a la seguridad y dicha de los demás hombres.                                                 José Martí        

In some ways the mining companies have acted as surrogate governments in remote departments, helping to pay for and install roads, ports, telecommunications infrastructure, health clinics, schools, and environmental and agricultural programs. The companies will tell you, of course, that this is all part of their "community relations" activities, and of their desire to be good neighbors. These works are definitely worthwhile, and don't cost too much - a relatively small investment often goes a long way in such places. Everybody wins, the locals get much-needed facilities, the companies earn goodwill and a better-educated, healthier and happier pool from which to draw their workforce, and the government can crow about regional development without paying a peso.

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It is refreshing and heartening to see such enthusiasm for mining from Argentina's national and provincial governments. How long this situation lasts will depend on the behavior of the companies and their relations with the locals.

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The lack of understanding between the parties concerned in [Esquel] case is a warning to all to take local communities' opinions into consideration, to maintain clear communication, and not let special interest groups derail negotiations.

 
Extracted from: Editorial Comment: Community relations is key to mining development –
Argentina.  Business News Americas, Tuesday, May 11, 2004 http://www.bnamericas.com/story.xsql?id_sector=7&id_noticia=280678&Tx_idioma=I

 

El concepto de praxis, así como tuvo aceptaciones diferentes en Kant, Hegel o Marx, no se transforma solamente por lo que ocurra en la cabeza de algunos pensadores sino también, y justamente, porque remite a una potencial construcción social con múltiples actores, en condiciones históricas que no son elegidas por éstos. La dinámica de las interacciones de esa construcción social, por otra parte, podrá tener alguna que otra característica universal o persistente, pero en general no hay razones para soñar con “leyes” y paradigmas que guíen (y menos que garanticen) la intervención radical de los intelectuales en la vida social. A pesar de que es la excepción lo que confirma la regla, la praxis, como integración de teoría y práctica con potencialidades liberadoras, fue y sigue siendo motivo de vívidas discusiones. Lo que sí hay, y cada vez más, son manuales prácticos y delimitaciones administrativo-comerciales de la ciencia que tienden a crear espacios de complicidad protegida, de participación vigilada, de fragmentación por especialidades o, la que tiene más adherentes, de especulaciones de resonancias críticas pero esencialmente desdentadas. Es un movimiento al revés, que implica el uso cada vez más intensivo de recursos, laboriosidad intelectual, combinados no pocas veces con presión directa, que intentan suprimir la radicalidad en la medida en la que afloran los conflictos o las paranoias acerca de éstos. Sin embargo, esa tarea de sostén del sistema, como analiza por ejemplo David Noble en relación a las tempranas vinculaciones entre la industria y el capital[1], no es linear y también está sujeta a errores de cálculo, a avances y retrocesos y modificaciones que indican la conexión con transformaciones estructurales y luchas sociales más amplias.

Comparemos las diferencias de condiciones objetivas y subjetivas entre los primeros años del neoliberalismo triunfalista Thatcher-Reaganita con lo que vino después de la caída del muro de Berlin y con el mundo post 911. Las primeras campañas de la post-guerra a favor de la privatización de la economía lograron cierto apoyo después del sacudón de la OPEP, aunque fueron, vistas hoy, definitivamente ingenuas. A partir de los 90 la ola privatizadora avanzó sobre todos los campos, desde la economía a la política y la cultura, que pasaron en muchos lados a ser gestionados, “desde la base” y sin mucha resistencia, por enjambres de gordas ONGs y fundaciones. La metáfora del “tercer sector” concedía una acotada autonomía al puebo, frente al estado y los mercaderes. Había que lograr “autosuficiencia”, auto-exolotarse y aprender a manejarse en pequeña escala delegando, con apoyo posmoderno, la escala grande. Hoy, el Banco Mundial propone (a su manera, obvio) una “reforma agraria” y los turistas liberales, tal vez aburridos de los discursos o los precios del Foro (privado) Económico de Davos, se hacen presentes en las deliberaciones del Foro Social Mundial en Porto Alegre o Mumbai. Bailar en las calles o aflojar lagrimales, aprendieron, siempre fue bueno para aliviar tensiones nerviosas y contracturas cervicales. Pero la exclusión social, la desocupación, la devastación de la naturaleza, la guerra - los frutos por los que se juzga la eficacia de un sistema - son consecuencias reales que no pueden ser ocultadas, de manera que ahora se superponen viejas tácticas de cooptación y democracia representativa, siempre acompañadas por aquella vieja meretriz llamada corrupción, con PsyOps, tecnologías de vigilancia y otras manifestaciones del “poder blando” (soft power) que complementa a las guerras (neo) imperiales genocidas. En la superficie se pondrán en escena intercambios de mensajes y tironeos más o menos elegantes entre socios del Atlántico Norte, como los que escuchamos a favor de la invasión directa vs. la indirecta de Irak, respondidos con el cierre de restaurantes y la caída de las ventas de vinos franceses en los EEUU, correspondidas a su vez, cabe suponer, con la Palma de Oro en del Festival de Cine de Cannes a “Farenheit 911” de Michael Moore. El nivel siguiente –bastante menos visible pero descomunal en sus ramificaciones- es el de los “acuerdos” por los cuales “Europa” es lo que un puñado de empresas agrupadas en European Round Table of Industrialists (ERT) dice que sea y el Acuerdo General sobre Comercio de Servicios (AGCS/GATS) o el ALCA (en su versión EEUU o europea, el ALCU) es lo que unos funcionarios firman en nombre de todos nosotros en América Latina y el Caribe con “esa” Europa y con el sistema industrial/comercial/militar de los EEUU o el foro económico Asia Pacífico (APEC), arrastrando deudas, contaminación, compromisos e hipotecas esclavizantes hasta las generaciones futuras. Los intermediarios privados o estatales más famosos de esa estructura, el Banco Mundial, el FMI y varias agencias de la familia de las N. Unidas, con la FAO asociándose a Monsanto y Syngenta, como denuncia Via Campesina, son los que toman contacto con los gobiernos municipales, provinciales o nacionales y “prescriben” recetas para “seguir perteneciendo a este mundo”. Al lado y por debajo de esa siniestra coreografía gobal, tan privilegiada por el espectáculo mediático e institucional, hay estructuras, seres humanos, trabajo y naturaleza que hacen posible (otros lo llamarán “sustentable”) pero al mismo tiempo desafían ese despliegue de recursos, métodos y, primordialmente, sus objetivos.

No es casual, entonces, que ese punto de encuentro, que aquí llamamos una “franja de choque”, aunque prefieran llamarlo de “encuentro entre actores sociales” (stakeholders), sea identificado como un territorio simbólico y material de importancia estratégica. Es necesario aclarar que lo material se refiere aquí, entre otras cosas, a los procesos de producción e intercambios de subsistencia, también llamados “informales”, que ocupan en promedio el 35% de la fuerza laboral de nuestros países, de usos intensivos de tierra erosionada, de pequeñas y medianas empresas agrícolas, artesanales o industriales, de redes comerciales alternativas. Donde más dinero se invierte es en “ONGs y líderes razonables” que operan en esta franja, y comprenden desde planes de “desarrollo sustentable” para ciudades hasta programas basados en el reparto de dinero para extorsionar, entre otros, al 10% de las mujeres desocupadas o madres solteras de cada ciudad políticamente relevante, en “desarrollo para comunidades locales”, en “resolución de conflictos ambientales”, en micro-créditos, en clubes de trueque, en la búsqueda de micro soluciones que ayuden a ocultar los mega desastres y en la “recuperación”, para el sistema tributario, de todas esas actividades. Hacer visibles y analizar en profundidad estos procesos, contribuyendo a la revisión crítica de estas contradictorias relaciones sociedad-naturaleza-desarrollo, es probablemente una de las tareas más desafiantes de la Red Theomai.

Aclarar términos y describir la genealogía de las ideas o los contextos de enunciación de los conceptos con los que trabajamos son procedimientos rutinarios en las ciencias sociales. En el mejor de los casos, tales mapas intelectuales orientan al lector, permitiéndole tomar distancia crítica del autor y adueñarse del texto. En el otro extremo hay, hablando en general, dos posibilidades: que las aclaraciones no resulten ser tales y sólo confundan más las cosas o, peor aún, que, en términos de Voloshinov, terminen privilegiando los “acentos valorativos” dominantes, sea por afinidad u omisión ideológica, a veces mezcladas con inconsistentes recortes “disciplinarios”, sea por el peso de condiciones estructurales y culturales más amplias. A esta observación acerca de los criterios de coherencia interna se agrega la candente cuestión de la validez y las articulaciones (si es que aceptamos la separación, en primer instancia) entre los intelectuales y la sociedad o, sumando hebras a esta trama, del reconocimiento de la dinámica que une y a la vez separa las condiciones subjetivas y las condiciones materiales. De todas formas, estos niveles de abstracción y reflexividad dan cuenta de una lucha más o menos encubierta de posiciones en un espacio simbólico que atraviesa al tiempo que supera al mundo académico por todos los costados. Nada impide que un diamante conceptual, aunque haya sido meticulosamente pulido por décadas y contribuído a la caída de cabello de prominentes pensadores/as, circule socialmente, en primer lugar, y, si lo hace, no adquiera un “meaning” totalmente diferente al inicialmente esperado. La relevancia social de la investigación se sostiene menos con la coherencia interna de los textos, la aceptación inter pares y las publicaciones con referato que con la capacidad de acompañar espacios de validez socialmente legitimados. Son, recién entonces, campos entrelazados, con mutuas influencias.

El debate acerca de la multiplicidad de fuerzas que operan abiertamente o por debajo de la producción intelectual, incluyendo formas inconscientes, no es nuevo, por cierto. Thomas S. Kuhn comenta, en el prólogo a la edición inglesa del libro de Ludwik Fleck “Genesis y desarrollo de un hecho científico[2], porqué la versión original en alemán, que data de 1934 y describe el contexto social de las investigaciones acerca de la sífilis, tardó años en ser aceptada para su publicación. El motivo está lejos de ser puramente anecdótico. Los editores rechazaban el manuscrito con el argumento de que “un hecho [científico] es un hecho”, y que por esa misma razón no podía tener “génesis” o “desarrollo”. Pero el rechazo no residía solamente en el título sino en las observaciones y enunciados de Fleck acerca de las fuerzas y restricciones que afectan a los “colectivos de pensamiento” de los científicos, sus creencias, prejuicios, dependencia de la opinión pública, connivencia grupal, pre-conceptos y una tenaz “armonía de ilusiones” compartida. “El estilo de pensamiento –escribía Fleck- es un producto social: es formado dentro de un colectivo [de pensamiento] como resultado de fuerzas sociales” (prefacio, pág. xviii). Esas ideas no lo hicieron muy popular en la mayoría de los círculos académicos establecidos, que prefirieron prestarle atención a “The Logic of Scientific Discovery” que para la misma época publicaba Karl Popper, el mismo que en 1947 redactara, junto a von Hayek, Salvador de Madariaga y Milton Friedman, entre otros, las bases doctrinarias de lo que conocemos como neo-liberalismo.

Reconocer que es problemático sino imposible dibujar fronteras entre “adentro” (la vida académica, el mundo científico, el arte, la tecnología) y “afuera” (la vida social), pues son pasajeros del mismo barco, tampoco significa olvidar que hay franjas más activas que otras, como mencionado más arriba, en la producción, circulación e interpretación individual o colectivo de sentidos, o poder definitorio. Lo que cambia es el valor de esas franjas y la intensidad de la puja por lograr su control. Ese valor puede ser tanto político como comercial, administrativo o de otro tipo, y está sujeto a permanentes resignificaciones sociales. Por ejemplo si el valor más codiciado de una universidad es su credibilidad pública es poco probable que los estrategas del AGCS/GATS, o del ALCA, o las fundaciones enviadas para anticipar escenarios, propongan privatizar toda esa universidad. Es bastante más probable y conveniente para sus intereses que mantengan el paraguas general e intervengan en la agenda de investigación interior, en el diseño y financiación de proyectos específicos, en criterios de contratación de investigadores o docentes. La mercancía en juego en este caso se llama “legitimación” (de prácticas comerciales, procedimientos extractivos, carpetas de impacto ambiental, informes para obtener autorizaciones y acceso a recursos, etc). Lo mismo podría decirse con respecto a la creciente interés y participación de las empresas petroleras o mineras en el mundo de los medios de difusión y del espectáculo por medio de fusiones, compras directas, contratación de espacios publicitarios o intervención en la formación de productores, periodistas, diseñadores y artistas. Esto no ocurre porque sus CEOs están deseperados por darle la razón a Althusser o a Gramsci, a quienes podrán usar como material de entrenamiento, sino porque matan varios pájaros más tangibles de un tiro: el cuidado de la imagen corporativa, el control editorial de mensajes opositores y la compensación de vaivenes del mercado por medio de inversiones en sectores de mayor dinamismo financiero y ganancias a corto plazo.

Pero no todas las circunstancias determinantes tienen igual importancia, como tampoco son estables, y es en esa dinámica y quiebres que se manifiestan nuevos espacios políticos. Una característica común del lenguaje despolitizado actual es que tiende a diluir las responsabilidades y los procesos subterráneos, como cuando se aplica la expresión “la Argentina - o Brasil, o Chile- suscribió tal o cual convenio”, que servirá como generalización pero contiene todas las trampas juntas: reproduce el mito de dicotomías espaciales y temporales como desarrollo/subdesarrollo, centro/periferia, país confiable/riesgo país, economía adelantada/atrasada, implica un “nosotros” que pone en igualdad de condiciones a quienes justamente están separados por inmensas brechas. Referirse a una política nacional, no obstante, y aunque sea un terreno conceptualmente patinoso, permite identificar y luchar contra limitadas pero concretas formas de manifestación de poder.

Desde el punto de vista temporal, por ejemplo, hay una gran diferencia entre analizar las consecuencias de la biotecnología antes de aceptar el régimen de agri-business transnacional implícito o hacerlo después de haber extendido un prematuro certificado de defunción a una agricultura biodiversa (aunque ésta pidiera a gritos una reforma agraria, y no una revolución tecnológica), de haber permitido la ocupación de casi el 60% de la superficie cultivable de la Argentina con soja transgénica, o de ver multiplicados los casos de amnesia súbita cuando se menciona que ese leguminoso “milagro” fue un factor decisivo para la migración forzada –en el curso de dos décadas- de 300.000 agricultores y sus familias hacia las ciudades (ver contribuciones del Grupo de Reflexión Rural en éste número al
respecto), donde eventualmente serán recibidos por Blumberg & Asociados[3].

Es complicado, por otra parte, hablar de un “antes” y un “después” de la soja si consideramos que el esquema de producción agropecuaria subordinado al capitalismo no nació la semana pasada ni a principios de la década del 70, cuando la soja empezaba a promocionarse masivamente en la Argentina a través del INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria). El inicio de la campaña, vale recordar, coincidió con la visita del Sr. Norman Borlaug, aquel gerente de la “revolución verde” que recibió un premio Nobel porque sostenía que la siembra de ciertas variedades como el trigo enano, acompañado por los objetivos, la organización, las maquinarias, los agroquímicos, el orden comercial, las técnicas agrícolas y de extensión rural norteamericanas, resolverían el hambre de mundo. De las transformaciones prometidas, como en todo proyecto, solo se cumplió una parte; casualmente se subsidió la compra de insumos, de paquetes tecnológicos cerrados y de agroquímicos, se repartieron gran cantidad de fondos públicos para proyectos y consultores internacionales, aumentó considerablemente la deuda externa, los EEUU y algunos países europeos ganaron supremacía global en varios rubros, incluyendo un esquema legal que permite seguir cobrando royalties y patentes sobre la producción, las semillas y la biodiversidad, y el Sr. Borlaug, como es imaginable, cobró el dinero del Nobel. Pero el hambre mundial no solo no disminuyó sino que se multiplicaron los mecanismos que generan pobreza. Sin embargo, a pesar de las evidencias del fracaso, la experiencia figura en muchos folletos publicitarios como un intento genuino pero mejorable con sólo aplicar más tecnología, exigir más sacrificios, ajustes estructurales, desregulación, apertura a inversiones directas y pactos comerciales internacionales. Lo que es posible reconocer entonces es que la base institucional de la Argentina “sojera”, teniendo en cuenta las múltiples ramificaciones históricas, no surgió sino que se consolidó –sin rechazos significativos- en los 90. La consecuente cadena de alianzas, complicidades, marcos regulatorios y mecanismos justificatorios que sostienen, desde entonces, la felicidad bursátil de un puñado de empresas y su control sobre aspectos estratégicos de la producción y comercialización de alimentos (incluyendo ferias rurales, conferencias, seminarios, financiación de programas acotados de I&D, campos demostrativos, programas de TV rurales, formación de periodistas, expertos en RRPP, etc) depende de muchos factores y es, como cualquier proceso hegemónico, inestable. Sin embargo, antes de atribuirle características automáticas a esa inestabilidad, como si “se cayera de madura”, valdría la pena observar si el curso de los acontecimientos se ve más fácilmente influenciado por la caída de los precios, la crisis asociada a una determinada commodity (como está ocurriendo con la soja) y la lucha social más amplia y desde otros frentes, no necesariamente rurales, que por la certeza o la oportunidad de las críticas al sistema. El trabajo de los intelectuales tiene en este punto su mayor desafío, porque al análisis de las crisis del capitalismo ya lleva más de siglo y medio de argumentación acumulada y, en el caso de las biotecnologías y su relación con los agro-negocios, por lo menos desde 1983[4]. En todo caso parece que buena parte de las advertencias recién logran aceptación cuando se manifiestan las consecuencias y/o cuando éstas son comprendidas en todas sus dimensiones y complejidades por una base social más amplia. Es con las crisis de credibilidad o con los desastres que se producen los mayores avances, porque es cuando el análisis acumulado o actual se hace relevante y los esfuerzos dominantes por cubrir (mistificar) los conflictos y contradicciones se ven desbordados, como ocurrió con las catastróficas inundaciones en Santa Fe, atribuibles en parte a la compactación de suelos por la difusión de este tipo de monocultivos.

La Argentina “minera” –y todavía estamos en el “antes”- amenaza ser uno de los casos más deplorables de explotación imperial en la historia del continente, tanto por el descomunal volumen como por las múltiples y escalonadas consecuencias asociadas. Las evidencias, comparativas a nivel mundial o de las mismas regiones directamente afectadas, se acumulan y la incredulidad urbana solo se afirma en la dificultad de comprender las dimensiones y los volúmenes en juego, típica consecuencia de la distancia material y mental a los procesos productivos y extractivos. Y no subestimemos la comodidad o la complicidad. Una intelectualidad radical, por empezar, no es aquella que prefiere confundir economía con lo que queda luego del paso de la economía-rapiña, como tampoco es la que vislumbra, con distancia y cálculo efímero, un futuro académico con toneladas de papers sin consecuencias, que describe una historia económica, social y ambiental previsiblemente catastrófica. Desconectar la apropiación de la renta y la tierra de la pobreza, la contaminación, la explotación minera, la soja, la pesca, los hidrocarburos...es un recorte que fragmenta y suprime la totalidad de la praxis, separando nuevamente la teoría de la acción y éstas de las condiciones materiales. Es otro el camino que proponemos. El “NO” a la minería o, más claramente expresado, el NO a una economía parasitaria, explotadora y meramente extractiva es el resultado de una red colectiva de personas, organizaciones y comunidades cordilleranas–de la que participa theomai y muchos otros investigadores y técnicos independientes- que está construyendo las condiciones subjetivas y objetivas para un nuevo protagonismo social. No hay garantías de éxito, como tampoco razones para no intentarlo.


 

[1] Noble, D. (1979) America by Design. Science, Technology and the Rise of Monopoly Capitalism, Oxford University Press, en español: El diseño de los EEUU. La ciencia, la tecnología y la aparición del capital monopolístico, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Madrid, España, 1987.
[2] Fleck, Ludwik (1979) Genesis and development of a scientific fact, The University of Chicago Press. El subtítulo de la version original agregaba “Introducción al estudio del estilo y de los colectivos de pensamiento (Denkstil und Denkkollektive)”.
[3] J.C. Blumberg, padre de un joven asesinado por una banda de secuestradores de Buenos Aires, presentó y logró –en el curso de pocas semanas, entre marzo y mayo de 2004- la aprobación de una serie de leyes que, entre otras medidas de control y vigilancia, endurecen las penas y las condiciones en las cárceles y prohibe la portación de armas. Sus críticos afirman que recibió apoyo jurídico de sectores conservadores, sus asociados tácticos, que le permitieron presentar en un corto plazo esos paquetes de leyes, que representa un avance hacia la derecha de la sociedad argentina, y que tanto sus discursos como propuestas solo se ocupan de la superficie de los problemas. La mención aquí responde principalmente a esa última objeción.
[4] Ver Mooney, Pat “The Law of the Seed. Another Development and Plant Genetic Resources”, en Development Dialogue 1983:1-2, Dag Hammarskjöld Foundation, Uppsala y, en la misma editorial, Fowler, C., Lachkovics, E., Mooney, P. y Shand, H. “The Laws of Life. Another Development and New Biotechnologies”, 1988:1-2. Especialmente ver “The Bogève Declaration”(pp. 289-291), suscripta entre otros científicos por Vandana Shiva, quien hasta mediados de los 90 era totalmente desconocida.

 

Andrés M. Dimitriu
Comite Editorial



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