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Una revisión de
los conceptos de “territorios equilibrados” y “región”. Procesos de
construcción y desconstrucción
Marta I. Kollmann
*Instituto de Geografía, Universidad de
Buenos Aires. E-mail:
kollmann@ciudad.com.ar
La primer cuestión que queremos presentar en este trabajo es sobre qué se
entiende por “equilibrio territorial”, desglosando por un lado el concepto
de territorio y por otro el de equilibrio.
El concepto de territorio como de “pertenencia” a un espacio concreto,
topológico que le dieron los griegos y romanos y que reapareció para
describir la jurisdicción de las ciudades medievales se trasladó luego,
aproximadamente fines del siglo XV a los Estados y como una concepto legal a
raíz de los cambios en la economía mundial y asociado al concepto de
soberanía, sentándose así las bases del moderno sistemas de estados que se
consolidaron por el Tratado de Westfalia de 1648 y que definió la moderna
ley internacional del derecho de los soberanos sobre sus territorios y
consecuentemente sobre sus contenidos , personas y riquezas.. Las murallas
de las ciudades fueron así reemplazadas por la soberanía de los estados y la
defensa de sus recursos “territorializados” o espacializados. El estado se
afirmó así como una autoridad política soberana en el interior de las
fronteras de un cierto territorio.
Este concepto territorio como concreta expresión de unidades políticas
espaciales implicó la existencia de entidades de existencia física legal,
administrativa que involucró, a su vez, diferentes escalas jurídicas aún
dentro de la del estado, tales como en el caso argentino: Provincias y
municipios institucionalizadas como tales, con límites acotados no sólo
espacialmente sino en sus competencias jurídico-normativas. De esta manera
adquirió un significado político de poder institucionalizado que prevaleció
y aún es utilizado cuando se trata de conflictos espaciales entre los mismos
concretándose en la expresión “la defensa del territorio”.
En lo que no hay disenso entre lo geógrafos es, que el espacio sólo puede
entenderse en términos de los objetos y procesos que lo constituyen, lo cual
implica que su estudio debe estar arraigado en la teoría social. Clarificar
su significado ya sea como paisaje, lugar, región o territorio constituye un
problema metafísico y, aún cuando muchas de estas categorías conceptuales
nos son familiares y en apariencia sencillas, tienen usos confusos y
polémicos (Sayer, A. 1985).
Un trabajo liminar sobre territorio y territorialidad ha sido el de Sack
(1986) quién lo definió más que en su contenido en el método de su proceso
de construcción al definirlo como resultado de “una estrategia para afectar,
influir y controlar” sobre cosas y personas espacializadas. Concretamente se
ha referido a cómo las relaciones sociales de poder organizan el espacio,
interesando quién controla y qué o quienes son controlados. Por el hecho que
esas relaciones cambian en el tiempo requiere de una aproximación histórica.
A nuestro criterio su aporte más interesante es el de abrirnos una
metodología, la del comportamiento de diferentes actores y agentes sociales
para explicar los proceso de construcción de espacios específicos e intentar
revelar las razones del uso de la territorialidad, como una acción o
relación de poder, entre otras, cuyo resultado contribuye a la constitución
de un “territorio”. Cuál y en qué grado es utilizada depende de los
contextos y objetivos socio-políticos generales y particulares de las
sociedades bajo estudio
Sin embargo su uso actual, entre los geógrafos y antropólogos, se ha
convertido en un término ambiguo en su contenido, más amplio, muchas veces
como sinónimo de región y con el agregado del sentido de jurídico, el de las
connotaciones emocionales identitarias que aparecen en su raíz latina de
terra-torium o “pertenecer a” semejantes a las aplicadas tanto a la región
como al concepto de “lugar”.
Recientes discursos académicos asociados a la corriente geohistórica del
denominado “nuevo regionalismo” enfocan las transformaciones producidas por
los acelerados cambios económicos, tecnológicos, las reconstrucciones de
naciones-estados y los efectos en las representaciones territoriales.(Gilbert
1988; Paasi, 1986,1996; Murphy 1991, MacLeod, 2001 y Jones, 2001). Dichos
cambios son de carácter no sólo identitario, sino institucionales,
económicos y ambientales. Ellos enfocan, la construcción y desconstrucción
de regiones, coincidiendo en consecuencia con los términos de di Méo (2000)
sobre la aparición, reconstrucción y desaparición de regiones.
Pero, la mayoría de los estudios empíricos sobre regiones tienen marcos de
referencia que son territorios, resultado de proyectos territoriales,
resultando en un constante cambio de la composición de sus construcciones
espaciales funcionales y preceptúales. Como señala Murphy (1991) considerar
el proceso de territorialidad es necesario para direccional las
investigaciones sobre la formación regional y el cambio regional. Las
sociedades se definen territorialmente y su identidad social está, al menos
en gran escala, atada a la filiación territorial. Para Paasi (1986) el
proceso de institucionalización de las regiones suponen la cuestión de la de
una forma territorial, que se va sedimentando por prácticas y convenciones
culturales, económicas y políticas que se delimitan en la conciencia
individual y colectiva. Los agentes con poder la definen y simbolizan, se
crea una simbología que está en constante negociación por el ejercicio del
poder de las elites, se va produciendo paulatinamente la emergencia de
instituciones (educacionales, jurídicas, políticas, profesionales,
artísticas, de comunicación etc.) hasta que se convierten en unidades
territoriales con estructura espacial y división regional de la sociedad.
Las ideas acerca del territorio están atadas a las ideologías políticas y
sociales que dominan su proceso de formación territorial y su subsecuente
tipo de gobierno. (Johnston, 1989b) En resumen y en esencia la mayoría de
las regiones resultan de procesos territoriales y representan la reificación
de ideas de cómo es el mundo o de cómo debiera organizarse
Veamos y comparemos las siguientes definiciones :
Al referirse a la instancia de “institucionalización” de las regiones por
ejemplo, Paasi ( 1986, 1996) la define como:
“un proceso socio-espacial durante el cual alguna unidad territorial,
emerge como parte de una estructura espacial de la sociedad y se establece y
claramente se identifica en diferentes esferas de la acción social y en la
conciencia social” ( las negritas son nuestras)
“Las regiones no son simplemente resultados no intencionales de procesos
económicos, sociales y políticos sino que frecuentemente son producto
deliberado de acciones de aquellos con poder en la sociedad, quienes usan
espacio y crean lugares en la persecución de sus objetivos” (Johnston, 1991)
“Creado y reproducido por prácticas espaciales y la interacción de actores
sociales, el territorio no se reduce ya más a un espacio político o a una
representación ideológica.. Su naturaleza es objetiva y cognitiva, real y
representada, así como simbólica” (di Méo, 2000).
En estas definiciones el concepto de territorio aparece señalado en su
aspecto material, como un segmento de la superficie que se convierte en
“región” por su diferenciación específica como resultado de prácticas
espaciales.
La pregunta es cómo se construye el territorio, como mediador espacial de
toda la vida social. La formación de un territorio es un resultado
impredecible de interacciones del espacio material, natural y creado, con
las esferas económicas, políticas, y socio-culturales.
Como se pregunta Di Méo ¿debemos contentarnos con conferirle el estatuto de
creación política y simbólica, o más ampliamente ideológica, o bien debemos
considerarlo como una materialización de la praxis social y de las prácticas
concretas que le acompañan, al ritmo de la vida ordinaria de actores de lo
cotidiano?
Hay tres dimensiones simultáneas mayores en el concepto territorial: el del
espacio material o físico, el de espacio social y el de espacio vivido.
El espacio social cualifica los lugares de la biosfera relacionados entre sí
por los entrelazamientos de los resultados sociales y espaciales de la
sociedad, característicos de los grupos humanos que los ocupan, los producen
o simplemente los transforman. Se trata por consiguiente de un nuevo tejido
o red que es a la vez espacial de la sociedad y social del espacio, descrito
por medio del intento de una demarcación que objetiva los resultados
concretos. El concepto de espacio vivido expresa por el contrario la
relación existencial, subjetiva, que el individuo socializado, por él mismo
o colectivamente, establece sobre la tierra y sobre su lugar, él se impregna
de valores culturales reflejados en cada uno al pertenecer a un grupo
localizado. Los patrones de la territorialidad humana resultan de la
interacción entre las esferas económicas, políticas y sociales y los roles
mediativos, facilitadores o limitatorios del espacio. En suma, la
construcción social del territorio, su materialidad, es un resultado
complejo de la dialéctica socio-espacial, en cómo la vida social estructura
los territorios sino además, la manera en que éstos dan forma a la vida
social. Ellos son el resultado de la conexión entre estructura y agencia. La
estructura incluye profundas e históricas prácticas sociales establecidas
que gobiernan la vida diaria como la ley y la familia. Las instituciones
representan las formas de las estructuras, incluyendo el aparato estatal;
los agentes son los actores individuales que determinan los resultados
observables de cualquier interacción social. Es imposible predecir los
exactos resultados geográficos o sociales de las interacciones entre la
estructura, institución y la agencia. Aunque las acciones individuales están
enmarcadas por particulares contextos estructurales, ellas pueden
transformar el contexto mismo. La interacción a través del espacio es
compleja por las diferentes escalas en las que operan .Su impredecibilidd
está puesta de manifiesto, en particular en los países en desarrollo, como
en Argentina, en donde alternativas políticas de planeamiento “desde arriba”
han fracasado en distintos períodos, aún bajo estructuras políticas
democráticas.
Por otra parte, toda política territorial implica, pues, la consideración de
los escenarios ambientales de características complejas ya que “lo
ambiental” subsume simultáneamente en el sistema de su materialidad
fenómenos naturales con sus propias leyes de comportamiento, sujetas a
incertidumbre como el de los comportamientos de los actores y agentes
sociales que no están sujetos a decisiones determinadas por la sociedad sino
que poseen márgenes de comportamientos culturales, subjetivos que deben ser
explorados en espacios específicos y que, consecuentemente, contribuyen a
situaciones de incertidumbre. Es decir, la incertidumbre es doble: natural y
social. De esta manera el concepto de territorio involucra la cuestión
ambiental.
Es nuestro criterio que los problemas ambientales contenidos en dichos
territorios deben ser enfocados como sistemas complejos caracterizados por
la “incertidumbre”. Los territorios, son medio y resultado de acciones
productoras de “ambientes” y en consecuencia territorios que están sujetos a
procesos de cambio tempo-espaciales constantes, aún cuando en Latinoamérica
los ritmos pueden, en relación con los países más desarrollados ser más
lentos. La incertidumbre no está exclusivamente relacionada con situaciones
no controladas de desastres físicos, o ambigüedades o grado de aplicación de
de las normas ambientales sino que la misma construcción de los Seres
sociales, en tanto actores o gestores del territorio están en proceso
continuo de transformación ya que se construyen con experiencias,
informaciones, grados de poder, normas o reglas y simbologías que no
responden a estructuras sociales fijas que los determinen. Un territorio se
delimita fundamentalmente al construir un objeto de estudio, puede ser un
estado, una empresa, una región, un museo etc. en donde se trastocan las
relaciones de causalidad y nos sumergen en espacios imprevisibles por la
lógica de la vida misma. La complejidad de los “territorios” es
fenomenológica y corresponde a una realidad de interrelaciones unas veces
lineales y otras no lineales, que se dan en planos tempo-espacial distintos.
La complejidad de los territorios es una forma de pensar no simplificadora
sobre la “territorialidad” humana sobre espacios o lugares, como la primera
forma en que el poder aparece espacializado con carácter intencional a
diferencia de lo que ocurre con la territorialidad animal que existe pero
que no es intencional, sino instintiva (Sacks, 1997). No existen estructuras
territoriales sin reglas dentro y fuera de un espacio.
En consecuencia proponemos el uso de tal categoría conceptual: “territorio”
como la de una sociedad “territorializada” diferenciada, coincidiendo con el
concepto de región ya que están constituidas por una materialidad construida
por sujetos o actores sociales en donde las relaciones de poder o influencia
siempre existen y cuyos límites están condicionados a la construcción del
objeto en relación a la problemática a resolver. Su conocimiento pasa por la
“escucha” de los diferentes actores y la consideración de sus prácticas, sus
representaciones y de sus imágenes espaciales. Sobre la base de la realidad
socio-cultural el territorio-región testimonia la apropiación económica,
ideológica, política (social) del espacio por grupos que se dan una
representación específica sobre ellos mismos, de su historia y su
singularidad. Como muy bien señaló Foucault “una sociedad sin relaciones de
poder sólo puede ser una abstracción” (Foucault, 1985). Los lugares forman
parte, a escala menor, de la red compleja de la territorialidad.
Si bien el concepto de región tendió hacia su identificación como espacios
de relaciones funcionales y administrativas producidos por las actividades
económicas y sociales de los estados modernos, sería ingenuo desconocer las
relaciones de poder implicadas en las distintas formas de ocupación del
espacio que condiciona la localización y relaciones de los diferentes
agentes y actores sociales construyendo sus configuraciones territoriales
específicas que representan a las diferentes regiones.
La organización de los territorios nacionales, en los sistemas capitalistas
tienden a la concentración, diferenciación y al cambio, generados no sólo
por sus contextos sociales propios sino por los complejos contextos
mundiales a los que también pertenecen.
La complejidad la ha inventado el mismo ser humano en sus interacciones
(Ciurana, 2002) y no se debe confundir “complicado y “complejo”. Es cierto
que lo complicado se puede simplificar, aplicando una “lógica ensídica o
conjuntista identitaria”, que incluso resulta en una matematización
interpretativa de datos pero la complejidad aparece cuando los fenómenos son
tales que no son exhaustiva y sistemáticamente ensidizables, es decir
reducible a elementos y relaciones identitarias que escapan a aquellas
características más profundas denominadas “magmáticas” (Ciurana ,2001) y
generales de los objetos y de los Seres en general. El mundo y sus
territorios, como construcciones sociales prácticas son resultado de un
proceso indeterminado que exige “comprensión”, en sentido hermenéutico, de
lo aleatorio, de la incertidumbre. El territorio es multidimensional e
implica tres ordenes articuladas sobre su conocimiento: 1- su materialidad,
resultado de su oferta natural y la acciones o praxis del hombre sobre la
biosfera; 2- la aproximación a la psique individual que genera una relación
emocional pre social del hombre y la tierra, 3- su representación colectiva,
social, cultural.
Los límites políticos creados no crean necesariamente la identidad
territorial porque ella está condicionada por la experiencia de
interrelaciones más amplias que sus fronteras administrativas. Tal el caso
que veremos más adelante sobre el territorio del Chaco.
Para referirse a “estados de equilibrio”, una terminología muy asociada al
estudio de sistemas físicos y económicos, habría que discutir estados de
equilibrio “estable” o inestable”. La pregunta es si es posible hablar de
estados de equilibrio estables en virtud de lo que hemos señalado más
arriba, dada su permanente dinámica. Tales sistemas sólo se prestan a ser
descriptos en “algún momento” como una forma estática pero “sólo para ese
momento”. En la actualidad los avances en la física como ciencia
paradigmática, rechazan, justamente, por el reconocimiento de situaciones
aleatorias el concepto de estados “estables”. Ni la física ha demostrado que
la naturaleza esté sometida a un determinismo inmutable, ni a leyes
reproducibles. Ni la naturaleza ni la sociedad son reproducibles porque
tiempo y espacio transforman información., experiencias, reglas,
sentimientos y simbologías. Estamos en un mundo de “hetereotopías” (Foucault,
Soja, Lefebvre) y de seres construidos de manera específica por pertenecer a
mundos físicos, conceptuales y vividos tiempos espaciales propios,
productores de resultados imprevisibles en tanto actores y agentes sociales.
Con todo, tienen una mayor fortaleza y capacidad para adaptarse a las
circunstancias cambiantes (o metaestabilidad) que los sistemas ambientales
más grandes como los de nivel mundial.
Existe una estrecha relación entre sociedad y medio ambiente ya que ambas
son respectivamente subsistemas del sistema global “territorio” que se
condicionan entre sí, (Zarrilli, 2000). La carencia básica del estudio de
esas relaciones es su carácter dinámico y expuesto a situaciones azar o de
incertidumbre. Un análisis integral del sistema territorial debe incorporar
las acciones de actores entendidos que influyen sobre el sistema, de qué
manera modifican sus atributos de estabilidad, elasticidad etc., la
comprobación de daños, los niveles de artificialización, así como su
capacidad de adaptación ante los cambios climáticos que se están produciendo
a nivel global.. El progreso científico y tecnológico encubre
comportamientos de sectores y grupos dominantes que afectan su desarrollo.
Los procesos de cambio de la propia naturaleza reclaman modificaciones en
las conductas sociales.
En el caso ambiental nos encontramos con subsistemas articulados
produciéndose en términos de Margalef (1991) una cierta “convergencia de
comportamiento, en el sentido que cada cambio en uno de ellos afecta a las
variaciones en los otros y, consecuentemente disminuyen los grados de
libertad de sus componentes. Es por ello que el autor los denomina
“cibernéticos” por la existencia de regulaciones y controles mutuos. Además
se acentuarán procesos adaptativos o no por los procesos de interacción con
otros sistemas sociales territorializados.
Las formas de relacionarse el sistema sociocultural con el sistema natural
produciendo ambientes se va haciendo diferente y específico con el paso del
tiempo porque los mismos seres humanos cambian sus experiencias,
sentimientos, simbologías espaciales y capacidades de poder para actuar y se
hace cada vez más difícil las posibilidades de sus sistemas para organizarse
en relación con sus grados de complejidad, dentro del sistema de la
territorialidad mundial. De cualquier manera los investigadores, a pesar de
las limitaciones buscan interpretar y proponer políticas hacia una mayor
estabilidad.
Esa mayor estabilidad está asociada al concepto de “desarrollo” que
habitualmente se ha asociado al de crecimiento económico. Todavía subsiste
en nuestro país la subordinación de las políticas socio-ambientales a las
políticas económicas. Sus resultados han sido nefastos por su
unilateralidad. El crecimiento económico de un territorio le ha significado
muchas veces la desigualdad regional y un desequilibrio ambiental muchas
veces también irreversible. Ellos se han reducido a una visión de la
naturaleza con un valor únicamente instrumental y cuyos problemas pueden
reducirse a acciones tecnológicas y bajo una anticuada concepción del
“progreso”. Como ya se señaló más arriba el territorio es la materialidad,
resultado de un sistema complejo que requiere de un claro entendimiento no
sólo de las estructuras económicas sino políticas, sociales y culturales
específicamente localizadas en tiempo y espacio. Es decir que el denominado
“desarrollo sustentable” requiere de la consideración de las articulaciones
naturaleza y lo humano (Restrepo, 2000).
Tanto la sociedad como el medio ambiente están estrechamente relacionados
como subsistemas del sistema global, consecuentemente condicionándose entre
sí.
El desarrollo histórico de una sociedad está condicionado por su base
ecológica y sus recursos naturales pero también por los grados de
información, percepción, ideología e intereses políticos de los actores
sociales que bajo el propósito de un mal entendido desarrollo afectan su
base ambiental. La carencia básica es el análisis dinámico, desde un punto
de vista integral, en tanto y en cuanto afectan su estabilidad, elasticidad
etc., los daños y también su capacidad de adaptación a los cambios de
factores climáticos. Así en nuestro país muchos diagnósticos han eludido
entrar en la profundidad de las contradicciones sociedad- naturaleza que se
dan en los modos de producción predominantes en diferentes territorios,
provocando la pobreza natural y social más que su desarrollo.
La conformación de regiones como territorios representa generalmente un
estado de un proceso de constante transformación. de ahí los fracasos de
muchas políticas de regionalización que como en Argentina se propusieron
desde 1963 y que tuvieron como objeto articular políticas y acciones que
están relacionadas con un federalismo de concertación y cuyas
características de incumbencias están expresadas en diferentes artículos de
la Constitución Nacional hasta la reforma de 1994.
Un ejemplo sobre las relaciones de
terrritorialidad en la construcción y reconstrucción de una región: el caso
del Gran Chaco
Nos referiremos, sin pretender entrar en demasiados
detalles, mostrar los efectos y los procesos de construcción y
desconstrucción del territorio del denominado Gran Chaco argentino.
El Estado argentino en la práctica recién empieza a consolidarse a partir de
1880. Él estaba conformado por 14 provincias y 10 unidades político
administrativas denominadas “territorios nacionales”. Estos territorios
cubrían grandes espacios sin organizar y sus habitantes no tenían derechos
políticos. Para entonces el estado estaba en un proceso inconcluso de
formación de una Nación. Las denominadas Provincias a su vez, y ya desde
después de la década revolucionaria en el siglo XIX, eran en realidad
estados independientes y soberanos y no provincias de una nación. Todavía
perduraba la indefinición del status de las unidades políticas territoriales
que quedaban del antiguo estado español en América (Chiaramonte, J.C.,
1993).
El término “territorio” posee un significado histórico particular en su uso
en Argentina.
Así, a mediados del siglo pasado y como puede observarse en el Atlas de la
Confederación Argentina publicado en París en 1873, pero resultado del
trabajo que desde 1867 realizara el explorador y geógrafo francés Martin de
Moussy, aparece el término territorio para referirse a vastas áreas, de la
constituida Confederación, controladas sólo nominalmente por el Estado y que
estaban ocupados por diferentes parcialidades indígenas, tal el caso del
denominado territorio del Gran Chaco y el de la Patagonia.
La porción del Chaco argentino dentro del estado argentino correspondía a
las hoy provincias de Formosa, Chaco, Norte de Santa Fe, Santiago del
Estero, el este de Tucumán y Salta.
El Gran Chaco era representado como un dilatado espacio geográfico de
confusos contornos y contenido boscoso, (de aprox. 400.000km cuadrados) de
tierra ocupada por indios en su mayoría nómades y remisos a la penetración
blanca. Desde Buenos Aires y en el imaginario político y cultural era
considerado “desierto” en sentido demográfico y civilizatorio. Eran tierras
de indios, sólo controlados nominalmente por el Estado. Sólo moraban algunos
arriesgados pobladores atraídos por la riqueza forestal que instalaron
precarios obrajes en las cercanías del Paraná. No tenía atractivos
agrícolas, ni muchos dispuestos a emprender la dificultosa tarea
colonizadora. (Romero, 1976)
Es decir que aún debían reunir ciertos requisitos de población blanca y de
organización económica para alcanzar la categoría administrativa política de
Provincias. Representaban áreas sujetas a programas “geopolíticos” basados
en la ideología del “orden y “progreso”
En 1862 el gobierno central dispuso que” fueran nacionales todos los
territorios fuera de los límites de las provincias”. Con todo, en 1872 el
gobierno argentino necesitaba reforzar su soberanía sobre el Gran Chaco y
crea el Gobierno del Chaco con capital en Villa Occidental sobre la margen
izquierda del Pilcomayo, Dicha gobernación abarcaba las actuales provincias
del Chaco, Formosa, parte de Santiago del Estero, parte de Salta , una
porción Norte de Santa Fe y una porción de Paraguay. A consecuencia del
arbitraje inglés años más tarde, se perdió la sección paraguaya y la capital
hubo que trasladarla a la actual ciudad de Formosa.
Hasta la ley 1532 de 1884 no se encaró la ocupación y el gobierno de los
denominados territorios nacionales que representaban vastas áreas ocupadas
aún por parcialidades indígenas , sin límites precisos, sin gobiernos y sin
leyes o políticas de organización., alejados del centro político de Buenos
Aires, preocupado por su integración internacional a través de las
exportaciones agrarias de la región pampeana. Dicha Ley intenta la
participación política del territorio a través de la Ley Orgánica de
Territorios Nacionales que establecieron los principios para la organización
de Consejos municipales y de Legislaturas que existían más en los papeles
que en los hechos.
En 1884 después de una campaña militar de reconocimiento se dividió la
gobernación en dos: la del Chaco con capital en Resistencia y la de Formosa,
con ciudad capital del mismo nombre. De esta manera las Provincias ya
existentes como Salta, Santiago del Estero y Santa Fe y el gobierno nacional
se repartieron la administración de la planicie chaqueña sobre los
territorios de las gobernaciones que no habían reunido las condiciones para
adquirir el status político de Provincias,.
Para entonces existían tres frentes de poblamiento con forma de tenaza: uno
el del Este a lo largo del Paraná, Paraguay, otro desde el Sur desde Santa
Fe y otro desde el oeste en marcha hacia el centro.
La política de tierras de las Provincias ya constituidas permitió la casi
total enajenación de sus tierras que penetraban en el Chaco: Santa Fe, a
través del avance de su frontera pecuaria de estancias extiende su límite al
N del Salado hasta el paralelo 28 en 1886; Santiago del Estero también
avanza en tierras chaqueñas y en 1902 modifica su límite y Salta asegura su
frente chaqueño en el río Bermejo con la Colonia Rivadavia. De esta manera
el Gran Chaco quedó cercenado y representado políticamente por las que en
1951 y 1956 se constituyeron en Provincia del Chaco y de Formosa
respectivamente.
La demora de sus provincializaciones se debieron a motivos de interés
político pues como consecuencia los cambios de representación política que
produciría su incorporación como provincias, en la Cámara de Diputados y en
las Legislaturas provinciales perjudicaban intereses económicos y políticos
de la Nación que recaudaba los beneficios de la explotación del bosque y del
cultivo del algodón en esos territorios. Numerosos fueron los debates
parlamentarios sobre la incorporación de las denominadas Territorios del
Chaco y Formosa que ya mucho antes habían alcanzado un crecimiento
poblacional que justifica su ascenso al status de provincias.
Sintetizando, en el proceso de conformación y transformación de la región o
territorio chaqueños se observa en términos de Paasi: 1)una etapa de
construcción de una forma territorial extensa denominada Gran Chaco que va
siendo ocupada por fortines y algunas colonias y sobre la que de a poco se
van precisando límites superpuestos políticos- administrativos que no rompen
con la imagen simbólica de la región como de tierras “vacías” de
civilización, Desde Buenos Aires existía ya el reconocimiento de un
territorio, de una forma territorial sobre la que se ejercía control
político que comienza a partir del envío de expediciones militares, la
ocupación con fortines y algunas ocupaciones de nativos correntinos y de
extranjeros (primero italianos) que comenzaron también a ocupar los bordes
fluviales con obrajes dispersos relacionados con la explotación de los
bosques; 2) una etapa caracterizada por dos tipos de actividad : a) la
explotación primero de los bosques con criterio “minero” depredador, en
busca de maderas primero y de tanino después, explotación oligopólica en
manos de empresas extranjeras (inglesas y alemanas y francesas). La
explotación de los quebrachales se fue intensificando desde principio del
siglo XX con el comienzo del trazado de los ferrocarriles del Estado que
intentaban penetrar en la región denominada del “impenetrable” y comunicar
el área con Salta y Formosa, para lo cual requerían durmientes para los
trazados. Las empresas privadas a su vez extendieron ramales dentro de sus
explotaciones; y b) a principios del siglo XX el cultivo del algodón que la
convierten en símbolo de actividades diferenciadas de la actividad pampeana
y crean una sociedad identificada por su paisaje de obradores, cultivo de
algodón y fábricas demotadoras en una sociedad de estructura social
explotada y pobre; 3) la institucionalización de la región como tal está
marcada especialmente por una agricultura que genera formas institucionales
como las cooperativas algodoneras( 31 en total de las cuales 24 estaban en
el territorio del Chaco) que luego forman Uniones de cooperativas y de
tejeduría y agrícolas ( la primera en 1905 fue la de Margarita Belén y
Corporación Argentina de tejeduría Doméstica y la Cooperativas Agrícolas
Algodoneras Ltda.), la aparición de periódicos (La Gaceta Algodonera, Ucal)
y sucursales bancarias nacionales y usinas desmotadoras y fábricas (como la
Cia. General de Fósforos, SA., S.A, Bunge y Born, Fabrica Nacional de
Envases de Algodón); asociaciones de fomento (Asociación de Fomento y
Defensa del Chaco; Junta Nacional para Combatir la Desocupación, Asociación
de Fomento de territorios Nacionales de Chaco y Formosa. etc.) y creación de
escuelas textiles (Escuelas Fábricas Textiles),
.Su incorporación definitiva a la unidad política del estado, que demoró
setenta años,( la provincialización del Chaco se produce recién en 1951 y el
sector del territorio entre el Bermejo y el Pilcomayo se constituyó en la
Provincia de Formosa en 1956) resultó así de procesos militares, por la
ocupación espontánea privada apoyada por el estado nacional y escasa
colonización, interesada en sus recursos de tierras vacías de pobladores
pero aptas para la explotación de bosques y el monocultivo del algodón y la
ganadería extensiva sobre las tierras taladas 4) a partir de 1963 distintas
instituciones nacionales interjurisdiccionales como el CFI (Consejo Federal
de Inversiones, el CONABIT, Leyes Nacionales se embarcan en Proyectos
nacionales de desarrollo en donde las unidades políticas de las provincias
del Chaco y Formosa quedan como nódulo de lo que fue el gran Chaco y son
incluidas dentro de una nueva Región denominada del Noreste junto con
Misiones y Corrientes. Entra así en un sistema regional y de una “nueva”
conciencia social. Ella tanto en la estructura fisiográfica como histórica-
cultural ofrece paisajes y procesos diferentes, que le quitan homogeneidad.,
salvo porque todas sufrieron de un aislamiento común dentro del Territorio
Argentino. Con todo, en el identitario nacional y provincial todavía se
habla del chaco salteño, santiagueño y santafesino.
Cada período por su condición social- política y de producción, entendida en
su doble vertiente de explotación del trabajo humano y de la naturaleza,
marcó los límites precisos a la eficiencia en el manejo de los ecosistemas.
( Zarrilli, op.cit.).
La destrucción ecológica, la sobreexplotación de sus recursos naturales y la
degradación ambiental caracterizaron la incorporación de este territorio a
la economía capitalista que se inicia a fines del siglo XIX. La explotación
del quebracho colorado es un ejemplo histórico de la explotación extractiva
capitalista, de un recurso natural no renovable que generó serios problemas
socio-económicos, en donde la pobreza contribuyó aún más a la destrucción
del sistema ecológico. La legislación forestal iniciada por Avellaneda en
1879-80 , base de la ley de tierras de 1903 y hasta el año 1940 no tuvieron
éxito. La falta efectiva de controles y el número de explotaciones
clandestinas defraudaban además al fisco. En los años 70 se concretiza la
desaparición de las grandes empresas tanineras extranjeras que se
trasladaron a África en busca de un producto sustitutivo, de menor calidad
pero de mayor capitalización, al cambiar las políticas salariales y las del
Estado. La áreas desprovistas del bosque se convirtieron en áreas de ramoneo
del ganado.
La producción algodonera, por los procesos de sustitución de su fibra por la
sintética (en los 50) y la inestabilidad de los mercados, logró con el apoyo
crediticio estatal, en especial a las medianas y pequeñas empresas una
salida a la marginalidad de la región del gran Chaco Argentino por lo menos
hasta los 60. Pero la introducción de nuevas tecnologías afectó la
desocupación y el aumento de la miseria. La emigración hacia los centros
urbanos fue intensa.
Las provincias que constituyeron la región del gran Chaco, me refiero a las
actuales Provincias de Chaco, Formosa, una sección del N de Santa Fe, parte
de Santiago del Estero y W de Salta integraron un entorno ecológico con
muchas características y rasgos comunes en la transformación producidas por
el hombre sobre el medio natural. Sus historias son comunes en lo que se
refiere a la expansión de las fronteras agropecuarias, principalmente por
sustitución de bosques nativos, de manera acelerada en la segunda mitad del
siglo XX, la persistencia del monocultivo y el deterioro del suelo y la
emigración rural a los centros urbanos, lo que ha creado un escenario de
decreciente sustentabilidad.
En al actualidad, el nódulo que quedó de la gran región del Chaco, las
provincias de Chaco y Formosa pertenecen como hemos señalado a un nuevo
sistema regional, el del NE, en donde los organismos estatales nacionales y
provinciales han generado, a través de la Secretaría de Medio Ambiente,
estudios serios sobre suelos, leyes de protección a la tala indiscriminada,
la diversificación de la agricultura y el mejoramiento de la ganadería sobre
grandes áreas con manejo consciente mixto de cultivos dirigidos a una
producción más selectiva.
Por este motivo ha surgido en el año 2001, SIGEA, Sistema de gestión
Ambiental y Ecológica, desde la Universidad Nacional del NE para
sistematizar y optimizar la información ambiental de la Provincia del Chaco
que es escasa o inexacta.
Conclusiones:
El estudio de la conformación de regiones pone en
evidencia el papel que en el proceso de su constitución tienen las
relaciones de poder o influencia o terrritorialidad tal cual la define Sacks,
en consecuencia son unidades territoriales creadas por relaciones sociales
de poder que se materializan en un territorio. Ellas están sujetas a
procesos de transformación o dinámicas continuas tanto en su construcción
como en su desconstrucción. Son producto de relaciones políticas, económicas
y culturales con distintos grados de poder. Son creaciones sociales en
estado de equilibrio inestable.
La territorialidad es mutidimensional espacialmente en tres ordenes: 1) la
materialidad, producto de agentes y actores que actúan sobre la biosfera con
distintos grados de poder; 2) En lo referente a la psique individual que
genera una relación emocional entre el hombre y la tierra; 3) en el de las
representaciones colectivas, sociales y culturales.
Los límites políticos creados no crean necesariamente la identidad
territorial pues ella está condicionada por la experiencia de las
interrelaciones sociales de distintas escalas tempo-espaciales.
La construcción social de la materialidad de las regiones como territorios
resulta de las interacciones de poder dentro de las sociedades y generan las
estructuras cognitivas, como imágenes, representaciones, ideologías
diversas, individuales, de esencia social, que conforman la conciencia del
ser humano.
Los lugares como las regiones representan escalas de la territorialidad,
sujetas a procesos de cambio ya sea en su construcción como en su
reconstrucción y aún en su desaparición.
Es por todo esto que la aproximación a su estudio requiere de una clara
concepción de relaciones sistémicas complejas en tiempo y espacio. Dicha
complejidad resulta de las múltiples interrelaciones entre el sistema
natural y el social. Ellos desafían muchas nociones lógicas del conocimiento
porque hay complejidad en el enredamiento de las interacciones de los
subsistemas que están sujetos a incertidumbre en los comportamientos de
ambos subsistemas, que aparecen como un sólo sistema en el estudio de las
regiones como territorios. Hay una doble incertidumbre: la de la naturaleza
y la de los comportamientos sociales. Son impredecibles.
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