Revista THEOMAI   /  THEOMAI   Journal
Estudios sobre Sociedad, Naturaleza y Desarrollo / Society, Nature and Development Studies

 

número 11 (primer semestre de 2005) 
number 11 (first semester of 2004)

                 

 



Una revisión de los conceptos de “territorios equilibrados” y “región”. Procesos de construcción y desconstrucción

Marta I. Kollmann
 

*Instituto de Geografía, Universidad de Buenos Aires. E-mail: kollmann@ciudad.com.ar

La primer cuestión que queremos presentar en este trabajo es sobre qué se entiende por “equilibrio territorial”, desglosando por un lado el concepto de territorio y por otro el de equilibrio.
El concepto de territorio como de “pertenencia” a un espacio concreto, topológico que le dieron los griegos y romanos y que reapareció para describir la jurisdicción de las ciudades medievales se trasladó luego, aproximadamente fines del siglo XV a los Estados y como una concepto legal a raíz de los cambios en la economía mundial y asociado al concepto de soberanía, sentándose así las bases del moderno sistemas de estados que se consolidaron por el Tratado de Westfalia de 1648 y que definió la moderna ley internacional del derecho de los soberanos sobre sus territorios y consecuentemente sobre sus contenidos , personas y riquezas.. Las murallas de las ciudades fueron así reemplazadas por la soberanía de los estados y la defensa de sus recursos “territorializados” o espacializados. El estado se afirmó así como una autoridad política soberana en el interior de las fronteras de un cierto territorio.
Este concepto territorio como concreta expresión de unidades políticas espaciales implicó la existencia de entidades de existencia física legal, administrativa que involucró, a su vez, diferentes escalas jurídicas aún dentro de la del estado, tales como en el caso argentino: Provincias y municipios institucionalizadas como tales, con límites acotados no sólo espacialmente sino en sus competencias jurídico-normativas. De esta manera adquirió un significado político de poder institucionalizado que prevaleció y aún es utilizado cuando se trata de conflictos espaciales entre los mismos concretándose en la expresión “la defensa del territorio”.
En lo que no hay disenso entre lo geógrafos es, que el espacio sólo puede entenderse en términos de los objetos y procesos que lo constituyen, lo cual implica que su estudio debe estar arraigado en la teoría social. Clarificar su significado ya sea como paisaje, lugar, región o territorio constituye un problema metafísico y, aún cuando muchas de estas categorías conceptuales nos son familiares y en apariencia sencillas, tienen usos confusos y polémicos (Sayer, A. 1985).
Un trabajo liminar sobre territorio y territorialidad ha sido el de Sack (1986) quién lo definió más que en su contenido en el método de su proceso de construcción al definirlo como resultado de “una estrategia para afectar, influir y controlar” sobre cosas y personas espacializadas. Concretamente se ha referido a cómo las relaciones sociales de poder organizan el espacio, interesando quién controla y qué o quienes son controlados. Por el hecho que esas relaciones cambian en el tiempo requiere de una aproximación histórica. A nuestro criterio su aporte más interesante es el de abrirnos una metodología, la del comportamiento de diferentes actores y agentes sociales para explicar los proceso de construcción de espacios específicos e intentar revelar las razones del uso de la territorialidad, como una acción o relación de poder, entre otras, cuyo resultado contribuye a la constitución de un “territorio”. Cuál y en qué grado es utilizada depende de los contextos y objetivos socio-políticos generales y particulares de las sociedades bajo estudio
Sin embargo su uso actual, entre los geógrafos y antropólogos, se ha convertido en un término ambiguo en su contenido, más amplio, muchas veces como sinónimo de región y con el agregado del sentido de jurídico, el de las connotaciones emocionales identitarias que aparecen en su raíz latina de terra-torium o “pertenecer a” semejantes a las aplicadas tanto a la región como al concepto de “lugar”.
Recientes discursos académicos asociados a la corriente geohistórica del denominado “nuevo regionalismo” enfocan las transformaciones producidas por los acelerados cambios económicos, tecnológicos, las reconstrucciones de naciones-estados y los efectos en las representaciones territoriales.(Gilbert 1988; Paasi, 1986,1996; Murphy 1991, MacLeod, 2001 y Jones, 2001). Dichos cambios son de carácter no sólo identitario, sino institucionales, económicos y ambientales. Ellos enfocan, la construcción y desconstrucción de regiones, coincidiendo en consecuencia con los términos de di Méo (2000) sobre la aparición, reconstrucción y desaparición de regiones.
Pero, la mayoría de los estudios empíricos sobre regiones tienen marcos de referencia que son territorios, resultado de proyectos territoriales, resultando en un constante cambio de la composición de sus construcciones espaciales funcionales y preceptúales. Como señala Murphy (1991) considerar el proceso de territorialidad es necesario para direccional las investigaciones sobre la formación regional y el cambio regional. Las sociedades se definen territorialmente y su identidad social está, al menos en gran escala, atada a la filiación territorial. Para Paasi (1986) el proceso de institucionalización de las regiones suponen la cuestión de la de una forma territorial, que se va sedimentando por prácticas y convenciones culturales, económicas y políticas que se delimitan en la conciencia individual y colectiva. Los agentes con poder la definen y simbolizan, se crea una simbología que está en constante negociación por el ejercicio del poder de las elites, se va produciendo paulatinamente la emergencia de instituciones (educacionales, jurídicas, políticas, profesionales, artísticas, de comunicación etc.) hasta que se convierten en unidades territoriales con estructura espacial y división regional de la sociedad. Las ideas acerca del territorio están atadas a las ideologías políticas y sociales que dominan su proceso de formación territorial y su subsecuente tipo de gobierno. (Johnston, 1989b) En resumen y en esencia la mayoría de las regiones resultan de procesos territoriales y representan la reificación de ideas de cómo es el mundo o de cómo debiera organizarse
Veamos y comparemos las siguientes definiciones :
Al referirse a la instancia de “institucionalización” de las regiones por ejemplo, Paasi ( 1986, 1996) la define como:

“un proceso socio-espacial durante el cual alguna unidad territorial, emerge como parte de una estructura espacial de la sociedad y se establece y claramente se identifica en diferentes esferas de la acción social y en la conciencia social” ( las negritas son nuestras)

“Las regiones no son simplemente resultados no intencionales de procesos económicos, sociales y políticos sino que frecuentemente son producto deliberado de acciones de aquellos con poder en la sociedad, quienes usan espacio y crean lugares en la persecución de sus objetivos” (Johnston, 1991)

“Creado y reproducido por prácticas espaciales y la interacción de actores sociales, el territorio no se reduce ya más a un espacio político o a una representación ideológica.. Su naturaleza es objetiva y cognitiva, real y representada, así como simbólica” (di Méo, 2000).


En estas definiciones el concepto de territorio aparece señalado en su aspecto material, como un segmento de la superficie que se convierte en “región” por su diferenciación específica como resultado de prácticas espaciales.
La pregunta es cómo se construye el territorio, como mediador espacial de toda la vida social. La formación de un territorio es un resultado impredecible de interacciones del espacio material, natural y creado, con las esferas económicas, políticas, y socio-culturales.
Como se pregunta Di Méo ¿debemos contentarnos con conferirle el estatuto de creación política y simbólica, o más ampliamente ideológica, o bien debemos considerarlo como una materialización de la praxis social y de las prácticas concretas que le acompañan, al ritmo de la vida ordinaria de actores de lo cotidiano?
Hay tres dimensiones simultáneas mayores en el concepto territorial: el del espacio material o físico, el de espacio social y el de espacio vivido.
El espacio social cualifica los lugares de la biosfera relacionados entre sí por los entrelazamientos de los resultados sociales y espaciales de la sociedad, característicos de los grupos humanos que los ocupan, los producen o simplemente los transforman. Se trata por consiguiente de un nuevo tejido o red que es a la vez espacial de la sociedad y social del espacio, descrito por medio del intento de una demarcación que objetiva los resultados concretos. El concepto de espacio vivido expresa por el contrario la relación existencial, subjetiva, que el individuo socializado, por él mismo o colectivamente, establece sobre la tierra y sobre su lugar, él se impregna de valores culturales reflejados en cada uno al pertenecer a un grupo localizado. Los patrones de la territorialidad humana resultan de la interacción entre las esferas económicas, políticas y sociales y los roles mediativos, facilitadores o limitatorios del espacio. En suma, la construcción social del territorio, su materialidad, es un resultado complejo de la dialéctica socio-espacial, en cómo la vida social estructura los territorios sino además, la manera en que éstos dan forma a la vida social. Ellos son el resultado de la conexión entre estructura y agencia. La estructura incluye profundas e históricas prácticas sociales establecidas que gobiernan la vida diaria como la ley y la familia. Las instituciones representan las formas de las estructuras, incluyendo el aparato estatal; los agentes son los actores individuales que determinan los resultados observables de cualquier interacción social. Es imposible predecir los exactos resultados geográficos o sociales de las interacciones entre la estructura, institución y la agencia. Aunque las acciones individuales están enmarcadas por particulares contextos estructurales, ellas pueden transformar el contexto mismo. La interacción a través del espacio es compleja por las diferentes escalas en las que operan .Su impredecibilidd está puesta de manifiesto, en particular en los países en desarrollo, como en Argentina, en donde alternativas políticas de planeamiento “desde arriba” han fracasado en distintos períodos, aún bajo estructuras políticas democráticas.
Por otra parte, toda política territorial implica, pues, la consideración de los escenarios ambientales de características complejas ya que “lo ambiental” subsume simultáneamente en el sistema de su materialidad fenómenos naturales con sus propias leyes de comportamiento, sujetas a incertidumbre como el de los comportamientos de los actores y agentes sociales que no están sujetos a decisiones determinadas por la sociedad sino que poseen márgenes de comportamientos culturales, subjetivos que deben ser explorados en espacios específicos y que, consecuentemente, contribuyen a situaciones de incertidumbre. Es decir, la incertidumbre es doble: natural y social. De esta manera el concepto de territorio involucra la cuestión ambiental.
Es nuestro criterio que los problemas ambientales contenidos en dichos territorios deben ser enfocados como sistemas complejos caracterizados por la “incertidumbre”. Los territorios, son medio y resultado de acciones productoras de “ambientes” y en consecuencia territorios que están sujetos a procesos de cambio tempo-espaciales constantes, aún cuando en Latinoamérica los ritmos pueden, en relación con los países más desarrollados ser más lentos. La incertidumbre no está exclusivamente relacionada con situaciones no controladas de desastres físicos, o ambigüedades o grado de aplicación de de las normas ambientales sino que la misma construcción de los Seres sociales, en tanto actores o gestores del territorio están en proceso continuo de transformación ya que se construyen con experiencias, informaciones, grados de poder, normas o reglas y simbologías que no responden a estructuras sociales fijas que los determinen. Un territorio se delimita fundamentalmente al construir un objeto de estudio, puede ser un estado, una empresa, una región, un museo etc. en donde se trastocan las relaciones de causalidad y nos sumergen en espacios imprevisibles por la lógica de la vida misma. La complejidad de los “territorios” es fenomenológica y corresponde a una realidad de interrelaciones unas veces lineales y otras no lineales, que se dan en planos tempo-espacial distintos. La complejidad de los territorios es una forma de pensar no simplificadora sobre la “territorialidad” humana sobre espacios o lugares, como la primera forma en que el poder aparece espacializado con carácter intencional a diferencia de lo que ocurre con la territorialidad animal que existe pero que no es intencional, sino instintiva (Sacks, 1997). No existen estructuras territoriales sin reglas dentro y fuera de un espacio.
En consecuencia proponemos el uso de tal categoría conceptual: “territorio” como la de una sociedad “territorializada” diferenciada, coincidiendo con el concepto de región ya que están constituidas por una materialidad construida por sujetos o actores sociales en donde las relaciones de poder o influencia siempre existen y cuyos límites están condicionados a la construcción del objeto en relación a la problemática a resolver. Su conocimiento pasa por la “escucha” de los diferentes actores y la consideración de sus prácticas, sus representaciones y de sus imágenes espaciales. Sobre la base de la realidad socio-cultural el territorio-región testimonia la apropiación económica, ideológica, política (social) del espacio por grupos que se dan una representación específica sobre ellos mismos, de su historia y su singularidad. Como muy bien señaló Foucault “una sociedad sin relaciones de poder sólo puede ser una abstracción” (Foucault, 1985). Los lugares forman parte, a escala menor, de la red compleja de la territorialidad.
Si bien el concepto de región tendió hacia su identificación como espacios de relaciones funcionales y administrativas producidos por las actividades económicas y sociales de los estados modernos, sería ingenuo desconocer las relaciones de poder implicadas en las distintas formas de ocupación del espacio que condiciona la localización y relaciones de los diferentes agentes y actores sociales construyendo sus configuraciones territoriales específicas que representan a las diferentes regiones.
La organización de los territorios nacionales, en los sistemas capitalistas tienden a la concentración, diferenciación y al cambio, generados no sólo por sus contextos sociales propios sino por los complejos contextos mundiales a los que también pertenecen.
La complejidad la ha inventado el mismo ser humano en sus interacciones (Ciurana, 2002) y no se debe confundir “complicado y “complejo”. Es cierto que lo complicado se puede simplificar, aplicando una “lógica ensídica o conjuntista identitaria”, que incluso resulta en una matematización interpretativa de datos pero la complejidad aparece cuando los fenómenos son tales que no son exhaustiva y sistemáticamente ensidizables, es decir reducible a elementos y relaciones identitarias que escapan a aquellas características más profundas denominadas “magmáticas” (Ciurana ,2001) y generales de los objetos y de los Seres en general. El mundo y sus territorios, como construcciones sociales prácticas son resultado de un proceso indeterminado que exige “comprensión”, en sentido hermenéutico, de lo aleatorio, de la incertidumbre. El territorio es multidimensional e implica tres ordenes articuladas sobre su conocimiento: 1- su materialidad, resultado de su oferta natural y la acciones o praxis del hombre sobre la biosfera; 2- la aproximación a la psique individual que genera una relación emocional pre social del hombre y la tierra, 3- su representación colectiva, social, cultural.
Los límites políticos creados no crean necesariamente la identidad territorial porque ella está condicionada por la experiencia de interrelaciones más amplias que sus fronteras administrativas. Tal el caso que veremos más adelante sobre el territorio del Chaco.
Para referirse a “estados de equilibrio”, una terminología muy asociada al estudio de sistemas físicos y económicos, habría que discutir estados de equilibrio “estable” o inestable”. La pregunta es si es posible hablar de estados de equilibrio estables en virtud de lo que hemos señalado más arriba, dada su permanente dinámica. Tales sistemas sólo se prestan a ser descriptos en “algún momento” como una forma estática pero “sólo para ese momento”. En la actualidad los avances en la física como ciencia paradigmática, rechazan, justamente, por el reconocimiento de situaciones aleatorias el concepto de estados “estables”. Ni la física ha demostrado que la naturaleza esté sometida a un determinismo inmutable, ni a leyes reproducibles. Ni la naturaleza ni la sociedad son reproducibles porque tiempo y espacio transforman información., experiencias, reglas, sentimientos y simbologías. Estamos en un mundo de “hetereotopías” (Foucault, Soja, Lefebvre) y de seres construidos de manera específica por pertenecer a mundos físicos, conceptuales y vividos tiempos espaciales propios, productores de resultados imprevisibles en tanto actores y agentes sociales. Con todo, tienen una mayor fortaleza y capacidad para adaptarse a las circunstancias cambiantes (o metaestabilidad) que los sistemas ambientales más grandes como los de nivel mundial.
Existe una estrecha relación entre sociedad y medio ambiente ya que ambas son respectivamente subsistemas del sistema global “territorio” que se condicionan entre sí, (Zarrilli, 2000). La carencia básica del estudio de esas relaciones es su carácter dinámico y expuesto a situaciones azar o de incertidumbre. Un análisis integral del sistema territorial debe incorporar las acciones de actores entendidos que influyen sobre el sistema, de qué manera modifican sus atributos de estabilidad, elasticidad etc., la comprobación de daños, los niveles de artificialización, así como su capacidad de adaptación ante los cambios climáticos que se están produciendo a nivel global.. El progreso científico y tecnológico encubre comportamientos de sectores y grupos dominantes que afectan su desarrollo. Los procesos de cambio de la propia naturaleza reclaman modificaciones en las conductas sociales.
En el caso ambiental nos encontramos con subsistemas articulados produciéndose en términos de Margalef (1991) una cierta “convergencia de comportamiento, en el sentido que cada cambio en uno de ellos afecta a las variaciones en los otros y, consecuentemente disminuyen los grados de libertad de sus componentes. Es por ello que el autor los denomina “cibernéticos” por la existencia de regulaciones y controles mutuos. Además se acentuarán procesos adaptativos o no por los procesos de interacción con otros sistemas sociales territorializados.
Las formas de relacionarse el sistema sociocultural con el sistema natural produciendo ambientes se va haciendo diferente y específico con el paso del tiempo porque los mismos seres humanos cambian sus experiencias, sentimientos, simbologías espaciales y capacidades de poder para actuar y se hace cada vez más difícil las posibilidades de sus sistemas para organizarse en relación con sus grados de complejidad, dentro del sistema de la territorialidad mundial. De cualquier manera los investigadores, a pesar de las limitaciones buscan interpretar y proponer políticas hacia una mayor estabilidad.
Esa mayor estabilidad está asociada al concepto de “desarrollo” que habitualmente se ha asociado al de crecimiento económico. Todavía subsiste en nuestro país la subordinación de las políticas socio-ambientales a las políticas económicas. Sus resultados han sido nefastos por su unilateralidad. El crecimiento económico de un territorio le ha significado muchas veces la desigualdad regional y un desequilibrio ambiental muchas veces también irreversible. Ellos se han reducido a una visión de la naturaleza con un valor únicamente instrumental y cuyos problemas pueden reducirse a acciones tecnológicas y bajo una anticuada concepción del “progreso”. Como ya se señaló más arriba el territorio es la materialidad, resultado de un sistema complejo que requiere de un claro entendimiento no sólo de las estructuras económicas sino políticas, sociales y culturales específicamente localizadas en tiempo y espacio. Es decir que el denominado “desarrollo sustentable” requiere de la consideración de las articulaciones naturaleza y lo humano (Restrepo, 2000).
Tanto la sociedad como el medio ambiente están estrechamente relacionados como subsistemas del sistema global, consecuentemente condicionándose entre sí.
El desarrollo histórico de una sociedad está condicionado por su base ecológica y sus recursos naturales pero también por los grados de información, percepción, ideología e intereses políticos de los actores sociales que bajo el propósito de un mal entendido desarrollo afectan su base ambiental. La carencia básica es el análisis dinámico, desde un punto de vista integral, en tanto y en cuanto afectan su estabilidad, elasticidad etc., los daños y también su capacidad de adaptación a los cambios de factores climáticos. Así en nuestro país muchos diagnósticos han eludido entrar en la profundidad de las contradicciones sociedad- naturaleza que se dan en los modos de producción predominantes en diferentes territorios, provocando la pobreza natural y social más que su desarrollo.
La conformación de regiones como territorios representa generalmente un estado de un proceso de constante transformación. de ahí los fracasos de muchas políticas de regionalización que como en Argentina se propusieron desde 1963 y que tuvieron como objeto articular políticas y acciones que están relacionadas con un federalismo de concertación y cuyas características de incumbencias están expresadas en diferentes artículos de la Constitución Nacional hasta la reforma de 1994.

 

Un ejemplo sobre las relaciones de terrritorialidad en la construcción y reconstrucción de una región: el caso del Gran Chaco

Nos referiremos, sin pretender entrar en demasiados detalles, mostrar los efectos y los procesos de construcción y desconstrucción del territorio del denominado Gran Chaco argentino.
El Estado argentino en la práctica recién empieza a consolidarse a partir de 1880. Él estaba conformado por 14 provincias y 10 unidades político administrativas denominadas “territorios nacionales”. Estos territorios cubrían grandes espacios sin organizar y sus habitantes no tenían derechos políticos. Para entonces el estado estaba en un proceso inconcluso de formación de una Nación. Las denominadas Provincias a su vez, y ya desde después de la década revolucionaria en el siglo XIX, eran en realidad estados independientes y soberanos y no provincias de una nación. Todavía perduraba la indefinición del status de las unidades políticas territoriales que quedaban del antiguo estado español en América (Chiaramonte, J.C., 1993).
El término “territorio” posee un significado histórico particular en su uso en Argentina.
Así, a mediados del siglo pasado y como puede observarse en el Atlas de la Confederación Argentina publicado en París en 1873, pero resultado del trabajo que desde 1867 realizara el explorador y geógrafo francés Martin de Moussy, aparece el término territorio para referirse a vastas áreas, de la constituida Confederación, controladas sólo nominalmente por el Estado y que estaban ocupados por diferentes parcialidades indígenas, tal el caso del denominado territorio del Gran Chaco y el de la Patagonia.
La porción del Chaco argentino dentro del estado argentino correspondía a las hoy provincias de Formosa, Chaco, Norte de Santa Fe, Santiago del Estero, el este de Tucumán y Salta.
El Gran Chaco era representado como un dilatado espacio geográfico de confusos contornos y contenido boscoso, (de aprox. 400.000km cuadrados) de tierra ocupada por indios en su mayoría nómades y remisos a la penetración blanca. Desde Buenos Aires y en el imaginario político y cultural era considerado “desierto” en sentido demográfico y civilizatorio. Eran tierras de indios, sólo controlados nominalmente por el Estado. Sólo moraban algunos arriesgados pobladores atraídos por la riqueza forestal que instalaron precarios obrajes en las cercanías del Paraná. No tenía atractivos agrícolas, ni muchos dispuestos a emprender la dificultosa tarea colonizadora. (Romero, 1976)
Es decir que aún debían reunir ciertos requisitos de población blanca y de organización económica para alcanzar la categoría administrativa política de Provincias. Representaban áreas sujetas a programas “geopolíticos” basados en la ideología del “orden y “progreso”
En 1862 el gobierno central dispuso que” fueran nacionales todos los territorios fuera de los límites de las provincias”. Con todo, en 1872 el gobierno argentino necesitaba reforzar su soberanía sobre el Gran Chaco y crea el Gobierno del Chaco con capital en Villa Occidental sobre la margen izquierda del Pilcomayo, Dicha gobernación abarcaba las actuales provincias del Chaco, Formosa, parte de Santiago del Estero, parte de Salta , una porción Norte de Santa Fe y una porción de Paraguay. A consecuencia del arbitraje inglés años más tarde, se perdió la sección paraguaya y la capital hubo que trasladarla a la actual ciudad de Formosa.
Hasta la ley 1532 de 1884 no se encaró la ocupación y el gobierno de los denominados territorios nacionales que representaban vastas áreas ocupadas aún por parcialidades indígenas , sin límites precisos, sin gobiernos y sin leyes o políticas de organización., alejados del centro político de Buenos Aires, preocupado por su integración internacional a través de las exportaciones agrarias de la región pampeana. Dicha Ley intenta la participación política del territorio a través de la Ley Orgánica de Territorios Nacionales que establecieron los principios para la organización de Consejos municipales y de Legislaturas que existían más en los papeles que en los hechos.
En 1884 después de una campaña militar de reconocimiento se dividió la gobernación en dos: la del Chaco con capital en Resistencia y la de Formosa, con ciudad capital del mismo nombre. De esta manera las Provincias ya existentes como Salta, Santiago del Estero y Santa Fe y el gobierno nacional se repartieron la administración de la planicie chaqueña sobre los territorios de las gobernaciones que no habían reunido las condiciones para adquirir el status político de Provincias,.
Para entonces existían tres frentes de poblamiento con forma de tenaza: uno el del Este a lo largo del Paraná, Paraguay, otro desde el Sur desde Santa Fe y otro desde el oeste en marcha hacia el centro.
La política de tierras de las Provincias ya constituidas permitió la casi total enajenación de sus tierras que penetraban en el Chaco: Santa Fe, a través del avance de su frontera pecuaria de estancias extiende su límite al N del Salado hasta el paralelo 28 en 1886; Santiago del Estero también avanza en tierras chaqueñas y en 1902 modifica su límite y Salta asegura su frente chaqueño en el río Bermejo con la Colonia Rivadavia. De esta manera el Gran Chaco quedó cercenado y representado políticamente por las que en 1951 y 1956 se constituyeron en Provincia del Chaco y de Formosa respectivamente.
La demora de sus provincializaciones se debieron a motivos de interés político pues como consecuencia los cambios de representación política que produciría su incorporación como provincias, en la Cámara de Diputados y en las Legislaturas provinciales perjudicaban intereses económicos y políticos de la Nación que recaudaba los beneficios de la explotación del bosque y del cultivo del algodón en esos territorios. Numerosos fueron los debates parlamentarios sobre la incorporación de las denominadas Territorios del Chaco y Formosa que ya mucho antes habían alcanzado un crecimiento poblacional que justifica su ascenso al status de provincias.
Sintetizando, en el proceso de conformación y transformación de la región o territorio chaqueños se observa en términos de Paasi: 1)una etapa de construcción de una forma territorial extensa denominada Gran Chaco que va siendo ocupada por fortines y algunas colonias y sobre la que de a poco se van precisando límites superpuestos políticos- administrativos que no rompen con la imagen simbólica de la región como de tierras “vacías” de civilización, Desde Buenos Aires existía ya el reconocimiento de un territorio, de una forma territorial sobre la que se ejercía control político que comienza a partir del envío de expediciones militares, la ocupación con fortines y algunas ocupaciones de nativos correntinos y de extranjeros (primero italianos) que comenzaron también a ocupar los bordes fluviales con obrajes dispersos relacionados con la explotación de los bosques; 2) una etapa caracterizada por dos tipos de actividad : a) la explotación primero de los bosques con criterio “minero” depredador, en busca de maderas primero y de tanino después, explotación oligopólica en manos de empresas extranjeras (inglesas y alemanas y francesas). La explotación de los quebrachales se fue intensificando desde principio del siglo XX con el comienzo del trazado de los ferrocarriles del Estado que intentaban penetrar en la región denominada del “impenetrable” y comunicar el área con Salta y Formosa, para lo cual requerían durmientes para los trazados. Las empresas privadas a su vez extendieron ramales dentro de sus explotaciones; y b) a principios del siglo XX el cultivo del algodón que la convierten en símbolo de actividades diferenciadas de la actividad pampeana y crean una sociedad identificada por su paisaje de obradores, cultivo de algodón y fábricas demotadoras en una sociedad de estructura social explotada y pobre; 3) la institucionalización de la región como tal está marcada especialmente por una agricultura que genera formas institucionales como las cooperativas algodoneras( 31 en total de las cuales 24 estaban en el territorio del Chaco) que luego forman Uniones de cooperativas y de tejeduría y agrícolas ( la primera en 1905 fue la de Margarita Belén y Corporación Argentina de tejeduría Doméstica y la Cooperativas Agrícolas Algodoneras Ltda.), la aparición de periódicos (La Gaceta Algodonera, Ucal) y sucursales bancarias nacionales y usinas desmotadoras y fábricas (como la Cia. General de Fósforos, SA., S.A, Bunge y Born, Fabrica Nacional de Envases de Algodón); asociaciones de fomento (Asociación de Fomento y Defensa del Chaco; Junta Nacional para Combatir la Desocupación, Asociación de Fomento de territorios Nacionales de Chaco y Formosa. etc.) y creación de escuelas textiles (Escuelas Fábricas Textiles),
.Su incorporación definitiva a la unidad política del estado, que demoró setenta años,( la provincialización del Chaco se produce recién en 1951 y el sector del territorio entre el Bermejo y el Pilcomayo se constituyó en la Provincia de Formosa en 1956) resultó así de procesos militares, por la ocupación espontánea privada apoyada por el estado nacional y escasa colonización, interesada en sus recursos de tierras vacías de pobladores pero aptas para la explotación de bosques y el monocultivo del algodón y la ganadería extensiva sobre las tierras taladas 4) a partir de 1963 distintas instituciones nacionales interjurisdiccionales como el CFI (Consejo Federal de Inversiones, el CONABIT, Leyes Nacionales se embarcan en Proyectos nacionales de desarrollo en donde las unidades políticas de las provincias del Chaco y Formosa quedan como nódulo de lo que fue el gran Chaco y son incluidas dentro de una nueva Región denominada del Noreste junto con Misiones y Corrientes. Entra así en un sistema regional y de una “nueva” conciencia social. Ella tanto en la estructura fisiográfica como histórica- cultural ofrece paisajes y procesos diferentes, que le quitan homogeneidad., salvo porque todas sufrieron de un aislamiento común dentro del Territorio Argentino. Con todo, en el identitario nacional y provincial todavía se habla del chaco salteño, santiagueño y santafesino.
Cada período por su condición social- política y de producción, entendida en su doble vertiente de explotación del trabajo humano y de la naturaleza, marcó los límites precisos a la eficiencia en el manejo de los ecosistemas. ( Zarrilli, op.cit.).
La destrucción ecológica, la sobreexplotación de sus recursos naturales y la degradación ambiental caracterizaron la incorporación de este territorio a la economía capitalista que se inicia a fines del siglo XIX. La explotación del quebracho colorado es un ejemplo histórico de la explotación extractiva capitalista, de un recurso natural no renovable que generó serios problemas socio-económicos, en donde la pobreza contribuyó aún más a la destrucción del sistema ecológico. La legislación forestal iniciada por Avellaneda en 1879-80 , base de la ley de tierras de 1903 y hasta el año 1940 no tuvieron éxito. La falta efectiva de controles y el número de explotaciones clandestinas defraudaban además al fisco. En los años 70 se concretiza la desaparición de las grandes empresas tanineras extranjeras que se trasladaron a África en busca de un producto sustitutivo, de menor calidad pero de mayor capitalización, al cambiar las políticas salariales y las del Estado. La áreas desprovistas del bosque se convirtieron en áreas de ramoneo del ganado.
La producción algodonera, por los procesos de sustitución de su fibra por la sintética (en los 50) y la inestabilidad de los mercados, logró con el apoyo crediticio estatal, en especial a las medianas y pequeñas empresas una salida a la marginalidad de la región del gran Chaco Argentino por lo menos hasta los 60. Pero la introducción de nuevas tecnologías afectó la desocupación y el aumento de la miseria. La emigración hacia los centros urbanos fue intensa.
Las provincias que constituyeron la región del gran Chaco, me refiero a las actuales Provincias de Chaco, Formosa, una sección del N de Santa Fe, parte de Santiago del Estero y W de Salta integraron un entorno ecológico con muchas características y rasgos comunes en la transformación producidas por el hombre sobre el medio natural. Sus historias son comunes en lo que se refiere a la expansión de las fronteras agropecuarias, principalmente por sustitución de bosques nativos, de manera acelerada en la segunda mitad del siglo XX, la persistencia del monocultivo y el deterioro del suelo y la emigración rural a los centros urbanos, lo que ha creado un escenario de decreciente sustentabilidad.
En al actualidad, el nódulo que quedó de la gran región del Chaco, las provincias de Chaco y Formosa pertenecen como hemos señalado a un nuevo sistema regional, el del NE, en donde los organismos estatales nacionales y provinciales han generado, a través de la Secretaría de Medio Ambiente, estudios serios sobre suelos, leyes de protección a la tala indiscriminada, la diversificación de la agricultura y el mejoramiento de la ganadería sobre grandes áreas con manejo consciente mixto de cultivos dirigidos a una producción más selectiva.
Por este motivo ha surgido en el año 2001, SIGEA, Sistema de gestión Ambiental y Ecológica, desde la Universidad Nacional del NE para sistematizar y optimizar la información ambiental de la Provincia del Chaco que es escasa o inexacta.

 

Conclusiones:

El estudio de la conformación de regiones pone en evidencia el papel que en el proceso de su constitución tienen las relaciones de poder o influencia o terrritorialidad tal cual la define Sacks, en consecuencia son unidades territoriales creadas por relaciones sociales de poder que se materializan en un territorio. Ellas están sujetas a procesos de transformación o dinámicas continuas tanto en su construcción como en su desconstrucción. Son producto de relaciones políticas, económicas y culturales con distintos grados de poder. Son creaciones sociales en estado de equilibrio inestable.
La territorialidad es mutidimensional espacialmente en tres ordenes: 1) la materialidad, producto de agentes y actores que actúan sobre la biosfera con distintos grados de poder; 2) En lo referente a la psique individual que genera una relación emocional entre el hombre y la tierra; 3) en el de las representaciones colectivas, sociales y culturales.
Los límites políticos creados no crean necesariamente la identidad territorial pues ella está condicionada por la experiencia de las interrelaciones sociales de distintas escalas tempo-espaciales.
La construcción social de la materialidad de las regiones como territorios resulta de las interacciones de poder dentro de las sociedades y generan las estructuras cognitivas, como imágenes, representaciones, ideologías diversas, individuales, de esencia social, que conforman la conciencia del ser humano.
Los lugares como las regiones representan escalas de la territorialidad, sujetas a procesos de cambio ya sea en su construcción como en su reconstrucción y aún en su desaparición.
Es por todo esto que la aproximación a su estudio requiere de una clara concepción de relaciones sistémicas complejas en tiempo y espacio. Dicha complejidad resulta de las múltiples interrelaciones entre el sistema natural y el social. Ellos desafían muchas nociones lógicas del conocimiento porque hay complejidad en el enredamiento de las interacciones de los subsistemas que están sujetos a incertidumbre en los comportamientos de ambos subsistemas, que aparecen como un sólo sistema en el estudio de las regiones como territorios. Hay una doble incertidumbre: la de la naturaleza y la de los comportamientos sociales. Son impredecibles.
 

Bibliografía

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