Revista THEOMAI   /  THEOMAI   Journal
Estudios sobre Sociedad, Naturaleza y Desarrollo / Society, Nature and Development Studies

 

número 3 (primer semestre de 2001)  
number 3 (first semester of 2001)
                             

 

 

México visto por un comerciante montañés de fines de la colonia

Tomás Pérez Vejo*

 

* Universidad Autónoma del Estado de Morelos (México). E-mail: tvejo@yahoo.com


A Tomás Mediavilla Soberón                

 

El 16 de marzo de 1822, Isidoro de la Fuente Pérez, "montañés, nativo del lugar de Caloca, provincia de León, obispado de León, en los Reinos de Castilla"(1) concluye en Paredes de Nava una Relación verídica de algunos de los acontecimientos que he experimentado durante mi trágica y larga vida(2). La mayor parte de esta relación tiene que ver con su estancia en la Nueva España, a donde llega en 1778, desarrolla una exitosa actividad como comerciante, y, finalmente, retorna a España tras los disturbios producidos por la guerra de la independencia.

Esta Relación proporciona una información sumamente valiosa sobre la percepción que del mundo americano tiene un grupo, el de los comerciantes montañeses, de gran peso en la vida social y económica de la Nueva España (controlaban, por ejemplo, junto con los vizcaínos(3), el poderoso Consulado de Comerciantes de la Ciudad de México, oficialmente dividido a partir del año 1742 en dos partidos, el de los vizcaínos y el de los montañeses, cada uno de los cuales elegía a un cónsul y, en años alternos, al prior; los naturales de otras provincias de la Península y los criollos tenían prohibido votar o formar parte de cualquiera de los dos partidos(4)) y en el conjunto del comercio atlántico (su redes económico-familiares se entrecruzaban a un lado y otro del Atlántico, con una presencia también hegemónica, y también junto con los vizcaínos, en Cádiz). Además, la imagen de la Nueva España de este grupo es lo más cercano que tenemos a lo que debió de ser Nueva España en el imaginario popular español de la segunda mitad del siglo XVIII, la Nueva España transmitida en relatos orales, la que a través de los puertos de Cádiz y Sevilla llegaba hasta las aldeas del norte de la península Ibérica, alentando un flujo continuado y bastante significativo de campesinos vizcaínos, montañeses y, un poco más tarde, asturianos hacia México(5) con el sueño de convertirse en mineros o comerciantes.

Este relato popular de lo que era América en general y la Nueva España en particular no tiene por qué coincidir, y yo creo que de hecho no coincidía, con la imagen de América de los grupos cultivados, viajeros ilustrados, funcionarios de la corona, eclesiásticos, etc., cuya percepción moral y física del mundo americano estaba mediatizada por parámetros bastante distintos. Me atrevería incluso a afirmar que la imagen de América que nos transmiten estos grupos cultivados, aquella con la que todos nosotros estamos más familiarizados, no deja de ser una imagen enormemente limitada y minoritaria con respecto a esta de los no letrados; y que la de estos últimos fue tan importante y, sin ninguna duda con un valor performativo mayor, al de aquella que nos es más conocida.

Decía un poco más arriba que la relación de Isidoro de la Fuente es interesante por reflejar la visión que de la Nueva España tiene un grupo social, el de los comerciantes vizcaínos y montañeses, a todos los efectos se les puede tratar como un grupo homogéneo, si no hegemónico, sí muy importante en la vida del virreinato. Hay que tener en cuenta que uno de los rasgos más sorprendentes de la sociedad novohispana, en relación con las europeas contemporáneas, es el alto prestigio de los comerciantes, en la practica gozaban de un estatus cuasi-nobililiario. Esto es lo que afirmará a finales del siglo XVII uno de los virreyes, el Marqués de Mancera,:

los mercaderes y tratantes de que se componen en las Indias buena parte de la nación española se acercan mucho a la nobleza [...] en estas provincias por la mayor parte el caballero es mercader y el mercader caballero(6).

El alto número (en cifras absolutas, ya que aquí no es posible la comparación con la Península al ser un fenómeno prácticamente desconocido al otro lado del Atlántico) de comerciantes ennoblecidos a lo largo del siglo XVIII (marqués de Altamira, conde de la Cortina, marqués de Rivascacho, conde de la Torre de Cossío, etc., sólo por citar algunos de los títulos otorgados a comerciantes montañeses) no hace sino confirmar la riqueza (el título se compraba) y el prestigio social del mercader novohispano.

Pero la importancia de la Relación es aun mayor si consideramos que este grupo, por sus mismas características socioeconómicas, fue poco proclive a dejar información escrita literaria, sí obviamente de sus transacciones comerciales y administrativas, con lo cual carecemos de algo parecido a lo que podríamos llamar "la Nueva España según un comerciante gachupín del siglo XVIII". La relevancia del relato de Isidoro de la Fuente Pérez se ve acrecentada, además, por ser su autor un comerciante de éxito medio, no uno de los grandes del comercio novohispano, sino uno de los muchos comerciantes que tuvieron algún peso en la organización corporativa del comercio colonial; actuaron como jefes de grupos familiares también dedicados al comercio; y acumularon un capital de cierta importancia. Isidoro de la Fuente Pérez fue diputado por Sayula del Consulado de Comerciantes de Guadalajara y, posteriormente, Consiliario propietario del mismo; llevó a México desde Caloca natal hasta un total de 8 personas, que, obviamente, se integraron en la empresa familiar; y acumuló un capital suficiente como para enviar fondos a su familia a España, pagar el viaje de los 8 familiares que se trajo de La Montaña, financiar de su bolsillo(7) la construcción y dotación(8) de la Iglesia de la Orden Tercera de Sayula, con un coste de más de 40.000 pesos(9), y, a la vuelta a España después de la independencia, comprar tierras que le permitieron vivir como rentista los últimos años de su vida.

Antes de pasar a lo que Isidoro de la Fuente nos cuenta de su visión de la Nueva España, quiero hacer una pequeña digresión sobre el universo familiar en que se forma el futuro viajero, que creo que es importante para entender parte de su imaginario posterior. Según el Catastro del Marqués de la Ensenada(10), que, anterior en dos años al nacimiento de Isidoro de la Fuente, nos proporciona una muy útil radiografía de una sociedad no demasiado sobrada de fuentes escritas, Caloca es uno de los cientos de pequeños núcleos rurales, que se escalonan en los valles de la Cordillera Cantábrica. En cada uno de ellos, unas pocas familias, no más de treinta, la media es incluso menor, sobrevivían en una economía prácticamente de subsistencia, habitual en la mayoría de las regiones de montaña de la Europa del Antiguo Régimen. Estos núcleos rurales, sin embargo, y no nos dejemos engañar por una falsa apariencia de mundo cerrado y arcaico, están inmersos en ámbitos económicos mucho más amplios, con ramificaciones en Castilla, Andalucía y, especialmente relevante para lo que aquí nos interesa, América. Esta economía de subsistencia hacía ya muchos años, si no siglos, que se había convertido en dependiente de otros espacios económicos más desarrollados, bien para enviar sus excedentes demográficos, bien como receptora de flujos económicos sin los que posiblemente se hubiese colapsado por sucesivas crisis de subsistencia(11). Una situación de la que un anónimo informe de esta misma mitad del siglo XVIII sobre la economía de la región da cumplidamente cuenta,

El exceso de la emigración es más frecuente en este país que en algún otro de la península y esto mismo denota que cuando salen tantos a buscar oficio es porque en el propio falta la industria suficiente para emplearlos [...]. Son muy pocos los que no se ausentan por la primavera a Castilla. Allí se emplean en diversas profesiones y salen de arquitectos, escultores, pintores, campaneros, etc. hasta el mes de noviembre que se restituyen a su patria para hacer la misma operación al año siguiente [...]. Otros pasan a las Indias desde la infancia imaginando ciegamente que en el Nuevo Mundo, Montes, Campiñas, Poblaciones, todo para ellos debe ser oro(12).

En el propio Catastro de Ensenada son frecuentes las referencias a los vecinos que tienen hijos en América o en Andalucía y, junto a la casi universal profesión de labrador, habitual la aclaración de que el censado ejerce durante parte del año de arriero, carpintero, tonelero, etc. en tierras castellanas. En este contexto la familia de Isidoro de la Fuente aparece también como una familia típica de pequeños propietarios rurales, con sus hijos abocados a la emigración, empujados por el doble objetivo de no dividir la limitada propiedad familiar y, a la vez, contribuir mediante el envío de dinero al mantenimiento de la casa como entidad económica y simbólica. Para lo que aquí nos interesa, esto significaba que la posibilidad del viaje, la posibilidad de atravesar el Atlántico camino de América no era para cualquiera de los jóvenes del país, a pesar de lo que podría hacer suponer el aparente aislamiento de los valles de montaña, una posibilidad ni remota ni lejana. Era, por el contrario, algo que formaba parte del mundo cotidiano, de lo posible y habitual. Había muchos que lo habían hecho antes e, incluso, bastantes los que habían vuelto. Algunos, aunque posiblemente no demasiados, suficientemente ricos para mantener viva la imagen de una tierra en la que "Montes, Campiñas y Poblaciones" eran de oro(13).

Pero el marco no quedaría completo si no incluyésemos algo que el propio Isidoro nos cuenta sobre su formación y que nos da una imagen bastante insólita de lo que era América para estos campesinos que año tras año cruzaban el Atlántico. La emigración a América es una carrera, como la eclesiástica o la militar; es la carrera de Indias. Una carrera que no es tanto una empresa individual como una inversión familiar y para la que el futuro indiano es formado desde su infancia. Según la Relación, desde el momento en que su padre decidió que era uno de los hermanos elegidos para salir de casa, fue enviado a la escuela, no sólo a la de Caloca, sino a otras cercanas que, por lo que suponemos, debían de ser consideradas mejores(14), y, sobre todo, desde el momento en que se ha decidido que su destino son las Indias, a los 10 ó 12 años, es enviado a estudiar a Polaciones, un valle contiguo al del lugar de origen del autor de nuestro relato, pero que en una orografía de montaña implica un alejamiento significativo de la familia, incluido el vivir fuera de la casa paterna. ¿Qué es lo que empuja a los padres de Isidoro, con una situación económica, como ya hemos visto, al límite de la subsistencia, a afrontar los gastos de una prolongada educación fuera de casa? El motivo parece ser, exclusivamente, el maestro, cuyo principal mérito, si no el único, es lo que se deduce del propio texto, consiste en tener varios hermanos en México, lo que, suponemos, le convierte en una especie de maestro especializado en la carrera de Indias.

En resumen, el autor de nuestra Relación es escolarizado por un, para la época, larguísimo periodo de más de 12 años, duración que en ningún momento es considerada como algo anormal, sino como lo habitual en estos casos. Esta larga escolarización es, especialmente en el periodo que va de los 12 a los 17 años, una preparación específica para su viaje a América: se lleva a cabo con un maestro, en cuya casa vive, que tiene hermanos en México. Es una formación especializada y que, para lo que aquí nos interesa, debió incluir ya una determinada visión de la Nueva España (relatos, historias, explicación de lo que se iba a encontrar, etc.) de la que desgraciadamente, sin embargo, no nos da ninguna información.

Como dato anecdótico habría que añadir que esta carrera de Indias incluía hasta su propio uniforme,

Ya mi padre sabía de mi marcha en aquel tardío -localismo, significa otoño-, pues me hizo ropilla de indiano con la que estaba yo más contento que con las Insignias Reales; con ella me envió a la romería que se hace en La Puente, 8 de septiembre, que fue de 1771.

La larga escolarización explicaría, entre otras muchas cosas a las que se hará referencia más adelante, la fluidez con la que está escrita la Relación, incluso con cierta habilidad literaria, en contra de la imagen habitual del emigrante a América como campesino analfabeto. Parecen oírse, a veces y entre el moralismo que impregna todo el texto, ecos de un modelo que remitiría a la novela picaresca. Tampoco en este caso, desgraciadamente, y a pesar de las continuas referencias que a lo largo de la Relación nos hace a su afición a la lectura, tenemos ninguna indicación de cuales fueron los libros leídos por nuestro autor.

Pero pasemos ya al relato autobiográfico y a la Nueva España vista por un comerciante montañés. Lo primero que habría que precisar son algunos conceptos de tipo geográfico. La Nueva España de Isidoro de la Fuente no es el espacio administrativo abstracto de lo que nosotros conocemos como la Nueva España, ni siquiera desde el punto de vista terminológico, se habla siempre de México o del Reino, nunca de la Nueva España. Es un territorio geográfico concreto, que abarca exclusivamente ciudades (Veracruz, México, Salamanca, Zamora, Guadalajara y Sayula básicamente), lo que sería el espacio útil desde la perspectiva de un comerciante.

Parece claro que para un comerciante del siglo XVIII el virreinato de la Nueva España, concebido como una entidad administrativa, es una abstracción carente de significado. Resulta sorprendente en este sentido la falta casi absoluta de cualquier referencia a la administración colonial. Sólo ya durante la guerra de la Independencia aparece un extraño "Presidente" (no se nos dice que es lo que preside) cuya orden de reunir a los europeos en Guadalajara con el objetivo de defender esta ciudad de los insurgentes, es obedecida a regañadientes, "por ser preciso obedecer a nuestro superior", y con un resultado absolutamente catastrófico: perecieron todos salvo Isidoro y su hermano, a quienes su avanzada edad les sirvió de excusa para no ir a Guadalajara. Es decir, la administración colonial es invisible y, cuando se hace visible, sólo sirve para empeorar las cosas. Lo único parecido a un aparato administrativo que encontramos es la Iglesia, especialmente los conventos de la Orden de San Francisco, que, junto con las relaciones de paisanaje de las que se hablará más adelante, son la sola institución, tanto en época de paz como ya después en plena guerra de Independencia, en la que es posible encontrar ayuda.

La Nueva España de Isidoro de la Fuente no es el espacio que nosotros, socializados en los mapas, vemos, plano, limitado por fronteras, con una organización burocrática que lo administra y define. Es una red, no una superficie territorial ni una unidad administrativa. Es una red de ciudades, ligadas entre sí por flujos comerciales y articuladas en torno a la Ciudad de México. Esto explica por qué el paisaje, lo que queda entre las ciudades que definen la red, no existe, es invisible. No hay ni una sola referencia a lo pintoresco, a la naturaleza americana, a lo exótico. Lo que queda fuera de las ciudades son sólo los trabajos y las penalidades del viaje, lo que es mejor evitar y de lo que ni siquiera merece la pena hablar.

Esta red de ciudades está jerarquizada, con la Ciudad de México, "el mejor lugar del Reino", como centro del universo novohispano. Lo que hace de la capital del virreinato un lugar deseable es precisamente su carácter urbano, su carácter de centro de civilidad. Es en ella donde hay sermones, procesiones, comedias, toros, artesanos diestros en su oficio y, aliciente no menor para un comerciante, almacenes de donde surtir a las tiendas de su parentela en Sayula.

En este México urbano, de ciudades entrelazadas entre sí, articulado en torno a lo que, si no fuese anacrónico, podríamos llamar la sociedad civil, el punto de referencia básico son las relaciones de paisanaje, una compleja red que actúa como lugar de apoyo a todo lo largo del viaje. Ya desde Cádiz, donde Isidoro de la Torre, originario de Valdeprado, en el mismo valle de Liébana que la Caloca de nuestro autor, y con hermanos y corresponsales en México, le proporciona posada, le busca barco, le compra ropa y le da cartas de recomendación para Veracruz y México. Una vez en América, en Veracruz, otro montañés, éste de un poco más lejos, de Santander, le aloja en su casa y le busca arriero para México. Por último, ya en la capital del virreinato, las cartas de recomendación le llevan al comercio de otro montañés, éste originario de la Villa de Reinosa.

Aquí, inexplicablemente y para su desgracia, la red de paisanaje se rompe y nuestro aspirante a comerciante inicia su aprendizaje, no, como era de esperar y como debía de ser habitual, con un comerciante montañés, en muchos casos con un pariente (hay referencias a uno de sus primos establecido en la Ciudad de México pero las relaciones no debieron de ser demasiado cercanas, como en otros muchos casos no se nos explica por qué), sino con un criollo del Reino en la lejana Salamanca,

Llegamos a su casa, que me fue un molesto noviciado, pues sólo Dios sabe lo que en ella me mortifiqué y padecí, de todas maneras, sin encontrar consuelo; baste decir que comía malísimamente, que dormía en el vivo suelo, que trabajaba desde el amanecer a las diez de la noche sin sentarme aún para comer, que no pisé las calles más que para oir misa los días festivos antes de amanecer, siendo lo peor, y lo que me consumía, que no se me pagaba salario ninguno [...]; estuve disgustado los dos años [...] en ellos no me asignó un cuarto aquel hombre, que la ropita que llevé se me acababa y no tenía de qué hacerme unos zapatos, ni socorrer a mis padres, que era mi ansia [...]. Llegó el día de la vuelta a Salamanca en cuya víspera di aviso a mi amo que no le seguiría, con lo que se volvió un basilisco, protestando que no había de consentirlo. [...]. Dijo iba a ver al Corregidor que me obligase, pero consentí entrar primero en la cárcel que seguirle. No llegó a este caso, contentándose en venganza después de haberle servido dos años y medio de mi trabajo, con llevarse la ropa que había traído para mudarme en la feria, dejándome con la puesta que era la más mala.

Por fortuna al cabo de dos años, la asistencia a una feria le permite ponerse en contacto con otro montañés, de Espinosa de los Monteros, en cuyo negocio adquirirá la formación básica que años después le permitiría entrar a formar parte del importante gremio de los comerciantes.

Día 20 de diciembre de 1773, llegamos a Guadalajara en donde puedo decir, que con la persona de don Ventura García Diego, también de Espinosa -Espinosa de los Monteros, actualmente en la provincia de Burgos, formaba parte de lo que en ese momento se consideraba La Montaña-, sobrino del amo que corría con la casa, me preparó la providencia padre y madre, pues desde el momento que me vio, me tomó tal cariño y formó tal concepto de mí que seguramente me prefirió a sus parientes. Luego que llegó a su casa viéndome en aquel estado por un pícaro, de su misma ropa me dio para mudarme y dormir, me señaló salario y me instruía, con la mayor eficacia y amor, en el comercio, en el que en poco tiempo aprendí lo necesario para el futuro.

Esta red de relaciones de paisanaje convierte de hecho al territorio americano en un mundo familiar. No es la América exótica a la que los viajeros románticos nos han acostumbrado. Es un espacio conocido, habitado, es cierto, por gentes extrañas y con comidas extrañas,

por no haberlo, no probamos el pan, sino tortillas de maíz, frijoles y huevos,

dice de su viaje de Veracruz a México, pero en el que nunca se viaja hacia lo desconocido, siempre hay montañeses esperando al final del camino. Las dos únicas veces en que esto no es así, el viaje de México a Salamanca, acompañando a un criollo para el que ha sido contratado, y el de Guadalajara a Sayula, en las mismas circunstancias, son vividas con auténtica angustia, justificada a posteriori. Pero no sólo no se viaja a lo desconocido sino que, gracias a los viajeros que van y vienen a La Montaña, el contacto con el lugar de origen, incluso en la lejana Sayula, no se interrumpe.

En esta ocasión fue al Reino don Isidoro de la Torre, que me había embarcado, me escribió, manifestándome tener gusto de que me hubiese portado bien, y diciéndome que así lo diría a mis padres a la vuelta que pensaba irse a la Montaña. Yo había ofrecido a mi madre enviarle lo primero que ganase, lo comuniqué a don Ventura y, sin tenerlo mío, me facilitó cincuenta duros, que remití por intermedio de don Isidoro, siguiendo haciendo lo mismo después a medida que iba ganando, sin dejar de hacerlo hasta que me vine de dicho Reino.

Estas relaciones de paisanaje dejan entrever otro aspecto de la organización socioeconómica de la colonia, tantas veces repetida, pero que aquí se confirma con toda claridad: el práctico monopolio, casi como si de una organización mafiosa se tratase, del comercio novohispano por los españoles europeos, y más concretamente vizcaínos y montañeses. Del conjunto de comerciantes que, por un motivo u otro, aparecen citados en la relación, el 60% son montañeses y sólo el 30% criollos. Monopolio que, entre otras cosas, explica las posibilidades de éxito económico de los recién llegados. A pesar de que, como veremos a continuación, en el relato se argumenta continuamente la propia moralidad como clave del éxito empresarial, resulta significativo que cuando Isidoro decide establecerse por su cuenta y va a comprar mercancías a la ciudad de México, casi de pasada, y sin prestarle especial importancia, afirma que "sobre lo mío me fiaron cuanto me fue conveniente". Afirmación importante ya que en la forma casi casual en que está hecha, por un lado, nos indica que era un mecanismo habitual y frecuente; por otro nos explica la forma de financiación de las nuevas empresas comerciales, con un alto componente de confianza personal (en estos momentos nuestro flamante comerciante sólo disponía de una tienda alquilada en Sayula) que indudablemente debía descansar en las relaciones de paisanaje y parentesco, aunque nada se nos dice.

La visión de la Nueva España es siempre una visión moral. Es la descripción del mundo de los hombres, no del mundo de la naturaleza. Falta casi por completo cualquier referencia al mundo físico, sólo las relaciones sociales, los juicios sobre la sociedad y las personas que la componen merecen el interés del autor de la Relación.

Esta descripción moral tiene otra característica significativa y es que está hecha desde una perspectiva casi de casta. Sólo tienen algún interés los peninsulares, los únicos con los que mantiene relación fuera del trabajo,

Como en aquel lugar -en Sayula- no había entonces más de dos europeos, de más de sesenta años, éstos eran los únicos con quienes salía una u otras tardes en días de fiesta.

El resto, un mundo dominado por el embuste, el juego, la indolencia y el alcohol(15), sirve sólo de paisaje, de fondo de la historia.

En este mundo falto de moralidad, y en un esquema que yo no dudaría de calificar de ética calvinista, los comerciantes montañeses y vizcaínos ven en su éxito económico y en su devoción religiosa la confirmación de su superioridad. Tienen éxito porque moralmente son mejores,

A pesar de estar tan extendido el juego de naipes y otros [...] en América que lo hacen generalmente por mediar en ellos muchísimo interés, ni por él, ni por diversión, no perdí ni gané un cuarto por no haberlo aprendido y haberlo visto siempre con odio, lo mismo que el vino y estas cosas que distraen de lo principal, a que debe atender el hombre de bien y de honor;

porque trabajan más,

Todo el que estuve en dicha casa trabajé extraordinariamente por haber cargado sobre mí el peso de ella y ser sólo; por el día, y parte de la noche, en los asuntos del comercio, y el resto de ella, muchas veces hasta las doce y dos de la mañana [...] los días de mercado era tanta la gente que se agolpaba a comprar que con la taza de chocolate solía estar de las cinco de la mañana a las seis de la tarde, sin dar lugar a comer ni a descansar, de modo que caía rendido de cansado que no podía tenerme sobre los pies [...]. En ninguna edades y tiempos he podido estar un momento ocioso, por lo que los momentos que fuera de mis ocupaciones tenía libres, los he ocupado en mis vicios que son leer y escribir;

porque son más ahorradores,

usé de la mayor economía, vistiendo de lo más barato y ni aun fruta probaba por no gastar, ni cosa superflua, buena ni mala;

porque son más honrados, su corresponsal en la ciudad de México, el vizcaíno Tomás Domingo de Acha le envía mercancías durante más de 30 años con total eficacia y probidad, y sin que nunca tuviese ninguna queja de él, y él mismo justifica el dinero gastado en la construcción de la iglesia de la Orden Tercera de San Francisco en

que el giro del comercio por arreglado que uno fuese era demasiado contingente, y expuesto de mil maneras a quitar al prójimo sin intención, ya en equivocaciones de cuentas, y ya en comprar y vender por precios fuera de lo justo,

así que quiere devolver a los habitantes de Sayula aquello que "inadvertidamente" les haya quitado, su honradez llega hasta el punto de querer devolver lo que se haya podido robar sin querer; porque son más piadosos,

Fuera de los tiempos en que he caminado por los Mares y por las Tierras, jamás he dejado de oir una o más Misas todos los días de trabajo; ni dejado de confesarme las principales fiestas de Nuestro Señor Jesucristo y de Nuestra Señora, los días de Jubileos y en casos que se presentaban y exigían la devoción y la costumbre;

y porque, y aquí entramos en un asunto enormemente interesante de la Relación, las mujeres criollas, debido a sus mejores cualidades morales, prefieren casarse con ellos.

Es este un aspecto de gran complejidad dentro del relato y en el que el autor parece moverse con una especie de ingenuidad sorprendente. No tiene la mínima duda de que los españoles nacidos en Europa son más deseables que los nacidos en América para maridos, porque son mejores,

fuera de que en todas partes el hombre de bien es apreciable, con mucho más en la América en razón de que hay pocos, por cuya causa, éstos no sólo son privilegiados, sino perseguidos extraordinariamente de las mujeres.

Por esto, como él mismo tuvo ocasión de comprobar cuando los sucesivos amos para los que trabajó pusieron todo su empeño en casarle con sus hijas o sobrinas, resultaba fácil para cualquier europeo utilizar el matrimonio como forma de ascenso social. Esta preferencia matrimonial de las criollas es, por otro lado, un lugar común en la Nueva España. Aparece tanto en los refranes populares de la época de la colonia ("Marido y Bretaña de España") como en los textos de muchos viajeros del mismo periodo. Véase como ejemplo de esto último lo escrito por el italiano Gemelli Carreri en su viaje de 1697:

Son en gran manera afectas -las mexicanas- a los europeos, que llaman gachupines, y con estos, aunque sean muy pobres, se casan mejor que con sus paisanos llamados criollos, aunque sean ricos, los cuales, a causa de esto, se unen con las mulatas, de quienes han mamado, juntamente con la leche las malas costumbres(16).

Sin embargo, y en contra de lo que nos dice la abundante literatura sobre el tema(17), esta preferencia matrimonial no se pone en relación en ningún momento con los prejuicios raciales de la sociedad novohispana. La preferencia está justificada sencillamente porque son mejores, el mismo motivo por el que tienen más éxito en los negocios. Es tan sencillo que no merece demasiados comentarios.

Igual de sencillo que los motivos alegados por él para no acceder a este tipo de enlace, donde afloran en todo su esplendor, no los prejuicios raciales, sino los sexistas,

he tenido por regla que el hombre para casarse debe tener más edad, más dinero y saber más que la mujer para que todo salga bien.

Prejuicios sexistas que, finalmente, llevan a presentar su boda con la hija única de otro comerciante, éste criollo, origen posiblemente de una parte importante de su fortuna, sino el empujón decisivo que le permitió pasar de pequeño comerciante de Sayula al comercio a gran escala, como un acto de caridad hacia la pobre huérfana objeto de sus desvelos:

por auxiliar -está explicando por qué finalmente decidió casarse- a doña María Antonia Fuente en circunstancias que se le murió su madre y quedó huérfana, sola.

Lo que no le impedirá más adelante afirmar que

me casé con ella con respecto a hallarse adornada de un conjunto de buenas prendas humanas y un lúcido y grueso caudal que me proporcionó el fomento de los míos, y el vivir en lo sucesivo con decencia y desahogo, paseándonos en coche, y logrando todas comodidades.

Como se ve no es especialmente melindroso a la hora de presentar el matrimonio como un negocio. Esta naturalidad nos indica hasta que punto era un planteamiento comúnmente aceptado en el medio en que se movía.

Decía anteriormente que es un asunto de gran complejidad porque todos los prejuicios ante los criollos americanos parecen desaparecer en este caso y su mujer, convertida en uno de los personajes principales de la relación, acaba siendo presentada como una especie de santa, con cuerpo incorrupto después de su muerte incluido.

El estallido de la guerra de la Independencia y la percepción que de ella tiene nuestro autor merecería un análisis mas detallado, que no es este el lugar de hacer. Como datos más significativos habría que indicar que para él los criollos buscaban declarar la independencia desde hacía mucho tiempo; si se produjo en ese momento, fue porque pudieron aprovecharse de la invasión francesa, y que fue, en parte sólo una disculpa para poder quedarse con el dinero de los europeos:

Como supusieron que tal proyecto no habían de aceptar los europeos -el de la separación de España-, y sobre todo, como en estos estaba el dinero, y hombre muerto no habla, bajo el pretexto de enemigos dieron la orden de prenderlos y sacarlos a degollar; como en efecto, sin otro motivo, ni formaciones de causa, en los días 11 de diciembre y enero siguientes de 12 a 2 de sus mañanas, en sólo Guadalajara y Valladolid a los arroyos más inmediatos sacaron y degollaron a más de tres mil con la mayor inhumanidad y fiereza.

Se confirma, una vez más, esa imagen privada del mundo, esa total ausencia de reflexiones que tengan algo que ver con la esfera de lo público. Lo público sencillamente no existe. Hay como una incapacidad absoluta de entender que alguien se pueda mover por motivos que vayan más allá de los intereses estrictamente particulares. En el fondo el episodio de la Independencia, lo mismo que ocurría en el caso de la administración colonial, es algo perfectamente incomprensible, lo que explica el nulo interés que Isidoro muestra en implicarse del lado de los realista en el conflicto bélico. Los insurgentes son despreciables, por sanguinarios y ladrones, por faltos de cualquier tipo de moralidad, por no ser gente de orden y, en definitiva, porque son la chusma. Pero tampoco siente que deba implicarse en el mantenimiento de la colonia. Su identidad colectiva no va más allá de su familia, de las relaciones de paisanaje y de una cierta solidaridad racial europea. Es claramente el resultado de una socialización fuertemente individualista en la que la religión y el dinero lo eran todo. El resultado de una educación que, como afirmará Lorenzo Zavala unos años más tarde, tras hacer una descripción de cómo se formaban los comerciantes españoles de la época de la colonia, que, salvo el punto de vista, muy poco se diferencia de lo que hemos visto aquí, "debía hacer hombres muy distintos de los que conocemos hoy"(18).

Pero lo más interesante, en relación con la imagen del mundo, de la guerra de la Independencia es que lleva a nuestro personaje de vuelta a Europa, gracias a lo cual tenemos ahora la imagen de un "americano" sobre su propio lugar de origen, que para nada parece corresponder con la imagen formada en su larga estancia en América. Y aquí la afirmación de Lucas Alamán de que "la educación espartana hacía del español residente en América un tipo humano que no existía en la misma España"(19), parece encontrar plena confirmación. Primero España, a diferencia de México, es un lugar de un absoluto marasmo económico ("España donde nada se gana"), pero tampoco la civilidad de las gentes era la que él esperaba,

En cuanto al ropaje y vestido de sus habitadores en lugar de satisfacerme y agradarme, me sorprendió mucho, y contra lo que en América nos parece, me dio en rostro, causándome mucho sentimiento al palpar semejantes mecánicas y miserias, y por otro lado el poco discurso y ningún adelanto en las gentes; de modo que con todo de ser de genio alegre, de continuar allí, me muero de melancolía, y mucho más en la dichosa y desdichada Villa de Potes, donde en el poco tiempo que estuve tomé una dosis más que mediana que sólo pude deshacerla saliendo como salí luego que se quitó la concha de nieve a divertirme a Burgos y Madrid.

El espíritu de casta del que hablaba más arriba se rebela ante su grupo humano de origen que no parece compartir, en modo alguno, aquellas virtudes que él consideraba como inmanentes a los habitantes de su país y que, es obvio, eran el resultado de la espartana formación de una especie de casta cerrada, frecuente en muchas de las sociedades coloniales.

Únicamente las ciudades de Castilla, en particular Madrid, parecen corresponder a lo que se esperaba de ellas, aunque con matices. La nostalgia se vuelve ahora del otro lado, y sólo Madrid parece ofrecer un contrapunto real al esplendor de México:

de modo que no obstante las buenas cosas de México, ni con mucho iguala su grandeza a la de Madrid, y sólo le excede en la riqueza de los templos, situación llana y pareja, y la amplitud, igualdad y hermosura de las calles.

Es este un párrafo especialmente relevante y significativo. Si se analiza detenidamente, y después de la enumeración que hace de las cosas en las que México excede a Madrid, uno se pregunta en qué no la excede. En el contexto del relato, la grandeza de Madrid no parece descansar en su aspecto físico, cosa bastante razonable si tenemos en cuenta las descripciones que conservamos de ambas ciudades en el cambio de siglo. La riqueza de los templos y la estructura urbana de la capital del virreinato debían ser en esos momentos bastante más impresionantes que los de la capital de la monarquía. La superioridad de Madrid, en la visión de nuestro comerciante, es, una vez más, moral, de costumbres. Se plasma en el esplendor de sus procesiones, en el número de Cofradías que participan en las mismas, en la concurrencia con la que se llevan a cabo, en los adornos que las acompañan, etc. Lo que Isidoro de la Fuente está dibujando es la nostalgia de una sociedad barroca, ordenada y teatral como una ceremonia religiosa, una sociedad que nunca acabó de ver completamente plasmada en el Nuevo Mundo, salvo, quizás, en la Ciudad de México, pero donde la obra representada no estaba a la altura del escenario. Una sociedad, la suya imaginada, que había visto desaparecer en las convulsiones de la Independencia. Pero, en definitiva, lo que Isidoro de la Fuente había visto desaparecer, lo que se plasma en el estupor de su relato, era mucho más que un imperio, era un mundo, el suyo.

 

Notas

1. Inscripción al pie de su retrato al óleo que se conserva en el convento franciscano de Sayula, Jalisco (México).

2. FUENTE PÉREZ, Isidoro de la, Relación verídica que con el fin de renovar beneficios recibidos, y repetir gracias al cielo voy a hacer de algunos de los acontecimientos que he experimentado durante mi trágica y larga vida, Paredes de Nava, texto manuscrito. Todas las citas sin referencia que aparezcan a continuación son de este manuscrito.

3. Los términos "vizcaínos" y "montañeses" se emplean aquí en el sentido que tenían en el siglo XVIII, que no es exactamente el que mismo que en la actualidad: por vizcaínos se entendía, no sólo a los originarios de la provincia de Vizcaya, sino a los del conjunto del País Vasco y Navarra, lo que actualmente entenderíamos por vascos (este etnónimo no adquiere su sentido actual hasta la obra de Johann Gottfried Herder Ideas sobre la filosofía de la Historia de la Humanidad, publicado en Berlín en 1784, y sólo comenzará a ser habitual a partir de principios del siglo XIX, en gran parte gracias a Humboldt, con anterioridad esta denominación se reservaba únicamente para los habitantes del País Vasco francés); por montañeses, no sólo a los originarios de la actual Cantabria, a grandes rasgos La Montaña histórica, sino también a los naturales del norte de las actuales provincias de Burgos, Palencia y León.

4. Para el Consulado de Comerciantes y su organización en partidos, ALAMÁN, Lucas, Historia de Méjico, México, 1942, vol. I, p. 45 y Archivo General de Indias, México, 1775, Consulado a la Corona, 14 agosto 1786.

5. El origen norteño de la emigración española a México en el siglo XVIII fue señalado ya por Humboldt (HUMBOLDT, Alexander von y BONAPLAND, Aimé, Personal Narrative of Travels to the Equinoctial Regions of America during the years 1799-1804, Londres, 1870, vol. I, p. 395), sorprendido por la diferencia con Venezuela, donde canarios y andaluces eran mayoría. Estudios posteriores no han hecho sino confirmar los afirmado por este autor.

6. Instrucciones que los virreyes de Nueva España dejaron a sus sucesores, México, 1867, p. 258.

7. "y a diferencia de cosa de 29 pesos con que concurrieron los piadosos vecinos, inclusive los sobrantes de la Orden Tercera, todo lo demás ha sido a expensas suyas y de su esposa Doña María Antonia de Fuente, española, nativa del dicho Sayula y Hermana Mayor de idem (Inscripción citada en el convento de Sayula).

8. "las imágenes del Señor Crucificado y de Santa Teresa, tocado al original, de la Purísima Dolorosa, San Francisco y Santa Margarita, de la mejor escultura, y vestidos sus laterales y catorce cristales finos de vara y ochava con vara, para sus vidrieras; un trono con ángeles y demás; San Juan, la Magdalena, San Luis, San Roque y un lienzo de la Santísima Trinidad; una custodia de a vara con pedrerías, cálices, copones, Cruz Magna, ciriales, campanilla y plato para vinajeras, todo de plata sobre dorada; incensario, naveta y hostiario de plata; órgano grande para el coro y varias piezas más para el servicio y adorno de dicha iglesia, por el tiempo de mi voluntad, labrado en México de mayor gusto y perfección" (Inscripción citada en el convento de Sayula).

9. Esta cifra es la que da el propio Isidoro de la Fuente en su Relación.

10. Una recopilación de sus datos en MAZA SOLANO, Tomás, Nobleza, hidalguía, profesiones y oficios en la montaña según los padrones del catastro del Marqués de la Ensenada (4 vols.). Santander, 1953-61.

11. Para un análisis de esta peculiar estructura socioeconómica y cultural, relativamente habitual como ya se ha dicho en muchas de la regiones de montaña en la Europa del Antiguo Régimen, véase PÉREZ VEJO, Tomás, "Indianos en Cantabria" en Indianos. Monografías de Los Cuadernos del Norte, Oviedo, 1984, pp. 17-24.

12. J.M. (sólo se conservan las iniciales del autor), Estado de las fábricas, comercio, industria y agricultura en las montañas de Santander, Santander, 1979. Nótese que el que la emigración se produzca justamente en los meses de verano, cuando mayor es la necesidad de mano de obra en el campo, nos indica hasta que punto la aparentemente hegemónica economía agrícola es, de hecho, secundaria. Esta peculiar estructura económica se mantendrá en el norte de España durante todo el siglo XIX y, en muchos casos, hasta bien entrado el XX.

13. Resulta significativo a este respecto que todavía en el siglo XIX José Zorrilla recurra, en su autobiografía Recuerdos del tiempo viejo, a este mito del "hacer fortuna" como la causa del viaje a México de uno de los múltiples montañeses que se encuentra durante su estancia en el país a mediados del siglo XIX ("Pepe Cobos era español, de las montañas de Santander. Él y su hermano Marcelino habían ido [...] a buscar fortuna en el comercio; ¡maldita idea de aquellas provincias de la emigración a América!"). Relevante así mismo es el alto número de montañeses, sobre todo si tenemos en cuenta la escasa población de la región de origen, que el mismo Zorrilla se encuentra a lo largo de su periplo por tierras mexicanas, bandidos (los ya citados hermanos Cobos) poetas (Casimiro del Collado), periodistas (Anselmo de la Portilla), abarroteros,...

14. "Como los hermanos éramos muchos y poco el caudal para todos, con el fin de que pudiesen mantenerse mejor los que quedasen infirmo que mi padre determinó que saliésemos algunos de casa, y desde luego, por dicha o por desgracia puso en mí los ojos dedicándome a las escuelas, que en efecto, en los inviernos estuve en Caloca, Vendejo, Pesaguero y Potes".

15. Prueba de que ésta era una imagen compartida por el conjunto de la comunidad de comerciantes peninsulares en México la tenemos en que estos son los argumentos que casi punto por punto reproduce el famoso memorial presentado por el Consulado mexicano a las Cortes de Cádiz en 1811, en el que en una Nueva España "donde priva el humor y el genio indolente y sensual; donde se vive para los placeres; y en la disipación; donde los gustos sobre lo futuro ceden a la confianza de lo necesario permanente", y tras una brutal descalificación de indígenas, mestizos y mulatos, los peninsulares aparecían como los únicos capaces de mantener "la prosperidad y la opulencia del reino, por sus empresas en la minería, agricultura y comercio, no tanto por su energía o actividad codiciosa, como por la desaplicación e inconducta de los criollos". Este memorial está reproducido en CAVO, Andrés, Los tres siglos de México durante el gobierno español hasta la entrada del ejercito trigarante. Publicada con notas y suplementos por Carlos María de Bustamante, Jalapa, 1870, vol. III, pp. 346-376.

16. CARRERI, Gemelli, Viaje a la Nueva España, México, 1955, vol. I, p. 45.

17. Véase como ejemplo lo escrito por Brading, "Naturalmente, existía la hipocresía y la simulación: muchos criollos de clase alta tenían algo de sangre indígena; pero el prejuicio social imponía los esquemas matrimoniales: los criollos con más sangre mestiza procuraban casarse con mujeres que tuvieran más apariencia europea, y las criollas ricas se casaban con españoles peninsulares" (BRADING, D.A., Mineros y comerciantes en el México borbónico (1763-1810), México, 1997, p. 42).

18. ZAVALA, Lorenzo de, Ensayo histórico de las revoluciones de Nueva España, México, 1831, vol. I, p. 67.

19. ALAMÁN, Lucas, op. cit., vol. I, p. 15.

 



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