Revista THEOMAI   /  THEOMAI   Journal
Estudios sobre Sociedad, Naturaleza y Desarrollo / Society, Nature and Development Studies

 

número 6 (segundo semestre de 2002)  
number 6 (second semester of 2002)
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De la selección vegetal a la biotecnología:
Economía del Germoplasma
(1)

 Guido Cataife*

 

* Centro de Estudios de la Estructura Económica, Instituto de Investigaciones Económicas, Universidad de Buenos Aires.
  E-mail: gcataife@econ.uba.ar

 

Introducción

A lo largo de este trabajo nos proponemos estudiar tres etapas históricas de la semilla como insumo productivo, las cuales han sido escogidas con arreglo al tipo de estructura productiva de base agraria que las caracterizaba.

Progresivamente el lector será testigo del desarrollo histórico y conceptual de la categoría producción en el caso particular del subsistema agrícola, determinado por el juego de mediaciones recíprocas entre sus dos factores esenciales: el trabajo individual y las relaciones sociales.

Se utiliza el marco teórico de Levín (1997), el cual pretende encarar las categorías económicas de la Economía Política clásica de una manera actualizada, con el objeto de incorporar el aporte de ramas complementarias del saber, puntualmente la antropología y la etología. Se toman las diferencias de este autor entre las categorías de "trabajo", "producción y "reproducción", con la intención de echar luz sobre las relaciones sociales entabladas por los agricultores con otros sujetos de la actividad económica en cada una de las tres etapas históricas escogidas.

La diferencia entre la categoría "trabajo" y la categoría "producción" se considera fundamentalmente en torno a la existencia de relaciones sociales entre los agentes involucrados en la actividades laboral. Toda "producción" implica "trabajo" (transformación de la naturaleza) mas no al revés; este sería el caso de aquellos trabajos hechos para uso propio con insumos hechos por el propio sujeto. El que se trate de "producción" ó, por el contrario, de mero "trabajo" dependerá de si la actividad laboral es "para otros" y/o utiliza "trabajo de otros" (a modo de insumos) ó si, por el contrario, es trabajo hecho íntegramente por él y para él (2).

Asimismo se retoma la distinción clásica (ricardiana) entre la categoría de "producción" y la de "reproducción". La diferencia entre ambas radica en que la segunda excluye aquellas labores productivas de carácter novedoso. En otras palabras, se entiende por reproducción toda actividad productiva que no implica una innovación en el estado del arte técnico (ya sea innovaciones de producto o de procesos). La necesidad de estas distinciones se hará patente a medida que se avance en la exposición.

La primera etapa histórica de la semilla trata de un producto inmediato o "protoproducción" en la cual las categorías fundamentales de la economía política aparecen con un alto grado de indiferenciación o abstracción. En este caso la circulación de riqueza social era un acontecimiento fortuito, dado que no se producía para el intercambio sino para el consumo de propios. En términos de las categorías económicas escogidas, el "trabajo" realizado por los agricultores que derivaba en nuevas y mejores cualidades útiles para el insumo semilla no llega a ser "producción", dado que no involucraba relación social alguna con los demás agentes económicos.

Las mejoras en la riqueza germoplásmica de los organismos vegetales se transmitían de generación en generación gracias a la identidad entre la semilla y el grano: dado que se sembraban los mismo granos que se cosechaban, los frutos de la técnica de "selección natural" (consistente en escoger las semillas más adecuadas para la siembra) se conservarían en las sucesivas descendencias.

En la segunda etapa la semilla cobra la forma de mercancía. Los agricultores no siembran sus propios granos, sino que acuden sistemáticamente al mercado para comprar sus insumos. El tránsito de la primera a la segunda etapa suponía la aparición de las técnicas de hibridación, capaces de superar la barrera de la identidad genética entre el grano y la semilla: las empresas de capital no podían sobrevivir en un marco en el cual los agricultores tenían la posibilidad de comprar una única vez las semillas mejoradas y luego sembrar su descendencia. Las particulares condiciones técnicas de la industria semillera determinaron un sector oligopólico de centralización y concentración crecientes.

La semilla de la tercera etapa también es mercancía pero adquiere rasgos específicos que la distinguen de la semilla de la segunda etapa. Se consuma el proceso de diferenciación del grano respecto a la semilla a tal punto que aparecerá una tecnología ("Terminator") capaz de esterilizar por completo la descendencia de la semilla mejorada genéticamente (o, al menos, determinadas cualidades útiles de la misma).

En esta etapa se utiliza el concepto de diferenciación del capital (Levín, 1997). Se entiende por diferenciación del capital el proceso económico a través del cual la totalidad de empresas del sistema se escinde, básicamente, en dos subgrupos. El primero, se conforma por aquellas empresas con capacidad para innovar sistemáticamente las técnicas productivas e integrar dichas innovaciones en circuitos técnicos de innovación. El segundo engloba a todas aquellas empresas que carecen de esta potenciación tecnológica de su capital y, que, por lo tanto, presentan tasas de ganancia inferiores (dado que no tienen acceso a las rentas tecnológicas). En el subsistema agropecuario, este proceso de diferenciación del capital se encuentra en la relación entre las grandes empresas productoras de insumos agropecuarios (que a su vez avanzan sobre la cadena agrocomercial) y los productores agropecuarios.

La nueva mercancía semilla supone un vínculo directo, duradero en el tiempo y asimétrico en cuanto a la relación entre las partes y su poder de gestión sobre el capital propio y de terceros. Las empresas transnacionales de insumos adquieren la capacidad de reconfigurar subsistemas productivos y centralizar la cadena productiva alimenticia sobre la base de estas nuevas figuras comerciales, entre las que se destaca el "contrato de adhesión".

 

Primera etapa: la semilla como producto inmediato

La actividad de "selección vegetal", a modo de actividad espontánea, ha estado en manos de millones de agricultores de distintas regiones del mundo por centurias. Su resultado ha sido el desarrollo y la conservación de las variedades tradicionales de semillas ("landraces"), que hoy en día son consideradas una herencia común de la humanidad.

Tomemos por caso al arroz. La evidencia botánica (basada en el hábitat de las especies salvajes que -se cree- fueron la materia prima de la domesticación) y la evidencia lingüística (que descansa en técnicas tales como el hallazgo de homonimia entre los vocablos "arroz" y "comida") sugieren que el origen del arroz de cultivo se remonta al arco asiático que se extiende desde el este de la India a través de Birmania, Tailandia, Laos, Vietnam del Norte y el sur de China. Las prácticas y escrituras religiosas hindúes y budistas también son consideradas como evidencias de la remota existencia de cultivos de arroz en el arco asiático, por sus frecuentes referencias al arroz, así como la utilización de esta semilla como ofrenda a los dioses. Los arqueólogos han encontrado fundados motivos para creer que el arroz era un importante componente alimenticio en Mohenjo-Daro en un período tan remoto como 2500 años a. c. en el Yangtze Basin en el períodos neolítico tardío. Empero, la evidencia arqueológica más convincente consiste en el descubrimiento de fragmentos de orfebrería con huellas de granos de la variedad O. sativa, en Nos Nok Tha (Tailandia). Estos restos han sido confirmados por la técnica de Carbono 14 y el test termoluminiscente como pertenecientes, por lo menos, al 4000 a.c. (Huke et al, 1990).

Si comparamos la semilla utilizada por nuestros antecesores con la semilla utilizada por los agricultores contemporáneos encontramos que ambas tienen tanto rasgos comunes como rasgos distintivos. A continuación analizaremos los caracteres propios de la semilla de esta primera etapa.

Esta primera semilla era, ante todo, un bien conformado por el trabajo humano. Era un bien puesto que poseía un valor de uso, y era un producto del trabajo humano porque el hombre intervino en su estado natural transformándolo, en particular, aumentando sus propiedades útiles. Para ello nuestros antecesores se valieron de dos métodos. En primer lugar, incrementaron la riqueza germoplásmica (3) de las semillas por acción de la actividad de "selección vegetal". En segundo lugar, crearon técnicas productivas agrarias que facilitaron su actividad laboral incrementando los rindes obtenidos por unidad sembrada. Las técnicas del "puddling soil" y el "transplanting seeds", desarrolladas por los chinos, son las primeras de las que se tiene evidencia. El "puddling" modifica la estructura de los suelos tornándolos menos vulnerables a la percolación (filtración) lo cual reduce la cantidad de agua necesaria para un riego adecuado de los cultivos. La técnica "transplanting seeds" consiste en plantar en agua retoños de una a seis semanas de vida, lo cual incrementa la posición competitiva de las plantas frente a las malezas y redunda en mayores rindes.

La creación de técnicas productivas, la actividad de "selección vegetal" y la siembra son tres formas distintas en las que se objetiva el trabajo humano. La semilla de esta primera etapa era entonces un valor de uso trabajado por el hombre. Pero no todo trabajo es producción (Levín, 1997).

En efecto, el trabajo del agricultor de esta primera etapa, que cobra forma en las actividades de selección vegetal, creación de técnicas productivas, siembra, cosecha, etc., no alcanza al estadio de "producción". Es más que trabajo, pero menos que producción. Es una producción abstracta a la que llamaremos "producto inmediato" o "protoproducto". Es más que trabajo porque supera el marco de una economía energética, pero es menos que producción porque el trabajo sólo es afectado por las relaciones sociales de una manera abstracta. El salto de la primera a la segunda etapa lo ubicaremos precisamente en la superación de la producción inmediata diferenciando el trabajo del sector agrícola en trabajo individual y trabajo social (‘trabajo de y para otros’).

La forma abstracta en que intervienen las relaciones sociales en el trabajo de este agricultor es doble. En primer lugar, la actividad de "selección vegetal" efectuada durante centurias por los agricultores de la etapa pre-mercantil incrementó las propiedades útiles de la semilla. Dado que la riqueza germoplásmica se transmitía a las sucesivas descendencias de la planta, el fruto de cada trabajo individual benefició acumulativamente a las sucesivas generaciones de agricultores. La semilla utilizada por cada agricultor contenía dentro de sí el trabajo de selección vegetal efectuado por aquellos que le precedieron: la semilla ya era un trabajo social. En segundo lugar, tanto el germoplasma vegetal como las técnicas agrícolas fueron distribuidas espacio-temporalmente, lo cual también añade a la semilla una determinación social, dado que el trabajo de unos agricultores supuso el ‘trabajo de otros’ que modificaron o posibilitaron las condiciones de trabajo individual de aquellos. Existe evidencia de que el germoplasma de arroz se difundió desde el corazón geográfico del arco asiático en toda dirección de acuerdo a las corrientes migratorias. Hacia el 334 a. c., el retorno de los integrantes de la expedición de Alejandro el Grande a la India difundió la utilización del grano de arroz en Grecia y Sicilia, y, gradualmente, su alcance se extendió todo a lo largo del sur europeo y hacia el norte africano. Los portugueses utilizaron el arroz en Brasil y los españoles lo hicieron luego de sus conquistas en América Central y América del Sur. Los migrantes del sur de China llevaron consigo las prácticas de cultivo del arroz en tierra húmeda a las Filipinas durante el segundo milenio a. c., y los migrantes de la región deutero-malaya las difundieron en la actual Indonesia allá por el 1500 a. c.

De ello que la semilla de esta etapa sea más que trabajo individual aunque no alcance las determinaciones sociales que lo ubiquen como un producto. Los caracteres sociales que aparecen en esta etapa se develarán abstractos o pobres a la luz de las estructuras productivas de la segunda y tercera etapa: las relaciones sociales no mediaban la actividad individual sino que se superponían a ella.

Efectivamente, la actividad de "selección vegetal" que mejoraba las cualidades de las semillas era un trabajo social dado que cada agricultor se beneficiaba con mejoras germoplásmicas acumuladas por centurias, pero este proceso de conformación de una riqueza social cobraba realidad sin que cada uno de los agentes involucrados se lo propusiera. Ni estaba tampoco planeado por los agricultores que crearon las técnicas del "puddling" y el "transplanting seeds" contribuir a la actividad de otros agricultores (de remotas regiones y épocas). En efecto, con la salvedad de ciertas formas sociales como el Don (en el sentido de Marcel Mauss) y el Potlash, esta etapa se caracteriza porque no existe reciprocidad en la circulación de la riqueza social. La ausencia de la figura del intercambio, donde unos ofrecen un determinado bien para obtener como contraprestación otro que les sea de mayor utilidad, inhibió en esta primera etapa la consolidación de una economía en la cual el trabajo individual se halla orientado a satisfacer las necesidades de otros.

El estado de indiferenciación o inmediatez de la producción en esta primera etapa se expresa en el germoplasma. En efecto, el input básico de la actividad agrícola, la semilla, es igual al output, el grano. O lo que es lo mismo, existe una identidad casi inmediata entre la semilla y el grano. Decimos "casi" porque en rigor hay una mediación: no cualquier grano (de la cosecha) era utilizado como semilla (para la siembra). La simple actividad de "selección vegetal" consiste en escoger de acuerdo a un criterio dado parte de los granos cosechados para destinarlos a la siembra, y dejar el resto para su consumo.

 

Segunda etapa: la semilla en su forma mercancía del capital indiferenciado

El productor agrícola moderno, que vive en una sociedad mercantil, entabla relaciones de producción distintas a su predecesor. En primer término, sufre una escisión en su persona: en la esfera de su trabajo, en la que se halla aislado del resto de sus congéneres, es un homo laborans, y, en la esfera en que entra en contacto con los demás productores de mercancías (el mercado) es un homo mercator.. La nueva relación social logró lo que hasta ahora no había podido consumarse: el productor se despreocupa de obtener por sí mismo valores de uso necesarios para su consumo personal, y se dedica a la producción de valores de uso para otros (bienes que no son valores de uso inmediatos para propios, pero sí lo son mediatamente, puesto que son valores de uso particulares para otros, con quienes puede intercambiar).

De inmediato surge la pregunta de cómo escoge el homo laborans su actividad productiva, lo que en otros términos implica cuestionarnos por qué el productor ha escogido la rama cerealera y no otra cualquiera de la división social del trabajo, v. gr. la ganadera. Pues bien, la respuesta es simple. Asumamos a modo de simplificación que el dominio técnico de nuestro individuo abarca exclusivamente dos actividades: la cerealera y la ganadera. El secreto consiste en que el homo laborans compara su tasa de transformación técnica (cociente de valores individuales o requerimientos laborales, los cuales pueden ser medidos en unidades horarias como "horas") con los precios relativos de mercado, y elegirá la actividad productiva en la cual tenga ventajas comparativas (en el sentido ricardiano). De este modo, si en un período dado, el agricultor espera obtener con una misma cantidad de esfuerzo (que mediremos en horas de trabajo) 12 unidades de producto agrícola ó, alternativamente, 6 unidades de producto ganadero, y en el mercado la relación de cambio ("valor de cambio") es de una unidad de producto "cereal" por unidad de producto "ganado", el productor se decidirá ceteris paribus por la actividad agrícola. Esto se debe a que con el mismo esfuerzo (la misma cantidad de horas de trabajo) el productor esperaría producir el doble de unidades de producto "cereal" en comparación al producto "ganado", y aún cuando su intención fuese consumir únicamente el bien "ganado", la especialización en el producto "cereal" le garantizaría alcanzar una canasta de consumo con el doble de unidades de producto ganadero que las que obtendría produciendo por su cuenta el bien ganadero. Para elegir su actividad productiva, el homo laborans sólo requiere conocer los precios de mercado y el esfuerzo relativo que le insumen las distintas actividades de su dominio técnico.

El trabajo del individuo aparece, entonces, en mediación recíproca con el ser social, objetivado en la relación de precios. Escoge su actividad laboral comparando su recta de rendimientos laborales (el cociente de sus requerimientos laborales individuales) con la recta de precios relativos, la que depende de la continua reasignación de trabajo social entre las distintas ramas productivas (el trabajo individual ‘para otros’ es mediado por el ‘trabajo de otros’). Y el producto de su trabajo no requiere la condición de ser un valor de uso inmediato para él, pero sí un valor de uso inmediato para otros. La escisión en homo laborans y homo mercator cristaliza la esencia relacional de la producción que en la etapa anterior estaba puesta de una manera abstracta. El individuo alcanza la canasta óptima de bienes para su consumo ("la curva de indiferencia más elevada entre las asequibles"), conformada por valores de uso producidos por ajenos bajo condición de producir no-valores de uso para él (se consuma la diferenciación entre ‘trabajo de otros’ y ‘trabajo para otros’).

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El agricultor moderno compra semillas (‘trabajo de otros’) y vende granos (‘trabajo para otros’). Con esta diferenciación nace la nueva forma de producción agrícola. Esta etapa comenzó hacia principios del siglo XX, bajo las condiciones históricas propias de un capitalismo ya maduro. Más precisamente podríamos ubicar el inicio en los años veinte, con la aparición del maíz híbrido. El punto clave para comprender la génesis de la semilla mercancía es el desarrollo de la técnica de hibridación, fundada sobre la base de las leyes de herencia de Mendel y los principios de hibridación de Vilmorin. El avance científico constituía una condición sine qua non para la conversión de la semilla en mercancía. Esta tardía aparición no se debe a la imposibilidad de mejorar genéticamente el germoplasma (de hecho, esto venía ocurriendo desde que el hombre devino sedentario), y tampoco a la inexistencia de la relación mercantil como estructura productiva consolidada sino a cuestiones técnicas propias de la actividad de selección vegetal. El quid reside en la identidad genética entre el grano (bien de consumo final) y la semilla (insumo utilizado como medio productivo para la siembra) (Bercovich et al., 1990). Para comprender la importancia del surgimiento de las técnicas de hibridación en el proceso de subsunción del germoplasma por la relación mercantil es necesario explicar someramente en qué consisten tales técnicas.

La semilla híbrida se obtiene a partir de un proceso que consiste en la cruza de variedades endocriadas. Se comienza por autofecundar plantas seleccionadas sobre la base de las características deseadas. Una vez sembradas estas plantas, se seleccionan las más apropiadas según las características deseadas (eliminando cualquier espécimen que presente anomalías) y son nuevamente endocriadas. En el caso del maíz este proceso de selección y endocría se repite al menos durante cuatro años. El siguiente paso consiste en el testeo de la capacidad de cada línea de devenir en un buen híbrido a partir de su cruzamiento con una línea específica (el "probador"), y se eliminan las que presenten menor vigor. Las líneas que pasen esta prueba son endocriadas varias veces más, con el objeto de reducir las irregularidades de la planta, hasta que se haya alcanzado un grado satisfactorio de homogeneidad (es decir: cuando las distintas plantas de una misma línea presenten idénticas características). Al ser contadas las líneas que han pasado el proceso de selección, es factible realizar un nuevo testeo, pero, esta vez, todas las líneas son cruzadas entre sí (y ya no contra un "probador" común) revelándose entonces cuáles líneas dan origen al híbrido de mayor vigor y rendimiento. Una vez que se llega a este punto, sólo resta el proceso de multiplicación (por medio de la siembra) antes de lanzar el producto al mercado.

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El tránsito de la semilla como producto inmediato a la semilla como mercancía del capital debió aguardar la aparición de la técnica de hibridación. Tal como la caracterizan Bercovich et al. (1990), "la hibridación es una técnica que rompe la identidad esencial de tipo genético entre la semilla -medio de producción- y el grano de consumo final, de forma tal que el rendimiento decae substancialmente en la segunda generación de plantas obtenidas a partir de una semilla híbrida" (4). La importancia de esto reside en que dichas particularidad de las técnicas de hibridación obligan al productor a recurrir al mercado de semillas en cada cosecha, a menos que esté dispuesto a enfrentar críticas reducciones en el rendimiento de las semillas (dado que este último se ve reducido drásticamente cuando el productor siembra los granos híbridos de su cosecha anterior). Un productor que pretenda alcanzar una posición competitiva en el mercado no podría soportar las caídas del rendimiento del orden del 30% que se derivan del uso de la descendencia del híbrido. Semejante merma en los rindes perpetúa la relación mercantil.

El trabajo del agricultor moderno es inmediatamente privado, puesto que en su esfera laboral se halla aislado e independiente de los demás productores. Pero es mediatamente social, puesto que su actividad reproductiva está regulada por las relaciones sociales de dos maneras. Primeramente, produciendo de acuerdo a las necesidades sociales (‘trabajo para otros’): si el precio de su producto sufre una caída, el homo laborans abandonará la agricultura para desplazarse hacia otra rama de la actividad productiva; si, en cambio, el precio se eleva, la actividad en cuestión atraerá nuevos recursos incrementando la oferta. En segundo lugar, nuestro productor ha escogido especializarse en la actividad agrícola, con lo cual será oferente de granos de trigo, maíz, etc., pero demandante de insumos, v. gr., semillas, implementos, maquinaria, etc. (‘trabajo de otros’). La empresa de capital se adueña en esta etapa de la producción de semillas; el productor agrícola ya no será al mismo tiempo su propio hacedor de insumos productivos ni quien recree las técnicas productivas que utiliza; porque la mercancía supone el intercambio y, por ende, la división social del trabajo.

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Debido a las condiciones técnicas propias de la actividad de mejoramiento y multiplicación vegetal, la industria semillera no atravesó por una etapa competitiva. Ello se debe a la misma naturaleza de la técnica de hibridación, que entraña la posibilidad de que el criadero de una variedad exitosa mantenga en secreto la combinación de líneas que da origen al híbrido. No obstante, el poder monopólico que la técnica de hibridación confiere por esta vía al criadero es limitado, por tres razones. La primera, es que en su carácter de monopolio de información, su condición se esfuma rápidamente con la difusión del secreto: las empresas rivales acceden, tarde o temprano, a las líneas utilizadas por la competencia. La segunda consiste en que, aún bajo el supuesto que la empresa sea única productora del híbrido, la técnica de hibridación permite el logro de semillas de rinde similar producidas a partir de otros cruzamientos (lo cual implica un alto grado de sustitutibilidad entre los productos de distintas empresas). Por último el margen de administración de precios por parte de las empresas se ve limitado por el hecho de que el agricultor tiene entre sus posibilidades el uso (gratuito) de las variedades tradicionales (landraces).

De lo dicho se desprende que el poder monopólico u oligopólico de las empresas semilleras es, en un inicio, limitado. De todos modos la evolución de esta industria reveló una marcada tendencia a la concentración y centralización, procesos que en esta etapa (de indiferenciación) del capital industrial se movían en la misma dirección y generaban sinergias. A medida que las líneas eran mejoradas, las técnicas utilizadas presentaban rendimientos marginales decrecientes. El aumento de los gastos en proyectos de I+D arrojaba ganancias cada vez menores, dado que los costos crecían y perdían relación con las mejoras logradas. En las estadísticas, este fenómeno de agotamiento del paradigma tecnológico de la hibridación se refleja en el hecho de que, a diferencia del período 1950-1984, en que la producción mundial de cereales aumentó un notable 260% (5), pasando de una producción anual per cápita de cereales de 250 a una de 320 kilos, entre 1984 y 1995 esta tendencia creciente en la producción anual per cápita se haya revertido (Grace, 1997) .

La rentabilidad marginal decreciente de los proyectos de I+D que suponían un compromiso de capital cada vez mayor determinó un sector semillero oligopólico (el negocio semillero se centralizaba en pocas empresas para reducir la incidencia de los altos costos en I+D) pero crecientemente debilitado, sujeto a una tasa ganancial ordinaria. Es decir, existían fuertes obstáculos a la entrada de competidores

 

Tercera etapa: la semilla mercancía del capital diferenciado

En 1976 surge la primera empresa dedicada a la explotación de las nuevas biotecnologías, Genentech, orientada a la comercialización de la tecnología del r-ADN (ingeniería genética). En 1980, la Corte Suprema de los Estados Unidos dictaminó (fallo Diamond vs Chakrabarty) la legalidad del patentamiento de un microorganismo (la bacteria Pseudomonas). Hacia fines de 1981 habían florecido en Norteamérica cerca de 80 nuevas firmas de biotecnología (de aquí en más NBTFs). Todas ellas contaban con la misma estructura organizativa: pequeña, de dirección informal, con la colaboración de un eminente biólogo de extracción universitaria, un plantel de personal altamente intensivo en Ph. D. (lo cual descansaba en la necesidad de constituir un plantel multidisciplinario, que respondiese a las distintas especializaciones relevantes en biotecnología), y orientadas a la explotación comercial de la investigación científica.

La aparición de estas empresas abre una nueva dimensión en la categoría organización social del trabajo. Si la relación mercantil de la primera etapa había puesto al desnudo la diferenciación de dicha categoría en división técnica y división social del trabajo, la aparición de las NBTFs muestra la necesidad conceptual de distinguir entre trabajo productivo y trabajo reproductivo. Las NBTFs llevan a cabo una labor productiva no reproductiva: como se observa en la Tabla 1, la actividad de estas empresas está volcada a la producción de innovaciones (ya sea de productos ó procesos), lo cual se manifiesta en el elevadísimo porcentaje que representan sus presupuestos de I+D en términos de sus ingresos operativos.


Tabla 1:
Ingresos, Ganancias e I+D de nueve NBTFs de EEUU para 1982 ($ millones)

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Fuente: Orsenigo (1989)


El presupuesto de I+D promedio para estas nueve NBTFs en términos de sus ingresos operativos alcanza el 230 %. Esto se debe a que, dado que los ingresos provenientes de operaciones comerciales de estas firmas eran ínfimos, para financiar la I+D las NBTFs recurrían a la continua inyección de capital de la bolsa, capital de riesgo y alianzas estratégicas con multinacionales y el sector público.

Inicialmente, las NBTFs se financiaban con capital de riesgo proveniente del programa RDLP (participación limitada en investigación y desarrollo) de la Administración Reagan, el cual fomentaba la inversión privada en la I+D universitaria mediante incentivos fiscales, lo cual estrechó las relaciones entre la industria y el sector universitario. Ello explica que en el período 1985-1988 las 24 principales universidades norteamericanas habían suscrito cerca de 400 acuerdos de cooperación de I+D con NBTFs (Pestaña, 1998).

Las limitaciones de las NBTFs en lo que respecta al acceso a financiamiento crediticio en escala adecuada, condiciones productivas (tamaños de planta adecuados), capacidades de testeo y marketing, posesión de redes de comercialización, técnicas de management, etc., impidieron a estas PyMEs la producción y comercialización de sus innovaciones independientemente de las grandes empresas transnacionales (6). Consecuentemente, el rol de las NBTFs en la industria se limitaba a recrear las condiciones científicas para la producción continua y sistemática de innovaciones, fundadas en la investigación científica de vanguardia. En la Tabla 2 ofrecemos las estadísticas de una muestra de 200 NBTFs norteamericanas en lo que respecta a las condiciones en torno a las cuales iniciaron alianzas estratégicas con grandes firmas multinacionales (farmacéuticas) o con otras firmas de biotecnología.


Tabla 2: Condiciones bajo las cuales las NBTFs entablaron alianzas estratégicas con empresas farmacéuticas o con otras firmas biotecnológicas (1980-1995). La etapa de desarrollo del producto es variable dummy, el aumento en el valor de las acciones en manos del público se expresa en miles de millones de U$S y las posiciones financieras de las NBTFs en millones de U$S. El índice accionario de biotecnología se normalizó en 1 al 1 de Enero de 1978.

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Fuente: Lerner et al. (1997) en base a datos del National Bureau of Economic Research.


Tanto la estructura temporal de formación de alianzas estratégicas (Etapa de desarrollo del producto al momento del acuerdo) como las condiciones financieras reflejan las limitaciones productivo-financieras de las NBTFs. La mayoría de las alianzas se realizaron en las etapas preliminares del ciclo de vida del producto: en los dos tercios de los casos, las NBTFs todavía no habían comenzado el desarrollo pre-clínico (experimentos con animales). La firma promedio presentaba 10 millones de U$S en concepto de ingresos el año último, mientras que su gasto de I+D alcanzaba 11 millones. Las pérdidas del año anterior representaban casi la mitad de sus tenencias de cash y equivalentes. En contraste, la firma promedio (generalmente farmacéutica) que participaba como socio estratégico financiando los proyectos de I+D de estas NBTFs presentaba niveles de venta de U$S 6.4 miles de millones, U$S 562 de ingreso neto y U$S 6.9 mil millones de activos totales el año anterior al acuerdo (datos de Lerner, 1997).

Estas NBTFs han sido, junto con los laboratorios universitarios y los departamentos de I+D de las grandes firmas transnacionales, las principales productoras de la ciencia básica biológica que posteriormente sería aplicada a la manufactura de semillas e insumos agropecuarios (herbicidas, pesticidas, vacunas, etc.) de nueva generación. Las actividades de estas empresas cerebro-intensivas estaban condicionadas por el sendero de evolución de las nuevas biotecnologías, que se reveló afín a las industrias farmacéutica, agropecuaria, alimenticia y química.

Las NBTFs han mostrado un patrón de comportamiento similar. La gran mayoría ha adoptado la estrategia de especializarse como productoras de anticuerpos monoclonales (MAbs) de utilización en kits de diagnóstico. Hacia 1984 los Estados Unidos contaban con 100 de estas empresas desenvolviéndose en I+D de productos vinculados a los Mabs (7). Gracias a las características propias de la tecnología de hibridomas (fusión celular), estas pequeñas y frágiles firmas biotecnológicas podían sobrepasar el umbral de la supervivencia, ya que dicha actividad les garantizaba un flujo continuo y estable de ingresos, que no podrían obtener con otro tipo de producción, dado que la investigación relativa a los MAbs no implica largos plazos ni compromete enormes capitales, ni tampoco requiere de testeos complejos, grandes capacidades productivas o aprobaciones regulatorias de difícil tramitación (8). La orientación hacia la producción de anticuerpos monoclonales se vio favorecida, además, porque la tecnología de hibridomas otorga al productor la ventaja de producir una gran variedad de MAbs usando técnicas muy similares, lo cual reduce significativamente los costos por unidad de producto. Esta estrategia de especialización en la producción de MAbs, a la vez que garantizaba la supervivencia de la empresa le permitía obtener una fuente de recursos para la I&D de otros productos-innovaciones en los cuales estaban depositadas las expectativas del management de la empresa, que aspiraba a lograr las ventajas del capital monopólico, poseedor de productos diferenciados. Estas actividades que corrían en paralelo a la producción de MAbs, apuntaban a la innovación para mercados agropecuarios y farmacéuticos: hormonas de crecimiento para bovinos, interferón (medicina para la Hepatitis A y B), insulina humana para diabéticos, fármacos para el tratamiento de la psoriasis, etc.

En cuanto a la agricultura y, en particular, a la aplicación de la ingeniería genética para la manipulación de las semillas, el horizonte de largo plazo propio de los ciclos agrícolas (desde la siembra hasta la cosecha), las altas inversiones requeridas y el alto grado de incertidumbre en cuanto a la posibilidad de conducir exitosamente los experimentos, determinaron que menos aún del seis por ciento del total de compañías involucradas en la ingeniería genética se dedicaran activamente al campo de la agricultura (9). Se nos preguntará entonces por qué motivos hemos de traer a colación la aparición de las NBTFs (teniendo en cuenta que en sus inicios estaban escasamente vinculadas al sector agrícola). La respuesta es que las NBTFs posteriormente jugaron un rol importante en el desarrollo de las nuevas tecnologías agropecuarias por medio de sus vínculos con grandes empresas transnacionales (que sí contaban con la posibilidad de soportar el horizonte de largo plazo propio de los ciclos agrícolas, los elevados costos de reproducción a escala, el poder de lobby dentro de instituciones regulatorias (FDA) y las redes de comercialización y distribución). A continuación presentamos a este nuevo actor en juego: la empresa transnacional.

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En 1901, antes de todo vestigio de potenciación tecnológica del capital en el sector, John Queeny funda en St. Louis (EEUU) una empresa química con el objeto de producir sacarina: Monsanto. Con el paso del tiempo la firma fue adquiriendo mayores dimensiones, a punto tal que en 1990 ya era considerada la cuarta compañía química más grande de Norteamérica (detrás de Du Pont, Dow y Union Carbide) (10).

La avanzada maduración del ciclo de los productos en la década de 1970, que derivó en una creciente presión competitiva, sumada a las subas en el precio del petróleo de 1979 y 1980, determinó una fuerte caída en la tasa de ganancia de los negocios tradicionales de la empresa. Es así que hacia fines de los 70s el management de Monsanto se vio animado a aventurarse en la prometedora carrera de la biotecnología. La estrategia a largo plazo implicaba el paulatino abandono de las áreas tradicionales (productos derivados del petróleo: químicos y plásticos varios), la expansión en las ya existentes actividades de químicos nutritivos y productos agropecuarios y la inauguración de una nueva área: salud. La ingeniería genética era el nexo en común de estas tres actividades, por lo que la gerencia de Monsanto apuntó decisivamente al desarrollo de la misma. El Dr. Howard A. Schneiderman, un bioquímico procedente de la Universidad de California, fue contratado para ocuparse de la unidad Corporate Research & Development Division. Con el objeto de agilizar las transformaciones en la actividad productiva de la empresa, el presupuesto de I+D de la empresa se incrementó del 2.6 % de las ventas en 1979 al 5 % en 1983 y al 7 % en 1985 (11).

Al igual que el caso de estudio de Zucker et. al (1995), el de Monsanto constituye una contra-evidencia del argumento evolucionalista según el cual la ventaja competitiva de una gran empresa de tecnología reside en su posesión de una "identidad tecnológica" que constituye una suerte de capital organizativo y que no es pasible de ser cambiado ó comprado en el mercado (por ejemplo, por medio de contratación de personal calificado en una nueva tecnología). En efecto, en estos dos casos de grandes empresas que incursionaron en la industria de la biotecnología desde otras ramas, el viraje hacia la nueva actividad tecnológica se concretó con éxito, construyéndose desde cero la ventaja competitiva en la nueva tecnología (a través de vínculos de mercado, contratando personal y adquiriendo NBTFs).

Detengámonos a examinar la envergadura de Monsanto. En 1985, a pocos años de haber comenzado el proceso de reestructuración de la compañía, el monto de ventas de Monsanto ya alcanzaba los U$S 6,7 miles de millones, y su presupuesto de I&D un 7 % de esta cifra, esto es, 470 millones de dólares (12). Sus capacidades crediticias tenían las dimensiones propias de cualquier empresa multinacional y sus redes de distribución se extendían por todo el planeta.

Lejos de ser una firma más entre la multitud de empresas de capital, Monsanto Co. ya era en la época del capital indiferenciado una gran empresa transnacional. Esta condición se apoyaba sobre ciertos antecedentes y premisas de la diferenciación del capital, como la necesidad de una alta escala mínima de inversión o la explotación provechosa de alguna patente o nuevo producto cuya aceptación en el mercado hubo sido un éxito (13). En el caso de Monsanto, ambos elementos han intervenido. El primero (alta escala mínima), por la compleja estructura técnico-productiva que supone la producción del sector petro-químico (altos costos fijos, grandes capacidades productivas a escala, etc.). El segundo (explotación de una innovación exitosa), se hallaba vinculado a algunos productos clave que constituían el grueso de las ventas y los beneficios de la compañía: los herbicidas Lasso (introducido en 1969) y Roundup (1974). Lasso es un herbicida selectivo (destruye solamente las malezas, dejando intactas las raíces de la planta que se cultiva) que tuvo gran aceptación en el mercado de agricultores de maíz y soja; tanto es así que en 1983 capturó el 50 % del mercado norteamericano de herbicidas para maíz y el 33 % del de soja (14). Roundup, en cambio, es un herbicida de tipo no-selectivo que tuvo enorme repercusión en el mercado agrícola internacional, elaborado en base al principio activo de un componente descubierto por Monsanto, el glifosato, a cuya efectividad se suma la igualmente relevante no agresividad al suelo. Ambos productos, pero especialmente Roundup, han sido la llave que brindaría a Monsanto la posibilidad de convertirse en una empresa de capital potenciado, al brindarle los recursos de capital y las redes de distribución suficientes para configurar un subsistema de capital diferenciado cuya estructura de acumulación quedaría centralizada por ella.

Monsanto no era la única compañía de capital que estaba involucrada en este proceso de transformación que culminaría con la aparición de la semilla mercancía del capital tecnológico. En efecto, en 1802 (cien años antes de la aparición de Monsanto Co.), y con la intención de utilizar la tecnología desarrollada por quien fuera su profesor, un discípulo del famoso científico francés Lavoisier funda en Wilmington, Delaware (EEUU) una compañía orientada a la manufactura de pólvora. El manejo productivo que Du Pont hacía de la nitroglicerina y la nitrocelulosa derivó hacia fines del siglo XIX en el desarrollo de capacidades químicas e ingenieriles que ampliaron la potencialidad técnica de la empresa. Los ácidos fuertes y químicos asociados a dichos productos condujeron al desarrollo de otros varios químicos asociados. De productos en base a celulosa, la compañía pasó rápidamente a los plásticos, fibras y films.

En 1926, ante la falta de ideas para el desarrollo de nuevos productos, el jefe del departamento de Investigación de Du Pont, Charles Stine, elabora una estrategia que contenía en germen el secreto propio de la potenciación del capital:

"Estamos incluyendo en el presupuesto de 1927 un ítem de 20.000 U$S, para cubrir lo que podría llamarse, a falta de un mejor nombre, ciencia pura o investigación fundamental...el tipo de trabajo al que nos referimos... tiene el objeto de establecer o descubrir hechos científicos" (15)

Como resultado de su investigación fundamental, Du Pont logró un nuevo breakthrough que la condujo al desarrollo del neoprene sintético y ... la fibra de nylon.

Con el correr del tiempo, ambas compañías químicas, Monsanto y Du Pont se disputaban el negocio mundial de fibras sintéticas para alfombras. Actualmente son las dos grandes competidoras en la industria biotecnológica. Ambas, junto a Novartis (empresa de origen suizo), son las tres mayores empresas de biociencia del mundo.

Retomemos el hilo de nuestro argumento. Teníamos una semilla mercancía del capital indiferenciado fruto de una técnica productiva (la hibridación) que mostraba inequívocos rasgos de agotamiento. Habíamos presentado también las nuevas empresas biotecnológicas (NBTFs) que se instalaron en la escena productiva con el desarrollo de la incipiente ciencia biotecnológica, del que fueron partícipes, pero cuyos potenciales beneficios innovativos no estaban en condiciones de capturar para sí por la envergadura de tal emprendimiento. Y ahora hemos sumado las grandes empresas transnacionales, colosos de los recursos crediticios, las redes de distribución, las capacidades reproductivas a escala, etc. En fin, gigantes empresas de capital que se hallan en condiciones de adueñarse de las nuevas capacidades productivas de la humanidad. ¿Cómo habrá afectado la nueva estructura productiva a nuestro subsistema agrícola?.

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De las mismas entrañas de la estructura productiva del capital indiferenciado habría de surgir la mercancía del capital tecnológico, que acabaría con las viejas empresas semilleras cuyos monopolios descansaban sobre la base de las economías de escala en la utilización de las técnicas de hibridación. El futuro de la industria se halla centralizado en las manos de las empresas de capital potenciado (Monsanto, Novartis, etc.). Veamos cómo plantearon sus intenciones:

"El objetivo a largo plazo de Monsanto es utilizar la nueva tecnología en la industria de la semilla. Esto podría incluir plantas que produzcan más proteína, provean su propio fertilizante, crezcan en condiciones secas o frías o se protejan a sí mismas contra las pestes. El trabajo también apunta al desarrollo de microbios que produzcan pesticidas naturales para proteger a las plantas" [Monsanto Annual Report 1985, p. 9] (16)

Los primeros logros vinieron de la mano de semillas transgénicas resistentes al herbicida Roundup (recuérdese que éste era no-selectivo). La nueva semilla haría posible la venta de un "paquete" agrícola que beneficiaría a la compañía con sinergias tecnológicas y comerciales; esto último gracias a que la enorme aceptación del herbicida Roundup -el herbicida más vendido del mundo: sus ventas alcanzan U$S 1.5 miles de millones- conduciría a un decisivo desplazamiento de productos en el mercado de semillas en favor de aquellas que sean Roundup-Ready. El primer lanzamiento comercial de una semilla resistente al herbicida Roundup se produce en 1995 con el lanzamiento al mercado de la soja transgénica (llamada soja RR o soja Roundup-Ready). La mercancía fue un éxito: ya en 1997 un 15 por ciento de la soja estadounidense era Roudup-Ready (17).

Analicemos la génesis de la soja Roundup-Ready. Los primeros contactos de Monsanto con el sector agrícola datan de 1960, año en el cual la compañía se introdujo en el negocio de los insecticidas y herbicidas, arrastrada por el estrecho vínculo de la producción de los mismos con la actividad química. Este primer insight de la compañía en el sector agrícola le brindaría, décadas más adelante, la posibilidad de acceder al mercado de semillas desde una posición de privilegio (redes de distribución, prestigio de la marca y sinergias).

Los primeros herbicidas de Monsanto (Lasso, 1969 y Roundup, 1974) surgieron como productos destinados a la semilla del capital indiferenciado: la semilla híbrida propia de la Revolución Verde. Monsanto no era una empresa volcada a los insumos del sector agrícola sino marginalmente, es decir, producía los herbicidas y pesticidas como mercancías aisladas, sin integrarlas en una estrategia productiva que incluyera semillas, procesamiento de comidas, nutrición, etc. De hecho, la producción de herbicidas por Monsanto obedecía únicamente a ser un producto derivado de la actividad petroquímica, la cual constituía su core activity. Por ese entonces, el auge de las semillas híbridas obligaba a los productores agropecuarios a utilizar crecientes cantidades de pesticidas y herbicidas, dada la vulnerabilidad genética de las mismas. Los altos rindes de las nuevas semillas híbridas eran acompañados por la necesidad de incorporar ingentes cantidades de agroquímicos, imponiendo al agricultor la necesidad de acudir al mercado no sólo para comprar nuevas semillas cada período de siembra, sino también los productos complementarios (herbicidas y pesticidas), lo cual consumaba la subsunción de su actividad productiva bajo la órbita del capital multinacional, dado que la provisión de insumos agropecuarios estaba fuertemente oligopolizada.

Si antes los agricultores se proveían sus propias semillas, las cuales (por no ser híbridas) no requerían una batería de insumos agroquímicos, luego de la revolución técnica que significó la hibridación, les era indispensable recurrir al mercado en cada período para comprar sus semillas e insumos. Pero, ni las unas ni los otros eran mercancías del capital tecnológico. La semilla híbrida provenía de una configuración oligopólica propia de un paradigma técnico en vías de agotamiento, y los insumos, si bien constituían una innovación harto lucrativa para el capital de Monsanto, no se originaron en una estructura productiva que recrease circuitos de innovación, sino en el marco de un subsistema de capital indiferenciado (petroquímica) que pugnaba por lograr la diferenciación.

El éxito comercial del herbicida Roundup, y su carácter de insumo totalmente complementario de la semilla (eslabón fundamental de toda la cadena alimenticia), sumado a los mermados rendimientos en que la actividad petroquímica había caído luego de la suba del petróleo de 1979 y a la alta maduración de los productos, condujo a los directivos de la empresa a elaborar una estrategia de cambio: se aprovecharían las sinergias de marketing que ofrecía la venta de herbicidas para expandir la producción de insumos agropecuarios, se daría mayor aliento a la producción de químicos de nutrición (edulcorantes) y, para aprovechar la injerencia de la nueva biotecnología, se abriría el área de productos para el cuidado de la salud. En síntesis: la producción de la empresa se movería acorde a las nuevas oportunidades que ofrecía la biotecnología, y, de ahí en adelante, las actividades de la empresa mutarían pari passu el desarrollo de la misma.

En el ámbito de la actividad agrícola, el herbicida no selectivo Roundup, incapaz de distinguir hierbas de plantas (ataca indistintamente a ambas) insinuaba la aparición de una nueva clase de semillas, genéticamente diseñadas para eludir los agentes naturales o artificiales que perturbaran su desempeño vegetal. La primera semilla transgénica fue llamada Roundup-Ready ("lista para ser utilizada con el herbicida Roundup").

***

Actualmente, los lazos que mantiene el proveedor de insumos (Monsanto, Du Pont, Novartis, etc.) con el empresario agropecuario son cada vez más estrechos, directos y duraderos, a tal punto que este último se halla inmerso en una red de relaciones comerciales que han mermado su capacidad de gestión sobre el capital que le pertenece. En un mundo en el que las técnicas son constantemente renovadas, las alternativas productivas del agricultor se hallan acotadas por el accionar de las empresas transnacionales mencionadas que restan autonomía a las empresas agropecuarias.

En esta dirección se encuentran la exitosa fórmula comercial del paquete técnico herbicida Roundup - semilla Roundup Ready y los novedosos contratos comerciales ("contratos de adhesión") que las transnacionales de insumos agropecuarios mantienen con los agricultores estadounidenses, mediante los cuales aquellas le garantizan a éstos últimos la compra de la totalidad de su cosecha bajo condiciones especiales (en ocasiones a un precio inferior al de mercado).

El proceso de diferenciación del capital industrial consiste en la subordinación jerárquica de unos capitales (simples) por otros (potenciados) con mayor poder de gestión. El capital simple ha perdido la capacidad de producir nuevas técnicas productivas, pero lejos de mantenerse al margen del circuito tecnológico, se ve sistemáticamente impelido a adoptar las técnicas ya maduras producidas por el capital potenciado y a insertarse en una densa red de relaciones inter-firmas. Los representantes en el sector agropecuario del capital tecnológicamente potenciado son las empresas transnacionales productoras de insumos, Monsanto, Novartis, Du Pont, etc., las cuales logran alcanzar sistemáticamente una tasa de ganancia extraordinaria gracias a la gestión planificada de su capacidad de innovar productos y procesos. Cada una de estas empresas transnacionales cuenta con un departamento que administra mega carteras de proyectos de I+D, y teje una red de vínculos verticales y comerciales con una amplia variedad de NBTFs (las pequeñas firmas altamente intensivas en PhDs en ciencias biológicas), así como con laboratorios universitarios donde se lleva a cabo investigación fundamental en biotecnología.

El análisis de las transformaciones de estructura que acarrea el proceso de diferenciación del capital en empresas de capital potenciado (transnacionales) y empresas de capital simple (universo de las PyMEs del complejo agroindustrial excluyendo a las NBTFs) pertenece a la teoría de los subsistemas, es decir, de las relaciones directas de acumulación entre capitales con distinto poder de gestión. La existencia de barreras sistemáticas a la entrada de competidores, la disparidad de las tasas de ganancia por unidad de capital comprometido y el desarrollo de figuras contractuales que niegan las características propias de la relación mercantil son regla en el interior del subsistema agrícola de capital diferenciado.

En la Tabla 3 se presentan los datos relevantes sobre la difusión del uso de "contratos de producción" en los EEUU entre las multinacionales productoras de insumos y las unidades agropecuarias.


Tabla 3: difusión de la contratación en la actividad agropecuaria en EEUU (1997).

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Fuente: MacDonald en base a datos de USDA Agricultural Resource Management Survey.


La difusión de este tipo de relaciones, distintas de las relaciones puras de mercado, implica una restructuración de los primeros estadios de la cadena productiva alimenticia. Dadas las características de estos contratos, los agricultores se benefician con la reducción de riesgos de mercado (tienen garantizada la "venta" de su cosecha a precios fijos), aunque resignan las potenciales ventajas de condiciones favorables en el mercado. Las ventajas para las multinacionales radican principalmente en la consecución de un flujo estable, en tiempo y forma de los productos de acuerdo a sus estimaciones de demanda, así como mayores chances de que la propiedad intelectual de sus productos será respetada debidamente. MacDonald (1990) añade a estas consideraciones las preocupaciones de los agricultores estadounidenses acerca del creciente potencial que detentan las multinacionales para ejercer poder de mercado. La cada vez mayor utilización de contratos de producción podría reducir el volumen de los mercados tradicionales de estos productos al punto que las multinacionales puedan controlar los precios (que a su vez actúan como referencia para los "precios" de la producción por contratación). Asimismo, el elevado nivel de concentración en el subsistema daría lugar para que los pocos compradores de la producción agropecuaria utilicen los contratos para discriminar precios y absorber el excedente de las unidades agropecuarias.

Indudablemente, las barreras tecnológicas existentes logran excluir temporalmente al capital simple de determinadas actividades productivas, relegándolo a las actividades reproductivas. La consecución de condiciones monopólicas (la producción que no es reproducible por terceros) está supeditada a la posesión de activos especialísimos: proyectos de I+D, financiamiento a gran escala, capacidades tecnológicas, redes de comercialización, patentes, etc. Para cuando el producto de la empresa de capital potenciado sea imitado por otras firmas de capital, con la consiguiente pérdida de beneficios para la empresa innovadora, la empresa de capital tecnológico puede echar mano de su "pipeline" de proyectos de I+D, consiguiendo con ello una renovación sistemática de su poder monopólico con el lanzamiento de nuevas semillas e insumos.

Una vez que la empresa de insumos agropecuarios se ha apoderado de la capacidad de valorizar su capital a una tasa superior a la general, desencadena una multitud de relaciones inter-firma. El subsistema agroindustrial se reconfigura centralizadamente desde la empresa de capital tecnológico en vistas a la maximización de su tasa de ganancia. Esta empresa lanza sistemáticamente su propio capital a la producción monopólica, y orienta el capital simple de terceros hacia las labores técnicas reproductivas (con bajas tasas de ganancia). Así, la configuración productiva agroindustrial se presentaría como una estructura polar. De un lado, las empresas de capital potenciado lanzan iterativamente su capital hacia la producción de nuevas técnicas productivas (semillas transgénicas, agroquímicos, vacunas, etc.), actividad exenta de la nivelación de las tasas de ganancia gracias a la protección de las barreras tecnológicas, mientras que, del otro, las PyMEs del complejo agroindustrial (empresas de capital simple) quedan rezagadas al polo opuesto del proceso de acumulación, y, dedicándose a la actividad reproductiva (siembra, cosecha, silo, transporte, actividades simples de procesamiento industrial, etc.), efectúan las etapas restantes de la cadena agroalimenticia.

En particular, las unidades agropecuarias pierden independencia a la hora de escoger la orientación que tomará el monto y el grado de compromiso de su capital entre las actividades productivas. Los "contratos de adhesión" suscritos entre empresas transnacionales de capital potenciado y agricultores norteamericanos de algodón, son un claro indicio en este sentido. Bajo esta figura contractual, las empresas transnacionales de insumos subsumen la actividad productiva del capital simple de los agricultores con arreglo a una planificación centralizada.

Entre las numerosas adquisiciones, fusiones y joint-ventures de empresas transnacionales, surgen asociaciones que apuntan a integrar el sector agroalimenticio en un subsistema que va desde la innovación de semillas, vacunas, etc., hasta la distribución al consumidor final, pasando por las numerosas etapas intermedias, como ser la administración de bancos de germoplasma, el procesamiento de los alimentos, etc. Los casos más destacados son las compras de las semilleras De Kalb y Delta & Pine por parte de Monsanto y del 20% de Pioneer Hi-Bred por parte de Du Pont, pero sobre todo, la adquisición realizada por Du Pont de la empresa alimentaria británica Dalgety con el expreso objetivo de convertirse en una "empresa de agricultura global" que tuviese presencia en cada uno de los niveles de la cadena agroalimentaria, y el joint venture de Monsanto con Cargill, empresa especializada en la comercialización, procesamiento y distribución de productos agroalimenticios (18).

El horizonte a largo plazo para los productores agropecuarios donde prima la pérdida de autonomía respecto a empresas transnacionales cuya estrategia consiste en devenir "empresas de agricultura global" con presencia en cada uno de los niveles de la cadena agroalimentaria cobra expresión en la semilla. La diferenciación entre semilla y grano (propia de la segunda etapa) da un paso más hacia delante. En marzo de 1998 se otorga en los Estados Unidos la patente No. 5.723.765 ("Control of Plant Gene Expression") (19) a la firma Delata Pine and Land, posteriormente adquirida por Monsanto Co. Entre otras aplicaciones dicha patente cubre un proceso de ingeniería genética que consiste en matar la segunda generación de las semillas, tornando imposible para los agricultores el ahorro y la siembra de sus propias semillas. Dadas sus características, esta nueva tecnología ha sido llamada "Terminator" por la RAFI (Rural Advancement Foundation International). El proceso de diferenciación de la semilla (uso productivo) respecto al grano (consumo final) habría llegado a su consumación.

 

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Notas

1. El presente trabajo es una reseña del trabajo que el autor realizó en el Centro de Estudios para la Planificación del Desarrollo (CEPLAD), Instituto de Investigaciones económicas, Universidad de Buenos Aires. Dirección postal: Av. Córdoba 2122 (1120), Ciudad de Buenos Aires, Argentina.
2. En rigor, cuando nos referimos al trabajo "de" y "para" el agricultor hablamos tanto de él como de sus consanguíneos.
3. El germoplasma es la información genética contenida en el organismo vegetal.
4. op. cit., pg. 72.
5. Por supuesto, esta cifra incluye no sólo los efectos de variedades mejoradas sino también de las técnicas asociadas de regadío, fertilizantes artificiales y control químico de plagas.
6. Pestaña (1998) estima que las NBTFs debían incurrir en una inversión de entre 100 y 300 millones de dólares solamente en concepto de investigaciones clínicas necesarias para obtener la autorización para el lanzamiento al mercado de un nuevo producto.
7. Orsenigo, op. cit., pg. 129.
8. Aún la relativa sencillez de la producción y comercialización de anticuerpos monoclonales, no bastaba para garantizar que la misma no terminase en manos de las grandes multinacionales, como ocurrió en varios casos.
9. Orsenigo, op. cit., pg. 130.
10. Fransman, Martin; Biotechnology: Generation, diffusion and policy; UNU/INTECH; 1991; (pg. 29).
11. Fransman, op. cit., pg. 30.
12. Fransman, op. cit., pg. 30, extraído de Fortune 1984: Monsanto’s brave new world", April 30 th.
13. Lo específico del capital tecnológico no es la aparición de la innovación, sino su planificada y recurrente recreación (Levín, 1997).
14. Fransman, op. cit., pg. 30 y extraído de Fortune, 1984.
15. Charles Stine, carta de presupuesto de Du Pont del 18 de diciembre de 1926.
16. Extraído de Fransman (1991), pg. 31.
17. Monbiot, George; 1997.
18. Huergo, Héctor; 1998.
19. Crouch, M. L.; 1998.

 



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