Revista THEOMAI   /  THEOMAI   Journal
Estudios sobre Sociedad, Naturaleza y Desarrollo / Society, Nature and Development Studies

 

número especial (invierno de 2002)  
special issue  (winter of 2002)

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Tribulaciones, lamentos y ocasos de un tonto país imaginario.
El mercado como único y último sentido posible

 

Guido P. Galafassi*


* CONICET y Universidad Nacional de Quilmes. E-mail:
ggalafassi@unq.edu.ar

 

  Cada fuego, cada empeño,
cada día, cada sueño
viene con importe al lado,
a pesar de lo pagado.
Me pregunto qué negocio es éste
en que hasta el deseo es un consumo.
¿Que me haré cuando facture el sol?

(Silvio Rodriguez: "Paladar", 1996)

 

Argentina fue el nombre de algo que intentó configurarse como un Estado-Nación durante casi dos siglos, es decir un país con democracia representativa y economía capitalista desarrollada. Digo intentó, pues obviamente en su carácter de país semi-periférico nunca logro este objetivo, restringido solamente a los países centrales. Pero hoy en día, Argentina es el nombre de nada más que un simple "mercado", es decir un lugar geográficamente situado donde confluyen los intereses especulativos de los grandes poderes internacionales y de las clases y grupos dominantes en la economía mundial y también local. Esto es así, aunque todavía Argentina cuente (en la ficción) con los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, atributos esenciales del Estado-Nación moderno. Sin dudas que este proceso parecería ir en consonancia con lo recientemente sostenido por Toni Negri y Michael Hardt en "Imperio" (1) , en el sentido que el Estado-Nación no es ya el sujeto del desarrollo mundial capitalista, que está siendo reemplazado por el mercado global en el cual las naciones tenderán a diluirse. Es decir que se produce una transferencia esencial de soberanía del Estado-Nación al mercado global. Aunque Negri y Hardt no tuvieron particularmente en cuenta el proceso argentino y sus tesis tienden fundamentalmente a verter una mirada sobre los hechos dominantes en el primer mundo, existen ciertas vinculaciones en la trayectoria general de los cambios, pero, obviamente, lo que sobresale es una serie de particularidades vernáculas tanto del contexto latinoamericano como de la propia especificidad argentina en este contexto. Por una lado las elites políticas y económicas argentinas (junto a las grandes mayorías populares que acompañaron el proceso), son los artífices y creadores principales de esta nueva configuración. Y por otro lado, aunque necesariamente articulado con lo anterior, es imposible desconocer la existencia del contexto histórico de dominación geopolítica en las Américas que nutre las distintas realidades nacionales (2). El proceso de destrucción del Estado-Nación en Argentina fue y es realizado desde la propia existencia de este Estado-Nación, pero en un contexto de claro dominio de la clásica política imperialista de los EEUU (3). Así, las infinitas críticas que ha debido soportar Negri al intentar remplazar al imperialismo por el imperio, adquiere en Argentina una evidente materialidad. Pero sigamos con la tesis de la Argentina como solo un mercado.

Argentina es el hijo dilecto y el resultado perfecto de la economía política liberal (devenida en la últimas décadas en "neoliberalismo") donde los actores fundamentales son individuos atomizados de la teoría microeconómica neoclásica, y la norma fundamental, la suprema ley del "libre juego de la oferta y la demanda". Que algunos de los actores atomizados concentren casi todo el poder, lo que les permite imponer las reglas "libres" de la oferta y la demanda y el resto (la inmensa mayoría) solo puedan esperar las migajas sobrantes (reflejado en la teoría del establishment de "la copa que derrama") es solo un detalle "transitorio pero necesario", según las múltiples y abundantes miradas de los intelectuales, gestores y creadores del modelo (sean neoliberales, populistas, socialdemócratas agiornados o intelectuales ex-"progresistas" devenidos hoy en inciertos posmodernos). Este pequeño detalle "transitorio y necesario" en relación a la fuerte concentración de la riqueza, es explicado como la demostración del premio recibido por aquellos actores exitosos en el mercado (emprendedores), ejemplos a imitar por el resto; pasando intencionadamente por alto el hecho que una economía de mercado se basa en la desigualdad y la libertad de empresa sustentada en esta desigualdad. Esta es la ley de hierro, nunca declarada obviamente, que rige la distribución fuertemente regresiva de las riquezas bajo el neoliberalismo (4), una vez desaparecidos los mecanismos de regulación y redistribución capitalistas inspirados en la estrategia keynesiana. Pero el caso argentino es doblemente grave, no solo por la profunda injusticia y falacia en la que se basa la teoría del derrame, sino porque en nuestra economía altamente transnacionalizada y con un mercado de capitales de apertura extrema, este derrame es, incluso, sacado permanentemente fuera del sistema (vía, por ejemplo, fuga de capitales y remesa de dividendos al exterior sin reinversión,) con lo cual no quedan migajas para repartir. La incautación de depósitos a plazo fijo y de cuentas a la vista perpetrada por los bancos y enmarcada legalmente por el gobierno nacional, es solo uno de los últimos y más llamativos ejemplos de este proceso.

Argentina es una demostración cabal y concreta de la concepción utilitarista de la sociedad en tanto imperio del individualismo extremo y la justificación de la democracia representativa a través de la máxima felicidad para el mayor número de individuos (esto implica que no es para todos y más aún, ni siquiera para la mayoría) como supuestos fundantes del mercado. Aquí puede verse la aplicación a rajatablas de la noción de vida privada de Benjamin Constant (5), que es una clara expresión del individualismo llevado al máximo pues el individuo no debe tener ninguna presión para participar de la vida política de la comunidad (6), es decir que debe dedicarse solo a su vida privada, la cual esta regida por la doctrina de la libertad de empresa y de la propiedad privada. Ni más ni menos, estas premisas terminarían por implantar una situación muy similar al "Estado de Naturaleza" de Hobbes donde prima el individuo aislado y egoísta que lleva indefectiblemente a la guerra de todos contra todos, lo que, según el modelo hobbesiano, permitiría una salida consensuada hacia un "Estado Civil" de paz y seguridad. Pero lo grave de todo esto, es que con la actual situación de mercado moderno, la guerra sería de algunos contra todos los otros y no de todos contra todos, porque a diferencia del modelo hobbesiano, en la sociedad actual de mercado no existe la igualdad e incluso esta no es deseada.

El liberalismo histórico se compone de individualismo + libertad económica + desigualdad(7) + competencia que se expresa materialmente en la noción de mercado (8), y para imponer este modelo hizo falta la emergencia de un Estado-Nación, basado en criterios racionales, que defendiera los intereses en pugna de las nuevas clases burguesas emergentes en contra de los 1000 años de feudalismo con dominio absoluto de la nobleza y la religión (9). Este Estado-Nación que tiene sus inicios en el absolutismo de finales del medioevo, surge como un estructura con vital e importante fortaleza, necesarias para imponer el nuevo orden ligado a la modernidad. Al ir consolidándose las ideas liberales, herederas directas tanto del iusnaturalismo como de la ilustración, el Estado fuerte comienza a ser cuestionado dado que limitaba precisamente el libre juego de los componentes del mercado, naciendo así la clásica premisa liberal de un Estado mínimo, pero nunca ausente, por cuanto seguía siendo necesario para imponer y regular el nuevo modelo. A mediados del siglo XIX surgen las ideas socialistas y se perpetúan por la mayor parte del siglo XX, logrando consolidarse en la conformación de estados pretendidamente socialistas pero que sin embargo solo terminaron disputando geopolíticamente con el liberalismo. Crisis del 29 mediante, y ante la consolidación del primer "Estado Socialista", el liberalismo responde posponiendo su propuesta de máxima de reducción del Estado al mínimo, y comienza a constituir un modelo capitalista con una importante presencia de un Estado regulador e intervencionista surgido al amparo del fordismo y las teorías keynesianas. Hacia fines del siglo XX, con la decadencia y colapso de la mayoría de los regímenes autodenominados socialistas, el liberalismo, bajo el nuevo mote de neoliberalismo, reinicia su prédica contra el Estado, para imponer al mercado como pilar único de la modernidad capitalista. De esta manera, se puede volver a la ecuación inicial de individualismo + libertad económica + desigualdad + competencia = mercado, con la diferencia de que el Estado-Nación ya no es tan necesario, por lo tanto se puede comenzar a liberar el camino para su reducción y liquidación. Pero este proceso que viene ocurriendo en forma gradual y lenta en los países centrales, toma una fuerza mucho mayor en los países periféricos, y de estos, Argentina representa claramente la vanguardia, al ser el mayor caldo de cultivo del desencanto posmoderno (que encontró en la mayor parte de los intelectuales (10) una gran acogida) y el individualismo extremo neoliberal que llegaron claramente a su apogeo de la mano del peronismo liderado por el ahora ex-presidente y ex-convicto Carlos Saúl Menem.

Es importante resaltar aquí el rol fundamental que juegan los sectores dominantes de la economía en los sistemas neoliberales. Justamente el "consenso neoliberal" pugna por librarse de la "política", que representa solo un resabio de las viejas sociedades capitalistas de tipo socialdemócrata o populista. La política, en su máxima representación dada por el Estado, solo ocasiona molestias para el dogma neoliberal, porque quien, sino el Estado, es el único capacitado para regular y controlar los procesos de acumulación y de distribución de la riqueza en una economía capitalista. Esto es precisamente lo que realizó el Estado durante la fase de "economía de bienestar" en los países centrales y su cuasi-equivalente en América Latina como fueron las diversas expresiones del populismo (11) (con las obvias diferencias de niveles de desarrollo tecnológico, producción y distribución de la riqueza, fortaleza y eficiencia de Estado, etc, entre unos y otros). Pero al surgir el consenso neoliberal, el así llamado "Consenso de Washington", el Estado-Nación, es decir la política, comenzó a ser horadado cada vez más libremente por las fuerzas del mercado. Este aniquilamiento del Estado-Nación fue sin dudas mucho más fácil en América Latina que en los países centrales, dada la debilidad del mismo en nuestro continente.

En este contexto, Argentina es indudablemente uno de los mayores "experimentos neoliberales de la periferia". Ideado por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, fue ejecutado por los grupos económicos locales y extranjeros con el auxilio de los partidos políticos tradicionales. A juzgar por las multimillonarias ganancias de los grandes capitales fugados al exterior y por el aumento constante de la exclusión social y la pobreza, el éxito del modelo (medido con sus propios parámetros) fue contundente. A pesar de la impresión mayoritaria en la población (por cierto en proceso favorable de revisión a partir del crecimiento de las protestas en el último año) en relación a que la política es la causa principal de la crisis argentina (lo que demuestra de alguna manera el éxito neoliberal, esta vez gracias a los grandes medios monopólicos de comunicación), los grandes capitales son los que llevaron adelante este proceso, utilizando, efectivamente para esto, a los partidos políticos tradicionales o a fracciones de estos. De la utilización de la política tradicional por el capital, y viceversa, surge en consecuencia el gran proceso de corrupción en el sistema de gobierno argentino en sus diversos niveles territoriales. No es necesario volver a decir una vez más que, por ejemplo, las grandes multinacionales que en sus países de origen se comportan de acuerdo a determinados valores éticos y legales, obligados, por cierto, por el contexto de un Estado de Derecho relativamente regulador, adoptan en la periferia otras conductas ligadas en muchos casos a mecanismos de corrupción tanto económicos como políticos (el caso IBM – Banco Nación, resulta más que claro al respecto). Pues estas conductas, más difíciles de llevar adelante en los países centrales, son altamente funcionales a la persecución de máximas ganancias (objetivo este, casi excluyente en una empresa dentro de una lógica de mercado). Esto permite a su vez, que los grupos políticos tradicionales también se monten en un sistema de corrupción autóctono, con tal que no interfiera (y por el contrario favorezca) este nivel extraordinario de ganancias.

De esta manera, el neoliberalismo ha llevado al capitalismo en la Argentina a su máxima expresión, ha convertido en mercancía a la única categoría que en las sociedades modernas todavía no había sido mercantilizada (o por lo menos no en su gran proporción), es decir que ha terminado por convertir en forma absoluta a la política en una mercancía más, es decir en un bien tanto con valor de uso como con valor de cambio. Hoy el capital no compra votos, sino que compra a los resultados de esos votos. Como se dijo más arriba, la política y su manifestación material, el Estado, han venido cumpliendo en las sociedades modernas, un rol hegemónico en tanto herramientas para la construcción del mercado. Una vez que el mercado está consolidado y sin ninguna clase de oposición importante (caída del muro de Berlín mediante), el Estado y la política ya no son útiles como tales, y se convierten, por lo tanto, en lo único posible de digerir en un régimen capitalista, es decir en una mercancía más. Y si la política y el Estado se convierten en mercancía, el Estado-Nación, en tanto sostén no mercantil del mercado, deja de tener sentido, ya que ahora todo es un gran mercado y los diferentes objetos, solo diferentes tipos de la misma especie, las mercancías (12).

En el siglo XIX fue, paradojicament, el propio liberalismo argentino, de la mano de las fracciones unitarias, quienes terminaron imponiendo el proyecto de construcción de un Estado-Nación instalando la excluyente disyuntiva entre "civilización y barbarie", donde justamente la construcción de una nación liberal "civilizada" inserta en el contexto mundial en términos de las ventajas comparativas dadas por la dotación de recursos naturales del territorio argentino, ponía fin a décadas de luchas y conflictos entre grupos de poder, de fragmentaciones territoriales y de incapacidad para unificar criterios que permitieran consolidar una nacionalidad. Las "Bases" de Alberdi, junto a las ideas de Sarmiento y Mitre fueron el fundamento del sistema constitucional argentino y de los principios económicos sobre el cual se asienta. De esta manera, al incorporarse la Argentina al mercado mundial se convertía en un claro ejemplo de aplicación de las teorías librecambistas clásicas. Pero es imposible negar ciertas particularidades en la aplicación del modelo que lo convirtieron en un exponente marcadamente diferente al aplicado en otros países, pues el Estado jugo un rol mucho más importante que el que había sido determinado por los economistas clásicos. Al casi no existir mercados locales o regionales de cierto peso, como en muchas de las naciones ya industrializadas, el desarrollo económico argentino hacia fines del siglo XIX se realizó a partir de la integración del país a la economía mundial, y para esto el Estado jugó un papel fundamental. Buena parte de las obras de infraestructura y de las primeras líneas ferroviarias estuvo a cargo de la iniciativa estatal, a pesar que, una vez rentables, fueran transferidas a capitales privados. Buena parte del capital extranjero invertido en la Argentina entre 1880 y 1930 estuvo formado por préstamos gubernamentales, ya sea a nivel nacional o provincial. La participación estatal fue clave para financiar la mayor parte de las importaciones en las dos últimas décadas del siglo XIX, así como las importaciones de origen norteamericano en la década de 1920, todas importantes para complementar el mercado interno de productos que acompaño al modelo agroexportador (13). Si hasta aquí los capitales privados se hicieron cargo solo de las actividades rentables una vez que el Estado generaba las estructuras económicas para su desarrollo, es a partir de la crisis del 1930 cuando definitivamente se pone en evidencia el rol del Estado en la definición y la construcción de la economía argentina, ante la evidente debilidad del mercado para asegurar una salida al modelo agroexportador en extinción. Pero esto no implicó un cambio de los sujetos sociales que llevarían adelante el proceso de acomodamiento a la nueva situación internacional. Por el contrario, son los propios sectores conservadores de la más pura raigambre liberal en lo económico, quienes entronados en el gobierno, llevaron adelante desde el Estado la puesta en marcha de políticas intervencionistas con el exclusivo objetivo de salvaguardar sus propios intereses amenazados por la crisis mundial. Dejando a un lado la ortodoxia liberal, llevaron adelante una política proteccionista en el frente externo e interviniendo desde el Estado en casi todas las esferas de la actividad económica en el frente interno. Así, no fue ni el radicalismo, ni el peronismo posteriores quienes impulsaron las políticas donde el Estado comenzaba a asumir una participación sumamente destacada en el desarrollo económico del país, sino que por el contrario fueron las clases dominantes conservadoras en lo político y liberales en lo económico quienes tomaron la iniciativa. Es que por detrás de todo apego a una ideología, estuvo siempre el instinto pragmático de supervivencia como clase hegemónica (pragmatismo inherente, por cierto, a toda lógica de mercado). Pero estas idas y venidas al ton del contexto internacional nunca terminaron de consolidar un proyecto estable, pero si fueron marcando un camino de construcción inconcluso de un Estado-Nación moderno y unificado, pero que a diferencia de los países centrales, las contradicciones de clase nunca se resolvieron a partir de la atenuación y la regulación del régimen de explotación (salvo en contados períodos, como por ejemplo bajo el primer peronismo), sino que se dejaron fluir libremente ante clases dominantes que nuca estuvieron dispuestas a ceder ni un solo ápice de su poder.

A fines del siglo XX el nuevo (neo-) liberalismo volverá a sus fuentes, y conducirá al proyecto nunca concluido de Estado-Nación por un camino de "deconstrucción" de lo actuado desde los años treinta, licuando todo vestigio de unificación bajo las banderas modernas de la nacionalidad e imponiendo la fragmentación social, la supremacía individualista basada en la competencia (con un fuerte paralelismo con el darwinismo social en el sentido de lucha extrema por la existencia) y la identificación cultural bajo los auspicios del ya célebre dictamen de Mandeville "vicios privados, virtudes públicas" en tanto es el egoísmo personal expresado a través de la intervención individual en el mercado el que llevará al conjunto de la sociedad por un camino de felicidad, paz y armonía. La actual situación económica, social, política y cultural de la Argentina es una clara muestra de la falacia de este tipo de argumentos, llevados adelante por la clase social beneficiada por este modelo. Así, mientras el Estado-Nación fue funcional para la constitución del mercado capitalista, logró el primero un rápido camino de consolidación, mientras que en la actualidad, cuando el mercado ya ha llegado a su etapa de "madurez", se desprende del lastre estatal para continuar su camino sin limitaciones de ningún tipo. El estado y la política ya no son útiles, por lo cual se convierten en los enemigos del mercado.

Esta destrucción del proyecto de Estado-Nación comenzó sin dudas con la última dictadura militar instaurada entre 1976 y 1983 (la más sangrienta de la historia con 30.000 personas desaparecidas) a partir de la gestión de Martinez de Hoz como ministro de economía.

Los gobiernos democráticos que vinieron luego de esta dictadura, profundizaron la destrucción de este Estado-Nación y terminaron consolidando la construcción de la Argentina como simplemente un "mercado". El gobierno radical de Raúl Alfonsin, solo intentó administrar las nuevas reglas de juego de apertura económica, desindustrialización y ajuste estructural heredadas de la dictadura militar. Incluso fue el precursor, a partir de la gestión de Rodolfo Terragno, del nuevo proceso de privatizaciones de las empresas de servicios públicos y productivas en manos del Estado. Pero fue más precisamente el peronista Carlos Saúl Menem quien terminó de convertir a la Argentina en uno de los mayores "experimentos neoliberales". Paradójicamente fue el mismo partido peronista que en la década de los cuarenta profundizó la consolidación del Estado-Nación de la mano de su líder y creador Juan Domingo Perón, quien en los años noventa completaría el proceso de destrucción de este Estado-Nación. Pero es necesario hacer explícito el muy amplio consenso de este gobierno peronista-neoliberal en las grandes mayorías, pues logró reunir los sectores altos con las clases más bajas y también con importantes porciones de las clases medias. Tanto consenso logró que gobernó durante dos periodos seguidos elegido por amplios porcentajes mayoritarios de la población. La destrucción del Estado durante el gobierno de Menem (y de su ministro de economía Domingo Cavallo), fue total. Todas las empresas estatales de servicios públicos fueron cedidas a los capitales locales y transnacionales (españoles, chilenos, franceses, italianos, norteamericanos, etc.). El Estado además comenzó a desatender fuertemente la educación y la salud y permitió y favoreció una muy fuerte concentración de la riqueza en pocas manos que fue generando niveles de pobreza alarmantes (alrededor del 30% de la población al final del gobierno de Menem). Pero al mismo tiempo, con el plan de convertibilidad, logró frenar el proceso de "hiperinflación" que venía padeciendo el país. Esto fue la clave de su éxito electoral.

Pero la "fiesta" neoliberal basada exclusivamente en la "rapiña económica " fue llegando a su fin. El pago de los intereses de la deuda fue creciendo en forma exponencial de forma que buena parte de los recursos públicos estaban destinados a ello (14), las inversiones del exterior se fueron agotando (crisis del Tequila y del Sudeste Asiático mediante), la fuga de capitales y ganancias de los grandes grupos económicos locales y extranjeros crecía día a día, la pobreza y la exclusión de amplios sectores de la población aumentaba rápidamente y la corrupción en los gobiernos nacionales y locales era una noticia cotidiana.

Pero el desarrollo de este proceso político y económico de construcción de la Argentina como "solo un mercado" no hubiera sido posible sin un proceso paralelo de construcción cultural que legitimara la emergencia del modelo. Primero se produce en Argentina un vaciamiento ideológico donde todo pensamiento crítico con base en los supuestos de comunidad y solidaridad es aniquilado. La dictadura del 76-83 no solo rompe, por empezar, con el sistema productivo y económico vigente, instalando el nuevo modelo aperturista con desinduntrialización, sino que además "limpia" el campo popular con su colosal proceso de exterminio de cuanto líder, activista o militante existiera y que pudiera ofrecer resistencia a las renovadas formas de dominación. Así, la dictadura aniquila las formas de representación basadas en la solidaridad y la vida comunitaria (claramente contrapuestos con una situación de mercado), e instala renovados valores culturales e ideológicos de individualismo y egoísmo extremo ("no te metás", "por algo habrá sido", etc), pilares del utilitarismo liberal. Este proceso se articula fuertemente con las nuevas tendencias surgidas en el centro del sistema basadas en las ideas posmodernas de desencanto e incertidumbre, donde las tesis del hoy ya olvidado Francis Fukuyama de "fin de la historia" y "muerte de las ideologías" cuadran de manera perfecta, cual pieza faltante de un rompecabezas, en el proceso argentino de transformación neoliberal. Buena parte de los intelectuales de prestigio (15) que sobrevivieron a la dictadura, adoptan, en los años 80, muy acriticamente estas tesis justificando y hasta poniéndose del lado del nuevo gobierno radical primero y emitiendo solo fugaces y casi imperceptibles críticas al peronismo de Menen después, adhiriendo a la Alianza luego y llegando incluso a legitimar el actual gobierno peronista de Duhalde a partir de reconocer la imposibilidad de actuar de otra manera dado el contexto nacional e internacional existentes (16).

Esta muerte de las ideologías que se materializa a través de la cultura del pensamiento único perdura en todos los años ´80 y ´90. Así, se contruye una cultura del individualismo y egoismo extremo, la cual se puede constatar, por ejemplo, en la estrategia aislacionista, elitista y contraria a todo postulado de integración solidaria, presente en la lógica de los barrios cerrados; o en la frívola identidad "fashion" basada en la construcción artificial y trucada de la imagen que va de la mano de las multitudes hiperatomizadas de los "no-lugares" posmodernos por excelencia (shoppings, hipermercados, McDonald´s, etc.) todos puntos de mercado que remplazaron a los tradicionales espacios públicos; o también en la mentira ficcional y clientelar de las denominadas "movida bailantera" y "movida latina", sustentada en la repetición en serie de clishes donde ni la más mínima autenticidad en la creación artística está presente, rigiéndose en cambio y en forma exclusiva por productos económico-culturales netamente premoldeados. En el campo de la política, si los sujetos de los partidos tradicionales alguna vez respondieron y actuaron políticamente en base a algún sustento ideológico, en este nuevo contexto de mercado neoliberal y fin de la historia, es el pragmatismo, en cambio, lo que prima y lo que los mueve. De esta manera los cotidianos actos de corrupción en todos los niveles, son solo la expresión material y concreta de este pragmatismo. En una sociedad donde todo es un mercado, todo debe comprarse y venderse, por lo tanto los sujetos políticos del sistema también tienen precio y se convierten en bienes transables (17). Como consecuencia, los sectores dominantes de la economía que durante las tres cuartas partes del siglo XX debieron recurrir al golpe de estado militar para hacerse del poder sin interferencia e imponer así el rumbo (es decir un acto político de dominación social), cambian su modalidad y operan durante las décadas del ´80 y los ´90 directamente sobre los partidos políticos con opción de poder y "compran", cual simple mercancía, a sus sujetos individuales. Es decir un claro acto económico, de mercado, para imponer ahora el rumbo pero sin el terrible costo que implicaba sostener una dictadura, sino, por el contrario, en las bambalinas de un sistema "democrático". Y con la ventaja además, de la permanencia entre las sombras del verdadero poder, de tal manera que las caras visibles sigan siendo las de la política. Como corolario, cuando la población comienza, luego de varias décadas de acompañar de alguna manera este proceso, a percibir los signos concretos del deterioro material y hasta cultural, solo ve como mayoritariamente culpable al sistema político. Esto se fue corporizando primero en el voto bronca (18) para seguir al poco tiempo en el primitivo "que se vayan todos" (19). Por lo tanto, las grandes mayorías de la población encarnaron, aunque más no sea solo en forma simbólica y momentánea, la tarea de terminar de demoler al sistema político, sin cuestionar al mercado. Esto corona sin dudas, el largo proceso encarado por las clases dominantes para construir una hegemonía total, destruyendo todo vestigio de cualquier proyecto de sociedad solidaria e imponiendo al mercado como única y última regla para toda relación social. Pero las propias e importantes contradicciones del mercado y las clases dominantes, que nunca fueron un bloque homogéneo, más la actual coyuntura internacional con los intereses para la región de los EEUU a la cabeza, está poniendo en duda la solidez de este esquema. Es que la crisis del sistema capitalista que envuelve a la Argentina es demasiado profunda, como para permitir otra vez, un rápido recambio de régimen y así recomenzar a corto o mediano plazo un renovado ciclo.

Ahora, el apoyo casi irrestricto de las grandes mayorías al modelo ha caído notablemente, tal como lo demuestran las periódicas encuestas de opinión. Además, si bien todavía en forma fragmentaria y hasta incipiente, se observa un proceso de relativo crecimiento y maduración de los muy diversos movimientos de protesta, observándose incluso nuevas formas de organización comunitaria con renovadas experiencias de democracia participativa, como el caso de numerosos grupos de piqueteros que vienen trabajando desde hace algunos años, así como de las más recientes asambleas barriales y populares.

Afortunadamente, por entre las fisuras de esta profunda crisis está comenzando a asomar nuevamente algún esbozo de recuperación de la solidaridad y la coexistencia social, superadores del individualismo egoista de mercado, lo cual indica que el proceso aún no está resuelto. Es en este contexto, que los cientistas sociales deberíamos asumir un nuevo compromiso solidario abandonando todo vestigio de individualismo utilitarista y desencanto posmoderno, articulando el trabajo intelectual con las diferentes estrategias comunitarias de construcción de un nuevo modelo de sociedad, y de esta manera quizás, realizar un aporte para "que venga lo que nunca ha sido", tal cual algunos graffitis callejeros del 19 y 20 de diciembre.

 

Notas

1) Toni Negri y Michael Hardt, Empire, Harvard University Press, 2000.
2) Al respecto de la renovadas estrategias hegemónicas de los EEUU en América Latina, ver el trabajo de Ana Esther Ceceña (2002).
3) Un evidente ejemplo de este proceso lo constituye la intromisión absoluta del FMI (es decir de la administración republicana estadounidense comandada por G.W. Bush y P. O´Neill) en la política interna de Argentina al imponer, además de las típicas recetas de ajuste económico, la derogación de leyes nacionales (subversión económica y ley de quiebras) para permitir tanto un incremento de los beneficios de los grupos económicos concentrados así como para generar un manto de impunidad hacia las estafas perpetradas por estos.
4) Esto se refleja a traves de la comparación de la estructura social argentina entre los años 70 y el 2000. Los sectores de ingresos medios retrocedieron del 65 al 45% de la población total, mientras que los pobres estructurales también se redujeron del 30 al 20%, y surgió el fenómeno de los nuevos pobres, que alcanza a uno de cada tres argentinos. Los datos para el año 1974 son: pobres estructurales, 30%; medios bajos, 20%; medios plenos, 35%; medios altos, 10% y altos, 5%. Para el año 2000: pobres estructurales, 20%; nuevos pobres, 30%; medios bajos, 15%; medios plenos, 20%; medios altos, 10% y altos 5%. (fuente: H. Verbitsky, Página 12, 20 de enero de 2002)
5) Henri-Benjamin Constant de Rebecque: La libertad de los antiguos comparada con la de los modernos, 1819.
6) De aquí el ferviente apoyo de muchos comunicadores sociales del establishment al voto nulo o voto en blanco, visto como primer paso del abstencionismo, en las últimas elecciones del 2001.
7) La importancia de la desigualdad deviene al presuponer la existencia de diferencias irreconciliables entre los hombres que hacen que cada uno busque su propio e individual interés, es por esto que la igualdad ni es deseable ni es posible.
8) Un muy interesante análisis de las complejas relaciones entre mercado y capital puede verse en: Jacques Bidet, Teoría de la modernidad; Buenos Aires, Ed. Letra Buena – Ed. El Cielo por Asalto, 1993.
9) Sobre este punto, tratado en extenso, vale remitirse a los ya clásicos trabajos de Eric Hobsbawn, Naciones y Nacionalismo desde 1780, Barcelona, Crítica, 1991; y de Michael Mann, Las fuentes del poder social, II, Madrid, Alianza, 1997.
10) Uno de los ejemplos más paradigmáticos y mass-mediaticos de intelectuales abrazados a las tesis posmodernas, lo constituye sin dudas Beatriz Sarlo. Ver por ejemplo Escenas de la vida posmoderna, Buenos Aires, Ariel, 1994.
11) Si bien ya posee algunos años, es muy clarificador sobre el tema de los populismos en América Latina, el trabajo de Octavio Ianni, La formación del Estado populista en América Latina, México, Era, 1980.
12) Este proceso de mercantilización absoluta de la realidad ya fue adelantado por Horhkeimer y Adorno a través del concepto de "racionalidad instrumental". (Horkheimer, M.: Crítica de la razón instrumental. Buenos Aires, Sur, 1969; Horkheimer, M. y Th. Adorno: Dialéctica del Iluminismo. Buenos Aires, Sudamericana, 1969.)
13) Rapoport, M.: De Pellegrini a Martinez de Hoz: el modelo liberal. Buenos Aires, CEAL, 1988.
14) Sobre el estado actual de la deuda externa y el dafault ver, G. Gigliani, "La explosión de la deuda externa", Cuadernos del Sur, nº 33, 2002.
15) Muchos otros intelectuales y técnicos junto a empresarios fundan los diferentes centros de adoctrinamiento neoliberal como FIEL, CEMA, Universidad de San Andrés, Universdad Di Tella, etc.
16)
El grupo de intelectuales del así llamado "Club de Cultura Socialista" puede ser un ejemplo de este proceso. Y para profundizar un poco más sobre el rol jugado por los intelectuales durante todo este período neoliberal es interesante el aporte realizado por José Nun, Democracia ¿Gobierno del pueblo o gobierno de los políticos?. Buenos Aires, FCE, 2000.
17) Aunque no llegue a ver la conversión de la política en una mercancia, Basualdo hace algunas referencias interesantes al papel estructural de la corrupción dentro del modelo de acumulación neoliberal argentino (Basualdo, E.: Sistema político y modelo de acumulación en la Argentina. Buenos Aires, UNQ-FLACSO-IDEP, 2001).
18) A. Bonnet presenta un interesante análisis de las elecciones del 2001 como una expresión más de la crisis argentina (A. Bonnet, "Elecciones 2001: nadie vota a nadie", Cuadernos del Sur, nº 32, 2001).
19) Es importante puntualizar que el amplio apoyo por parte de las grandes mayorías de la población al plan de privatización de todas las empresas de servicios públicos encarado por el peronismo, fue otra expresión de la desconfianza hacia la política. Así, se apartaba al Estado de la gestión y administración de la cobertura a necesidades esenciales entregándosela al mercado, considerado eficiente y hasta justo.

 



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