Revista THEOMAI   /  THEOMAI   Journal
Estudios sobre Sociedad, Naturaleza y Desarrollo / Society, Nature and Development Studies

 

número especial (invierno de 2002)  
special issue  (winter of 2002)

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Crisis del capitalismo, formas de conciencia y resurgir de la acción colectiva

 

Marcelo Gómez*


* Centro de Estudios e Investigaciones, Universidad Nacional de Quilmes. E-mail: mgomez@unq.edu.ar

 

Acerca de la crisis

Después del 19 y 20D y más de 3 años de recesión nadie duda que la sociedad argentina, está atravesando un proceso crítico. Curiosamente la misma etimología asocia la noción de crisis con Argentina: el origen de la palabra proviene del crisol (hcripsis) en el que se fundían los metales separando el oro o la plata (el argentum) del resto de impurezas mediante el calor. Así, por desplazamiento de sentido, terminó significando separación, desgarramiento, y depuración (1).

Pero el hecho que la historia misma de los últimos 50 años -por no decir de todo el siglo XX- esté tan asociado a crisis irresueltas o recurrentes termina por vaciar de contenido al concepto o incluso lo niega y lo vuelve su contrario: la crisis es quizás la forma misma de la sociedad argentina. Una forma que no llega a terminar de empezar ni a empezar a terminar. Los modos manifiestos de esta percepción de país anómalo se expresan de manera diversa: desde los economistas académicos tanto extranjeros como nativos que dicen que "existen 3 clases de países capitalistas: los comunes, Japón que nada explica porque es una potencia económica, y Argentina que nada explica porque es un país subdesarrollado", hasta los funcionarios de los organismos internacionales que nos mandan al diván. Para los simples mortales argentinos la crisis es vivida muchas veces como la mera imposibilidad del cambio: es decir una crisis que no es crisis puesto que carecería del momento esencial, a saber, la depuración, la apropiación de la sustancia con la que moldear la historia. En este sentido, la crisis debería actuar disolviendo la estructura y mostrando la verdad interna de la misma a sus atribulados componentes (2). La crisis es un momento privilegiado, hace visible, permite la mediación reflexiva de las determinaciones de la estructura y genera las condiciones para el surgimiento de nuevas subjetividades colectivas o formas de percepción, apropiación simbólica y acción. Las situaciones de descomposición convocan al lugar del sujeto: lugares simbólicos y reales desde donde el conjunto pueda pensarse como reapropiándose a sí mismo, lugares del "rehacer" para conquistar una nueva unidad y no simplemente para reponer una unidad perdida.

Las estructuras "estructuran" al sujeto poniéndoles un desafío, haciendo una pregunta, requiriendo una respuesta que obliga a que el sujeto interrogue a la estructura. En cierto sentido el sujeto adviene como una conciencia de la estructura, de sus dislocaciones. "Preguntando caminamos" dicen los zapatistas. En última instancias las crisis consuman la presencia de esta ausencia: la crisis demuestra la contingencia del orden, su radical dependencia de la intervención de los miembros de la sociedad, su absurdo y su insostenibilidad por sí.

Pero también la crisis es un producto de las acciones mismas: en un sentido estricto nos percatamos o asumimos la crisis como situación excepcional cuando se rompen y rompemos patrones de conducta esperados a sabiendas que con ello seguramente agudizamos los efectos críticos (3). La crisis hace que rompamos los lazos que definen lo esperable, lo deseable y lo posible, abriendo lo social y nuestro propio comportamiento a la incertidumbre. En la crisis los comportamientos sociales, y sobre todos los colectivos, apuntan a profundizarla. En última instancia hay crisis cuando hay comportamientos críticos que reproducen y amplifican la crisis demostrando la insostenibilidad del orden vigente. Y no son solamente los sectores que padecen más profundamente sus consecuencias los que se ven impelidos a profundizarla, sino que los mismos sectores dominantes muestran que una de las últimas formas en que pueden ostentar su poder es justamente la capacidad de "transferir costos a otros" puesto que en las crisis es común que los que más tengan para ganar sean los que tienen menos para perder (Elster, 1993:11). La crisis se instala entonces como dialéctica perversa en los comportamientos de los sectores sociales y cómo una realimentación viciosa entre la crisis económica y la crisis política. Esta clave dinámica es la que genera el espacio y la significación ordenadora a las intervenciones de masas habida cuenta de que la ruptura con "lo esperado" tiene dos aspectos: el cuestionamiento creciente al orden existente y la predisposición colectiva para alterarlo (4).

La puesta en cuestión del orden por sus agentes no significa otra cosa que lo que ha quedado fuera de las contingencias durante años, ahora comienza a formar parte de las contingencias mismas. Normalmente una sociedad soporta sus contradicciones sobre la base de una sustracción de las reglas constitutivas del orden que la sostiene al desafío de sus integrantes disconformes. Crisis significa entre otras cosas que las reglas de acumulación/distribución -y también las reglas constitutivas del orden político- ya no están al margen de las luchas sino que están expuestas duramente a las mismas. Lo que durante más de una década estuvo al margen de las discusiones y los enfrentamientos, ahora emerge desnudo, frágil y sobre todo cuestionado en el discurso y en la práctica por parte de cualquiera de los actores sociales y políticos principales. Es por esto que la irresolución política de la crisis, a saber, la indefinición acerca de quiénes y cómo toman qué decisiones de cambio de orden, explica la incoherencia política y la inestabilidad económica explosivas.

El principal efecto subjetivante de la crisis sobre la conciencia es la inversión: los sujetos dejan de verse como subordinados a un orden, y pasan a ver la posibilidad de un orden subordinado a ellos (5).

Este ver la precariedad y lo ilusorio de un orden y las posibilidades ordenadoras de la propia intervención colectivas constituyen "las posibilidades ópticas" abiertas por las crisis y que permite ingresar al territorio de la conformación de nuevas subjetividades, prácticas sociales y políticas, y hace posibles nuevas y diversas articulaciones político-discursivas.

La génesis de la inversión parte del descontento generalizado y su presencia siempre implica la aparición de percepciones e ideas nuevas que tienen impactos sobre la acción colectiva. El paso del descontento a la movilización (Skopcol, 1984: 171) en cierta medida está vinculado al proceso de formación del descontento y de gestación de nuevas formas de legitimidad y orden vinculados a lo colectivo. La gestación de una conciencia de la vulnerabilidad y la ilegitimidad forman parte del abandono del conformismo o la resignación y el paso a una voluntad de cambio o acción transformadora. Este proceso ha sido caracterizado por algunos autores como "liberación cognitiva" (McAdam et al, 1999: 21 y ss) por el cual acontecimientos y eventos son trabajados y sirven de base para resignificar el sentido de procesos sociales generales y poner en cuestión la propia situación frente a ellos. El enmarcamiento crítico de experiencias o acontecimientos pueden llevar a pensar que "las cosas podrían ser de otra manera" (6). Estos procesos son muy importantes para explicar las características de la movilización. Grupos que comparten experiencias en contextos críticos o que están en el centro de los procesos pero no logran beneficiarse de los cambios como esperaban son los motores de activación de procesos de masas (Munck, 1995: 24-30). En este sentido los procesos por los que atraviesan los sectores medios y los trabajadores desocupados constituyen focos de atención superlativamente interesantes.

Veamos un poco como puede estudiarse esto, cuales fueron los procesos de develamiento a lo largo de las últimas crisis del capitalismo argentino.

Las impugnaciones públicas masivas de las clases populares desde hace ya varios años y de las clases medias más recientemente, sumadas a las diputas entre los principales beneficiarios del orden de acumulación/distribución anterior para responder por los costos de la crisis, y por el aprovechamiento de las oportunidades que abre, configuran el rasgo principal del contexto en el que se sumergió la sociedad en el último año.

Las situaciones de apertura de las reglas de orden económico a la lucha social y política son excepcionales en la historia y configuran las condiciones necesarias del aprendizaje y la innovación en las intervenciones de los actores, y de la formación y cambio de identidades políticas y societales. El vuelco de la opinión pública y los procesos de conciencia colectiva y producción de nuevos sentidos son elementos de primera magnitud en circunstancias como estas. No puede analizarse la política y la acción colectiva sin el enmarcamiento en las formas de conciencia colectiva que se van desarrollando con la crisis misma.

Esperamos realizar nuestra contribución con algunas reflexiones y análisis que abordan en general la problemática de la naturaleza de la crisis y de su inescindible proceso de movilización de masas, pero prestando particular atención a dos aspectos interesantes desde el punto de vista teórico en virtud de que unen lo estructural y lo político en la acción colectiva: las percepciones o la visibilidad de la estructura desde distintas posiciones sociales (7) y los repertorios de acción colectiva asociados a dichas percepciones. ¿Cuál es la naturaleza de la crisis y de las formas de conciencia asociadas a la movilización de masas?, ¿Cómo se hace visible la crisis misma y cómo la perciben los sectores sociales activados?.

 

La conciencia desgraciada del capitalismo

¿Cuáles son las formas de conciencia que metaforizan el patrón de acumulación en la Argentina?

Podríamos empezar diciendo audazmente que la forma general de la conciencia del capitalismo argentino es la conciencia desgraciada (8): nunca llega a unificarse consigo, traicionándose a sí mismo continuamente permanece en un desdoblamiento irresuelto en el que es lo contrario de lo que dice y dice lo contrario de lo que es. De esto tenemos rastros lejanos desde las diatribas de Alberdi (9) y Sarmiento contra la inconciencia de las clases dominantes hasta los lamentos del periodista M. Grondona para el cual nunca terminamos cabalmente de "ser capitalistas" en serio. Su ser siempre está más allá de sí y para alcanzarlo echa mano a recursos que lo terminan alejando nuevamente (10). A la inversa, vemos los mismos rastros de la inconclusión del capitalismo local en Macri reclamando al Estado un "proyecto industrial nacional" ... y que el estado se haga cargo de la licuación de los pasivos empresarios (11). En el mismo sentido, la oposición al menemismo ha hecho eje en la denuncia del carácter de este "modelo" de capitalismo "político", "negro", "mafioso", "perverso", "turbio", "poco serio", y otras expresiones menos elegantes.

Las distorsiones de la evolución del capitalismo en la argentina han sido detalladas muchas veces (Braun, 1973 y Diamand, 1979): la acumulación de capital siempre dependió de diversos subterfugios: el contrabando, la renta agraria, la intermediación comercial, la especulación con tierras, la apropiación de los ingresos de aduanas, el endeudamiento con el exterior, la intervención del estado en las transferencias de ingresos alternativamente a favor de los sectores urbano industriales y agrario-exportadores, la emisión monetaria para sostener las tasas de rentabilidad y, por último, la captación de ahorro externo bajo las políticas inspiradas en el enfoque monetario de la balanza de pagos: el ingreso de capitales líquidos al sector publico y privado. Todos cumplieron la misma función: incentivar procesos de acumulación precarios, artificiosos, dependientes, descentrados o extravertidos. La valorización de ganancias y activos se mide con parámetros de los países centrales y tiende a descentrarse de las condiciones que la hacen posible. Esto deriva en el carácter episódico, depredador, rentístico, cambiante (distintos sectores ganadores pero casi siempre los mismos actores, los mismos apellidos) y con escasos niveles de ahorro interno e inversión privada doméstica que es la característica principal, aun en épocas de expansión (12).

Sin las muletas o andamiajes político-estatales que hagan posible el proceso de acumulación privada favoreciendo o garantizando el acceso a los "negocios" y a la externalización de la acumulación, esta no parece ser posible por sus propios medios.

La economía argentina arrastra una contradicción estructural: la generación de divisas se asienta en sectores y actividades que son independientes y aun contradictorias con el nivel de actividad y de la demanda agregada interna. Es específico de la estructura económica argentina resultante de un proceso abortivo de industrialización, que la importación tenga una elevadísima elasticidad respecto del PBI y del nivel de actividad interna, generando un crecimiento con estrangulamiento cíclico de la balanza comercial y de pagos (O`Donnell, 1976, Diaz Alejandro, 1975) y una feroz disputa por la disponibilidad de divisas.

Las condiciones en que se desenvuelven los procesos de acumulación y el patrón de inserción internacional de nuestra economía siempre han dificultado la legitimación política interna del llamado modelo de "desarrollo hacia fuera" basado en exportaciones de productos con ventajas comparativas, pero el modelo de desarrollo industrial por sustitución de importaciones también ha mostrado dificultades de legitimación enormes a partir de mediados de los ’70.

La disputa por la distribución del ingreso con sus secuelas inflacionarias y desestabilizadoras más los problemas de balanza de pagos: endeudamiento, fuga de capitales y déficit, fueron iluminando los dilemas del capitalismo argentino en la conciencia ciudadana.

Mientras el desarrollo hacia fuera era insostenible política y socialmente hacia adentro, el desarrollo hacia adentro era insostenible económicamente hacia fuera, sobre todo porque en última instancia se mostró absolutamente dependiente de la disponibilidad de divisas y financiamiento. No hay solución que armonice los pares de relación Estado/Desarrollo y Estado/Masas que son las claves de toda construcción hegemónica. La conciencia desgraciada se da en la percepción de la ausencia de reglas de acumulación/distribución que permitan estabilidad duradera. La politización de la economía y la focalización de toda acumulación en el estado son las indisimulables marcas de un capitalismo que "no cierra" y en el cual la divergencia abismal entre las necesidades de la acumulación y las necesidades sociales y políticas adquiere un cariz unas veces dramático y otras veces trágico.

El examen de las distintas alternativas históricas por las que atravesaron las contradicciones del orden de acumulación /distribución y sus sucesivas crisis son fundamentales para comprender la constitución de formas de conciencia y de estructuración de la organización y la acción colectiva (13).

 

Crisis y formas históricas de conciencia y acción colectiva

Las crisis brindan importantes pistas acerca de las formas de visibilidad o develamiento de las estructuras y las formas de intervención de masas y acción colectiva. Toda crisis supone "salidas" ya para las clases dominantes ya para las populares. Por otra parte, es claro que las construcciones hegemónicas o al menos los intentos de estabilizar sistemas de dominación luego de las crisis agudas siempre intentan reformular el tipo de vínculo Estado/Masas y Desarrollo/Masas (Portantiero, 1985: 291 y ss) y por lo tanto cualquier intento de salida de la crisis siempre implica alguna clase de combinación entre una política hacia las masas por parte de las clases dominantes y una política de masas hacia el Estado y las clases dominantes. Toda crisis supone cierre o entornamiento de posibilidades para ciertos tipos de acción colectiva y la apertura para otros, lo que supone cambios en la posición de las masas ante el Estado y la acumulación.

En este sentido, conviene releer aunque sea esquemática y rápidamente el desenvolvimiento de las crisis del último cuarto de siglo desde el punto de vista de la articulación estado/acumulación/masas, y los fenómenos de enmarcamiento (formas de percepción, contextualización, etc.) de la acción colectiva propios de cada una de ellas.

 

La inflación como conciencia del poder de las masas frente a la acumulación y la política

Desde el punto de vista económico, la crisis del ´75/76 muestra la inviabilidad del intento de seguir evitando las caídas de los niveles de rentabilidad e ingresos reales de la población sobre la base del déficit fiscal, el impuesto inflacionario y los subsidios estatales derivados de la emisión monetaria y las transferencias de ingresos que habían caracterizado las políticas económicas desde fines de los ´60. Veamos cuales son las implicancias de la "conciencia inflacionaria", en tanto que proceso enmarcador, para la perspectiva de las clases populares y para los posicionamientos y las formas de acción colectivas.

La inflación en tanto que efecto de visibilidad muestra a los agentes sociales una forma de estructuración de los conflictos centrales de la formación social. En los ‘ 60 hasta mediados de los ‘ 70, el fenómeno inflacionario significa la marca sobre la moneda de la lucha por el excedente a partir de la presión de los diversos sectores en condiciones de cierta paridad de fuerzas que es convalidada por el estado con emisión monetaria. El estado reciclaba y reproducía pero al mismo tiempo permitía descomprimir las presiones por la pugna por la distribución del ingreso. La conflictividad política derivada de la proscripción del peronismo y la débil legitimidad del sistema político resultante suponía una lucha por el poder que sobredeterminaba la política económica. La inflación podía ser leída también como un regulador estatal del conflicto político: la concesión salarial implicaba una válvula de escape de la presión política que realimentaba más presiones económicas sobre el estado.

La moneda y el régimen de acumulación (derechos y dispositivos de apropiación del excedente) se basan en la mínima continuidad y estabilidad de relaciones de fuerzas sociales (14). La inflación implica la imposibilidad de la autoridad política de hacer aceptar una estructura mínimamente estable de precios relativos y en consecuencia las instituciones y prácticas corrientes tienden a convalidar la pugna de ingresos: actualizaciones salariales, indexación de precios, emisión monetaria, protección arancelaria, etc.

La inflación es la manifestación de una forma de la lucha de clases que privilegia la organización y la acción sindical frente a los empleadores y gobiernos vulnerables como estrategia principal centrada en la obtención de incrementos salariales y de ventajas políticas y corporativas. Conforma y se alimenta por un tipo de creencias generalizadas y cálculos de expectativas específicas respecto a la visión del régimen de acumulación como permeable o sometido a presiones sectoriales, incluidos los sectores populares encabezados por la clase obrera organizada. La inflación legitima el conflicto al mismo tiempo que muestra que la fuente de acumulación reside en la misma fuerza de trabajo. La inflación es vivida como la forma del empresario de quitarle como consumidor lo que le da como patrón. La protección del salario real parte de la lucha frente al empresario que se radica fundamentalmente en el seno de la producción, en el lugar de trabajo: las relaciones sociales de producción son el ámbito inicial del conflicto distributivo que luego es desplazado hacia el estado, mediado por los avatares de las coyunturas políticas.

La solución inflacionaria a la puja distributiva significaba también que la autoridad política o los detentadores del poder del estado se quedaban con la última palabra: la emisión monetaria y las diversas formas de financiamiento espúreo de gastos públicos y privados convertían al estado en el verdadero regulador final de la relación trabajo/capital. El estado convalida esa dinámica de clases sobre todo por los riesgos de las derivaciones políticas de no hacerlo. La acción colectiva tendía a aprovechar la capacidad de intervención económico-corporativa de la clase trabajadora, y también la debilidad política e institucional de sus antagonistas de clase y la escasa legitimación de las autoridades políticas, factores que brindaban toda clase de oportunidades para aprovechar ventajas y traducirlas en términos de condiciones de trabajo, salarios y sindicalización.

En realidad, la inflación deriva en la visión inmediata para todos los sectores de que la resolución de conflictos de intereses en todos los intercambios deriva tanto del "poder de mercado" para fijar el precio como de la capacidad de presión y amenazas sobre el poder político de turno. El pleno empleo, las fuertes organizaciones sindicales, y la debilidad política garantizaban que el poder político-corporativo de la clase trabajadora asalariada era favorable o al menos suficiente para equilibrar situaciones.

La inflación define formas no mediadas o débilmente mediadas del conflicto económico de intereses y rentabilidad (estructura de precios relativos industrial/agropecuario) en general y de la lucha de clases en particular (precios y salarios). Combinada con la debilidad política de los gobiernos alimenta posicionamientos populares dentro de claves discursivas surcadas por antagonismos irreductibles (pueblo/oligarquía).

Las formas prototípicas de acción colectiva en este marco estaban encarnadas en el "vandorismo" llevado adelante por la mayor parte del sindicalismo peronista que respondía fundamentalmente al contexto inflacionario, y la guerra revolucionaria popular llevada a cabo por organizaciones clandestinas armadas que respondía fundamentalmente al contexto de dictaduras militares y sistemas políticos débiles.

La forma paradigmática de la acción colectiva obrera era el sindicalismo "vandorista" (15). Constituía el modelo de acción sindical en nuestro país. Se basa en el énfasis en la capacidad organizativa como factor de independencia para dirimir intereses en el campo de las relaciones de fuerzas mediante las capacidades organizativas y de movilización antes que a los compromisos o la participación política. El conocido "vandorismo" clásico de los metalúrgicos de los ´60 se suele confundir con corporativismo por su falta de apego a las reglas del sistema político. Su grado de independencia política frente al Estado y demás actores políticos no significa que su papel político no fuera importante: las coyunturas de debilidad política e ilegitimidad sumadas a las debilidades políticas y organizativas empresariales eran plenamente consistentes con una estrategia de movilizar para ocupar espacios políticos y obtener ventajas y concesiones tanto desde el Estado como desde el empresariado.

Desde el punto de vista de la acción colectiva y la organización se puede decir que más que burocracia lo que define al vandorismo es el "aparato" (expresión corriente de la jerga sindical), que puede traducirse como amplio y preciso control de recursos y de gente. El Plan de Lucha con ocupaciones programadas de 11.000 establecimientos, en total orden y sincronización en 1963 fue un alarde de este poder y control. Sin embargo, el onganiato demostrará que esta capacidad organizativa y de movilización disciplinada de masas aplicada a la solución inflacionaria del reclamo salarial y al crecimiento organizativo solamente se vuelve eficiente ante una autoridad política débil y un sistema político lábil (16).

Dentro del registro imaginario del peronismo, el "poder" sindical reside en la capacidad de "manejar" de manera vertical, precisa y disciplinada, la fuerza de trabajo, sobre todo de las grandes concentraciones industriales. Una legitimidad de la autoridad sindical superior a la patronal y una identidad obrera con valores de justicia muy fuertes y arraigados por sobre los valores empresariales de eficiencia, responsabilidad y sacrificio. La capacidad de intervención sindical en el proceso de trabajo, de perturbación del orden productivo, de amenazar la rentabilidad del capital y de imponer la "soberanía" sindical en la fábrica, eran en definitiva los rasgos que tanto atrajeron del viejo y pujante vandorismo con su arsenal de formas de presión al capital: paros, rotativos, por sorpresa, con ocupación, por secciones, por turnos, etc. El Plan del 63 fue la generalización sistemática de este mismo repertorio. El poder que ejercía el sindicalismo vandorista era la de dejar una marca, un recuerdo inquietante por su multiformidad: la marca de que no hay producción sin trabajo, no hay orden ni disciplina ni sumisión sin sindicato, no hay acumulación de capital sin orden en la producción, no hay gobierno sin acumulación de capital, y no puede haber política sin peronismo. En este sentido, su estrategia era completamente transversal y comenzaba en la presencia fuerte en los lugares de trabajo para luego integrar de acuerdo a las circunstancias los impactos políticos específicos y la negociación de ventajas. El vandorismo encajaba de manera muy eficiente en un escenario en dónde la capacidad de movilización y organización podía tener un precio alto tanto en términos económicos como de cotización política.

Dentro de la multiformidad del sindicalismo argentino la "forma vandorista" puede decirse que fue relativamente exitosa y es la que opera como el modelo de referencia (hegemónico) de accionar sindical. Se la percibe como un sistema de acción "virtuoso" dentro de un régimen de acumulación basado en la sustitución de importaciones con burguesías internas débiles y un sistema político deslegitimado y electoralmente vulnerable al peronismo. Bajo estos parámetros, el vandorismo aparece como la forma de intervención que permite maximizar ventajas organizativas y reivindicativas canalizando políticamente las elevadas capacidades de movilización económica y reivindicativa que había logrado y su amenazante papel de representación del peronismo. Sus limitaciones son conocidas: nula capacidad política cuando hay equilibrios o relaciones de fuerza adversas, no hay política de acumulación de poder más allá de la organización sindical, tendencia al bastardeo de partidos políticos, ceguera para alianzas sociales con grupos no poderosos que son tomados como "carga" o amenaza, el privilegio al control férreo y centralizado del "aparato" le impide mayor flexibilidad interna y capacidad de contención de nuevas identidades políticas y sociales. Por otro lado, el alto grado de exposición de sus intervenciones tanto de la base como de la organización ("mover el aparato") tiene consecuencias costosas en luchas adversas: lo que lo hace poderoso en situaciones favorables lo liquida en las desfavorables.

El abuso al recurso del "aparato" los hace faltos de ductilidad en la arena política con una tendencia manifiesta al alineamiento automático con el partido justicialista y a una cruda y desgastante disputa de espacios internos dentro del mismo.

Está claro que este tipo de orientación y patrón estratégico de utilización de capacidades entró en franca decadencia al deshacerse el escenario en donde este tipo de sistema de acción obtenía buenos resultados como intervención eficiente. La imposición represiva de la disciplina laboral durante la dictadura, y más tarde la fortaleza relativa de los empresarios (desempleo, desindustrialización, precarización y bajos salarios), la legitimación democrática del gobierno y la institucionalización de un sistema político, su pérdida de gravitación dentro mismo del peronismo y su aislamiento respecto de otros sectores sociales contribuyeron a su paulatina decadencia.

También contribuyó a su fracaso el bastardeo de organizaciones mayores como la central sindical a la que somete a su estrategia de aparato para que haga de cobertura, resguardo o amparo "político-social", y la rigidez en los repertorios de acciones reivindicativas que descansan en el "aparato" y su capacidad de movilizar a las bases.

La crisis aguda de pérdida de capacidad de intervención y gravitación ya la había sufrido el propio Vandor en sus pulseadas con Perón y para inicios de los ´70 la incorporación al peronismo y la movilización de nuevos actores colectivos (formaciones especiales armadas, la JP, estudiantes, etc.) terminan opacando y restringiendo al máximo el centralismo y la eficacia de la intervención sindical en el plano político. Esto se observa claramente en la lucha por las candidaturas en 1972, en donde se ven desplazados con una increíble facilidad, y lo que es peor casi eclipsados no solo del movimiento popular sino por el mismo Perón que luego los somete a un acuerdo general de precios y salarios. La debilidad del gobierno de Isabel Perón les otorga un nuevo protagonismo de movilizaciones y paros en contra del llamado "Rodrigazo" en junio/75. En 1983 con el retorno a la democracia y haciendo uso de un control importante del Partido Justicialista, recibe las primeras señales de pérdida de legitimidad política con la silbatina estruendosa que recibe L. Miguel en el acto del 17 de octubre en plena campaña electoral, y posteriormente a la derrota en los comicios son identificados como "los mariscales de la derrota" y van resignando de manera paulatina espacios e influencia dentro del peronismo político liderado por la llamada "renovación". Los riesgos de aislamiento político prolongado o luchas favorables sin resultados políticos importantes son propios de esta estrategia.

Los primeros signos de decadencia de la forma vandorista durante el onganiato van dando lugar a otras formas de canalizar la acción colectiva desafiante de las masas.

Durante de la década del ’60 y de la mano de la organización celular y clandestina ya se había venido desarrollando sobre todo en conexión con organizaciones sindicales un tipo de grupos peronistas "combativos" que tuvieron a su cargo la llamada "resistencia peronista". Este tipo de organizaciones constituiría el antecedente de las organizaciones revolucionarias de la década siguiente. Su rechazo a toda forma de "integración" o negociación de ventajas dentro del sistema político y el patrón de desarrollo económico los diferenciaba del vandorismo. Algunos se identificaban como "sindicalismo de liberación". Otras experiencias como las del sindicalismo clasista cordobés de inspiración ideológica no peronista, también ofrecían nuevos patrones de acción colectiva. La CGT de los Argentinos y los audaces programas de La Falda y Huerta Grande y una metodología agitativa y de movilización activa y permanente los identificaban en un sentido amplio.

La resistencia peronista y la radicalización ideológica de extensos grupos de estudiantes y capas medias intelectuales fueron dando forma al otro tipo de acción colectiva e intervención política de masas de la época y que verdaderamente alternativizaba al vandorismo: era la desarrollada por las llamadas organizaciones revolucionarias que incluían variadas combinaciones de guerra de guerrillas urbana (orientada al desgaste de las fuerzas armadas, la autoridad política y los sectores empresariales), participación en partidos políticos o en sectores internos, agitación social en barrios, lugares de trabajo, universidades, etc. Inspirados en las experiencias china, cubana y del vietcong su estrategia pasaba por "crear" las condiciones de una insurrección popular asociando la administración de la violencia revolucionaria con los movimientos de masas. La combinación de elementos militares con políticos, de organización clandestina y "frentes de masas" con participación en partidos, elecciones e incluso cargos estatales de gobierno (17), es quizás la nota más característica del Mov. Peronista Montoneros y les brindó durante el periodo "ascendente" de las luchas de masas (1968-1973) un enorme éxito en materia de crecimiento cuantitativo tanto en reclutamiento como en recursos, además de una notoria flexibilidad táctica que le permitía capitalizar en términos políticos sus éxitos militares y potenciar el "aparato" militar a medida que aumentaba su inserción política. La ilegitimidad del gobierno, su ineficacia económica y aislamientos social y político hacía muy difícil sostener una política represiva permanente. Las acciones de lucha armada demostraban todo el tiempo la debilidad política de la dictadura y de las clases dominantes cuya estrategia para frenar la movilización de masas bajo consignas radicalizadas comenzó a ser realizar concesiones y tratar de negociar con Perón, los sindicatos y los partidos políticos. Pero este retroceso estratégico lejos de aislar a las organizaciones revolucionarias les dio mayores réditos de inserción dentro del peronismo. Puede decirse que entre el Cordobazo y la asunción de Perón el escenario político y los posicionamientos y estratégias de todos los actores relevantes estuvieron determinados por el protagonismo de las organizaciones revolucionarias.

El "aparato" suponía no solamente una organización jerárquica y disciplinada de tipo militar sino una notable capacidad -en términos de militancia y recursos- de convocatoria a la adhesión, colaboración y movilización de amplios sectores en torno a ejes políticos de transformaciones revolucionarias. Gran parte de los evidentes progresos en su política de masas derivaba de los posicionamientos simbólicos e ideológicos como depositarios de la confianza del líder y de canalización de la lucha del pueblo, intentando erigirse en detentadores privilegiados de la identidad peronista sustancializada que los alejaba del pragmatismo vandorista.

La inserción en los movimientos populares les brindaba "llegada" y legitimidad ante las clases populares movilizadas y una cobertura ideológica maximizada por el desprestigio de los partidos políticos tradicionales y los sindicatos que aparecían como impotentes y genuflexos ante la dictadura. Sin embargo, se hizo evidente que la relegitimación del poder político con el triunfo electoral del peronismo, la deslegitimación dentro del movimiento popular de las opciones no institucionalizadas, el enfrentamiento con la dirigencia sindical primero y con el mismo Perón después, terminaron por reducir su protagonismo, profundizar su aislamiento degradando la acción militar convertida ahora en gran medida en una interna violenta del peronismo.

La virtual expulsión del peronismo de las organizaciones revolucionarias en el acto del 1 de mayo de 1974 y la apelación del viejo líder a los "dirigentes sabios y prudentes" son claras apelaciones a la deslegitimación de las formas de movilización, organización y acción colectiva de masas que no se subordinen a la autoridad política. En el mismo sentido va la exhortación a que se afiliaran a otros partidos o que formen uno propio. Por primera vez el estado de masas que se nutría de las organizaciones de masas y su movilización aparece refractario a una parte de las mismas, desgarrando el imaginario revolucionario del peronismo. El discurso de Perón en la apertura de sesiones del Congreso, "Bases para el Proyecto Nacional", poco después muestra claramente que la movilización de masas no cumplía ya ningún papel destacado: es el antecedente más lejano de la teoría de la gobernabilidad. Perón apostaba sin dudar a la autonomía de las mediaciones y a una arquitectura de procesamiento y tamización de demandas e intereses dentro de un conjunto armonizable.

Las correspondencias con las debilidades del vandorismo son varias: dependencia de los aparatos, de la legitimidad alcanzada dentro del peronismo y ante el líder, y de la ilegitimidad y vulnerabilidad del poder político; también: rigidez para las alianzas y limitado repertorio de acción colectiva ante un poder político fuertemente legitimado y dispuesto a la represión por todos los medios.

Tanto en el vandorismo como en las organizaciones revolucionarias se producía un curioso círculo vicioso/virtuoso según el momento: la acción colectiva y el uso de la fuerza eran en sí mismos recursos políticos fundamentales. La "demostración de fuerzas" era el medio fundamental de la acumulación política en los "aparatos". Tanto las huelgas generales de masas como la propaganda armada o los copamientos de localidades eran formas de subordinar la acción colectiva a la alimentación de una fuerza político-militar o político-corporativa. Las acciones de masas eran instrumentales en relación a la lucha por el poder del estado.

El hundimiento del Plan Gelbard y la muerte de Perón muestran que era su figura y liderazgo lo que mantenía "gobernable" un conjunto de fuerzas que no habían atinado a desarrollar capacidades hegemónicas ni resuelto sus contradicciones fundamentales. La crisis económica desatada a mediados de 1975 con perfiles hiperinflacionarios muestra que el modelo de desarrollo "hacia adentro" conducido por los agentes políticos de las clases populares (18) había fracasado estruendosamente. En ese año resurge una actividad sindical y territorial (coordinadoras) que se oponen a las medidas económicas y que tampoco se encuadran verticalmente en los grandes sindicatos ni mucho menos en el peronismo político.

 

El autoritarismo militar y la especulación financiera: conciencia de una acumulación sin política ni masas

La salida de esta crisis es conocida: la inflación combinada con desintegración del poder político propició la intervención militar represiva con supresión de todas las formas de acción colectiva. El lugar de la voluntad colectiva es sustituido directamente por un estado militarizado que se arroga el derecho de intervenir sobre los actores sociales para neutralizarlos. La intervención colectiva sobre el orden social queda ilegalizada (19) y el orden pasa a ser materia exclusiva de un estado autoritario que encarna un imaginario reconstituyente de la legitimación del poder de las clases dominantes a partir de la necesidad de introducir profundos cambios en la estructura económica y en la distribución de poder social con el objetivo indisimulado de desmantelar para siempre las bases de la acción colectiva de las clases amenazantes: justamente el tradicional poder sindical y las organizaciones revolucionarias (20).

La dictadura no llega tanto para suprimir la vigencia de la maltrecha institucionalidad democrática –que desde la muerte de Perón y aún antes era bastante precaria (21) - sino las formas más potentes de la acción colectiva de masas (22).

Estos cambios van a tener incidencia decisiva en el patrón de la relación Estado/Economía /Masas y en el enmarcamiento y la estructuración de la acción colectiva.

Veamos cómo desde el punto de vista de las clases populares estos cambios en la acumulación y el Estado abren nuevos "enmarcamientos" y modifican ostensiblemente las percepciones colectivas.

De la mano de la hiperliquidez mundial resultado de los petrodólares aparece un recurso novedoso: el endeudamiento externo público y privado. La captación de ahorro externo pasa a cumplir la misma función que habían cumplido la emisión y el déficit, las retenciones agropecuarias, la promoción industrial, y todas las formas de transferencias de ingresos. Bendecidos por las teorías de M. Friedman sobre "el enfoque monetario de la balanza de pagos" ahora el ingreso de capitales irrestricto acompañado de desregulaciones financieras y cambiarias generaba déficits externos de pagos y comercio que eran compensados a nivel monetario por el ingreso de capitales que también alimentaba la emisión monetaria, el crédito, la baja de la tasa de interés nominal y por esta vía un aumento de la demanda y la inversión. La cuenta capital "equilibraba" la balanza de pagos. Las garantías de pago futuro que debía ofrecer la economía eran la pauta cambiaria (tablita como seguro de cambio) y la libre disponibilidad de todas las divisas que entraban en la economía (mercado libre de cambios).

En fin, el negocio era sencillo: nos prestaban la plata que a ellos les sobraba para que compremos lo que ellos venden y que no haya ningún obstáculo para que los excedentes puedan volver al origen en cualquier momento.

La desregulación del mercado financiero y el comercio libre de divisas hacen visible por primera vez circuitos de acumulación/valorización importantes fuera del control directo del estado, y también hacen visible la externalización creciente de la acumulación. La "Patria Financiera" como fue bautizada popularmente muestra por primera vez formas de apropiación de excedentes aparentemente no dependientes de decisiones y vigilancia estatales. El cambio en la arquitectura de la acumulación jerarquiza las posiciones de las capas medias auxiliares desplazando al conflicto industrial. El acceso al crédito, los negocios con el exterior, o las diversas formas de intermediación comercial y financiera son los canales de movilidad social disponibles. Las caídas del salario y los ingresos fijos estimulan el cuentapropismo. El aumento de las tasas de interés reales y la apertura comercial completaron un panorama de reforma estructural seriamente lesivo para el perfil productivo y la industria manufacturera.

Sin embargo, pronto se demostraría que si bien el terrorismo de estado era eficiente para desmantelar completamente las organizaciones revolucionarias, era mucho más limitado para neutralizar el accionar sindical. El activismo fabril no pudo ser extirpado (23) sino más bien controlado. El intento de debilitar los sindicatos haciendo caducar las afiliaciones originó una veloz respuesta de las bases obreras de reafiliación masiva, superando en varios casos los niveles anteriores de afiliación. Así, muy prontamente surgió un nucleamiento dirigencial opositor al régimen que en abril de 1979 tuvo el atrevimiento de impulsar una huelga general que demostró las limitaciones y los riesgos permanentes de ilegitimidad de las estrategias exclusivamente represivas.

La viabilidad de esta arquitectura de la acumulación dependía de diversas externalidades que desaparecieron rápidamente: desde principios de los ´80 se precipita la baja de precios del petróleo, hay sobreexposición financiera de los países centrales, Reagan cambia la legislación a los bancos sobre pérdidas por préstamos al exterior, hay crisis con los pagos de intereses en México. Los capitales vuelven al centro, aumentan las tasas y el esquema anterior se hace insostenible para los países dependientes. En 1981 el mismo M. De Hoz vuelve a la devaluación inflacionaria que se mantendría a lo largo de la década con diversos formatos (flotación sucia, crowling peg, desdoblado, etc.) hasta el estallido final de fines del ´89 que arrastra la moneda hasta su extinción. Los primeros signos de desequilibrios económicos acompañados por disputas internas entre militares, desatan una presión opositora amplia que comenzó a desarrollarse desde diversos frentes: movimiento obrero, organizaciones de derechos humanos, sectores de la Iglesia, reactivación estudiantil.

La crisis del ’82 muestra el hundimiento completo del estado autoritario y de la capacidad de intervención militar en la política. La estatización de la deuda externa privada y su posterior licuación vía devaluación pasó a formar parte del imaginario popular y junto con la derrota catastrófica en Malvinas, y la revelación de las violaciones a los derechos humanos y el terrorismo de estado constituyeron las "cogniciones calientes" (24) que motorizaron la acción colectiva opositora en gran escala.

Contrariamente a lo que había ocurrido en la década del 60 y 70 la dirigencia sindical no fue indiferente a los reclamos de democratización del resto del espectro político y social. Además, la CGT intentó posicionarse no limitando sus demandas a las propias corporativas sino intentando sumar a otros sectores medios descontentos.

A las acciones del Mov. Obrero se le suman los movimientos por los derechos humanos, los vecinazos de sectores medios por temas municipales impositivos y tarifarios, la toma de tierras y ollas populares en el conurbano por parte de los sectores más castigados, y por supuesto la vuelta de la actividad político partidaria (Jelin,1987).

Desde la movilización prohibida y reprimida del 30/03 hasta la jornada del 16/12/82 con el acto masivo convocado por la multipartidaria se precipita un acelerado proceso de movilización de masas: manifestaciones y concentraciones a favor de la recuperación de las Malvinas aunque no necesariamente a favor del gobierno militar, concentraciones con incidentes luego de la derrota militar, reactivación de los partidos políticos, huelgas generales, movilización estudiantil, marchas de la resistencia. Finalmente, el acto de la multipartidaria del 16/12/82 que derivó en un conato de pueblada con disturbios y represión en varios puntos del país, marcó definitivamente la imposibilidad del régimen de condicionar la salida política a la crisis en el sentido de garantizarse la impunidad. Una vez más la intervención de masas había sido decisiva para el rumbo posterior de los acontecimientos.

 

Democracia: conciencia de la política sin acumulación y sin masas

Las formas de la acción colectiva y los sectores movilizados muestran cambios importantes: las huelgas y movilizaciones obreras muestran que el debilitamiento de los "aparatos" de los grandes sindicatos industriales es compensado por un mayor protagonismo de gremios de servicios y el sector público. Las demandas por derechos humanos, justicia, rechazo de la violencia y fuerte oposición a la injerencia de los organismos financieros internacionales acompañan los primeros años de construcción institucional de un sistema político.

Las demandas de democratización, participación y la pronta rehabilitación de los partidos políticos en algunos casos con liderazgos remozados hizo que las alternativas de política de masas se canalizaran rápidamente en los partidos políticos mayoritarios y la lucha electoral. La denuncia del pacto sindical-militar en los comienzos de la campaña electoral y el crecimiento de la resistencia política al sindicalismo ortodoxo que después derivaría en el surgimiento de la "renovación" dentro del justicialismo, muestra el protagonismo político de las capas medias de la población, su valoración de nuevos repertorios de acción colectiva y de participación que fortalecen las mediaciones político ciudadanas frente a las corporaciones sectoriales, y la imposibilidad de constituir una expresión política popular convergente que deriva en el aislamiento político de la clase obrera, y la imposibilidad de respaldarse en ella para oponerse con éxito a las clases dominantes. El alfonsinismo inaugura un discurso en el que la institucionalización democrática de la lucha política se ofrece como una respuesta que permita encausar los antagonismos que arrastraba la historia. Dentro de ese dispositivo discursivo la apelación a la ley y a las mediaciones institucionales se presentaban como las únicas formas legítimas de articular y procesar demandas e intereses, ubicando a los partidos políticos y sus dirigencias como el centro de gravedad del proceso de transición. La impresionante avalancha de afiliaciones a los partidos políticos y la eclosión de la participación dentro de los mismos y en las campañas electorales mostraban nuevos canales de estructuración de la acción colectiva.

Las organizaciones populares y la acción colectiva autónomas o no legitimadas electoralmente eran en este esquema "corporativas" y "desestabilizadoras". La famosa retórica de Alfonsín "Con la democracia se come, con la democracia se educa, con la democracia se cura…" no significa otra cosa que la consagración del voto y la lucha electoral como único recurso válido para pugnar por la distribución del ingreso. Los sectores medios por primera vez en muchísimos años pueden pensar en ocupar el centro de la escena política, controlar el acceso al poder, desembarazarse de las molestas organizaciones sindicales y sacar la lucha política del terreno de los antagonismos irreductibles y la violencia. Las formas mediadas de la lucha de clases eran la única forma posible y admisible de la misma y sus únicos responsables legitimados para realizar esta mediación eran los dirigentes políticos. La representación político-partidaria prometía constituirse en el espacio de rearticulación social y económica.

Desde el punto de vista de la construcción del imaginario democrático hay dos hechos importantes que comienzan a problematizar el significado del proceso de institucionalización de la política, porque trazan el tipo de relación entre la acción colectiva de masas y la democracia política: el lanzamiento de Alfonsín en 1984 de "la economía de guerra" luego de haber convocado a una multitud a la Plaza de Mayo agitando el peligro de una ficticia conspiración golpista, y el discurso de Alfonsín de las "felices pascuas" en 1987 luego del amotinamiento militar y una gigantesca concentración popular contra los golpistas. En ambos casos parecía recuperarse una tradición de intervención de masas de carácter decisivo en momentos cruciales. Sin embargo, aparece claramente que el recurso a la acción colectiva de masas tiene un significado puramente manipulatorio y no como instancia decisiva, tal como era tradición en nuestro país. Los agentes políticos fundamentales, la dirigencia política y el Estado, se reservan el monopolio de la intermediación de intereses y demandas, consagrando el principio de la autonomía de los representantes frente a las bases como fundamento de toda política "civilizada". La integración política de los llamados "capitanes de la industria" en la segunda parte de su gobierno también vuelve a mostrar el monopolio de la interlocución de la dirigencia política ante el poder económico. En síntesis, las masas y la acción colectiva no tienen cabida en el esquema político vigentes más que de forma subordinada.

La crisis de 1989/90 en gran medida es continuación de la de 1982. El endeudamiento, y la crisis fiscal y cambiaria configuran una insuficiencia externa estructural de la economía argentina. La hiperinflación no emula la de 1975/76: ya no es tanto resultado de la pugna distributiva y de la carrera de precios y salarios sino de una vulnerabilidad financiera externa que impide de hecho sostener alguna clase de autonomía monetaria. En realidad ahora precios, salarios y patrimonios deben ajustarse a la disponibilidad de divisas.

Una economía crónicamente deficitaria en divisas con mercado libre de cambios y desregulación del ingreso y egreso de capitales no puede tener moneda que cumpla funciones de ahorro y acumulación. La híper demostró la imposibilidad de una acumulación "local". El famoso e inmortalizado "golpe de mercado" y un desenfrenado proceso de fuga de capitales, desinversión neta y expropiación inflacionaria de los ingresos de la población y confiscación de los depósitos bancarios (Plan Bonex) mostraron con crudeza la desaparición del estado como "mediador y regulador" del proceso de acumulación/distribución incapaz de garantizar los intercambios económicos y la inutilidad de la legitimidad democrática de las autoridades políticas frente a los mercados financieros internacionalizados.

Todas las formas de acción colectiva anteriores parecen fracasar: los sindicatos venían reduciendo su actividad reivindicativa desde el año 1986 (Villanueva, 1993: 74) y concentrándose en canalizar el descontento social como presión política con obtención de ventajas corporativas, mientras los sectores políticos opositores encarnados en la renovación justicialista parecían renegar de las demandas de sus tradicional base social y ya habían empezado a hablar de "capitalismo popular de mercado". La caducidad de las mediaciones político-partidarias y sindicales dio paso a los saqueos por un lado y al ascenso del liderazgo sorpresivo de Menem en el justicialismo que desborda los aparatos partidarios y logra instalarse como "verdadera oposición" rescatando y reformulando el discurso populista.

El "golpe de mercado" y los subsecuentes saqueos cuando Menem ya era presidente electo cambian el posicionamiento de Menem: "darle el poder a los que ya lo tienen" (Palermo y Novaro, 1996) visualizando una salida de reconstrucción de una hegemonía reformista capaz de "refundar el capitalismo en la argentina" (25). Esta idea de una política de redención del capitalismo quedará como invariante en gran parte de la dirigencia política hasta hoy.

 

La convertibilidad: conciencia de una política para una acumulación contra las masas

El plan de reestructuración del capitalismo encarnaba la promesa de la estabilidad y la gobernabilidad. En este sentido, la Convertibilidad lejos de constituir un nuevo poder ordenador del Estado sobre la economía, era su total renuncia a la misma a favor del mercado internacional de capitales, verdadero nuevo depositario de la soberanía monetaria (26). La convertibilidad con apertura comercial y financiera y desregulación interna significaba el reconocimiento definitivo de que los equilibrios económicos internos eran fijados esencialmente por variables externas.

Como nunca, es útil la diferencia entre "la política" como una esfera institucionalizada de regulación de las luchas por el poder institucionalizado, de "lo político" como terreno de elaboración colectiva para dirimir los conflictos en torno al bien común y que implica siempre acción instituyente de relaciones sociales (27). La reducción de "la política" al tópico residual de la honestidad/corrupción de los dirigentes terminaba en realidad de cerrar la imagen de la impotencia de la política frente a la economía.

Aparecen problemas de justificación de las mediaciones político-institucionales: si bien Menem encarnaba un nuevo tipo de liderazgo y conducción del poder político, el "modelo" problematizaba la relación de la política con la economía y de la política con las masas (28).

Es que la solución menemista al problema del orden y la hegemonía irresuelta es heredera de un doble fracaso: el de la clase obrera y los sectores populares con sus luchas sindical-inflacionarias basadas en la acción colectiva y la organización corporativa y movimientista, y el de las clases medias con sus luchas electoral-distributivas basadas en el intento de controlar la acumulación por la acción de las instituciones parlamentarias y los poderes democráticos (29).

El mercado como principal organizador social tiende a disolver los lugares de decisión extramercantiles (político-institucionales). A su vez el mercado global tiende a disolver los lugares de decisión del mercado local. De esta forma al hundimiento del control político de la economía se le agrega el recorte de los espacios de acumulación de la burguesía interna. La globalización de la acumulación deja a las clases auxiliares muy próximas al proceso de acumulación pues son sus principales administradoras pero muy lejos de los niveles de decisión. Todo ello termina en un proceso de sustracción de las reglas constitutivas del orden económico de acumulación/distribución al imperio de la totalidad de los agentes locales, incluyendo a las antiguas y a las nuevas clases dominantes.

La nueva matriz mercadocéntrica (Cavarozzi, 1997) requería una primera anulación de "lo político" (las masas, las demandas sectoriales, la acción colectiva) por el cual el orden social solo podría discutirse o transformarse desde la política, y luego de una virtual anulación de "la política" escindiéndola del proceso de acumulación: la política ya depurada de todo contenido social, de toda vinculación con las masas, debía separarse ahora definitivamente de lo económico ("el mercado") que se volvía así aun más inexpugnable: ni siquiera el mercado electoral servía para la lucha por la distribución del ingreso (30).

La invulnerabilidad del mercado frente a la política institucionalizada entra en correspondencia con la invulnerabilidad de la política frente a la acción colectiva y la participación ciudadana. El voto instaura la única relación posible de las masas con el poder. Mientras el mercado separa a las masas del acceso al excedente y la acumulación, la democracia electoral separa la voluntad colectiva de las instancias y procedimientos de decisión. La democracia asume una forma crudamente delegativa (31) donde la población se convierte en votante de representantes (o consumidores de candidatos) cuyas decisiones posteriores quedan en el terreno de lo inexpugnable (la autonomía social absoluta de las mediaciones políticas). La "cosa pública" queda expropiada por los políticos, hasta convertirla en algo ajeno a la población. La "gobernabilidad" como objetivo principal presupone un concepto reductivo de la política ahora escindida de intereses y demandas o sectores concretos y la aproxima a la administración/gestión en la que el contacto con la gente se limita a las campañas y los medios de comunicación, y la elaboración colectiva del bien común deja de tener valor político y sentido. La proliferación de "encuestas" tienden a desplazar a las expresiones colectivas concretas como manifestaciones de los deseos colectivos ahora convertidos en la suma simple de los deseos individuales que quedaban encerrados en las 3 o 4 opciones de un cuestionario (32). Así como la expresión en acto de voluntades colectivas dejan de tener eficacia política, tampoco tienen eficacia económica las capacidades reivindicativas y de lucha de las clases populares: ni los políticos escuchan a los ciudadanos ni el mercado hace caso de paros o protestas. Los expertos en el mercado, a saber los voceros y representantes directos del capital, y los expertos de la política, a saber aquellos que ganan las elecciones, son los encargados legítimos exclusivos de fijar y construir la verdadera voluntad colectiva. En este esquema, las masas son doblemente excluidas: de la economía y de la política. Pero esta exclusión resulta "legítima" en la medida que presupone un mecanismo de culpabilización: es la misma intervención de las masas la que es demonizada tanto por el mercado como por el sistema político, a la que se le achacan todos lo males del pasado. La democracia representativa y el mercado solo pueden funcionar bien con individuos. La gobernabilidad es un arte de infinito agregar y desagregar intereses en función de un equilibrio general de las relaciones de fuerzas sociales vigentes que consiste en condenar para siempre a la dispersión a las clases subalternas. Cualquier forma de organicidad no mediada por la representación electoral y por el mercado es vista como amenazante tanto para la gobernabilidad democrática como para la acumulación. La consecuencia fundamental de este esquema es la pérdida de sentido político y de eficacia de los "aparatos", incluso de los aparatos partidarios (y también sindicales)adeptos y clientelares (33).

 

La convertibilidad como forma de conciencia en la clase obrera y en la clase media.

La Convertibilidad acompañada por una política furiosa de desregulación, apertura y privatización, fue recibida como la promesa de la superación de los dilemas de la inflación, la pugna distributiva y el arrasamiento del estado por los intereses corporativos, entre los que se encontraban los sindicatos. La promesa de que el mercado y la competencia pasarían a dirimir las pugnas de intereses resultó atractiva a grandes franjas de la población, incluyendo a los asalariados quienes habían padecido de forma cruel los efectos de la híper. El mercado con reglas estables (tipo de cambio fijo e inflación pequeña) era visto como un mecanismo pacífico de resolución de pujas de intereses sin apelar a la acción colectiva, la coacción o el engaño.

El mercado se erige en legitimador específicamente político en la medida en que encarna un nuevo principio de supresión de la lucha política por el excedente a la que se asociaba con la violencia y el caos. El desplazamiento de las contradicciones sociales hacia un terreno de resolución dominado por el mercado significaba en la argentina no tanto una adhesión ideológica arraigada en formas de conciencia previas o matrices culturales, sino fundamentalmente la creencia en su valor como solución básicamente política al tema del orden social y económico, recorriendo el camino inverso al de las etapas precedentes: en vez de la estatización de la pugnas de los intereses privados, y la politización de la economía, ahora la privatización del estado y la mercantilización de la política. El mercado mismo, los intereses del capital se convierten en razones de estado.

La convertibilidad como "regla de juego" transparente sin la trampa que significaba la manipulación de la moneda: estabilidad y competencia que implica apertura e integración al mundo. Visibiliza la consolidación de un nuevo poder y la terminación de la disputa social y política por la distribución. El "mercado" es una forma de resolver legítimamente el reparto del excedente sobre la base de la competencia/eficiencia. Asimismo el mercado es presentado como la forma de recuperar la unidad social desgarrada y perdida. La resignación de la soberanía monetaria que pasa a descansar en la cuenta capital del Balance de Pagos implica que la autoridad política no puede ya intervenir para preservar los equilibrios macroeconómicos, que esta intervención se ve como un peligro desestabilizador y que la unidad social solo puede provenir del grado de inserción en el mundo. Es decir la capacidad de endeudarse era equivalente a la estabilidad interna. La argentina "compraba a pagar" su estabilidad, externalizando el principio de integración económica y social interna, incluso en el discurso mismo de la gran mayoría de la dirigencia política y de los formadores de opinión pública. El Plan Brady que supuso una renegociación importante de la deuda externa e incluyó "garantías" de la Reserva Federal de los EEUU tuvo un impacto simbólico muy fuerte: Cavallo anunciaba que la Argentina "resolvía" de esta manera el problema de la deuda externa y la renacida "confianza" de los inversores externos hacía infundados los temores al ahogo por falta de crédito. Luego de muchos años, la Argentina parecía tener garantizado su financiamiento sin contratiempos. Los agentes económicos locales tendrían disponibilidad de divisas suficientes para encarar inversiones que sacaran la economía del estancamiento sin perder la estabilidad.

El imaginario libremercadista inaugurado por la solución menemista al capitalismo anómalo es sencillo y regresa en cierta medida al imaginario de la última dictadura: es la sociedad argentina el verdadero obstáculo al capitalismo eficiente y por tanto las intervenciones ordenadoras deben orientarse a remover esos obstáculos ("cirugía mayor sin anestesia"). Pero esta intervención en un contexto institucional democrático requería de una precisa operación política: liderazgo, alianzas, consensos, presiones, etc. todas solo posibles con una dosis apreciable de legitimidad y apoyos en la opinión pública y en las urnas, más no en la acción colectiva ni en las organizaciones sociales ahora vistas como anacrónicas corporaciones. La campaña del "síganme" y la política de desmovilización ("plaza vacía") cuyo únicos contactos con las masas eran a través de los medios de comunicación, interpelando "electores", "gente", individuos y tratando de disolver identidades, masas organizadas o sentidos de pertenencia., también tenían algo en común con la dictadura: la cancelación de la acción colectiva como recurso político válido excepto limitadamente como recurso proselitista para las campañas electorales. La coartada ideológica de la emergencia para deslegitimar las demandas sectoriales sobre el Estado completaba el cuadro (34): el mercado era la forma excluyente de dirimir legitimidad de intereses.

La fijación cambiaria combinada con ingreso de capitales, apertura externa y desregulación interna significó la continuidad de un proceso de acumulación de excedente por parte de los grupos económicamente dominantes recurriendo a un recurso nuevo y novedoso: la captación de ahorro externo mientras se externaliza el propio (35). La combinación de concentración de la economía con extranjerización de grandes empresas locales y la desaparición de muchas otras sumada al evidente predominio incontrolable del capital financiero, fueron generando una incipiente desconfianza hacia una lógica de mercantilización completa de lo social. Las luchas de los jubilados y la férrea resistencia gremial al avance de privatizaciones en áreas de educación y salud mostraban los límites del enmarcamiento de las clases populares al llamado "modelo".

Con la Convertibilidad, mientras sectores extensos de las clases medias se despreocupan del recurso a la lucha electoral y buscan mejores oportunidades de defensa de sus intereses a través de los mecanismos de participación individual (ahora estables) en el mercado, para la clase obrera, la Convertibilidad desnuda -e institucionaliza como orden legítimo- un proceso de acumulación desterritorializado, puesto que las decisiones sobre los excedentes no son asociadas con los lugares de explotación de la fuerza de trabajo, ni tampoco, bueno es decirlo, con los lugares del estado o del control público de recursos. Se produce un efecto perceptivo de exteriorización o distanciamiento respecto de la posibilidad de incidencia sobre el proceso, haciendo vacuo e inútil el aprendizaje alcanzado en las décadas anteriores por las clases populares para pelear su parte en la distribución del excedente. Por supuesto la internacionalización, concentración de la propiedad empresarial, la desregulación de los mercados financieros, la bimonetización cotidiana y el reforzamiento del discurso "mercadocéntrico" iban en la misma dirección junto con diversas mejoras compensatorias en materia de consumo, estabilidad de precios, etc.

La percepción de la inexpugnabilidad del proceso de acumulación es el principal componente de visibilidad para la clase trabajadora. Desde los lugares de trabajo no parece posible condicionar el proceso de acumulación. La movilidad del capital, su carácter crecientemente foráneo, y luego el desempleo y la precarización en un contexto no inflacionario sustraen el flujo de los excedentes no tanto a la visibilidad como a los alcances de la acción colectiva y las organizaciones gremiales.

Los beneficios iniciales de la fase expansiva (1991-1993) se dan automáticamente: por primera vez en mucho tiempo mejoran los ingresos y el poder adquisitivo sin ser consecuencia de medidas políticas específicas. Durante los años 91 a 93 las luchas y negociaciones salariales obtienen algunos resultados significativos (Szrreter, 1993). El mercado como mecanismo ajeno e impersonal, incluso ahora internacionalizado, globalizado, etc. no funciona "en contra". Es claro también que existe una visibilidad de la apropiación masiva de los beneficios en un sistema de reparto inequitativo. La teoría del "derrame" (Salama, 1998) en realidad da forma a esta percepción en su fase optimista.

La clase obrera industrial ve la competencia de los productos importados y la importación de maquinaria y equipo como visibles amenazas a la estabilidad laboral pero como ventajas en tanto consumidor. Ahora, contrariamente a lo que había ocurrido en los `60, eran los mismos empresarios los que impulsaban la apertura y las desregulaciones cuyo obvio resultado era un disciplinamiento y reducción cuantitativa de los asalariados industriales. El impulso derivado del crecimiento de los servicios en un marco de fuerte ingreso de capitales y financiamiento externo completaba un panorama con decidido apoyo de los sectores medios que ponían en virtual bancarrota la posible alianza mercadointernista. Los efectos inmediatos de la apertura comercial son inversos para la clase obrera industrial y para las clases medias: los primeros sufren más la apertura como productores (ahorro de mano de obra, flexibilización) que lo que la disfrutan como consumidores, los segundos por estar a cargo de los procesos de modernización y apertura se benefician tanto como fuerza de trabajo (expansión en comercio y servicios, especialmente finanzas y a las empresas) como consumidores.

Ni siquiera los gremios más combativos y los grupos directamente afectados por la reestructuración se animaban a cuestionar abiertamente la convertibilidad como tal, y muy pocos se atrevían a plantear los problemas de la apertura comercial externa (Gomez, 1997). Los temas eran la "exclusión": la imposibilidad de integrar a todos los sectores a las ventajas del modelo. Los primeros efectos del derrame en la etapa expansiva: aumento del nivel de actividad, empleo, ingresos reales neutralizaban la visión del proceso de apropiación masiva de beneficios, y la problemática de la equidad quedaba sepultada debajo de la obsesión por la competitividad y la eficiencia.

Este esquema económico y político liquida las bases posibles de la acción colectiva sindical tradicional o vandorismo.

Con la sustracción del proceso económico a la potestad del estado, del poder político, y de un empresariado local reducido y con vocación de vender antes que competir con las grandes empresas globales, el sindicalismo pierde toda oportunidad de defensa o puntos de apoyo en la nueva arquitectura del sistema de acumulación, viéndose obligado a pelear por evitar sus consecuencias y no por incidir en su diseño o alcanzar ventajas aprovechando las debilidades del esquema.

Los efectos de la verdadera reestructuración del mercado de trabajo, que comienza a funcionar dentro de unos equilibrios macroeconómicos basados en la desregulación y la apertura del sistema económico, hace que se instale una situación de sobreoferta permanente de fuerza de trabajo, aumentando enormemente los niveles de competencia interindividual por los puestos de trabajo, que sumado a un achicamiento industrial, aumentos enormes de la productividad, sustitución de fuerza de trabajo por capital, desmantelamiento del derecho protectivo de la estabilidad y condiciones de precariedad, flexibilización contractual y alta rotación, reducen enormemente las bases desde donde impulsar la acción colectiva en las empresas.

El cuadro que se vislumbra es el de una severa reducción de las capacidades estructurales de lucha de la clase obrera en el sector industrial. La desaparición de las demandas de aumento salarial y el paulatino ascenso de los conflictos por cierres, despidos y suspensiones cambia completamente el escenario de la acción sindical. El "aparato" vandorista sin capacidades de movilización se convierte rápidamente en una cáscara vacía, el desmantelamiento industrial por el cambio de patrón de especialización de la economía en un contexto de apertura, lo sorprende sin respuestas ni en el plano político ni en el plano de la acción reivindicativa (36).

Durante la fase expansiva, las clases medias auxiliares tenían una perspectiva diferente: accesibilidad individual al circuito de acumulación en varias ramas de servicios, comercio, y finanzas. En menor medida mejora de inserción en la industria via modernización tecnológica. Estos sectores gozaron de un fuerte dinamismo de empleo, aumento de consumo de bienes durables y servicios vinculados a la modernización de la gestión privada de la economía, proceso de modernización de servicios financieros y un amplio menú de ofertas de inversión financiera con seguro de cambio para sus ahorros. Resultado de todo esto fue un boom de consumo de durables y turismo al exterior, el crecimiento exponencial de depósitos y créditos para consumo, volúmenes accionarios y el salto de actividad bursátil. Los cambios en los hábitos de consumo, incorporando bienes y servicios (37) del "primer mundo" tuvieron un fuerte efecto generador de conformismo y apoyo, además de reforzar las tendencias hacia la fragmentación y el individualismo en materia de participación ciudadana, funcional al esquema de poder excluyente de la acción y la organización colectiva, que proponía el modelo económico.

Las nuevas políticas de personal propias de estrategias de modernización de la gestión empresaria y de negocios, la terciarización (outsourcing) y el recambio generacional a niveles jerárquicos, además del surgimiento de nuevos servicios, impulsaron un proceso de reinserción de partes significativas de las capas medias en la estructura ocupacional.

El corrimiento hacia los servicios y el comercio de la actividad económica y de los niveles de rentabilidad, empleo y precios relativos, resulta en una mayor centralidad económica de los sectores medios desde el punto de vista del proceso de acumulación.

Sin embargo, es claro que estos beneficios directos no alcanzaron a todos los sectores económicos. El planteo de Barber (38) puede servir para detectar la naturaleza de las nuevas articulaciones económicas entre los sectores medios y el patrón de acumulación.

Las clases medias tradicionales vinculadas al sector público o a los servicios no rentables (que atienden en general a la población de medios y bajos ingresos: educación, salud, administración pública de rangos medios y bajos, seguridad, justicia) padecen los avatares de las reformas del estado, descentralizaciones, caída de salarios, etc. y constituyen las fuentes de renovación de la acción colectiva sindical (especialmente empleados públicos, docentes, y trabajadores de la salud) y las principales fuentes de ruptura con los esquemas del vandorismo y el sindicalismo tradicional.

La importancia de los servicios y la desaparición del marco inflacionario desinfla rápidamente la conflictividad y la acción colectiva obrera industrial, desplazando el eje hacia los servicios donde se opera la reestructuración y su dinamización (Gómez, 1997). Los bancarios protagonizan importantes conflictos ofensivos (aumentos salariales), lo mismo que los trabajadores del transporte y constituyen los principales protagonistas en términos de acción colectiva del sindicalismo tradicional. Estos sectores gremiales constituyen los principales reservorios de los esquemas vandoristas más clásicos.

La clase media con ocupaciones en servicios de asistencia al cuerpo corporativo y al cuerpo simbólico del sistema de acumulación fueron la expresión de cierto liderazgo social, los responsables del armado, de la ejecución de un diseño legitimado por la idea de "la inserción en el mundo globalizado". Se constituyen en "voceros" de los mercados y en los efectores de los procesos de valorización y la orientación de los flujos. La figura del joven tecnócrata de altos niveles educativos y dominio de las nuevas tecnologías de la información (39), con inserción en el sector privado, que aprovechan un recambio generacional en los niveles directivos y jerárquicos de las estructuras gerenciales, y haciendo profesión de fé libremercadista son un poco los principales apoyos "intelectuales" del modelo de nuevo capitalismo "moderno", "en serio", etc. Son ellos los principales demandantes de transparencia, reglas de juego claras, y no interferencia de política, burocracias estatales y sindicatos que ellos ven históricamente asociados con la corrupción y la ineficiencia. La iniciativa privada de grandes organizaciones internacionales hipermodernas sin obstáculos de ningún tipo será la forma privilegiada de pensar el desarrollo. Y por esto mismo es legítimo que el estado impulse la actividad privada (40). Por ello, el paso de los viejos subsidios y asistencia turbia a una asistencia directa y transparente del estado al capital (Palermo, 1999:174) es visto como legítimo. La descolonización privada del estado al precio de un estado que tiene que "garantizar" y "proteger" una acumulación fuera de él es percibida como un costo inicial necesario que luego el mercado se encargaría de superar.

Es notable el nivel de trasnacionalización de las expectativas de estas capas medias (41).

Los asalariados de estos sectores tienen una ilusión de "gobernabilidad" técnica de los cambios y se asumen como agentes de las fuerzas del mercado y en algunos casos como sus máximos intérpretes o únicos intermediarios válidos con los mismos. El contacto simbólico con el flujo de excedentes y con las decisiones cotidianas en torno de ellos los hace protagonistas. La ilusión en el principio equilibrador del sistema es su credo oficial. La política luego de hacer su trabajo de privatización y reformas debe desaparecer y recluirse en campañas electorales y buena administración fiscal.

Una parte significativa de los sectores medios están persuadidos que cuanto menos "perturbe" la política mejor, mientras los sectores populares reinician un nuevo ciclo de alza de luchas ahora sí definitivamente impulsados por las intolerables tensiones en el mercado de trabajo: la marcha federal en agosto de 1994 significó una fuerte iniciativa de protesta por fuera de las organizaciones sindicales tradicionales. La CGT temerosa de perder legitimidad ante los sectores populares y capacidad de canalizar sus reivindicaciones opera un viraje importante y realiza huelgas generales y movilizaciones multitudinarias. A pesar de la salida de la recesión a fines de 1996 y con una fuerte reactivación en 1997, el desgaste del gobierno era alto: a los levantamientos populares en algunas ciudades del interior más castigado se le suma la consolidación de una convergencia opositora que en octubre de ese año triunfa en las elecciones legislativas abriendo un nuevo espacio de oportunidades políticas para los sectores descontentos. A partir de fines de 1996 crece tanto la oposición social como la política, sin embargo los líderes de los partidos opositores optaron por una oposición exclusivamente en el terreno político-electoral, separándose de las luchas sociales y sindicales que se esparcían sobre todo por algunas provincias del sur y el noroeste.

La canalización del descontento buscaba carriles inesperados. El éxito electoral de una expresión política novedosa (el FREPASO) se da en forma paralela a las puebladas y los cortes de ruta en tanto que formas no institucionalizadas de acción colectiva de masas también novedosas, que también le inflingen al gobierno unos primeros traspiés.

Finalmente la recesión de fines del 98 con alta y persistente desocupación y precarización con baja nominal de remuneraciones y aportes, severa regresión de todos los servicios sociales, encarecimientos, etc., comienza a hacer visibles para todos los sectores los costos estructurales de las transformaciones, aun para aquellos que habían resultado beneficiados por los cambios en un principio.

La acumulación "a cara descubierta", impúdica, en realidad combina su plena visibilidad con una separación real de los mecanismos de decisión concretos de circulación/apropiación del excedente. Para las clases auxiliares insertas en estos circuitos, en muchos casos ejecutoras u operadoras inmediatas de estas decisiones, sufren más intensamente esta combinación de plena visibilidad y ajenidad de las decisiones. Dicho vulgarmente, estos sectores "la ven pasar" sin poder tocarla, y lo que es peor: si antes la veían por el costado y el roce con ella aunque sea les permitía quedarse con un souvenir, ahora la ven pasar por arriba sufriendo cada vez más su peso insoportable y su paso arrollador.

 

Ruptura: nuevas formas de conciencia y el retorno de la acción colectiva de masas

Aun antes de que la economía ingrese en la etapa contractiva, aparecen algunas sombras sobre la confianza y las expectativas de las clases medias en el "modelo".

El primer elemento perturbador del modelo económico en la conciencia de las capas medias auxiliares era el aumento de la presión impositiva y de la vigilancia y el control tributario descargado sobre todo en comerciantes y profesionales autónomos. El nuevo régimen impositivo inaugurado en 1992 generó molestias y costos adicionales para los pequeños y medianos comerciantes y empresarios. Pero en el marco de un fuerte aumento del consumo y abundante financiamiento, el malestar o la irritación no llegó a transformarse en acciones colectivas o protestas.

Sin embargo, con el correr de los años y ya aceptado el nuevo régimen, la temática de la "evasión" se fue convirtiendo en un eje de disconformidad: si para las autoridades económicas eran los pequeños y medianos los que evadían y eran "perseguidos" con permanentes modificaciones de régimen al calor de los avatares de los déficits presupuestarios, para los sectores medios, la evasión era la de los grandes empresarios. El caso de Macri y otros empresarios del sector automotriz procesados por una gigantesca evasión en 1994 (que se reiteró en el 2000) y un gobierno que sale visiblemente a protegerlos de las consecuencias judiciales, pone de manifiesto una idea que se irá arraigando en la conciencia pública: la impunidad del poder económico y el maridaje fuera de toda regulación (ni siquiera la del mercado) entre políticos, funcionarios y empresarios poderosos.

Una multiplicidad de negocios con servicios públicos, seguros, régimen previsional, implican no ya la asistencia al capital desde el estado con recursos públicos, sino el subsidio directo o subsidio cruzado por transferencias compulsivas desde los mismos particulares. Se observa la ausencia de límites a los abusos: tarifas diferenciales que castigan a los residentes hogareños de menores consumos a favor de las empresas o los grandes consumos, estrambóticas comisiones por administrar los fondos previsionales, proliferación de los peajes más caros del mundo, aumentos de precios de los combustibles dolarizados fuera de toda lógica, toda clase de manejos con los intereses en las tarjetas de crédito, etc. Los "consumidores" devienen clientes cautivos de las privatizadas, abandonados por el estado. Comienzan a proliferar en los medios de comunicación no solamente las quejas espontáneas sino las acciones de las asociaciones de defensa del consumidor. Los reclamos como consumidores, inscriptos sin duda dentro de los mismos dispositivos de producción de sentido mercadocéntricos, sin embargo, revelaban una primera tensión: el mercado no es solamente el capital, los vendedores, el mercado también son los compradores, el trabajo, y el mercado tiene que respetar una base mínima de reciprocidad (la "lealtad comercial"), no puede regirse simplemente por la ley del más fuerte jugando con las necesidades de las personas. La lucha por la distribución del ingreso asume un nuevo frente: el mercado mismo y se apoya en la figura del consumidor que reclama respeto, derecho a no ser engañado, abusado, etc .

El desinterés de los políticos y/o su evidente impotencia para representar estos intereses deja el espacio para el crecimiento no solo de la progresiva desconfianza hacia la canalización institucional de las demandas sino también para la emergencia de organizaciones autónomas capaces de acción colectiva. Los primeros conatos (1998/99) de apagones simbólicos, descuelgues de teléfonos, boicots a petroleras que aumentan los precios, etc. muestran esta faz antipolítica y ciertas peculiaridades en cuanto acción colectiva: se basan en redes que aprovechan internet y los medios de comunicación para difundir sus protestas.

Los boicots a los concesionarios de peajes en algunas localidades del interior del país, pero especialmente el protagonizado por lugareños y transportistas en algunas localidades sobre la ruta nacional N°2 tuvo un gran impacto simbólico y repercusión en la prensa ya que incluyó no solamente una importante resistencia de los pobladores a la represión y la intimidación sino también actos de desobediencia civil como la rotura de las barreras de peajes, y ataques a las casillas. Finalmente terminó con una negociación con la empresa en donde obtuvieron algunas de sus reivindicaciones.

Otro foco de descontento era la situación del sistema educativo público y que un sector sensible para las clases medias como son los docentes se encuentren entre los "costos" de las reformas. El larguísimo conflicto permanente con los gremios docentes tuvo altísimos costos para el gobierno en términos de opinión pública. Los docentes constituyen una piedra angular de la génesis de la crisis del modelo: el precedente primero de rehabilitación de la acción colectiva bajo nuevos modos. Sus grandes marchas, varios de sus paros nacionales y sobre todo la "carpa blanca" con los maestros ayunantes, lograron perforar la impermeabilidad de las agendas gubernamentales alcanzando algunas metas, y obligando al gobierno a dar respuestas (42). La enorme repercusión nacional e internacional brindó un marco de apoyos (hasta el mismo dirigente metalúrgico Lorenzo Miguel, anciano líder máximo del vandorismo visitó la carpa) tan amplio que virtualmente sometió al gobierno a una situación de aislamiento.

Las denuncias sobre la corrupción en la Aduana y los efectos deletéreos sobre la producción y el empleo nacional del contrabando generalizado comienzan a echar un manto de sombra sobre la hasta ese momento prácticamente incuestionada "apertura de la economía". Hasta la CGT sumándose a la UIA realiza una marcha de protesta por el tema en 1996.

El endeudamiento privado de particulares y los intereses reales expropiatorios aplicados por los préstamos hipotecarios y tarjetas de crédito venían sembrando el terreno para una incipiente reaparición de la irritación hacia los bancos con remembranzas de los cuestionamientos a la "patria financiera". Las caídas de varios bancos postequila, las apuradas y desprolijas privatizaciones de bancos provinciales, la ausencia de controles del BCRA, y la más absoluta falta de vocación para financiar a la producción nacional por parte de los grandes bancos privados comenzó a poner molestos a algunos grupos empresarios locales.

No solamente las negociaciones en las cumbres, las acusaciones de corrupción y el trato preferencial a los grandes grupos empresarios constituyen los fundamentos del imaginario de las clases medias acerca de la naturaleza de la acumulación económica sino también el carácter crudamente recaudatorio del mismo (peajes, tarifas servicios públicos, AFJP, ART, concesión privada de cobranzas comunales, etc.). A su vez la muerte de J.L. Cabezas y posteriormente la de A. Yabrán, en medio de una trama política oscura, y el asesinato de Teresa Rodríguez terminan por despojar al modelo político que asumió la institucionalidad democrática de toda el áurea de inocencia virginal.

A medida que va mermando el ingreso de capitales y la inversión extranjera, la acumulación comienza a descansar en una presión sobre los ingresos de la población supuestamente "integrada" al modelo en calidad de clases auxiliares o de apoyo del mismo. Las resistencias colectivas recurriendo a microactos de resistencia individuales y espontáneos (no pagar peajes si se demora en las casillas de cobro), o coordinados apenas por internet o convocando simplemente desde los medios de comunicación (apagones eléctricos, y descuelgues telefónicos) fueron el comienzo de un proceso con derivaciones impensadas.

El gigantesco apagón por el colapso de las instalaciones eléctricas de Edesur en el GBA durante febrero/marzo de 1999 que dejó varios millones de personas sin suministro eléctrico durante varias semanas, constituye un acontecimiento que generó fuertes iniciativas barriales con protestas colectivas, escraches, y desde luego una "cognición caliente" acerca del significado de las privatizaciones. Por primera vez los vecinos de Buenos Aires cortaron calles y avenidas completamente a oscuras, con fogatas y quema de neumáticos incluidos. Aunque no se registraron episodios de represión los embotellamientos de tránsito y los trastornos cotidianos fueron enormes. Por primera vez los sectores medios utilizaban medidas de protesta que implicaban participación colectiva, mínimos grados de organización, y la ruptura ostensible del orden público constituyendo un desafío a la legalidad (derecho de libre tránsito y ocupación de espacios públicos) y a las autoridades. La impotencia de las autoridades de aplicación (entes de regulación) y la falta de respuesta total de la que hicieron gala la dirigencia política y los funcionarios de diversos niveles más empeñados en "despegarse" y deslindar responsabilidades que otra cosa, operó como un fuerte efecto iluminador acerca de la completa inutilidad del poder político para defender los derechos de la población frente a las empresas en circunstancias críticas. Además la forma de corte de calles y avenidas para las protestas en varios barrios generaba de hecho una aproximación a las formas de acción colectiva de protesta que estaban llevando a cabo desde hacía ya un tiempo diversos sectores de desocupados.

El increíble accidente de un avión de LAPA en pleno aeroparque metropolitano, el deterioro del servicio de AA y el aumento de incidentes y siniestros reveladores de las malas condiciones de mantenimiento de los aviones, de la seguridad de los vuelos, y las malas condiciones de trabajo de pilotos y personal de a bordo, más las inundaciones en importantes barrios residenciales de la Ciudad de Buenos Aires, constituyeron eslabonamientos de una cadena de muestras de la precariedad del "modelo" que comenzó a cobrarse víctimas directas fundamentalmente entre estos sectores. Las muertes por negligencias en las reparaciones de empresas telefónicas, de servicio eléctrico, la contaminación de aguas y la reiteración de inundaciones terminaron por motorizar una incipiente pero significativa movilización colectiva autónoma y de base territorial de la clase media metropolitana. La asociación del modelo económico de capitalismo sin controles con lo catastrófico, la subordinación de lo público a la rentabilidad del capital, y la evidente forma nada disfrazada de bajar costos transfiriendo riesgos masivamente termina por intimidar y convertir al mercado y a las grandes empresas en fuentes de amenazas permanentes (43).

A esta altura, se había producido una revalorización de la acción colectiva: ya no podía evaluarse como una amenaza al funcionamiento transparente de las instituciones democráticas ni como perturbaciones indeseables de los mecanismos de mercado que ahuyentan inversores. El fracaso rotundo de la acción política insititucionalizada frente al problema de la corrupción encarnado en el gobierno de la Alianza primero y en la iniciativa solitaria de Alvarez después, comenzaba a contrastar con el relativo éxito o al menos repercusión de las acciones colectivas de docentes, gremios aeronáuticos, organizaciones de desocupados. Después de muchos años en donde las luchas sindicales y sociales habían resultado en gran medida estériles, ahora tenían mayor llegada en los medios, la opinión pública y originaban inocultables costos políticos al gobierno. La acción colectiva empieza a gozar de mayor valoración que la actividad político partidaria, electoral o institucional. A su vez los sectores que se posicionan mejor en el plano de la rehabilitación de la acción colectiva son aquellos que más han avanzado en innovaciones en los repertorios de medidas de lucha.

El estallido de la crisis como acontecimiento agrega más elementos definitorios de este proceso de ruptura.

 

Movilización y repolitización de masas

La política económica es fundamentalmente "depresiva". La recesión es inducida casi por todos los medios posibles: contracción de medios de pago, incautación e inutilización de ahorros, derrumbe de inversión privada, baja de gasto público, ausencia de crédito, y ahora la inflación con congelación de ingresos de la población. La depresión es la única manera de alcanzar saldos netos positivos de divisas disponibles para las empresas cuya acumulación necesariamente utiliza excluyentemente esa unidad de cuenta. La recesión aparece como elemento excluyente de la política económica en general y de la cambiaria en particular (44). La contención de la demanda de divisas se hace a expensas de empleo, ingresos y disponibilidad de los ahorros privados. La recomposición del stock de divisas comerciales "genuinas" es la llave para la estabilización depresiva del "modelo" como en la fase expansiva había sido el crédito externo y las privatizaciones. Es que toda la estrategia "salvadora" pasa por lograr "financiamiento", ahora lisa y llanamente asumida como una mendicante "ayuda", detrás de la cual se vendría la reactivación...pero... ¡ohh paradoja!: para que llegue la ayuda deben profundizarse las medidas depresivas. Este círculo perverso destruye cualquier tipo de legitimidad política. Esta lógica de supresión, de destrucción como solución que es la base de toda lógica de "ajuste" es similar a la lógica de la desaparición física de las personas, o a la lógica de la desaparición política de pueblos, partidos o líderes.

La especificidad económica de la crisis del modelo de acumulación es que ya no ofrece ni confianza ni resultados para nadie, ni siquiera para aquellos que se beneficiaron largamente de él. Las caídas masivas –desde 1999- en las cuentas de resultados de la mayoría de las grandes empresas, las mermas en las tasas de retorno y ganancias en las operaciones financieras y el default financiero, hacen que los sectores dominantes tengan que pugnar no ya por mantener sus beneficios sino por evitar pagar los costos del desmoronamiento. Este dato es muy importante porque no son solamente los sectores populares los que no tienen interés en el status-quo, sino que los mismos sostenedores del orden dominante no alcanzan al menos a demostrar vocación de sostenerlo, e inclusive algunos parecen más interesados en sacar ventajas de su derrumbe más que en hacer alguna clase de esfuerzo para apuntalar un modelo que hasta no hace mucho era sacralizado e intocable (45).

La desocupación y precarización de masas e indiscriminada (de profesionales, de técnicos, de trabajadores con mucha experiencia, los empleos basura para todo el mundo), la deflación/depreciación de salarios, la quiebra generalizada de empresas y comercios, la fuga masiva de capital y la incautación de los ahorros privados de la población, constituyen fenómenos que, a medida que se prolongan en el tiempo, moldean la percepción colectiva hacia una imagen de "no funcionamiento" más que de un funcionamiento con costos insoportables. La certeza de que todos pierden aun los que aun conservan la capacidad de transferir masivamente sus costos liquida las chances de relegitimación posibles. A su vez la lógica de un poder económico que opera no ya como apropiador privelegiado de excedentes sino solamente como externalizador de costos hacia sectores más débiles y el estado tiende a delatar una suerte de "impunidad ecónomica" estructural derivada no solo de las mismas reglas de juego instauradas durante el menemismo, sino también del minucioso control puntual que ejercen sobre los poderes públicos, los procesos de dicisión y la justicia, y la dirigencia política en su conjunto.

Los dos elementos principales hacedores de percepción colectiva que operan en el estallido de la crisis desde mediados del 2001 y tienden a liberar cognitivamente a las clases medias son las quiebras generalizadas y la reducción absoluta de la inversión y la fuga de capitales. Esto sumado a la miseria creciente que se respira cotidianamente y amenaza a todos termina por extinguir las bases de la credibilidad en el modelo socioeconómico. No solo porque las consecuencias del modelo habían dejado de ser beneficiosas hacía ya tiempo y habían pasado a ser gravosas, sino principalmente por que estos fenómenos de fuga y desinversión no significaban otra cosa que lo que son: la acumulación se convertía en desacumulación y los principales beneficiarios y mentores del modelo lo abandonaban en los hechos, aunque hipócritamente y de manera ya poco convincente los seguían defendiendo en el discurso. El mensaje del bolsillo y de la calle ya no puede ser obturado o desnaturalizado por el discurso residual de los medios de comunicación en donde incluso aparecen y se multiplican voces ahora disidentes o preocupadas.

Las obligaciones del cumplimiento de los servicios de deuda se asocian a recortes de sueldos de estatales que rápidamente se trasladan al sector privado, y la estabilidad bancaria a la no disponibilidad de los ahorros terminando por cercenar toda forma de acceso a la acumulación no solamente del excedente social sino de la magra acumulación privada propia.

El nivel de rechazo al modelo económico y al conjunto del sistema político alcanza cifras de unanimidad social aun antes del estallido del 19 de diciembre, como pueden verse en los siguientes datos de una encuesta (46).

Los encuestados manifiestan un llamativamente alto nivel de disconformidad tanto con la economía como con la política que no distingue barreras sociales o educativas:

  • un 97% no están conformes acerca de cómo se vive en la argentina hoy y el 51,1% cree que la situación empeorará.
  • el 93,1 % considera necesario o muy necesario el cambio de modelo económico.
  • el 90% afirma que con la actual política económica no hay solución para la desocupación.
  • el 94,6% considera muy necesario o necesario un cambio en la dirigencia y en las prácticas políticas.

La demanda de cambio de orden se nota en que el descontento no tiene por destinatarios solamente a los ejecutores sino que aparece un cambio en las preferencias por las orientaciones de política económica de la población como puede verse en los resultados de la encuesta citada.

El rechazo del modelo económico se acompaña por propuestas de política económica fuertemente contrarias a las vigentes en la última década: el 59,3% de los encuestados está de acuerdo con la nacionalización de bancos y empresas estratégicas, el 52,4% con la propuesta de estatización de las AFJP, el 42,3% está a favor del no pago de la deuda externa, el 91,4% está de acuerdo con aumentar los planes de empleo y la asistencia alimentaria a los desocupados. La medida preferida para combatir el desempleo es la protección de la industria nacional con el 53%, le siguen con menor importancia la baja en la tasa de interés (14%) y la reducción de la jornada laboral con 13%.

Las características hiperdepresivas de la crisis económica cambia las valoraciones sectoriales de costos y beneficios y los alineamientos frente al status quo (47). Las roturas de cadenas de pagos, sistemas de precios, caída de demanda, rentabilidad negativa, sobreendeudamiento, etc. Muestra que los circuitos de acumulación no son controlables desde los poderes institucionales y, aun más, que no pueden ser controlables. La pérdida de recursos políticos e institucionales frente a los mercados deriva en una nueva situación de expropiación. La crisis vista por los sectores medios como la ausencia de contención política a la economía, como demanda de autoridad política pero ya no contra los sectores populares movilizados o los sindicatos, sino contra los decisores económicos y los mismos políticos.

El perfil de capitalismo "político" derivado de las privatizaciones apuradas y corruptas, los monopolios concedidos y el desgobierno comercial y financiero del sector externo, se hizo carne en la opinión pública pero lo principal es que la inversión del capital (el trabajo acumulado) queda tan distante del proceso de trabajo, el excedente social se sustrae completamente de las instituciones locales de tal forma que no ya el trabajo y la subsistencia de las personas dependen de factores inmanejables e inaccesibles a través de las mediaciones instituidas sino tambien que la misma disponibilidad de los excedentes de la población local resulta amenazada. La incertidumbre inflacionaria de los ‘70/80 (no se cuanto vale el salario) es reemplazada por la incertidumbre laboral (no se cuando y cuanto voy a trabajar) de los ’90 y la incertidumbre social (no se lo que tengo, ni a qué tengo derecho). La ruptura del derecho de propiedad y de la convertibilidad significan ni más ni menos que las clases auxiliares no tienen estímulos para apoyar y también que ya no pueden ser considerados como socios menores sino solo como costos. La imagen del gerente de banco privado atrapado en el corralito manifestándose con su cacerola antes de entrar a trabajar al banco es el ícono del momento para la misma clase media.

El papel de los MMC en la gestación de estas nuevas formas de enmarcamiento (48), de entendimiento y comprensión de la crisis, es muy importante. Desde hacía bastante tiempo se había instalado en los MMC una suerte de consenso respecto de presentar a los políticos como causantes de todos los males ya sea por acción o por omisión. Sobre todo una vez que se produce el desplazamiento del menemismo, y merced al escándalo de las coimas en el senado, el halo de corrupción se extiende a la casi totalidad de la dirigencia política de los partidos mayoritarios. Por otro lado, el enmarcamiento de los MMC, sobre todo los televisivos, de las puebladas y los cortes de ruta en el conurbano, no pueden obviar el carácter masivo y las víctimas inocentes de la represión de las primeras, y el carácter pacífico de los segundos. La novedad de las formas dramáticas de protesta convocó inmediatamente a una gran cobertura periodística realimentando el proceso y poniéndola en el centro de la coyuntura. El protagonismo de masas opacó durante gran parte de los últimos dos años las internas y luchas de la política institucionalizada. Este protagonismo, vinculado con la capacidad de acción colectiva desafiante generó un aprendizaje político y un marco de comprensión específico de gran parte de las clases medias urbanas acerca de la naturaleza de la crisis y de los conflictos sociales que involucraba.

En este sentido la encuesta muestra niveles muy altos de predisposición a la acción colectiva, una desconfianza en la política institucionalizada pero no tanta hacia la política misma. El 46% piensa que en este momento, a través de la política pueden solucionarse los problemas del país, cifra que crece a 51% en relación al futuro. Este resulta un indicador importante de la discriminación en la opinión pública entre la baja credibilidad de los políticos y la no tan baja de la política como actividad. Aunque la participación actual en organizaciones y partidos es de apenas 6%, la predisposición a participar en el futuro asciende al 45%, y el interés por la política asciende al 40.8%.

Sin embargo, los cambios de modelo económico y político reposan en formas de acción colectiva no institucionalizada (49): el 40% opina que la fuerza más capaz de garantizar estos cambios es la protesta masiva de la gente. En segundo lugar, aparecen expectativas de cambio en torno a la aparición de nuevos partidos políticos (21.4%). Frente a un modesto 8.1% que confía que estos cambios sean realizados por los partidos políticos tradicionales. Un 9,8% confía en organizaciones sociales como fuerzas de cambio. Apenas un 4% deposita sus expectativas en grandes empresarios. La mayor preferencia por la protesta y la acción colectiva se intensifica un poco más en las mujeres, los jóvenes y las clases bajas.

Una porción importante de la población ha participado alguna vez en protestas, movilizaciones, cortes o paros (31%). La experiencia de participación aumenta a medida que asciende el nivel económico social y lo que es más notable determina en gran medida el patrón de respuestas. Aquellos encuestados que participaron en acciones colectivas tienen mayor interés por la política, mucha mayor predisposición a aceptar los cortes de ruta, preferir la acción colectiva y la protesta como forma de impulsar el cambio, y también mayor confianza en la utilidad de la política en el futuro.

El 75% de los encuestados considera que diversas formas de acción colectiva pueden ser eficaces y adecuadas. Entre ellas se destacan las movilizaciones y marchas con un 23%, seguidos por los escraches a políticos y empresarios con un 14.2%, el boicot a empresas o bancos con 12.3% y las huelgas y paros con 11.7%. Hay que resaltar la preferencia por nuevas formas de acción colectiva que están levemente asociadas con los niveles educativos: a mayor nivel educativo mayor preferencia por formas de acción colectiva novedosa.

Los discursos complementarios de la "gobernabilidad" por un lado y de la "confianza de los mercados" por el otro, claramente sustraen a la política de las demandas sociales. Por eso la fuerte colisión y cuestionamiento al sistema político y la dirigencia en su conjunto y la escasa estima por las soluciones institucionales, entre las que se destacaba el "voto bronca". Las movilizaciones de los sectores medios activados traen una nítida ruptura con las reglas institucionales: desconociendo el estado de sitio, escrachando casas de políticos y sindicalistas, hostigando en los portones de la residencia de Olivos, presionando a legisladores, etc.

Muestran una predisposición a formas de lucha no violentas pero tampoco institucionalizadas y también la emergencia de crecientes posicionamientos "populares" dejando de lado los posicionamientos "democráticos" que habían predominado con el retorno de la democracia constitucional (50). Los antagonismos de intereses supuestamente supeditados a los mecanismos sabios y automáticos del mercado reaparecen ahora con toda su potencia de la mano de la acción colectiva desafiante y de fuertes de demandas de cambio en el orden económico y político.

 

Reflexiones finales

Las contradicciones del capitalismo dependiente no pueden ser resueltas en un orden hegemónico mínimamente estable en lo político y con un patrón de acumulación autocentrado que encuentre en el espacio económico local sus premisas de desarrollo y dinamismo.

En este sentido el derrumbe de la convertibilidad y la crisis depresiva por la que atraviesa la economía sigue teniendo en buena medida un carácter genérico e histórico.

Lo que no es genérico y aporta su carácter de novedad son las relaciones trazadas entre la acción colectiva de masas, la política y la acumulación. Todas las crisis anteriores han implicado salidas via reformulación de la relación entre las masas y la política, y entre las masas y la acumulación. Las intervenciones de masas y su protagonismo han significado en los momentos críticos giros o inflexiones en los procesos de generación de nuevas formas de estructuración de las relaciones entre sociedad civil y sociedad política, entre lucha de clases y acumulación/distribución.

Este momento de crisis no es una excepción: la puesta en cuestión de las reglas de orden, la percepción de la necesidad de cambio y la orientación de las masas a alcanzarlos a través de la acción colectiva y el protagonismo político constituyen quizás el dato fundamental de esta coyuntura.

El otro dato es la convergencia (sería incorrecto hablar de alianza de clases) entre la reactivación de extensos sectores de clases medias y los movimientos de carácter novedoso de las clases populares. En principio la convergencia reconoce la forma de una suerte de socialización de los repertorios de protestas (piquetes y cacerolas) que pueden combinarse de variadas maneras, recordando el concepto de modularidad de la acción colectiva (Tarrow, 1997: Cap. 6). En segundo lugar aparece la propensión a las formas autónomas y no insitucionalizadas, desconfiadas de todas las organizaciones e instituciones preexistentes. Por ello el locus donde radican la construcción colectiva tiende a ser el territorio (organizaciones de desocupados y asambleas barriales), aunque sin descartar los agrupamientos por intereses inmediatos como ahorristas, inmobiliarias, comerciantes, etc. En tercer lugar, habría que destacar una modificación muy fuerte en la percepción desde los sectores medios del conflicto social y de la visión de las clases populares. El imaginario construido en torno a las clases peligrosas, anacrónicas, ignorantes o bárbaras, asociadas al peronismo y al sindicalismo, es reemplazado por representaciones de sufrimiento, desesperación y en una medida no despreciable de respeto por la lucha. El protagonismo de una dirigencia sindical alejada del peronismo y de los viejos y desgastados caciques sindicales tradicionales (principalmente la CTA y en menor medida la CCC), más el activismo desarrollado por los movimientos de desocupados con repertorios de acción y construcciones discursivas novedosas (51), coadyuvó a hacer más amigables las imágenes de las organizaciones populares (52).

La reacción de los sectores medios de la ciudad frente a los saqueos fue notable y puede analizarse como una acción que marca un ruptura "cognitiva" respecto de la representación de los conflictos y el orden social característicos de la hegemonía anterior. La inscripción de los saqueos en el registro de los problemas sociales de injusticia e irracionalidad económica en lugar del de seguridad y orden como intentó encuadrarlos el gobierno nacional, aún a pesar de las huellas de manipulación política en los hechos mismos, supone un enmarcamiento "diagnóstico" de la debacle económica completamente distinto de los utilizados en 1989 y en 1995.

Ni las reacciones a los saqueos fueron las mismas que hacía 12 años ni tampoco las reacciones ante la confiscación de ahorros fue la misma. Las demandas de orden por parte de los sectores medios son completamente distintas a las registradas en 1975/76 o en 1989/90. En estas condiciones, el temor al conflicto social como disgregador no es percibido como desgobierno de las fuerzas incontrolables de la sociedad civil sino que el desgobierno "viene de arriba mas que de abajo" (53). El secuestro de ahorros no constituyó un "golpe de mercado" sino un intento desesperado de sobrevivir al mercado, un signo de la desintegración misma del mercado, esta vez no achacable al Estado, el populismo o las pujas corporativas sectoriales de la sociedad civil. La autonomía celosamente guardada de las organizaciones de trabajadores desocupados respecto de los partidos políticos y autoridades estatales también parece sumar puntos desde el punto de vista de su imagen para otros sectores sociales y contribuye a fortalecer la legitimación de las demandas.

Los saqueos que podrían haberse interpretado como amenazas al orden público por parte de "los excluídos", en realidad se tomaron como expresión misma de un desorden ya establecido. El "saqueo" de los ahorros por parte de los bancos trastornó firmemente la percepción de los sectores medios. Las responsabilidades políticas y los abusos evidentes del poder financiero no pudieron disfrazarse, hiriendo de muerte a las coartadas ideológicas libremercadistas y deslegitimando a sus voceros.

La negativa instantánea a aceptar el decreto del estado de sitio como respuesta fundamentalmente represiva del gobierno al problema, plantea un típico caso de desobediencia civil activa, y también una reivindicación de la preservación de las "libertades democráticas" frente a la "clase política".

La insólita debilidad política, la deslegitimación completa del establishment que ha administrado el modelo hasta ahora, la reactivación de las masas y sus innovaciones en materia de acción colectiva y formas de conciencia, no bastan para asegurar el anhelado "cambio de rumbo". Los factores tentativamente enumerados son varios: relativa inmovilidad del grueso dela clases obrera ocupada, dispersión organizativa, falta de estructuras político-electorales y liderazgos fuertes, desconfianza elevada respecto de estas mismas formas institucionales, una situación internacional adversa, ausencia de fracciones de las clases dominantes interesadas en articular intereses con los sectores movilizados, etc.

Por todo ello no viene mal recordar a Freud que decía que la política junto con la docencia y el psicoanálisis son profesiones desdichadas que todo el tiempo alimentan y frustran la omnipotencia, en donde la solución de unos problemas trae inmediatamente otros y donde "todo lo que se haga nunca es suficiente".

 

Notas

1. "El concepto de Crisis" Communications Nº25, 1979, Edgar Morin, y Andre Bejin (comp.) donde se repasan diversos usos del concepto en ciencias sociales.
2. "...la evolución social agudiza constantemente la tensión...precisamente porque el sentido inmanente de la realidad irradia de ella con brillo cada vez más intenso, ...el sentido del acaecer es cada vez más profundamente inmanente a la cotidianedidad..." (Lukacs, 1969:27). En el mismo sentido Castoriadis (1993, Tomo 2: 82) alude al kairos hipocrático como "el instante propicio, lapso de crisis, ocasión de decisión", apremio propio del "tiempo en donde no hay mucho tiempo".
3. Ver Castoriadis (1993) con un extenso tratamiento de la relación entre crisis y revolución. Las crisis suponen una contestación en acto que al mismo tiempo que la alimenta, excede a la crisis misma. (p.168)
4. Elster propone una visión del cambio social completamente "subjetiva" en la cual este queda reducido al efecto sorpresa por incumplimiento de expectativas que se hacen los protagonistas (Elster, 1993: 157 y ss.). Si el cambio puede ser visto exclusivamente como conciencia de la necesidad de cambiar y conciencia de lo que cambió, podría pensarse la crisis como momento o fase de la conciencia de la relatividad del orden y de la conciencia de la necesidad de la propia intervención. Trotsky es el primero en afirmar que la verdadera intervención revolucionaria de las masas ocurre no como capricho o decisión premeditada sino "cuando ya no queda otra" ( ) En la crisis revolucionaria la conciencia de la necesidad y la necesidad de la conciencia van de la mano.
5. Es magnífica la fórmula de Marx en la Crítica de la filosofía del Derecho de Hegel respecto de las relaciones entre la realidad y el pensamiento: "no basta que el pensamiento apremie su realización, sino que la realidad misma tiene que requerir al pensamiento". (Marx,1978: 219) .
6. La experiencia compartida que constituye al grupo no es producto de la influencia de los fundadores ni ocurre simplemente en un vacío sino tanto dentro como en conflicto con un orden estructuralmente definido (Alberoni, 1991: cap. 2)
7. Esto da lugar a la discusión teórica acerca de los encuadres teóricos más adecuados acerca de la temática de los movimientos sociales, revoluciones y acción colectiva: estructuralistas, marxistas, situacionistas, funcionalistas, historicistas, subjetivistas, (Ver Riechmann y Fernandez Rey, 1995, Cap. 1, y Munck, 1995). Asimismo, se plantean distintas formas de posicionamiento político ante los procesos de masas: espontaneismo, hegemonía, clasismo, democratismo, populismo, preferencias por las formas que deberían asumir o asumen actores privilegiados: movimiento, partido de clase, partido electoral, alianza de clases, sindicatos, organizaciones sociales, etc. Algunos de los tópicos pertinentes a analizar en estos enfoques son los problemas de la vocación de poder o de conformación de voluntad colectiva orientada a intervenir en el orden social total, de la contradicción entre legitimidad y acción de masas cuando la acción de masas rompe con los criterios establecidos de legitimidad, del riesgo discursivo de convertirse en portadores de nuevas formas de legitimición, de la direccionalidad del cambio y el control sobre los actores sociales movilizados, etc.
8. Pido disculpas pero no encontré otra inspiración tan estimulante ni una terminología más justa. (Hegel, 1978: Cap. IV, B)
9. Alberdi lamentaba la mezquindad y la falta total de escrúpulos de las clases dominantes sobre todo en el manejo del endeudamiento "es el aliado natural del conquistador extranjero", "...la habilidad abunda más que el juicio, se da frecuentemente el nombre de empréstito para obras públicas a lo que en realidad son obras públicas para empréstitos" en Obras Completas, VIII, p. 111-117.
10. Cualquier parecido con las exigencias sucesivas del FMI a los sucesivos gobiernos argentinos quizás no sea mera casualidad. Tampoco las constantes demandas del poder económico sobre estados y gobiernos que se basa en un precepto sencillo: todo lo que se haga siempre es necesario pero insuficiente. No puede no hacerse pero no alcanza. Fuimos el "mejor alumno" pero a la hora de la sentencia es eso es un agravante.
11. La estatización de la deuda externa y su gigantesca licuación posterior, dirigida por el Harvard boy D. Cavallo es otro ejemplo flagrante.
12. Recordar que en el `94 Cavallo mismo ya advertía la dependencia del ingreso de capitales y exhortaba a aumentar el ahorro interno y disminuir el consumo de importados. El comportamiento del ahorro interno es ejemplificador: si era débil en la etapa expansiva, en la contractiva directamente desaparece; en el primer semestre del 2001 el ahorro nacional bruto cayó nada menos que un 25% con respecto al último semestre con crecimiento del PBI (1er. Semestre de 1998). En vez de compensar la disminución del financiamiento externo de la economía, los agentes locales tienden a externalizar aun más y detener el proceso de formación de capital: las retribuciones al exterior aumentaron en el mismo periodo un 18% y la IBI cayó un 14%. Comunicado de Prensa del INDEC del 20/08/01 sobre Ingreso Nacional con fuente en Dirección Nacional de Cuentas Nacionales.
13. La corriente que analiza la acción colectiva como movilización de recursos denomina "procesos de enmarcamiento" a la construcción de significados referidos a la propia situación, la posición frente al resto de los actores sociales, los sentidos culturales, etc. (Snow, 1992 basado Goffman, 1974, y también Eyerman y Jamison, 1990). Sin embargo, está claro que no son solamente procesos culturales que movilizan creencias o tradiciones y esquemas cognitivos, sino que hay que recordar que "la práctica económica es también significante, es decir, se constituye también como discurso" (Laclau, 1985: 23) y que los agentes sociales son "diestros" y elaboran su experiencia intentando entender su sentido en un marco de representaciones que intentan dar cuenta del contexto y los procesos globales.
14. Las relaciones de fuerzas definen entornos ante los cuales los actores utilizan comportamientos estratégicos. La débil institucionalización y mediación de los conflictos redunda en una subordinación de lo instituído a las estrategias e intereses de cada actor.
15. Tomamos aquí la excepcional interpretación de James (1990).
16. La obturación de los caminos negociales (supresión de negociación colectiva libre) con autonomía de partes combinados con soluciones inflacionarias a la puja de ingresos obedece a que las capacidades potenciales de la acción colectiva sindical excede las capacidades de la burguesía para defender la tasa de rentabilidad del capital excluyendo los mecanismos devaluatorios e inflacionarios. El corporativismo y la inducción al accionar limitadamente corporativo fue una política "oficial" funcional en largas etapas de nuestra historia.
17. Los Montoneros fueron de los primeros en aceptar la salida electoral cuando la propone Perón en febrero de 1972 (Ollier, 1986:69).
18. A diferencia del desarrollismo que aspiraba la conducción del proceso a los sectores modernos del empresariado.
19. En cambio se incentivan las formas apolíticas de la acción colectiva: el espectáculo del fútbol y las ceremonias religiosas masivas.
20. Sobre este punto ver Villarreal , Jozami y ot., 1985. "Estamos haciendo un buen trabajo. No va a haber peronismo por 100 años" llegó a decir el Alte. Masera.
21. Baste recordar el accionar amparado desde el Estado de bandas armadas, persecuciones a dirigentes y líderes de las organizaciones revolucionarias y partidos de izquierda, las intervenciones federales, los acontecimientos de Ezeiza, el deslucido papel de partidos políticos y parlamento en la renuncia de H. Cámpora.
22. No era un dato menor, la capacidad demostrada por el vandorismo para deshacerse de los sectores lopezreguistas y sobre todo de frenar en junio del 75 el plan de ajuste de C. Rodrigo. Tampoco era un dato menor la capacidad operativa militar y de movilización que seguían ostentando las organizaciones revolucionarias ahora nuevamente en la clandestinidad pero con fuerte inserción en el movimiento estudiantil, algunos sindicatos, movimiento villero, y aun en instituciones tradicionales como la Iglesia. El nivel de activación "molecular" de extensos sectores de las clases populares y las clases medias, si bien menor al de comienzo de la década, y el hundimiento de los partidos políticos y la ausencia de liderazgos hacían temar a militares, clases dominantes locales y poderes internacionales por una posible salida a la crisis fuera de su control.
23. Respecto de esto ver Pozzi (1988) y Thompson (1985).
24. La alteración de las percepciones puede provenir de hechos precipitantes de sentimientos de indignación o injusticia en cuyo caso se convierten en una "cognición caliente" (Klandermans y Goslinga, en McAdam et al.,1999: 445 y ss).
25. Ver en un sindicalista exponente del primer gobierno la aguda conciencia sobre la crisis del capitalismo y la necesidad de cambiar sus reglas de juego en la entrevista a J. Triaca en S. González y Bosoer (1999).
26. Las lecturas de la reestructuración de los ’90 como "patrón de acumulación rentístico y desindustrializante dominado por la valorización financiera e implantado por la dictadura" acompañado por un sistema político que refleja el predominio de la fracción financiera trasnacional del capital pueden verse en el importante trabajo de Basualdo (2001). Los problemas de legitimación política y de insuficiencia hegemónica cuando el bloque dominante cae bajo el predominio financiero son un tema clásico. Ver Poulantzas, 1973: Cap. 3.
27. Es clásica la distinción de Poulantzas (1985) retomada por Vommaro (2000:38)
28. Cavarozzi (1997) plantea que las reglas institucionales van quedando sin sustancia y las mayorías van percibiendo que ya no resultan mecanismos efectivos para procesas sus demandas. Se diluye la dimensión simbólica del Estado en tanto que instancia de reconocimiento de pertenencia a un orden colectivo, donde los ciudanos se sientan semejantes y partícipes de ese orden (Lechner, 1999: 16).
29. El alfonsinismo primero pero la renovación justicialista y todo el espectro político después terminaron por poner en contradicción la acción colectiva y la organización autónoma de las clases populares con el principio de la representación político. La acción colectiva ingresaba a la vida democrática con un defecto de origen, una débil legitimidad.
30. La política de la cancelación de la política, la política de anular lo político, encarnada por el primer gobierno de Menem, (TINA, "estamos de rodillas", y disciplinamiento sectorial), le sigue una fase en la que la economía anula la política (segundo gobierno de Menem, a pesar de la ida de Cavallo, el piloto automático, pierde en 1997 y no logra la reelección, De la Rua y la lógica del salvataje de la política desde la economía), y termina en la actual: la economía anula la economía (Cavallo perdiendo el control y Duhalde con su lógica del no se puede tocar nada porque estalla).
31. La consigna de campaña en 1989, "Síganme, no los voy a defraudar", preanunciaba esta tipo de vínculo entre autoridad política y masas.
32. En términos estrictos la metodología de encuestas presupone el no deseo: nunca se refleja lo que quiere espontáneamente el encuestado por sí mismo, sino la opción que hace el encuestado ante una serie de estímulos prestablecidos por el encuestador y sus clientes de acuerdo a sus intereses y no de acuerdo a los intereses del encuestado.Generalmente el interés que inspira no solamente las encuestas de opinión pública sino también las encuestas de marketing, son contar con elementos de juicios para mejorar el control de la voluntad de la población. Nuevamente aquí se registra la expropiación de la voluntad: la voluntad que cuenta y queda registrada en las encuestas es únicamente aquella que puede ser utilizada para neutralizar o moldear anulando la autonomía de dicha voluntad. En este sentido, la encuesta como elemento de la construcción de relaciones y formas de conciencia políticas implica lisa y llanamente que no hay libertad de desear lo que no hay sino de elegir entre lo que hay. La encuesta ofrece una matriz de producción de sentido básicamente conformista. Los resultados de la encuesta citados más adelante son doblemente sorprendentes teniendo en cuenta este sesgo inherente a la metodología misma.
33. Si el aparato era el control de recursos y gente, ahora los recursos estaban a cargo del "mercado" y la gente podía controlarse a través de los medios de comunicación y el marketing político. El derrumbe de las mediaciones políticas tradicionales para las clases subalternas ya se anticipaba con la innovación del gobernador Duhalde y su esposa: las manzaneras intentaban generar una estructura asistencial directa con la autonomía suficiente para generar no solamente mejores prestaciones sino también mayor confianza política. Sin embargo, entre la falta de recursos y la propia repolitización y movilización terminaron rápidamente con la experiencia.
34. Portantiero (1994) se ha referido a una ciudadanía de baja intensidad y O´Donnell (1992) ha visto una responsabilidad vertical y un fortalecimiento de la ciudadanía democrática al situar el origen de la legitimidad en el apoyo electoral de la ciudadanía por sobre identidades o fundamentos sustancialistas. La representación del poder (portador legítimo del interés general) tiene preeminencia sobre la representación ante el poder (demandas sectoriales).
35. Un gigantesco looping por el cual se reciclan excedentes de los mercados financieros mundiales ingresando a los nuevos mercados para multiplicar su valorización financiera captando rentas de recursos naturales o de mercados monopólicos, o simplemente con la especulación sobre activos o prestándole a gobiernos corruptos, para luego volver aumentados a los países centrales.
36. En su desorientación intentó fallidamente en forma sucesiva todas las estrategias: apretar moderadamente mientras conservaba capacidad de movilizar y luego intentar negociar, esperar el momento de debilidad con algún traspié electoral, negociar ventajas por apoyos políticos y parlamentarios para inciativas económicas del gobierno, y finalmente ceder la iniciativa y la exposición pública a otros sectores sindicales más combativos.
37. Especialmente el acceso a los códigos de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información producen una suerte de globalización simbólica, cuyo efecto inicial fue la difusión del llamado "pensamiento único". Internet y el abaratamiento de los viajes a los países del norte, reforzaron el efecto de ingreso al primer mundo.
38. B. Barber (1996: 79) diferencia los servicios tradicionales (salud, transporte, alojamiento, sanidad, etc.) que atienden el cuerpo individual de la población, de los servicios facilitadores del sistema (systems facilitation sector: administradores, abogados, contadores, economistas) y de los servicios de la información (new information sector: educadores, científicos, comunicación, entretenimiento, información, publicidad, etc.) que atienden la regulación y el funcionamiento del sistema en su conjunto y buscan producir las formas de subjetividad más adecuadas para el equilibrio del sistema. Los cambios en la estructura ocupacional de las clases medias las resituan de manera creciente en funciones de preservación de la "salud" del cuerpo corporativo del sistema: deben sincronizar y armonizar flujos simbólicos y materiales, y disponen los medios para generar las mejores condiciones para que las intervenciones y acciones humanas sean "eficientes", "rentables", "productivas", etc.
39. Es indicativo el hecho de que desde mediados de la década se produce un cambio en las orientaciones de la elección de carreras de los ingresantes universitarios: aumentan enormemente su participación todas aquellas carreras vinculadas con los procesos de modernización de la economía: administración de empresas, informática, ciencias de la comunicación, comercio, etc. (Gómez, 2002)
40. La ideología neoliberal trae la novedad de "políticas activas" en la desactivación de la política. Es lícito que el estado favorezca los intereses privados y el imperio del mercado cuando este no lo puede hacer por sí mismo. Lejos del estado ausente o pasivo, el neoliberalismo pregona resueltamente el avance del mercado por medios estatales si es necesarios.
41. Testimonios obtenidos en 2000 para una investigación sobre inserción laboral de jóvenes graduados universitarios en especialidades vinculadas a servicios facilitadores del sistema, deja entrever la importancia del manejo de idiomas, la formación de posgrado en el exterior y la universal importancia dada a conseguir empleo en alguna empresa trasnacional con la esperanza de poder desarrollar una carrera "internacional". La percepción de un mercado de trabajo "mundializado" es clara para algunas especialidades profesionales. Algunos entrevistados aseveraban que no solo son importantes en términos de "oportunidades" laborales sino también por el tipo de experiencia profesional hipercompetitiva y por los enfoques "transculturales" necesarios para desempeñarse en "empresas globales" con altos niveles de movilidad interna y externa del personal (Gómez y Contartese, 2001).
42. La Ley Federal de Educación finalmente recoge algunos de los reclamos sobre todo presupuestarios. La acción tenaz de los gremios docentes llevaron a la renuncia de dos ministros de Educación (Salonia y Decibe) y de hecho constituyeron durante algunos lapsos la principal expresión de confrontación con el gobierno.
43. Mientras en el primer mundo se plantea la sociedad de la gestión del riesgo y la incertidumbre por parte de sistemas abstractos y expertos (Giddens, 1994: 84) aquí las grandes empresas presentadas como sistemas expertos se especializan en transferir riesgos e incertidumbres a los más débiles, convirtiendo el riesgo en verdadero peligro (Luhmann, 1992: 148). La puesta en cuestión de la fiabilidad de estas grandes empresas extranjeras reproduce una inseguridad ontológica amenazante a partir de la cual se opera un acelerado proceso de deslegitimación de las políticas que las favorecen.
44. La consagración de la ausencia de alternativas ahora tiene el sabor amargo de una muerte anunciada: la única política es la recesión. Con tipo de cambio fijo y rigidez monetaria, desregulación de la balanza de pagos y sin financiamiento externo ni público ni privado, la única política es la deflación y la reducción del consumo interno para aumentar saldos exportables y disponibilidad de divisas. Esto es lo que los mercados quieren y esto es lo único que se puede hacer. No existe la incertidumbre acerca de cual es la solución: ahora la solución es lo mismo que hay. Lo que hay se ofrece como solución. Ajustar y deprimir para no tener que devaluar primero, y para evitar la hiperinflación via hiperdevaluación, después.
45. No es ningún secreto en nuestra historia que los comportamientos depredatorios demuestran que la inestabilidad puede ser tan negocio como la estabilidad y que nuestras (¿son nuestras?) clases (¿llegaran a tanto?) dominantes no son afectas a ninguna ortodoxia, suelen cambiar de apoyos políticos más rápido que lo que Macri cambia de novia, y la fidelidad a los programas económicos no excede la que tienen las novias de Macri. Sin embargo, esta flexibilidad tiene por objetivos siempre algún negocio particular: licuación de deudas, perdones fiscales, tratamiento privilegiado de protección comercial, etc.
La absoluta precariedad de todo el esquema resultante de la famosa reestructuración de los `90 aflora en su sector más fuerte: el financiero y bancario. Apenas se contempla que el 30% del patrimonio de los grandes bancos privados está compuesto por los "funestos" Títulos de Deuda Pública nos damos cuenta que "el modelo" era un negocio entre un sistema político autodestructivo y unos intereses financieros externos.
46. Encuesta coincidental sobre nuevas prácticas reivindicativas y predisposición a la acción colectiva realizado por el Centro de Investigaciones en Estadística Aplicada/UNTREF, coordinada por el Lic. Diego Brandy. La muestra estratificada por cuotas de sexo y edad es representativa de la población residente en el Gran Buenos Aires (Ciudad de Buenos Aires y Conurbano Bonaerense) y alcanzó un tamaño de 644 casos de lo que resulta un margen de error estadístico de +/-3.9% con un nivel de confianza del 95.5%.
47. Fenómenos propios de toda crisis motorizadora de la acción colectiva de masas (Goldstone, 1997).
48. Los medios en general deben responder a la necesidad de captar la atención de al audiencia junto con la defensa de los intereses de sus anunciantes en general y favorecedores en particular (McCarthy y Zald, 1999: 421). Por tanto, los aspectos dramáticos de las crisis difícilmente puedan ser ocultados. En torno a ellos se plantea una verdadera lucha de significaciones con una oferta diversa de explicaciones y chivos expiatorios.
49. Existe un notable deterioro de la confianza en las instituciones: prácticamente nadie cree que las instituciones tradicionales se preocupen por el bienestar de la gente. Solamente el 1,7% piensa esto de las FFAA, el 2,5% de los partidos políticos, 5,3% de los sindicatos, el 5% de los empresarios, y el 4,4% de los jueces.
50. La gestación de posicionalidades populares a través de la conversión de diferencias en encadenamientos de equivalencias que tienden a polarizar una antagonismo que surca la totalidad de lo social (Laclau, 1985: 42 y ss.). El paso de la diferencia al antagonismo se puede detectar fácilmente en las consignas (Que se vayan todos, Piquetes/Cacerolas la lucha es una sola , Chorros Chorros devuelvan los ahorros, etc.). Más difícil es detectar una cadena de equivalencias en torno a una fuerza propia bien delimitada.
51. Especialmente el esfuerzo por sostener la "cultura del trabajo" ínsito en la autoidentificación como "trabajadores desocupados" y no dejarse arrastrar por un posicionamiento desde la pobreza o la marginalidad. Las demandas de cualquier sector pueden articularse a nivel de la opinión pública en el eje de la justicia y el derecho o en el eje de la necesidad/protección. En unos casos predomina la noción de responsabilidad social frente al reclamo de derechos (hasta qué punto no pueden ser autosuficientes) y en otro predomina la noción de solidaridad frente a la debilidad o vulnerabilidad coyuntural. Ver (Klandermans, 1999: )
52. Los actores que muestran mayores niveles de confianza (creencia en que estos sectores "se preocupan en el bienestar de la gente") dentro de un panorama de baja credibilidad son: el periodismo que muestra 38,2% de respuestas favorables, los piqueteros (32,4%) y la Iglesia (28,6%). En total el 39,3% de los encuestados contestó sentir respeto, simpatía o admiración cuando escucha la palabra "piquetero". Es muy llamativo que un movimiento social de carácter novedoso tenga los mismos niveles de confiabilidad que instituciones o sectores afianzados.
53. Evidentemente esto descartaría al menos por el momento algún fundamento a los temores a la fascistización de los sectores medios.

 

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Revista Theomai es una publicación de la Red de Estudios sobre Sociedad, Naturaleza y Desarrollo
Theomai Journal is published by  Society, Nature and Development Studies Network
Coordinadores/Coordinators: Guido P. Galafassi, Adrián G. Zarrilli

Universidad Nacional de Quilmes