Los debates por la mejora de la
gobernabilidad
internacional del Medio Ambiente. ¿Necesitamos una Organización Mundial del
Medio Ambiente?
Manuel Fernández González*
* Miembro de Bakeaz, centro de
documentación y estudios para la paz, Bilbao (Vizcaya). E-mail:
mfernandez@bakeaz.org ,
manufer@telefonica.net
1.
Introducción
La protección internacional ha pasado del
conservacionismo localista a la construcción de estructuras internacionales
de defensa y promoción del medio ambiente como derivación lógica del
descubrimiento de problemas generados a escala global y con efecto también
globales. Hay, desde luego, algunos problemas relacionados con el medio
ambiente cuya solución puede ser alcanzada dentro de las soberanías
estatales, en la medida en que el problema sea localizado y limitado a esos
límites estatales y, de hecho, el planteamiento
inicial de la protección del medio ambiente estuvo vinculada a los fenómenos
locales relacionados con la salud pública y a algunos esfuerzos para la
conservación, cuestiones que pudieron tratarse desde una mirada estatal.
Pero en las tres últimas décadas han aparecido problemáticas que
superan estos límites geográficos y que requieren la adopción de consensos
internacionales básicos y estrictos para acometerlos. La teoría de los
bienes públicos ha demostrado que estas problemáticas han de ser tratadas
desde una óptica diferente a la nacional y se ha demostrado con claridad que
el medio ambiente es uno de esos temas que apuntan a la interdependencia
entre las naciones, convirtiéndose así el multilateralismo sobre los temas
ecológicos en un punto fundamental de las relaciones internacionales. En
especial, empieza a apuntarse que estas relaciones pueden llegar a avanzar
cada vez más hacia relaciones conflictivas, en la medida en que muchos
problemas internacionales tienen que ver con el aprovechamiento del curso de
los ríos y los grandes océanos, la contaminación transfronteriza, la escasez
de recursos,...temas que están directamente relacionados con la
conflictividad de las relaciones internacionales. Y sin llegar a plantear
estas hipótesis más pesimistas, es necesario ante todo tomar una posición
proactiva para evitar, no sólo estos posibles puntos de conflicto
internacional, sino la misma crisis ecológica, que ha alcanzado unos niveles
que hacen urgente el diseño de una estructura institucional y organizativa a
nivel global eficaz.
La inexistencia de esta
estructura eficaz, dinámica y coherente es la razón que ha llevado en los
últimos años a plantear soluciones de diferente tipo, que pasan desde la
creación de una Corte Internacional del Medio Ambiente o el fortalecimiento
del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), pasando
por la racionalización de los acuerdos multilaterales de medio ambiente (AMMAs).
Dentro de estas múltiples propuestas ha sido la de crear una Organización
Mundial del Medio Ambiente la que más atracción ha generado, más en los
medios académicos que en los gubernamentales, por sus potencialidades y como
paradigma de un cambio de enfoque que traiga consigo una mejora en los
resultados de las políticas medioambientales. En este trabajo trataremos de
introducir al lector en algunas piezas clave de su significado, su
adecuación a la magnitud de los problemas ambientales e institucionales a
los que tendría que hacer frente el multilateralismo medioambiental y las
opciones que se plantean para la creación de nuevas estructuras
organizativas e institucionales.
Queremos, sin embargo,
señalar que el hecho de detenernos en el estudio de una posible Organización
Mundial del Medio Ambiente no implica nuestra apuesta decidida por este tipo
de soluciones organizativas por encima de otras que podemos llamar
institucionales, basadas en la resolución directa de los problemas del
multilateralismo, que identificamos en el siguiente capítulo, a partir de la
adopción de soluciones institucionales. De hecho, este segundo tipo de
soluciones son las más factibles dentro del estado actual del
multilateralismo a todos los niveles y pueden ser un camino que prepare a
medio plazo la racionalización de las organizaciones internacionales para el
medio ambiente.
2. Fracasos del actual modelo multilateral
Hay ya, después de tres décadas desde la Conferencia
de Estocolmo sobre Medio Ambiente Humano en 1972, experiencia suficiente
como para valorar la eficacia de las organizaciones creadas tras las
euforias de algunas grandes cumbres como la de Estocolmo y Río, donde se
crearon el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y
la Comisión de Desarrollo Sostenible (CDS), respectivamente. Por ello, hay
que levantar una sospecha ante este tipo de organismos de nacimiento
reactivo y, en cierto modo, tan poco efectivos. Al fin y al cabo, el PNUMA
es hijo de aquella declaración de intenciones que fue la Declaración de
Estocolmo y la CDS nació de un mastodonte como es la Agenda 21 nacida en Río
de Janeiro. En este sentido, se sabe y se acepta por lo general que las
instituciones de las Naciones Unidas para el medio ambiente y la
sostenibilidad no son operativas, al menos en la medida en que sería
deseable. A pesar de los más de 200 acuerdos multilaterales sobre el medio
ambiente (y probablemente más de 1000 instrumentos legales de tipo regional
o bilateral), así como de los múltiples secretariados con sus respectivas
conexiones con el sistema de las Naciones Unidas, las estructuras actuales
de gestión dentro de la política medioambiental internacional son ineficaces
y manifiestan un alto grado de descoordinación. Esta crítica es algo asumido
y prácticamente todas las organizaciones envueltas en los temas
medioambientales (PNUMA y CDS, pero también el Fondo Mundial para el Medio
Ambiente, la UNESCO, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo,
la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) o
el Banco Mundial; véase el cuadro adjunto) se han planteado qué tipo de
respuesta están dando a la crisis ecológica.
Cuadro 1: Organizaciones internacionales con
competencias en medio ambiente
·
Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente
(PNUMA)
·
Comisión sobre el Desarrollo Sostenible (CDS)
·
Asamblea General de las Naciones Unidas
·
Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas
·
Comisiones regionales de las Naciones Unidas
·
Centro de las Naciones Unidas para los asentamientos Humanos
(Hábitat)
·
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)
·
Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y
Desarrollo (UNCTAD)
·
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico
(OCDE)
·
Banco Mundial
·
Organización Mundial del Comercio (OMC)
·
Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la
Alimentación (FAO)
·
Organización Mundial de la Salud (OMS)
·
Organización Internacional del Trabajo (OIT)
·
Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo
Industrial (ONUDI)
·
Organización Meteorológica Mundial (OMM)
·
Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la
Ciencia y la Cultura (UNRSCO)
·
Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC)
·
Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA)
·
Organización de Aviación Civil Internacional (OACI)
·
Organización Marítima Internacional (OMI)
Obviamente, a todo ello debemos añadir todas las
estructuras organizativas vinculadas a los diferentes acuerdos
multilaterales de medio ambiente, que existen por centenas y entre los que
podemos destacar por su solapamiento con las competencias de las
organizaciones mencionadas los siguientes:
- Convención Internacional
de Londres sobre la Prevención de Polución de los Barcos (1973)
- Convención CITES (1973)
- Convención de Helsinki para la Protección del Medio Ambiente Marino de la
Zona del Mar del Báltico (1974)
- Convención sobre el Comercio Internacional de Especies en Peligro (1975)
- Convención de Bonn sobre la Conservación de Especies Migratorias (1979)
- Convención de Canberra para la Protección de los Recursos Marinos Vivos de
la Antártida (1980)
- Acuerdo Internacional sobre Maderas Tropicales (1983)
- Convención de Viena para la Protección de la Capa de Ozono (1985)
- Protocolo de Montreal sobre Sustancias que reducen la Capa de Ozono (1987)
- Convención de Basilea sobre el Control de los Movimientos Transfronterizos
de Residuos Peligrosos y su Disposición (1992)
- Convención sobre Diversidad Biológica (1992)
- Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (1994)
- Protocolo de Kyoto (1997)
- Protocolo de Protección de la Antártida (1998)
- Convención de Rotterdam (1998)
- Protocolo de Cartagena (2000)
- Convenio sobre Contaminantes Orgánicos Persistentes (2001)
De alguna manera, esta crítica se ha vuelto un lugar
común en los últimos años y dominan más el voluntarismo y el análisis que
las respuestas coherentes. Y este debate ha empezado a denominarse como
“reforma de la gobernabilidad internacional del medio ambiente”. La cuestión
que nos ocupa tiene su origen, indudablemente, en la frustración que ha
provocado la lucha de treinta años por incorporar la llamada “agenda”
medioambiental a los foros de discusión internacionales. Se habla incluso de
una fatiga de las negociaciones(1)
y de congestión de tratados, que se suceden en el tiempo sobre los
más variados temas, pero sin una estructura que las coordine, dando así
escasos frutos en cuanto a las grandes decisiones. Según el Earth
Negotiations Bulletin, una publicación del Instituto Internacional para el
Desarrollo Sostenible que trata de seguir las negociaciones sobre temas
medioambientales, en los dos últimos años ha habido entre 130 y 150 días de
reuniones anualmente, contando sólo los acuerdos más importantes de tipo
multilateral, lo cual da buena cuenta de la intensa actividad que se lleva a
cabo. Hay ya suficiente experiencia como para pensar que el tratamiento ad
hoc de los problemas no es un acercamiento efectivo y que se necesita
integrar las políticas, bien desde una visión institucional puramente, bien
mediante una perspectiva más organizativa.
En Rio ya se planteó – aunque con escasa fuerza, debido a la negativa de los
principales Estados a crear nuevas estructuras burocráticas – la posibilidad
de acometer un nuevo diseño institucional, pero de allí sólo surgió la
creación una Comisión de Desarrollo Sostenible bajo la autoridad del Consejo
Económico y Social de la ONU (ECOSOC), con carácter de cuerpo funcional de
éste.
En la
actualidad, existe un cierto acuerdo en sistematizar los principales fallos
del sistema multilateral de medio ambiente, que revisamos brevemente antes
de avanzar en la reflexión:
·
Fracaso de la acción colectiva: la protección
global del medio ambiente requiere una extraordinaria capacidad de
cooperación y, excepto en el régimen de la capa de ozono (Convención de
Viena y Protocolo de Montreal), el resto de problemáticas globales han
fracasado en el intento de construir un esquema de cooperación eficaz más
allá de las buena intenciones. La mayoría de los acuerdos, y un ejemplo
paradigmático es el Protocolo de Kyoto, son compromisos de mínimos que
suelen recoger, además, mecanismos de flexibilización que edulcoran aún más
su capacidad para cambiar las tendencias de los indicadores ambientales.
La mayoría de las veces esto se explica porque los
Estados se enfrentan a la contradicción existente entre los intereses a
corto plazo de su política nacional e internacional y la necesaria acción a
largo plazo que reclaman los esquemas medioambientales. Al mismo tiempo, uno
de los factores que explican este fracaso del multilateralismo es que la
acción a largo plazo deja mucho espacio de acción a los comportamientos de
free riding, que trasladan la carga de la acción a otros países más
dispuestos, aprovechándose todos los países (incluso quienes no participan)
de los beneficios. En este sentido, pocos mecanismos han conseguido
encontrar soluciones que eviten este tipo de posturas, siempre usuales en la
diplomacia internacional. De hecho, aquellos acuerdos internacionales que
han tratado de gestionar este riesgo (protocolo de Montreal, convención de
Basilea, ...) han debido acudir a medidas de limitación comercial, con lo
que han sido puestos en el punto de mira por parte del régimen comercial de
la OMC por considerarlas un atentado injustificado al libre comercio.
·
Fragmentación: el PNUMA
está compitiendo en tiempo, dinero y personal con los acuerdos
multilaterales sobre medio ambiente (AMMAs) y con otros órganos de la ONU.
Hay una fragmentación en los acuerdos y una difusión en los mandatos que
hace ineficaz el actual sistema multilateral, promoviéndose las soluciones
aisladas sin aprovechar las ventajas de una acción más coordinada y
sinérgica entre todos los organismos implicados en la acción colectiva
medioambiental. Los países, algunos con escasas posibilidades por falta de
presupuesto, capacidades y personal, tienen que dividir su actividad a favor
del medio ambiente global en sedes esparcidas por todo el mundo, en
negociaciones aisladas y ofreciendo una mínima aportación económica. Esta
fragmentación se da tanto a nivel sectorial, siendo el tema de la
biodiversidad el ejemplo paradigmático con la profusión de acuerdos
internacionales que la regulan, como globalmente. Esta es una de las razones
que dan sentido a una alternativa de reforma de la gobernabilidad
internacional como es la del agrupamiento de Acuerdos Multilaterales de
Medio Ambiente (AMMAs), ya sea por funciones o por temáticas.
·
Deficiente autoridad: hasta
ahora han dominado los mandatos estrechos y vagos en las organizaciones
medioambientales. Sin duda el caso más flagrante es el del PNUMA, donde la
fragmentación ha impedido configurar un liderazgo real visible y ello se ha
traducido en una mínima capacidad para imponer las necesidades de la
protección medioambiental sobre otros intereses negociadores. De hecho, la
resolución 2997 de la Asamblea General de las Naciones Unidas creó el PNUMA
otorgándole un mandato excesivamente abierto y las posteriores reformas no
han servido para aclara si su agenda va más allá de la coordinación.
·
Legitimidad insuficiente:
desde la conferencia de Estocolmo en 1972 ha estado presente el debate sobre
cómo estructurar las relaciones Norte-Sur en términos ambientales. En este
sentido, la Comisión para el Desarrollo Sostenible no ha conseguido aunar
las aspiraciones del desarrollo con las medioambientales, el principal
objetivo perseguido con su creación en la Cumbre de Río. La legitimidad
tiene mucho que ver con las relaciones Norte-Sur y, salvo algunos tratados
internacionales (como el Protocolo de Montreal), pocos instrumentos han sido
efectivos en la aplicación del principio de responsabilidad común
diferenciada. Por todo ello, tres décadas después, estas cuestiones ocuparon
gran parte de los desencuentros de la Cumbre de Johannesburgo, reflejando
así el escaso avance alcanzado. Como reconoce el propio PNUMA en su estudio
sobre la gobernabilidad del sistema, “las estructuras internacionales
reformadas deben suscitar un compromiso universal de todos los Estados, así
como de todos los Ministerios de los gobiernos respectivos, basado en la
transparencia, la equidad y la confianza en una capacidad sustantiva
independiente de asesoramiento y adopción de decisiones sobre temas
ambientales” (PNUMA; 2002:37).
·
Falta de recursos financieros:
la escasez de recursos financieros genera, entre otras cosas, empleo
temporal que desanima a los trabajadores cualificados del personal de las
organizaciones, además de otros problemas más evidentes. Estas no sólo
carecen de personal sino que también a consecuencia de ello, no puede
planificar a largo plazo. Sus presupuestos para apoyar y financiar proyectos
son ridículos en comparación con los del Banco Mundial o el FMI. Suele
señalarse, en este sentido, que el presupuesto del PNUMA ha sido normalmente
menor que el de algunas grandes organizaciones civiles ecologistas.
Actualmente este presupuesto del PNUMA está sostenido básicamente por
aportaciones voluntarias, de carácter intrínsecamente inestables. Por
ejemplo, en 1998 fueron 73 los países que contribuyeron al fortalecimiento
financiero del PNUMA, en tanto que en el año 2000 sólo lo hicieron 56. Esto
se explica, en parte, por la existencia de un mecanismo de financiación
intencional, el Fondo Mundial para el Medio Ambiente, liderado en su gestión
por el Banco Mundial, objeto de las reticencias de los países menos
desarrollados, que está atrayendo fondos que debilitan, por comparación, al
PNUMA.
·
Ubicación de la sede del PNUMA:
este es un tema muy discutido y sensible al mismo tiempo. La localización en
Nairobi se decidió precisamente para dar legitimidad a la creación del PNUMA
y actualmente es la única sede de las Naciones Unidas en el Sur. Sin entrar
en el debate de fondo, es cierto que esta sede sufre de falta de
infraestructuras de comunicaciones, problemas de calidad de vida,
inestabilidad política, criminalidad,...y ello hace que no sea atractivo
para conseguir un personal adecuado, solvente y de primer orden. Tampoco se
hace atractivo para que los países quieran destinar y centralizar sus
embajadas especializadas en medio ambiente allí y se promueven entonces
rondas de negociación en otros lugares.
Siendo este el panorama actual de la gobernabilidad
internacional del medio ambiente, la Conferencia de la Tierra celebrada en
Johannesburgo fue a todas luces un gran fracaso si se compara con las
tremendas expectativas que abrió en los círculos preocupados por una gestión
adecuada a nivel internacional de los problemas globales que amenazan a la
naturaleza. No consiguió encontrar los cauces para que la comunidad
internacional se dotase de un mecanismo que acabara con la compleja y muchas
veces inadecuada estructura de protección del medio ambiente, una estructura
conformada por una pluralidad de acuerdos bilaterales, multilaterales y
globales de carácter público, privado o mixto y aquejada de los problemas
que hemos apuntado anteriormente. Planea desde entonces una preocupación por
resolver los temas institucionales que rodean a los acuerdos internacionales
de medio ambiente. En este sentido, el propio PNUMA, en su decisión 21/21
(2001) del Consejo de Gobierno alcanzó un consenso en torno a la necesidad
de acometer esta reforma, necesidad comprendida por algunos autores, pero
aún en sus primeros niveles de discusión y a necesidad de todo esto se ha
confirmado por la actuación del PNUMA. El multilateralismo apenas se ha
detenido a prever las relaciones entre los diferentes AMMAs, a pesar de que
la mayoría de ellos comparten una estructura común, por lo que su número hoy
en día es inviable e inmanejable para conducir una buena gestión
internacional de la crisis ecológica que afecta a diferentes ámbitos.
Lo que es un consenso casi absoluto en medios
académicos, gubernamentales y ecologistas es que el actual modelo
multilateral, basado en la fragmentación de responsabilidades, presupuestos,
prioridades y actores está llevando a dar respuestas cada vez menos eficaces
y sistemáticas a la crisis ecológica y se hace necesario un replanteamiento
desde diversas ópticas: organizacional, institucional, en términos de
eficacia e incluso cultural o filosófica sobre el modelo social que
persigue. Y todo ello debe acometerse desde el convencimiento de que los
diferentes instrumentos (mecanismos de financiación, acuerdos tratados
multilaterales,...) y organismos están caracterizados por mandatos
imprecisos, recursos insuficientes y una escasa voluntad política, echándose
en falta la “formulación de un criterio estratégico centrado en el
desarrollo de un enfoque coherente que incluya los vínculos entre las
distintas cuestiones las funciones”.
En la
actualidad, el sistema de Naciones Unidas ya dispone de un organismo, el
PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente) como elemento
central de la estructura de protección del medio ambiente a nivel
internacional. Sus funciones, variables a lo largo del tiempo, muchas veces
dependientes del entusiasmo en su labor de su presidente, y en general poco
definidas, pretende ser el órgano de coordinación de las políticas
desarrolladas dentro de las Naciones Unidas, promoviendo instrumento de
cooperación (como pueden ser los AMMAs) desarrollando fuentes de
comunicación e información sobre el estado de la naturaleza a nivel mundial.
El debate es extraordinario y, en cualquier caso, remite a la necesidad de
diseñar una estructura internacional eficaz, que pueda acometer desde el
liderazgo de una organización asumida por el mayor número posible de Estados
las nuevas tareas de la protección medioambiental. Esto exige evaluar con
sinceridad pero críticamente el trabajo realizado hasta ahora no sólo por el
PNUMA, sino también por otros órganos de las Naciones Unidas con incidencia
en los problemas ecológicos como son el Comité Económico y Social o la
Comisión de Desarrollo Sostenible. No nos detendremos en ello. El esfuerzo
en este sentido, sería ingente y ha de ser asumido desde diversos prismas.
En este trabajo nos detendremos, especialmente, en una propuesta en
concreto, la de crear una nueva organización que sobrepase las limitadas
funciones que actualmente aglutina el PNUMA.
3. Debates para la mejora del sistema de gobernabilidad internacional del
medio ambiente
Como hemos visto, el
principio del debate es la común sensación de que existe una débil
estructura institucional que impide avanzar en el fortalecimiento del
multilateralismo y, sobre todo, en la colocación de los temas ambientales
dentro de las principales prioridades de negociación internacional, tal como
hemos repasado de forma somera en el apartado anterior. En su momento, el
PNUMA fue creado en 1973 con la idea de centralizar los esfuerzos de la
gobernabilidad medioambiental internacional, en un momento en que la mayoría
de los acuerdos internacionales de medio ambiente actualmente en vigor aún
no habían nacido. Por otro lado, desde entonces otros órganos
internacionales han asumido competencias medioambientales y, en definitiva,
la estructura internacional actualmente existente no responde a las
necesidades y realidades. Era una época en la que “la coordinación era la
respuesta a los dilemas medioambientales” (Moltke; 2001:2). Es probable
que hoy, dado el confuso panorama existente que hemos descrito, haga falta
algo más y aquí es donde se sitúa el debate que este artículo quiere
profundizar.
En 1992, en la Cumbre de
Río, se perdió la oportunidad de acometer el principio de la reforma hacia
la racionalización de las fuerzas y medios con los que se cuenta
internacionalmente para la lucha por el medio ambiente, en un momento en el
que ya empezaban a oírse las voces que reclamaban una nueva arquitectura
internacional en todos los órdenes, no sólo el medioambiental, tras los
cambios derivados del derrumbe del mundo comunista. Sin embargo, la única
respuesta surgida de aquel foro fue la creación de un nuevo organismo, la
Comisión de Desarrollo Sostenible, con unas atribuciones que hoy en día la
misma organización trata de desentrañar y comprender. Y, como señalan
algunos autores (Moltke; 2001:2), en esa misma época se crearon el Panel
Intergubenamental para el Cambio Climático y la Convención para el Cambio
Climático decididamente fuera de la estructura del PNUMA, ante el riesgo que
algunos empezaban a vislumbrar de que podía crearse una organización
demasiado poderosa, una historia que se ha repetido con el Fondo Mundial
para el Medio Ambiente, estructurado bajo el liderazgo del Banco Mundial y
no del PNUMA.
Esta necesidad de plantear la reforma del sistema de gobernabilidad del
medio ambiente a escala global se hizo evidente en 1997 con ocasión de la
Cumbre de Rio+5 en Nueva York, donde se habló por primera vez de acometer
esta reforma de manera urgente, siendo Alemania, Brasil, Singapur y
Sudáfrica los países que lideraron este intento. Desde ese año, diversas
iniciativas se han sucedido en la discusión de la reforma de la
gobernabilidad internacional de los asuntos medioambientales, como
revisaremos más adelante.
Precisamente en 1997, el
PNUMA (con la aprobación de la Asamblea General de la ONU) quiso reafirmar
en la Declaración de Nairobi su papel como principal órgano en la esfera del
medio ambiente y como principal autoridad ambiental mundial, una afirmación
que dejó patente el malestar del PNUMA ante las críticas que comenzaron a
verterse sobre su papel tras los escasos resultados de la Cumbre de Río
(1992). Entonces, se autoproclamó como “el principal órgano de las
Naciones Unidas en la esfera del medio ambiente”. (PNUMA; 2002:4).
Un año después, el
Secretario General de las Naciones Unidas emprendió una fase de análisis
sobre la necesidad de reformar todo el sistema ONU y en el tema que nos
ocupa designó un Grupo de Tareas sobre el medio ambiente y los asentamientos
humanos, que finalizó su trabajo en 1999 con la aprobación del Informe del
Secretario General sobre el medio ambiente y los asentamientos humanos. En
ese informe los expertos consultados sugirieron la creación de dos nuevas
estructuras, que vinieron a sumarse a las ya existentes:
·
Grupo de Gestión Ambiental, encargado de
la cuestión de mejorar la coordinación interinstitucional y también entre
los convenios y convenciones ambientales, reunido por primera vez en enero
del año 2001
·
Foro Ambiental Mundial a Nivel
Ministerial, que pretende tener reuniones anualmente con ocasión del período
de sesiones del Consejo de Administración del PNUMA.
En la
primera reunión de este último foro (mayo 2000; Suecia), los ministros
asistentes asumieron la Declaración de Malmoe con el objetivo de preparar la
agenda del PNUMA para asumir los nuevos retos, en especial los relativos a
su financiación (mediante la promoción de la participación del sector
privado en fondos ambientales como mecanismo financiero) y a la estructura
organizativa. En este último caso, acordaron que la Cumbre Mundial sobre el
Desarrollo Sostenible de 2002 debería examinar los requisitos para un
importante fortalecimiento de la estructura institucional de gobernabilidad
a nivel internacional para que tenga la capacidad de hacer frente
eficazmente a las amenazas a largo plazo.
Ya en
el año 2001, el PNUMA, reunido en su Consejo de Administración, expresó “una
creciente preocupación por el hecho de que las estructuras de gobernabilidad
actuales no satisfacen las necesidades del programa ambiental”,
convencimiento que dio lugar a la aprobación de dos documentos que han
marcado su apuesta por la atender estas necesidades de reforma (decisión
21/20 y decisión 21/21). La última de ellas (febrero del 2001) señaló que “estas
reformas constituyen primer camino en un proceso de dinamización y de la
consolidación necesarios del sistema del gobierno ambiental internacional
que incluye en el contexto del desarrollo sostenible con el objetivo de
realzar coherencia y la puesta en práctica de la política” Con ello, el
PNUMA abrió un proceso de diálogo y debate sobre la gobernabilidad
internacional del medio ambiente.
Este
proceso culminó con las sesiones preparatorias y la posterior celebración de
la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible, que tuvo lugar en
Johannesburgo en septiembre del 2002. La Comisión sobre el Desarrollo
Sostenible, como Comité preparatorio de la Cumbre, invitó en mayo del año
2001 a que todos los procesos intergubernamentales relacionados con la
Cumbre, incluido el proceso de gobernabilidad medioambiental a nivel
internacional iniciado por el Consejo de Administración del PNUMA,
presentasen sus informes sobre el progreso alcanzado ante el Comité
Preparatorio en su segundo período de sesiones que se celebró en Nueva York
del 18 de enero al 8 de febrero de 2002, de manera que pudiera así cumplirse
con la idea de la declaración de Malmoe de incorporar este tema a la
discusión de la cumbre Río+10. Sin embargo, el debate quedó, en este caso,
apartado de la agenda de negociación y apenas se escucharon propuestas que
avanzaran nuevos posicionamientos en el sentido de reformar el sistema de
gobernabilidad internacional del medio ambiente.
Cuadro 2: Cronología para la reforma de la
gobernabilidad medioambiental
1972-Cumbre de Estocolmo. Creación del Programa de las Naciones
Unidas para el Medio Ambiente
1992- Cumbre de Río. Creación de la Comisión de Desarrollo
Sostenible
1997-Declaración de Nairobi
1997-Cumbre Río+5 (Nueva York)
2000 (mayo)-Primera reunión del Foro ambiental mundial a Nivel
Ministerial. Declaración de Malmö
2001 (enero)-Primera reunión del Grupo de Gestión ambiental
2001 (febrero)-Aprobación por el PNUMA de decisiones 21/20 y 21/21
2002 (septiembre)-Cumbre Río+10 (Johannesburgo)
4. Debate para la creación de una Organización Mundial del Medio Ambiente
La idea de reformar el sistema actual de distribución de competencias y
mandatos medioambientales entre los diversos organismos internacionales
parte de la base de que la protección internacional del medio ambiente
necesita un organismo capaz de liderar un proceso de construcción de un
régimen de protección autónomo (frente a las injerencias de otros sistemas,
en especial del régimen comercial de la OMC), eficaz (en comparación con las
actuales disfuncionalidades del sistema) y coherente (que permita que las
decisiones en materia medioambiental no estén mediatizadas ni supeditadas a
otras decisiones nacionales o multilaterales que primen otros intereses). Se
trataría de superar el modelo representado por el PNUMA, que ha tenido
algunos éxitos pero también muchos fracasos por su mandato limitado y su
alarmante falta de financiación, como ya se ha repasado. Para quienes abogan
por dar un paso más, la creación del OMUMA representaría avanzar en los
modelos de gestión integrada del medio ambiente, en la forma en que algunos
países lo hacen desde el Ministerio de Medio Ambiente, es decir, influyendo
transversalmente en todas las demás políticas gubernamentales. Así, el OMUMA
sería el organismo encargado de velar por la sostenibilidad de todas las
políticas internacionales, desde el FMI al Banco Mundial, pasando por la FAO
o la UNESCO, en un modelo organizativo (y un espejo deseable) similar a la
Agencia Europea del Medio ambiente o la Organización Internacional del
Trabajo. Además, esta reorganización de la gestión internacional del medio
ambiente supondría contar con un único cuerpo plenario, menos cuerpos
subsidiarios y un secretariado con localización geográfica única, dado así
mayor coherencia al funcionamiento de la actual situación, demasiado confusa
para resultar eficaz.
Las propuestas lanzadas en este sentido son variadas y difíciles de
sistematizar, pues bajo un mismo nombre a veces se mencionan soluciones
diferentes y los acercamientos no son siempre coincidentes. En los
siguientes cuadros trataremos de recoger los planteamientos surgidos en los
últimos años.
Cuadro 3: Diferentes propuestas y sus proponentes
|
Propuesta |
Artículo |
|
Organización Global del Medio Ambiente |
Esty, Daniel C.
1994. ‘The Case for a Global Environmental Organisation.’ En
Managing the World Economy: Fifty Years After Bretton Woods,
edited by Peter B. Kenen, pages 287-309. Washington, D.C.: Institute
for International Economics.
Runge, C. Ford;
Francois Ortalo-Magne; and Philip Vande Kamp. 1994. Freer Trade,
Protected
Environment: Balancing Trade
Liberalization and Environmental Interests.
New York: Council on
Foreign Relations Press. |
|
Organización Mundial del Medio Ambiente |
Biermann, Frank.
2000. ‘The Case for a World Environmental Organisation.’
Environment, 42(9): 22-31.
Whalley, John and Ben Zissimos.
2001. ‘What Could a World Environmental Organisation Do?’
Global Environmental Politics. 1(1): 29-34. |
|
Organización Mundial para el Desarrollo Sostenible |
Klaus Topfer |
|
Organización Internacional del Medio Ambiente |
Charnovitz, Steve.
1995. ‘Improving Environmental and Trade Governance.’ International
Environmental Affairs, 7(1): 59-91. |
|
Organización Mundial para el Medio Ambiente y el
Desarrollo |
Biermann, Frank y Udo B. Simonis
(), A World Environment and Development Organization,
Development and Peace Foundation, Policy paper 9 |
|
Mecanismo Global del Medio Ambiente |
ESTY, Daniel C y Maria H. IVANOVA.
2002 “Revitalising global environmental governance: a new
function-driven approach”, en BRACK, Duncan y Joy
HYVARINEN. Global environmental institutions: perspectives on
reform, Royal Institute of International Affairs, Londres, 2002 |
|
Super-PNUMA |
Downie, David L. and Marc A. Levy.
2000. ‘The UN Environment Programme at a Turning Point:
Options for Change.’ In , The Global Environment in the
Twenty-First Century: Prospects for
International Cooperation, edited by
Pamela S. Chasek. pages 355-377. Tokyo: United Nations
University Press. |
Como podemos observar en los cuadros 3 y 4, la
dirección de la reforma propuesta por los diferentes analistas que
mencionamos sigue dos alternativas. Por un lado, la discusión sobre si el
objeto de esta nueva organización debe ser los bienes públicos globales o
bien cualquier tipo de problemática medioambiental internacional. Como
segunda alternativa de debate, parece que hay una tensión en relación a la
extensión de los límites de lo medioambiental, siendo entendido de forma
estricta o bien de manera más amplia incluyendo también los temas del
desarrollo.
Cuadro 4: Principales propuestas para la creación de una Organización
Mundial del Medio Ambiente
·
GEO: Global Environment Organization; Organización Global
del Medio Ambiente
·
WEO: World Environment Organization; Organización Mundial
del Medio ambiente
·
WOSD: World Organization on Sustainable Development;
Organización Mundial sobre Desarrollo sostenible
·
IEO: International Environmental Organization; Organización
Internacional del Medio Ambiente
·
WEDO: World Environment and Development; Organización
Mundial del Medio Ambiente y el Desarrollo
·
GEM: Global Environmental Mechanism; Mecanismo Global del
Medio Ambiente
La lista de propuestas, que por razones de espacio no desarrollamos más que
a modo enunciativo, son variadas y se han sucedido durante más de tres
décadas. Steve Charnovitz (2002) ha destacado que ya en 1970 la revista
Foreign Affairs recogió un artículo de George Kennan en el que se
proponía la creación de una Agencia Internacional del Medio Ambiente que
fuera el primer paso para la instauración de una Autoridad Internacional del
Medio Ambiente. Dos años después, Lawrence David Levien retomó el debate
proponiendo la creación de una Organización Mundial dl Medio Ambiente. Sin
embargo, ese mismo año, la Conferencia de Estocolmo dio lugar a la creación
del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, un organismo con
menores atribuciones funcionales que las planteadas por estos autores.
El funcionamiento del PNUMA
durante los siguientes años acalló las voces que sugerían la necesidad de
adoptar una estructura consistente. No obstante, en la Cumbre de Río de 1992
se acordó la creación de la Comisión de Desarrollo Sostenible, un organismo
que no ha ayudado a solucionar los problemas que, ya entonces, empezaban a
ser evidentes y se agudizaron con la puesta en marcha en 1995 de la
maquinaria institucional de la Organización Mundial del Comercio, que ha
afectado al orden internacional de las cuestiones medioambientales. La idea
de acometer una reforma organizativa se retomó en 1993. En ese año, 17
países entre los que se encontraban Brasil, Francia, Japón, India, Alemania
y Zimbabwe emitieron la Declaración de La Haya, en la que abogaban por el
fortalecimiento institucional o la creación de una nueva organización
vinculada a los problemas ambientales globales, declarándose a favor de
crear “dentro del marco de las Naciones Unidas, una nueva autoridad
institucional, ya sea reforzando las actuales instituciones o creando una
nueva.
Precisamente, ha sido el
controvertido papel de la OMC en la resolución de lagunas disputas
medioambientales el hecho que ha vuelto a dar relevancia al debate sobre el
multilateralismo medioambiental, razón por la cual desde la segunda mitad de
la década de los noventa se han sucedido las propuestas reformistas. Quizás
la más conocida sea la de Daniel Esty, destacado funcionario encargado de
las negociaciones comerciales estadounidenses, quien en 1994 retomó la idea
de crear una Organización Global del Medio Ambiente (GEO, en sus siglas
inglesas). En ese mismo año, Ford Runge propuso una idea similar pero con
matices importantes, entorno a una posible Organización Mundial del Medio
Ambiente, mientras que en 1997 Rudolf Dolzer formuló su propuesta de una
Autoridad Global del Medio Ambiente.
A partir de estas propuestas, el debate ha crecido en intensidad, y se han
abierto discusiones en torno a las funciones que podrían tener este tipo de
organismos (Whalley y Zissimos, Biermann, Haas, etc.). Esta variedad de
propuestas está dificultando el debate pero, siguiendo a algunos autores (Dodds,
Shona y otros: 2002:10), podemos resumir las posturas dentro del esquema de
confrontación de dos ideas: centralización o flexibilidad. Esta división nos
sirve para situar las diferentes posturas dentro de la dinámica de tensión
entre la estructuración de una organización central y la especialización de
diferentes órganos en el sistema multilateral. En un estudio que ha
realizado la Universidad de las Naciones Unidas en el año 2002 para aportar
a diferentes sesiones de la Cumbre de Johannesburgo, diversos autores
centrados en el debate han tratado de definir y organizar las diferentes
perspectivas de reforma que se han planteado, siguiendo el mencionado
criterio de la centralización – flexibilización.
·
Modelo Organización Mundial del Medio
Ambiente: este modelo, a su vez, podría
derivar dos tipos de estructuras. Una opción sería mantener el PNUMA como
organización máxima, situándola por encima y como entidad básica, de una
nueva organización “paraguas” que reuniera a los acuerdos multilaterales (AMMAs).
La otra opción supondría la incorporación de la estructura del PNUMA dentro
de una nueva organización más amplia que acabaría por disolver el PNUMA.
·
Modelo Organización Mundial del
Comercio: esta opción busca su lógica en el
propio proceso de conformación de la OMC, que ha reunido bajo un mismo manto
institucional toda una serie de acuerdos comerciales que se habían ido
generando en la segunda parte del siglo XX. De la misma manera, una nueva
organización medioambiental podría recoger todos los AMMAs y las
Conferencias de las Partes, entidades que son la vida central de los AMMAs,
podría acoger dentro de la nueva Organización Mundial del Medio Ambiente,
las mismas funciones que los comités especiales tienen dentro de la
Conferencia Ministerial de la OMC, conservando así cierta autonomía de
acción. Frente al problema que representa el modelo de la OMC en el sentido
de que tomar parte como miembro implica la condición de aceptar todos los
tratados y acuerdos relacionados, algo que no se puede perseguir a día de
hoy en la política medioambiental por diferentes razones, algunos señalan el
ejemplo de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, que no exige
a sus miembros la firma de los más de treinta acuerdos internacionales que
rigen esta material, como otro posible ejemplo a seguir.
·
Modelo Organización Internacional del Trabajo: otro de
los cuerpos que se han tomado como referencia en el debate es la OIT,
principalmente por la novedosa integración de tres diferentes sectores en
sus reuniones.
Otro esquema que pretende
ordenar el debate es el propuesto por Biermann, para quien la creación del
OMUMA por la que pasaría irremediablemente la reformulación de la estructura
organizativa multilateral del medio ambiente puede basarse en tres modelos
diferentes que resumimos someramente:
·
Modelo de cooperación: esta postura, defendida por la
posición alemana, apuesta por un sistema descentralizado en el cual el PNUMA
pase a ser una agencia especializada de la ONU siguiendo el modelo UNCTAD.
La reorganización aquí consistiría en la ordenación de las competencias de
cada organismo con implicaciones sobre el medio ambiente, actuando el PNUMA
como un elemento coordinador. En cierto sentido, esta misma idea la
defienden aquellos que se oponen a la creación de nuevas estructuras
organizativas (“coordinación sí, concentración, no”, Najam) y aquellos que
prefieren hablar de un super-PNUMA (como Downie y Levy) En este modelo se
toma como referencia la eficacia de la OMC y la OIT o la OMS.
·
Modelo de centralización: básicamente, este es el
modelo por el que comúnmente se entiende el OMUMA, que implicaría la
integración de todos los organismos a nivel internacional en una sola
organización según el modelo de la OMC, actuando los secretariados de los
AMMAs como subcomités dentro del OMUMA. Aquí se está hablando de una reforma
más profunda, integrando agendas, programas y regímenes. Esty cree que se
podrían incluir aquí hasta siete agencias internacionales, siguiendo
claramente el modelo de la OMC. Este modelo es el que ha recibido mayores
críticas, ya que reunir en una sola organización “paraguas” (término usual
en la literatura) sería inconcebible. De hecho, no existe ningún régimen
internacional que haya asumido en una sola organización todas las
competencias en una materia, ni siquiera en el caso del régimen comercial
donde, a pesar de la fortaleza institucional de la OMC, existen otras
agencias internacionales que desarrollan proyectos de contenido comercial
(UNCTAD y OCDE, por ejemplo).
·
Modelo de jerarquización: este modelo se basa en la
idea de dotar al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de un mandato
expresamente reconocido para aplicar sus competencias también a las
cuestiones medioambientales y, en su defecto, construir un órgano
diferenciado y especializado para temas del medio ambiente como alta
autoridad en la gestión del multilateralismo ecológico. Hay poco apoyo a
este modelo, que mira al Consejo de Seguridad de la ONU como una opción de
reforma, bien introduciendo los temas medioambientales dentro de la
capacidad de actuación del mismo, en una interpretación pionera que ha dado
el World Resources Institute, o bien creando una agencia con estos atributos
(opción planteada en la Declaración de La Haya)
Como
se puede concluir fácilmente, las posturas aún no están claras y las
opciones de reforma son diversas, teniendo en cuenta que en este trabajo
sólo nos centramos en uno de los varios puntos de discusión en torno a este
tema. Como hemos visto, la confusión inicial es terminológica. En este
trabajo hemos optado por seguir el término más extendido, el de Organización
Mundial del Medio Ambiente, traducción de la expresión inglesa World
Environment Organization y su acrónimo WEO. Sin embargo, la extensión de la
propuesta de Esty que, como hemos visto, matiza el contenido de su
proposición nombrándola como Global Environmental Organization (GEO) ha
añadido confusión al debate, aunque dicho matiz tiene cierta importancia de
fondo. En efecto, Daniel Esty propone que esta nueva organización limite sus
competencias a aquellos temas globales, es decir, sólo a aquellos que
requieren de soluciones concertadas a nivel internacional y cuando la raíz
de los problemas y las soluciones sean globales. Frente a esta delimitación
la idea en la que se basa el WEO iría más allá, al incluir, en principio,
cualquier problemática ambiental, tenga esta efectos y sinergias globales o
no.
Argumentos a favor
Sea
cual sea su configuración definitiva, los argumentos a favor de esta
solución para la mejora de la gobernabilidad internacional del medio
ambiente se pueden resumir de la siguiente manera:
-
Fortalecerá la autoridad institucional para exigir el cumplimiento de los
acuerdos multilaterales de medio ambiente.
- Superará las debilidades del actual sistema en cuanto a las relaciones
entre el medio ambiente y el sistema comercial de la OMC, al mismo tiepo que
dotará al régimen medioambiental de un mecanismo de solución de
controversias eficaz.
- Reducirá las actuales exigencias, especialmente onerosas para los países
más pobres, en cuanto al seguimiento de la diplomacia internacional, al
favorecer la coordinación y centralización de las negociaciones.
- Aumentará la coordinación general del sistema, la eficiencia
administrativa y el establecimiento de prioridades políticas
Frente a estos argumento, los más críticos con las soluciones vía creación
de nuevas organizaciones aducen los siguientes elementos:
- La
idea de centralización contradice las actuales perspectivas de acercamiento
al problema medioambiental desde visiones descentralizadas y flexibles
derivadas del principio de subsidiariedad.
- La problemática ambiental requiere soluciones especializadas e
instituciones específicas.
- Es dudoso que la creación de un nuevo organismo dé lugar a mayores
compromisos tecnológicos y financieros que los actualmente existentes.
- Aumentará el
conflicto político entre las actuales estructuras organizativas con
competencias medioambientales, que se sentirán amenazadas en sus funciones
por el nacimiento de la Organización Mundial del Medio Ambiente.
Dentro de este proceso de búsqueda, en algunas ocasiones se ha incidido en
la necesidad de dotar a la estructura organizativa internacional de una gran
institución que pudiera competir en peso y poder con la OMC, de forma que
llegara a ser una Organización Mundial del Medio Ambiente (OMUMA) que
sobrepasase las actuales atribuciones del PNUMA, consideradas muy estrechas
por quienes abogan por esta solución. El principio del debate partió de las
filas de los participantes en las negociaciones comerciales, desde la idea
de que el sistema OMC / GATT no sabe resolver la cuestiones intersectoriales
– como la medioambiental – que se escapen fuera de lo puramente comercial. Y
aunque la OMC pudiera dotarse de un pensamiento más cercano a lo
medioambiental (Greening the GATT: trade, environment and the future,
de Daniel Esty (1994), fue uno de los rimeros libros que avanzaron este
tema, junto al también muy conocido Freer Trade, Protected Environment:
Balancing Trade Liberalization and Environmental Interests (1994), en el
cual C.F. Runge lanzó una idea similar), es necesario que el
multilateralismo se dote de una estructura eficaz para los temas ecológicos
no relacionados con el comercio, que son la mayoría.
Las primeras voces
nacieron, pues, muy vinculadas a los temas de la relación del comercio con
el medio ambiente a partir de y a raíz de las negociaciones del NAFTA, ante
la preocupación por el impacto que el acuerdo de liberalización comercial
pudiera desplegar. Desde entonces, este tipo de argumentación ha recibido
apoyos desde diversos estamentos y puntos de vista, uno de los cuales ha
sido el de Renato Ruggiero, el antiguo Director General de la OMC, quien se
mostró a favor de la creación de una Organización Mundial del Medio ambiente
que sirviera de contrapeso a la OMC, ”una iniciativa inusual, dada la
tendencia de los burócratas de alto nivel a intentar ampliar sus propias
capacidades” (Biermann:2000). Desde el campo del comercio y los
intereses económicos, el antiguo vicepresidente de la UE, Leon Brittan, Mike
Moore (antiguo director de la OMC) así como el actual, Supachai Panitchpakdi,
han hablado a favor de esta idea.
Otros ámbitos en los que también podemos
encontrar manifestaciones favorables son Gustave Speth (del Programa de las
Naciones Unidas para el Desarrollo) o Maurice Strong (quien fuera
secretario de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y
Desarrollo); este último ha propuesto que el Consejo Fiduciario de la ONU,
con mandato sobre los territorios coloniales administrados por la ONU, se
reforme y se aproveche su estructura para ordenar el sistema de protección
del medio ambiente a nivel global.
En realidad, como es evidente, estamos tratando de
discutir propuestas con alcances diferentes, que no siempre coinciden no ya
sólo en el nombre, sino en los objetivos y finalidades. Además, sus apoyos
vienen tanto desde el campo del régimen comercial (es sorprendente la
necesidad que manifiesta la OMC de deshacerse de los temas ambientales) como
desde los más altos funcionarios internacionales. Las aportaciones incluyen
además enfoques puramente ortodoxos (por ejemplo, Whalley y Zissimos lanzan
su propuesta desde el planteamiento de crear un organismo que internalice
los costos ambientales globales, llevando a las últimas consecuencias la
lógica coasiana de clarificar los derechos de propiedad, esta vez a escala
de los bienes públicos globales) y otros más situados en la priorización de
las cuestiones ecológicas sobre las económicas, comerciales o industriales.
Argumentos en contra
La propuesta de creación
de un OMUMA ha encontrado, por otra parte, algunas reticencias e incluso un
abierto rechazo en algunos sectores de la literatura. Uno de las bases para
esta oposición es la que plantea que con este debate se distrae la atención
de los grandes problemas. Al centrar el debate en crear organizaciones se
desenfoca el debate profundo de los problemas ecológicos. Se señala además
que es difícil que una nueva organización supere los problemas de la
estructura actual, por cuanto muchos de ellos derivan de una falta de
voluntad política (que se traduce en escaso apoyo financiero, poca
disponibilidad,...) que tampoco va a aparecer con un nuevo organismo.
En
especial, autores como Konrad von Moltke, que han centrado su análisis del
multilateralismo en los temas institucionales, señalan que los grandes
debates deben centrarse en el sistema de toma de decisiones, en la relación
con los países en vías de desarrollo, los vínculos entre los diferentes
acuerdos multilaterales de medio ambiente,...Desde esta perspectiva, parece
que sería conveniente atajar los problemas directamente, y no mediante la
creación de un organismo que sirva presuntamente para superarlos. Desde esta
línea de argumentación se está diciendo que si el problema actual es, por
poner un ejemplo, que la toma de decisiones es muy lenta, nada va a
solucionar una nueva organización si no se supera antes el obstáculo
institucional de que los países acuerden un sistema renovado para
comprometerse internacionalmente. Se está desenfocando entonces el tema.
Por otra
parte, Calestous Juma, antiguo secretario del Convenio sobre Diversidad
Biológica ha mantenido también posturas contrarias a las de Daniel Esty (por
ejemplo, en Environmental Matters), una postura que representa los
planteamientos de los países en desarrollo, que miran este debate con
recelos. De hecho, esta polémica llegó a la tribuna de The Financial
Times, donde Calestous Juma escribió un artículo en contra de la
creación de una nueva organización mundial para el medio ambiente (“Stunting
green progress”, 6 de julio de 2000) que fue contestado precisamente por
Daniel Esty días más tarde (“Letter to the editor”, 13 de julio de 2000).
No han sido
los únicos opositores. Adil Najam ha escrito describiendo de manera precisa
la posición de los países menos desarrollados en cuanto a nuevas exigencias
medioambientales sin las necesarias contraprestaciones en el marco del
desarrollo internacional. Y otros como Anil Agarwal o Peter Newell, bien
recogidos en el artículo de Najam (2002), han abundado en la principal
crítica frente a la idea de la creación de una OMUMA: supone un importante
fallo en el diagnóstico del problema, que no es de las organizaciones, sino
del sistema institucional creado alrededor de ellas. Este autor recoge una
cita de Maurice Bertrand que puede servirnos aquí para recoger el espíritu
de estas críticas: “las organizaciones mundiales son reconocidas con una
importancia que no tienen; se les culpa de no hacer cosas para las que no
poseen medios; se les imputa fallos imaginarios mientras los problemas
reales permanecen sin ser reconocidos; se inventan explicaciones míticas
para justificar su inefectividad; y, finalmente, apenas se les reconoce los
escasos resultados que alcanzan”(2).
Así, los que proponen crear una nueva estructura que supere al PNUMA, además
de enjuiciar de forma injusta a esta organización sin reconocer los
evidentes éxitos de su gestión, no establecen ningún tipo de causalidad
entre el problema, la debilidad institucional del sistema de gobernabilidad,
y la solución que plantean, la creación de una nueva organización. Así, con
estos intentos se estaría desenfocando el problema, ya que no es una
cuestión de organismos, sino de ineficiencia en las reglas de funcionamiento
en cuanto a financiación del desarrollo sostenible, información, legitimidad
y representatividad, etc. En definitiva, debemos preguntarnos según estos
planteamientos críticos si las patologías que afectan a las actuales
organizaciones no se trasladarán y reproducirán directamente al nuevo
organismo ((Najam; 2002:35). Al fin y al cabo, el PNUMA no sea una
organización perfecta, pero probablemente sea de las más exitosas dentro del
sistema ONU en cuanto al cumplimiento de su mandato, dadas las dificultades
con las que ha desarrollado su labor y, de hecho, es uno de los pocos
organismos internacionales con legitimidad social (piénsese en la cantidad
de organismos que son puestos en la diana de las críticas de los movimientos
anti-globalización) y legitimidad dentro del movimiento de los países menos
desarrollados.
Características
Para Esty, las características del OMUMA
deberían ser una serie de principios de actuación: buena gobernabilidad,
subsidiariedad, amplia participación, transparencia, flexibilidad,
credibilidad, rigor científico y analítico. Estos principios implicarían una
determinada forma de actuación exigida por la profundidad de la crisis
ecológica global que se traduciría en credibilidad para las ONGs, el sector
de los negocios, y dentro de la ONU, rigor y compromiso científico, una
plantilla de expertos estable, recursos adecuados y previsibles y
transparencia.
Organización
En
cuanto a qué forma podría adoptar una organización de este tipo, para Runge
la estructura del OMUMA pasa por un Secretariado y una Comisión
Multilateral de Medio Ambiente. El Secretariado sería el gobierno formal
donde estarían los ministerios de los países miembros y allí se reunirían
periódicamente sus representantes. Por su parte, la Comisión sería la
reunión de expertos de diversas procedencias (academia, ONGs, gobiernos e
industria) de todos los países miembros (nótese que esta distribución
paritaria es similar a la existente en la OIT). Su trabajo estaría muy
vinculado a otros cuerpos internacionales como el Banco Mundial, los bancos
regionales o el FMI (para los temas de financiación de planes y proyectos),
así como con la OMC y la OCDE para identificar las medidas comerciales que
puedan amenazar al medio ambiente y las políticas ambientales que menos
perjudiquen el comercio internacional. Todo este sistema de vinculación
entre organismos permitiría acabar con el actual sistema de negociación
internacional, en el cual los temas multilaterales (desarrollo, políticas
comerciales, medio ambiente,...) se negocian por separado sin tener en
cuenta los trabajos en otros regímenes, produciéndose disfuncionalidades
crónicas. Serviría también como paraguas de los AMMAs.
Funcionamiento
Las
bases de su funcionamiento estarían ordenadas según un triple
escalón. La misión principal sería dar una respuesta efectiva a los grandes
problemas globales, en especial los relacionados con la atmósfera, la
biodiversidad y los océanos. Aquí habría que residenciar las organizaciones
que actualmente tienen que ver con los bienes comunes: PNUMA. Según Esty,
este primer “paraguas” exigiría la fusión en un cuerpo principal de los
principales órganos responsables del medio ambiente, señalando expresamente
el PNUMA, la CDS y la OMS.
El
segundo nivel de organización correspondería a las estructuras y
secretariados creados a través de la negociación de AMMAs, integrados bajo
el principio de coordinación para crear sinergias y economías de escala
entre ellos sin comprometer el status legal y la independencia de cada
conferencia de las partes. Serviría de mecanismo de gestión común de los
temas financieros, personal, administración, recursos. Aquí es donde estaría
para muchos autores el principal valor añadido de la creación del OMUMA,
pues se podrían centralizar o coordinar al menos todas la labor de los
secretariados de todos los acuerdos internacionales, respetando su carácter
legal pero desarrollando una labor mucho más coordinada entre todos ellos
mediante la centralización de funcionariados, presupuestos y recursos.
El tercer nivel no sería
un sistema de control sino de permanente consulta con otros organismos
encargados de la gestión medioambiental (UNESCO, PNUD, FAO
Proceso de creación
En cuanto a cómo organizar el nacimiento de esta
nueva institución, Steve Charnovitz (2002:18) considera con razón que
algunas de las propuestas planteadas y que hemos revisado son poco realistas
a la hora de revisar la creación de este organismo. Estas posturas serían
las siguientes:
·
Crear el OMUMA dentro de la ONU pero fuera del PNUMA: las
declaraciones de Nairobi y de Malmoe que revisamos al principio de este
trabajo son una prueba de que la comunidad internacional, a pesar de todas
las debilidades que hemos identificado, percibe que el PNUMA ha dado lugar a
indudables frutos, por lo que renunciar a su continuidad puede ser un salto
demasiado largo para atravesar el vacío de la crisis ecológica.
·
Crear el OMUMA fuera de la ONU: según algunos, el éxito del
régimen comercial de la OMC se debe a la externalización de sus funciones
respecto al sistema ONU, que ha manifestado durante medio siglo su
ineficiencia. Sin embargo, esta postura no puede obviar los indudables
éxitos que ha logrado el sistema ONU a pesar de sus disfuncionalidades.
Frente a estas concepciones, podemos pensar en
modelos de reforma más realistas. La primera opción podría ser la de crear
esta OMUMA para integrarla dentro de la estructura del PNUMA, precisamente,
la propuesta que encerraba la ida manifestada por Brasil, Alemania, Singapur
y Sudáfrica en 1997 en las reuniones de Río+5, en la cual expresaron su
interés por crear una nueva organización mundial en la que el PNUMA actuara
como pilar principal. Esto podría realizarse, tal como propone Moltke,
convirtiendo la OMUMA en una agencia especializada dentro del sistema de la
ONU, funcionando el PNUMA como Consejo de Gobierno de aquel. La segunda
opción, en cambio, es más radical, ya que apuesta por crear la OMUMA e
integrar en ella al PNUMA transitoriamente, abriendo un periodo para su
disolución.
Las funciones que
debería tener esta nueva organización son aún difusas, en la medida en que
no hay un gran acuerdo sobre sus objetivos, su funcionamiento. En gran
medida, estas vendrán determinadas por las funciones que conserven las
estructuras ya existentes y por la disponibilidad más o menos centralizadora
de dotar al OMUMA de unas competencias más fuertes de las que ha dispuesto
el PNUMA. Recordemos que en el posible proceso de creación es previsible que
se den tensiones entre sus partidarios y quienes estén involucrados en el
seguimiento de toda la gama de instrumentos legales actualmente existentes
como los acuerdos multilaterales de medio ambiente, el PNUMA y la Comisión
para el Desarrollo sostenible, pero también otros organismos con influencia
más tangencial en matera ecológica como el Banco Mundial , la OMC o el PNUD.
A nivel general, creemos que las funciones que debería acoger un organismo
de este tipo son la de dar un mayor status a los temas del desarrollo
sostenible en las agendas globales, nacionales y en la sociedad: podría
servir para aumentar la consideración de estos temas dentro de la agenda de
organizaciones, estados y sociedades civiles, mejorar la aplicación de los
instrumentos legales para el desarrollo y el medio ambiente y fortalecer la
capacidad de acción de los Estados, especialmente de los países en
desarrollo. Mayores problemas y controversia generan otras cuestiones en las
que no entramos por razones de espacio como son la estructura, las bases de
funcionamiento o el proceso de creación que debería dar lugar a una
Organización Mundial dl Medio Ambiente o cualquier otro organismo con
similares funciones.
A
nivel general, creemos que las funciones que debería acoger un
organismo de este tipo son las de dar un mayor status a los temas del
desarrollo sostenible en las agendas globales, nacionales y en la sociedad:
podría servir para aumentar la consideración de estos temas dentro de la
agenda de organizaciones, estados y sociedades civiles, mejorar la
aplicación de los instrumentos legales para el desarrollo y el medio
ambiente y fortalecer la capacidad de acción de los Estados, especialmente
de los países en desarrollo. En un nivel de concreción más alto, el Centro
para el Derecho y la Política Ambiental de Yale ha señalado como tareas
urgentes para la mejora de la gobernabilidad que podrían ser asumidas por el
OMUMA las siguientes:
- Publicar informes periódicos sobre el estado del
medio ambiente con datos e información
- Ofrecer un sistema de detección temprana y de alerta de riesgos y
desastres naturales
- Promover el intercambio y la transferencia de tecnologías
- Servir de fuerza centralizadora de las respuestas a los desafíos
medioambientales
- Foro de solución de diferencias
- Establecer líneas de actuación política comunes
5. Temas básicos para
la reforma de la gobernabilidad internacional del medio ambiente
La discusión sobre la
reforma del multilateralismo medioambiental no se agota, repetimos, con el
debate probablemente tangencial de las organizaciones y la creación o no de
una Organización Mundial del Medio Ambiente. Si el propio Secretario General
de las Naciones Unidas, el PNUMA, y muchos proyectos de investigación de los
principales centros de estudio se están planteando esta cuestión es por una
razón más profunda, que es la de comenzar el siglo XXI con unas
instituciones, unas estructuras y un sistema internacional adecuado a los
tiempos actuales y, sobre todo, equilibrado entre todos los intereses
económicos, de desarrollo, medioambientales,....En este trabajo hemos
centrado el tema en las organizaciones, pero queremos apuntar una serie de
elementos del debate que, aun formando parte también de la controversia
sobre qué organismos serían los mas convenientes, son transversales a toda
reforma del sistema internacional, se plantee en términos de una adecuación
de las actuales estructuras existentes o en términos de reforma más
profundos.
Ante
esta situación se plantean en la literatura y en la política internacional
una serie de alternativas. Aunque quienes hablan de ello no suelen coincidir
en sus planteamientos ni en sus soluciones, sí queremos dejar apuntadas
algunas de las tendencias de reforma que se plantean. Muchas de ellas no
requieren de la creación de nuevas estructuras y se basan en un cambio en la
orientación de las prioridades en materia medioambiental. Otras suponen
cambios más a medio plazo, en el sentido de que exigen reformas
institucionales que requieren previamente el consenso de los Estados
participantes en el multilateralismo medioambiental:
§
Establecer un mecanismo centralizado de predicción temprana de
desastres medioambientales.
§
Encontrar un organismo que sea catalizador de las respuestas
urgentes a los principales problemas ambientales, la gestión ordenada de los
recursos y la contaminación a escala global.
§
Diseñar un foro de discusión de las disputas sobre el
cumplimiento de los acuerdos internacionales, donde se residencien las
controversias de contenido comercial que actualmente recaen en manos del
mecanismo de solución de controversias de la OMC.
§
Promover indispensablemente un mayor intercambio de
información y conocimientos, de manera sistemática y basada en criterios
científicos y técnicos
§
Encontrar urgentemente una autoridad internacional que
coordine todos los esfuerzos realizados hoy en día de forma independiente.
§
Acordar un sistema ordenado y compartido de indicadores
medioambientales que permita evaluar el estado del mundo.
Para recapitularlas y
situar las opciones, utilizaremos una buena sistematización que de ellas
hizo el PNUMA (reunido en forma de foro ministerial en Cartagena en el año
2002) para debatir la adecuación del sistema de gobernabilidad
internacional:
·
Aumentar el rango del PNUMA, de un programa de las Naciones
Unidas a un organismo especializado de pleno derecho, dotado de normas
adecuadas, un mandato nuevo y redefinido, y presupuesto propio, financiado
con cuotas de los Estados miembros, con un sistema de cuotas. Para ello se
deberá negociar una carta y su entrada en vigor como instrumento jurídico
por el cual se crea una nueva organización, así como la disolución del PNUMA
por medio de una decisión de la Asamblea General; el plazo previsto desde
una perspectiva jurídica e institucional parece indicar que este enfoque
constituiría una opción de mediano a largo plazo;
·
Utilizar a la Asamblea General o al Consejo Económico y
Social en forma más amplia desde el punto de vista institucional, por
ejemplo, integrando a la labor del Consejo Económico y Social los aspectos
de la labor de la Comisión sobre el Desarrollo Sostenible relacionados con
las deliberaciones;
·
Establecer una nueva organización mundial del medio
ambiente. Entre otras cosas sería necesario determinar: la asignación de las
funciones; si actuaría como institución rectora de los diversos acuerdos
ambientales multilaterales; y los recursos financieros y atribuciones
jurídicas que le serían conferidos. En este caso se tendrán en cuenta
consideraciones similares a la que se contemplan cuando se crea un organismo
especializado y, como tal, esta opción sería una posibilidad de mediano a
largo plazo;
·
Transformar el Consejo de Administración Fiduciaria, uno de
los seis principales órganos de las Naciones Unidas, en el principal foro de
asuntos ambientales mundiales, encargado, entre otras cosas, de la
administración de los acuerdos ambientales multilaterales y haciendo
depender la Comisión sobre el Desarrollo Sostenible de un Consejo de
Seguridad Económica, y no del Consejo Económico y Social;
·
Consolidar en cierta medida las actividades del PNUD y del
PNUMA tal vez a nivel funcional y operacional;
·
Ampliar los cometidos del FMAM, de modo que se convierta en
el mecanismo de financiamiento de todos los acuerdos ambientales mundiales y
esté vinculado más estrechamente con el PNUMA, en procura de coherencia
entre políticas y financiamiento;
·
Dar mayor preponderancia a la Comisión sobre el Desarrollo
Sostenible a los efectos de integrar los tres “pilares” -el ambiental, el
social y el económico con una mayor participación del tipo que gozan otros
programas y el Grupo de las Naciones Unidas para el Desarrollo, y hacer
participar a otros ministerios que no fueran exclusivamente los del medio
ambiente;
·
Establecer de un nuevo tribunal ambiental que trate, en
particular, de los arreglos de controversias y los casos de diferencias
relacionadas con recursos ambientales y transfronterizos. (PNUMA, 2002: 38)
En el proceso de preparación de la cumbre de Johannesburgo estos temas
estuvieron presentes. En las reuniones regionales de preparación en América
Latina se ha afirmado que se reconoce “la necesidad de simplificar las
organizaciones, los foros y las iniciativas para el fomento del desarrollo
sostenible, así como la necesidad de racionalizar el calendario de reuniones
relacionados con la agenda de desarrollo sostenible, para velar por un uso
más eficiente y eficaz de los recursos que se utilizan para prestar
servicios a estas reuniones”.Sin embargo, parece que este debate se fue
diluyendo en cada una de sus cuatro periodos de sesiones de preparación, con
lo cual en Johannesburgo se planteó sólo de manera superficial, sin
adentrarse en aventuras que requerirían mayores consensos multilaterales que
el actual clima internacional permite en estos momentos. Por eso, aunque en
este artículo nos detenemos pormenorizadamente en el estudio de una
propuesta que va más allá de la reforma del PNUMA (algunos incluso quisieran
disolverlo), no queremos dejar de apuntar los puntos críticos en los que se
sitúa actualmente el proceso de reforma de la principal organización
internacional con mandato explícito para el medio ambiente. Algunos de estos
planteamientos son los siguientes, planteamientos que el propio PNUMA asume
como posibles en su debate interno sobre la gobernabilidad internacional del
medio ambiente y que han sido aportados por la literatura especializada en
el tema:
·
El sistema de apoyo anual voluntario del PNUMA debe, en
principio, seguir siendo voluntario para más adelante pasar a recibir fondos
a largo plazo y, finalmente, establecer cuotas obligatorias. Siguiendo con
los temas financieros, otra propuesta alternativa y en sentido contrario a
la de afianzar el presupuesto del PNUMA es la de convertir definitivamente
el Fondo Mundial de Medio Ambiente en el mecanismo de financiación de todos
los acuerdos multilaterales y dejar su control fuera de la órbita del Banco
Mundial.
·
El estatuto de el PNUMA debe cambiar de un programa de la ONU
a ser un organismo especializado, con un mandato nuevo y definido y
presupuesto propio financiado con cuotas de los Estados miembros, tal como
hemos apuntado en el punto anterior. Esta sería un opción a medio o largo
plazo, ya que implicaría su aprobación en la Asamblea General, lo cual
exigiría un amplio consenso internacional en un debate que, obviamente, no
está en la primera línea de las preocupaciones de la democracia
internacional en la actualidad.
·
Es necesario la creación de un mecanismo para resolver
conflictos entre los diferentes acuerdos medioambientales dentro del PNUMA.
Sin embargo, para conservar el carácter único y también para fomentar la
innovación institucional, la subordinación bajo el patrocinio del PNUMA no
es deseable ni es práctico.
·
Algunos han planteado también la posibilidad de utilizar una
estructura ya existente, el Consejo de Administración Fiduciaria, como
principal foro de asuntos ambientales globales.
·
Ya hemos señalado que algunas personalidades como Klaus Topfer
ven cierta potencialidad en unir los temas del medio ambiente y el
desarrollo en un organismo común. En este sentido, una opción de compromiso
a corto plazo es la planteada por quienes proponen consolidar las
actividades del propio PNUMA y del PNUD a determinados niveles.
·
Fortalecer el papel de los intereses variados de la Comisión
de Desarrollo Sostenible, precisamente en el sentido en que fue creada, que
no es otro que el de profundizar en las relaciones de los tres pilares del
desarrollo sostenible, algo que no ha conseguido en sus diez años de
existencia.
·
Establecer un nuevo tribunal ambiental, con el nombre de Corte
Mundial de Medio Ambiente o, en su defecto, vincular la resolución de los
conflictos ambientales a la hoy existente sala especializada de la Corte
Internacional de Justicia (CIJ) en temas ambientales, sala que no ha sido
utilizada nunca. Otra opción también existente sería la de hacer que los
acuerdos multilaterales acudan a las normas opcionales de resolución que la
Corte Permanente de Arbitraje ha establecido en cuestiones sobre recursos
naturales y medio ambiente. Cualquiera de estas alternativas busca dar carta
de naturaleza a un sistema jurídico de solución de controversias ambientales
que no existe de forma suficientemente intensa como para contrarrestar la
vis atractiva del mecanismo de solución de controversias de la OMC (Pauwelyn;
2002). De hecho, en la Cumbre de Río países como Colombia, Nueva Zelanda o
México trataron de fortalecer el papel de la CIJ para conocer disputas
relacionadas con el medio ambiente.
·
Ampliar la interpretación restrictiva que se da a ciertas
funciones establecidas para el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas,
de forma que pueda entenderse competente para actuar con los mecanismos que
la Carta de las Naciones Unidas prevé para los casos de conflicto armado o
de amenazas a la paz y la seguridad (Elliot; 2002).
Las premisas que
presentamos son muy básicas para quienes se plantean el futuro del
multilateralismo, y parten de tres décadas de experiencia frustrante que ya
hemos resumido anteriormente. Las presentadas arriba son opciones de reforma
maximalistas, que exigen esfuerzos importantes a nivel organizativo y
grandes compromisos difíciles de conseguir. Por ello, trataremos ahora de
dejar apuntados temas más transversales que actualmente se plantean a la
hora de mejorar la eficacia del multilateralismo de manera más profusa que,
por su propia naturaleza, pueden ser más fáciles de tomar y pueden tener,
además, enormes virtualidades al afectar a los problemas institucionales que
son las fuentes de ineficacia del régimen medioambiental actual.
·
procedimiento de toma de decisiones: el sistema de
votación es una cuestión básica en todo acuerdo o foro multilateral, ya que
ello es de extrema importancia para la efectividad de los organismos
internacionales. Los países desarrollados ven en el sistema de “un país, un
voto” un modo de introducir el derecho de veto y el modelo de Bretón Woods
(“un dólar, un voto”) tampoco puede servir, al menos en una cuestión, la de
la protección del medio ambiente, que debería alejarse de los criterios
económicos. Por otra parte, sería un error volver a perpetuar los esquemas
de consenso, precisamente porque su escasa efectividad y el riesgo de
paralizar los procesos se han convertido en una práctica diaria en los foros
de negociación. Se hace necesario buscar un sistema que equilibre los
poderes entre el norte y el sur, buscando que las decisiones que se tomen
tengan en cuanta los diferencias entre los países en desarrollo y los
industrializados. Las decisiones de doble mayoría son, en este sentido, una
tercera vía entre los dos sistemas anteriores, que pueden llegar a
beneficiar a unos grupos de intereses u otros.
El
Protocolo de Montreal ha dado ya experiencia de las posibilidades que puede
llegar a ofrecer el sistema de dobles mayorías. En él, cada decisión debe
ser aprobada por una mayoría de dos tercios que incluya la mayoría simple de
los países del Norte y una mayoría simple de los países del Sur,. El Fondo
Mundial para el Medio Ambiente (mecanismo de financiación medioambiental
para determinadas problemáticas, gestionado por el Banco Mundial, el PNUMA y
el PNUD) también ha seguido un sistema parecido, exigiendo una mayoría de
dos tercios que represente el 60% de los países y el 60% de las cuotas
financiadoras.
El
problema radicará, obviamente, en qué países situar en cada lado. En
Montreal se acordó una definición ad hoc (el país que consume más de 0,3 Kgs.
de CFCs per capita al año deja de ser considerado país en desarrollo a los
efectos del protocolo) que podría valer, pero requeriría encontrar una base
sobre la que establecer la distinción. Otra posibilidad sería seguir un
sistema de autodefinición, tal como se funciona en el UNCTAD y en la
Asamblea General, con el criterio de que los países que entran en la OCDE
pasan a formar parte de los industrializados. Otra opción que plantean es
romper este esquema y pasar a un sistema de mayorías múltiples, con cuatro
grupos de ejemplo: países industrializados occidentales, países
recientemente industrializados, países en desarrollo y países menos
desarrollados.
·
Monitoreo: la diversidad de objetos de protección exige
un enorme esfuerzo de seguimiento de la evolución del estado del medio
ambiente y la adecuación de los instrumentos al servicio de la protección.
Actualmente, no hay apenas un trabajo coordinado en la recogida de datos y
cada acuerdo multilateral tiene algún órgano encargado de ello, con lo que
es difícil evaluar al mismo tiempo las vinculaciones entre unos temas y
otros. Con la notable excepción del Panel Intergubernamental sobre Cambio
Climático, el resto de los instrumentos internacionales de evaluación e
información son muy limitados y, por tanto, tienen escasa capacidad de
integrarse en la toma de decisiones políticas.
·
Resolución de conflictos: la conexión del medio
ambiente con el comercio que la literatura ha puesto en el primer orden de
preocupaciones ha traído consigo, entre otras cosas, la necesidad de dotar
al sistema multilateral de medio ambiente de un régimen de solución de
controversias realmente efectivo, a la manera del sistema del que la OMC se
ha dotado. Es precisamente esta comparación con la OMC la que señala la
urgencia, puesto que las cuestiones de orden ecológico que la OMC han
resuelto ha dado la voz de alarma sobre la necesidad de residenciar estos
temas en un foro jurídico alternativo. Los diversos acuerdos internacionales
(AMMAs) han fracasado en dotarse de mecanismos resolutivos y precisamente
porque la conflictividad sobre el cumplimiento de los acuerdos ambientales
tiene sus particularidades (por ejemplo, las derivadas del hecho de que los
incumplimientos se derivan más de la falta de capacidad para cumplirlos o de
la escasa fuerza vinculante de los acuerdos que de la voluntad expresa de no
cumplirlos, como sucede en el régimen comercial).
Algunas
propuestas en este sentido han apuntado a la necesidad de crear una Corte
Internacional Medioambiental para dar sede a los conflictos donde se pongan
en juego intereses ecológicos. A este respecto, hay que recordar también que
la propia Corte Internacional de Justicia de la ONU ha creado hace un tiempo
una sala especializada en temas medioambientales, pero aún no ha sido
utilizada.
Sea como fuere, una de las
primeras urgencias de reforma ha de ser la de ofrecer un sistema para
solucionar los conflictos que surjan en la aplicación de los acuerdos
internacionales. Se suele decir a veces que no hay una necesidad tal puesto
que hasta ahora no ha habido casos de denuncias de un país contra otro por
cuestiones ambientales. Pero precisamente porque lo que se persigue es
reforzar la obligatoriedad del sistema multilateral, es de esperar que
empiecen a surgir conflictos, y para entonces será necesario ofrecer un foro
adecuado, independiente y autónomo del sistema comercial de la OMC.
·
Participación de ONGs: estas organizaciones dan un gran
servicio de investigación e información en la dinámica de funcionamiento de
muchos convenios internacionales (en especial, los referidos a la
conservación de especies como la Convención sobre Diversidad Biológica o el
CITES sobre especies en peligro) y dan una visión neutral del grado de
cumplimiento de los compromisos (algo imposible para los Estados, que son
juez y parte de los mismos).
Todo esto,
además de la necesidad de aumentar el nivel de participación de la sociedad
civil en la gobernabilidad de los bienes públicos globales hace que sea
necesario formalizar la participación de las organizaciones sociales. La
Comisión para el Desarrollo Sostenible ha avanzado mucho en dar cabida en
sus sesiones, reuniones y aportaciones. Sin embargo, se necesita extender
este tipo de gobernabilidad, que introduce correctores a las políticas
estatales, muchas veces limitadas por el sesgo economicista. En este
sentido, quienes proponen la creación del OMUMA han llegado a hablar de la
Organización Internacional del Comercio como un modelo, ya que su sistema de
participación tripartita ha dotado a la sociedad civil de status legal
suficiente como para participar. Una cuestión de fondo, una vez admitida la
necesidad de dar un acceso más generalizado a las ONGs sería la de resolver
las cuestiones de su legitimidad, su nivel de implantación, el equilibrio
entre las del norte y las del sur, etc...
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