Revista THEOMAI   /  THEOMAI   Journal
Estudios sobre Sociedad, Naturaleza y Desarrollo / Society, Nature and Development Studies

 

número especial (invierno de 2004)  
special issue (winter of 2004)

                 

 


La "sojización Argentina y la (in)sustentabilidad"
según una interpretación económico-ecológica. 
Un análisis más que superficial

 

Guido Galafassi*

 

* CONICET y Universidad Nacional de Quilmes, Argentina. E-mail: ggalafassi@unq.edu.ar  

 

En el suplemento económico CASH de Página 12 del 13 de junio de 2004, Horacio Feinstein, quien firma como miembro de la Asociación Argentino-Uruguaya de Economía Ecológica, escribe una nota sobre la cuestión de “La sojización Argentina. (In)sustentabilidad”. Vale esta nota para ejercitar algunas reflexiones sobre el proceso agropecuario argentino y el papel que cumple la producción de soja en el.

Feinstein comienza diciendo “La sojización argentina es, en primera instancia, un fenómeno económico resultante de la extraordinaria relación beneficio-costo de la actividad sojera”. Esta afirmación es sin lugar a dudas, más que clara y precisa. El autor reconoce que la producción de la soja responde a las reglas del mercado. Pues no podría ser de otro modo, por cuanto la actividad agropecuaria en Argentina (por lo menos en las áreas centrales, que es donde se produce la soja) es claramente una actividad capitalista de producción para el mercado, por lo cual siempre esta producción se rige por el cálculo del costo-benefecio, única regla imprescindible para una economía capitalista. Es decir que en este aspecto la soja no se diferencia en nada de las otras producciones tradicionales de la economía agropecuaria argentina. La sojización es tan fenómeno económico como el cultivo de trigo y maíz, o la cría de ganado vacuno u ovino, etc.

Continua diciendo, “La sojización, en tanto es sustitutiva de actividades no exportables y destructiva de patrimonio natural y cultural, implica un avance del mercado internacional, a través de sus agentes locales, por sobre la satisfacción de las necesidades de la población del país y en detrimento de los mercados locales, provinciales, regionales y nacionales, tanto reales como potenciales”. Pareciera que existieran objetivos diferenciados en el capital según este sea de origen internacional o nacional, por lo que el problema radicaría en la intromisión de capitales internacionales que a diferencia de los nacionales, no tienen en cuenta la satisfacción de las necesidades de la población. Si la regla máxima de una economía de mercado que se basa en las relaciones costo-beneficio es la maximización de la ganancia, está por demás claro que en ningún caso el capital (independientemente de su origen local, nacional o extranjero) se preocupa por la satisfacción de las necesidades de la población. Esta remanida idea de capitalistas buenos y capitalistas malos, se da de bruces con los hechos de la realidad y más precisamente con la historia del agro argentino. Solo basta recordar, por ejemplo, la producción histórica del ovino en la provincia de Buenos Aires luego suplantada por maíz y trigo, todo en manos de grandes productores terratenientes de nacionalidad argentina que, tan fácilmente han puesto como derrocado presidentes, no pensando precisamente en la satisfacción de las necesidades de la población; o Bunge y Born como una de las mayores corporaciones agroindustriales del país; o la producción de azúcar en Tucumán también en manos fundamentalmente de capitales nacionales. Todos estos ejemplos tienen más que incontables sucesos de no satisfacción de las necesidades de la población, especialmente de la población trabajadora de estos establecimiento rurales, como para no necesitar de ningún “avance del mercado internacional” para perjudicar a las grandes mayorías de la población que no manejan los resortes del poder económico y político. Los grandes grupos económicos de origen nacional que controlaron el mercado durante los últimos 50 años (Bridas, Perez Companc, Bulgheroni, Fortabat, etc.) muy lejos estuvieron y están de interesarse por las necesidades de la población. Como grupos prebendarios y oligopólicos tuvieron un papel fundamental en la generación de las profundas desigualdades y bolsones de exclusión de las últimas décadas. Las fábricas recuperadas de los últimos años representan otro caso, en esta ocasión de pequeños y medianos capitales, en donde el empresariado lejos está de satisfacer las necesidades de la población. Abandonando las fábricas y dejando un tendal de deudas salariales y a proveedores, es claro que estos capitales también se basan en la regla de hierro del mercado, independientemente del origen o expresión territorial al cual pertenecen. De otra manera no podría ser, pues muy poco inteligente sería un capitalista que en lugar de evaluar las relaciones costo-beneficio tendría en cuenta la satisfacción de las necesidades de la población; sencillamente no podría sobrevivir dentro del mercado, pues este se basa en la competencia individualista lo que implica una carrera por la ocupación de espacios restringidos. Si bien cierta satisfacción de necesidades –tanto sean estas reales o creadas- es una condición necesaria para el mercado, pues sin consumidores la valorización del capital no podría realizarse, la cualidad y cantidad de estos consumidores es irrelevante, lo que implica que es irrelevante como se distribuyen los bienes y el producto de la producción entre la población (el actual ejemplo argentino con un 50% de población pobre y en donde el 10% más rico concentra el 40% de la riqueza, es más que un límpido ejemplo). Por lo tanto, podríamos fácilmente invertir la frase y afirmar que son los consumidores los que satisfacen las necesidades del capital, cualquiera sea el origen de este.

Suponer además que los “mercados internacionales” recién hacen su aparición en la economía agraria argentina con el cultivo de la soja, supone, cuanto menos, una gran cuota de ingenuidad y un gran desconocimiento de la cuestión agraria. Solo basta mencionar, entre tantos otros, los capitales ingleses ligados al quebracho en el Chaco, o aquellos ingleses primero e italianos más recientemente ligados a la cría de ovejas en la Patagonia, o las dos empresas multinacionales que dominan en forma absoluta el cultivo del tabaco en el NOA y el NEA y su industrialización, etc. para desmentir fácilmente esta (in)sustentable posición.

Continúa diciendo el autor “El avance de la frontera agrícola a través de la sojización tiene lugar en el país, a costa de valores culturales básicos de la gente y las comunidades,… En lo relacionado con la tierra, este es el valor de la tierra como sustento de las familias rurales, incluyendo actividades y servicios tales como cría de animales domésticos; plantíos, fuente de agua; provisión de sombra, el valor simbólico, el valor estético y el valor efectivo de la tierra (el terruño), a partir del cual el individuo aprende a relacionarse con los semejantes, donde se aprenden los primeros oficios y a relacionarse con la naturaleza”. Esta visión romántica y bucólica del campo argentino antes de la llegada de la soja, creo que no merece demasiados comentarios, porque nadie, desde simplemente el sentido común, podría suponer que la Argentina agraria fuera un dechado de virtudes y armonía hasta hace solo un par de años atrás. La presencia de conflictos, situaciones de explotación y alienación, protestas y amplias desigualdades son por el contrario la constante en la historia de la producción argentina. La sumisión de los pequeños productores del tabaco, la yerba y el té del nordeste argentino a los grandes capitales industrializadores, más las terribles condiciones de trabajo en los campos ovinos de la Patagonia o en los quebrachales del Chaco, más los largos conflictos en la producción de azúcar en Tucumán, más las terribles disparidades entre los distintos estratos de productores en toda la historia de la Pampa Húmeda, son solo algunos ejemplos que echan por tierra cualquier visión romántica del mundo agrario. Los hechos de la Patagonia trágica, la Ligas Agrarias del Nordeste en los setenta, el grito de Alcorta, etc, parecieran que han sido dejados deliberadamente afuera en la bucólica caracterización de Feinstein. Siguiendo con este argumento, el autor menciona más adelante que “En el corrimiento de la frontera agrícola debido a la sojización, muchos pobladores marginales/aborígenes/minifundistas, que han habitado, trabajado, cuidado, mejorado durante décadas o siglos la misma tierra, sin título de propiedad, son desplazados de ella por agentes inmobiliarios, apoyados por distintos poderes locales, quienes solo ven la tierra como un bien de cambio, como una posibilidad de realizar ganancias a través del cultivo de soja”. Es bien cierto que la sojización está generando estos procesos, pero lo que no es para nada cierto es que antes de la sojización esto no existiera, como se desprende de las palabras del autor. Los pueblos originarios o aborígenes de la Argentina fueron perseguidos, alienados y aniquilados desde los propios orígenes de la colonización del territorio argentino. Feinstein parece olvidarse, por ejemplo, de la Campaña al Desierto, o la reducción de los Quilmes. Si fuera cierto que los pueblos aborígenes “habitaban, trabajaban, cuidaban y mejoraban la tierra” hasta antes de la llegada de la soja, como explicar entonces que los Querandíes, Yamanas, Onas, Comechingones, Sanavirones, etc. han desaparecido de la faz de la tierra hace ya muchas décadas. Pareciera entonces, que el campo argentino antes de la sojización no era ni tan romántico ni tan bucólico. Es que la producción de soja, solo continua en estos aspectos la tendencia clara de la producción capitalista agraria. Es la búsqueda de rentabilidad lo que ha guiado la ocupación y puesta en producción de las tierras argentinas, tanto sea para la producción de ganado vacuno u ovino, caña de azúcar, vid, trigo, maíz, yerba mate, té, tabáco o soja. Los costos sociales y ambientales en tanto no se transformen en costos económicos, son por lógica, dejados de lado por el capital agrario, esté este dedicado a la soja o al cultivo de manzanilla.

Por último, y en relación a los problemas ambientales Feinstein dice, “A su vez, la sustentabilidad ambiental, en sentido amplio, de la sojización ha sido puesta en el tapete, últimamente hasta por los propios sojeros… No obstante, más allá de lineamientos generales comunes, hay que considerar que la (in)sustentabilidad ambiental de la sojización reviste diversos grados de gravedad según los ecosistemas en que se inserta”. Sin duda Feinstein tiene mucha razón, aunque hubiera sido mucho más demostrativo si mencionara el carácter transgénico de la soja en el sentido de las dudas que estos productos todavía revisten para la salud humana, si hasta la Unión Europea se resiste ha permitir su libre ingreso; además de la dependencia que crea en términos tecnológicos hacia las grandes multinacionales de la biotecnología tanto para el aprovisionamiento de las propias semillas como para todo el paquete de control de plagas y herbicidas, los cuales por cierto ya han causado decenas de casos de contaminación en humanos, hechos que lamentablemente tampoco se mencionan en la nota. Todo este fuerte impacto ambiental de la soja podría ser más fácilmente entendido, y no como patrimonio de la soja solamente, si se recurre a la ya muy conocida contradicción capital-naturaleza, a través de la cual se ve con claridad la “(in)sustentabilidad” intrínseca que implica la agricultura de mercado para la conservación de los recursos naturales, por cuanto el capital, como ya fue dicho, solo intenta maximizar ganancias, y el recurso biótico y abiótico de las actividades agropecuarias solo son los medios y/o insumos que permiten esta valorización. Y solo consumiéndolos -tanto como materias primas o como medios-, es posible realizar esta valorización, así no solo la soja, sino cualquier actividad agropecuaria inserta en el mercado, termina agotando los recursos naturales, por la simple relación costo-beneficio mencionada por Feinstein. Bastan como ejemplo los siguientes casos: el fuerte proceso de desertificación de la actividad ovina y la denudación del terreno por las trazas del petróleo en Patagonia, el agotamiento de los suelos pampeanos previos a la introducción de la soja, la desertificación de toda la zona de monte pampeano y mendocino, el aniquilamiento de la selva misionera para permitir el cultivo de yerba, te y forestales, la destrucción del bosque chaqueño, el avance la frontera agrícola sobre los bosques patagónicos y las selvas del NOA, etc.

Así, es una verdadera lástima que el autor de la nota, desde un análisis que intenta ser económico-ecológico, una rama del conocimiento que nace precisamente para intentar superar la miopía del positivismo cientificista y que de hecho ha realizado aportes muy valiosos a nivel internacional (como los de Georgescu Roegen, Herman Daly, Martínez Alier, James O´Connor, Enrique Leff, etc.), realice un análisis tan superficial de la problemática agropecuaria argentina. Con argumentos tan endebles e “(in)sustentables” se hará más difícil demostrar los ciertamente terribles procesos de profundización de los impactos sociales y ambientales que trae el cultivo de soja en la agricultura argentina, además de desprestigiar esta tan valiosa rama del conocimiento. Es necesario ser claros y contundentes a la hora de construir las críticas al sistema de alienación social y ambiental ligado a la producción capitalista del campo, de lo contrario podría ser peor el remedio que la enfermedad.

 


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