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El manejo del agua en el sector rural de la región Pamapena
argentina
Sergio
Montico*
* Facultad de
Ciencias Agrarias, Universidad Nacional de Rosario. E-mail:
smontico@agatha.unr.edu.ar
Introducción
La
jerarquización de los aspectos tecnológicos, políticos y sociales en orden a
la racionalización y administración de los recursos naturales, conduce a la
preservación y conservación del medio ambiente y se orienta al desarrollo
sustentable (Perks, 1996; Rijtema et al., 1999).
La
intervención humana en los agroecosistemas, implica la alteración de algunos
o varios de los factores naturales, modificándose de esta manera la
interacción entre ellos, y por lo tanto, el equilibrio sistémico (Montico y
Pouey, 2001). Boyce (1995) incluye el principio agrosustentable con un
enfoque social y participativo, donde enfatizan que los sistemas
antropizados poseen una nueva dinámica y funcionalidad, regida no sólo por
leyes naturales, sino también por las sociales. Las acciones reunen un
conjunto de actividades intimamente ligadas a la producción agropecuaria,
eje y sostén socioeconómicos regionales (Perera et al., 1996).
La región pampeana Argentina posee 4,9
millones de has y comprende al centro-sur de la provincia de Santa Fe,
centro-este de Córdoba, centro norte de Buenos Aires, noreste de La Pampa y
este de Entre Ríos, donde desarrollan sus actividades aproximadamente 40.000
establecimientos rurales. Esta región ha experimentado constantes y
permanentes cambios, principalmente en las tres últimas décadas, donde se
han producido con celeridad modificaciones relevantes en aspectos
tecnológicos, sociales, económicos y culturales (Vitta
et al., 1999).
Es conocido que el agua y
el suelo son dos recursos naturales, que por su calidad, condicionan en la
actividad agropecuaria, los rendimientos físicos de los sistemas de
producción.
El primero, posee un
comportamiento sumamente dinámico conocido como ciclo hidrológico, donde
diversos procesos ocurren en forma continua y con grandes desplazamientos de
masa. No obstante ello, solamente el 0.1 % del agua del planeta se encuentra
en los sistemas de agua superficial y atmosférica, mientras que el 0.006 %
del agua dulce está en los ríos. (Chow et al., 1994). Más, en los
países desarrollados, el empleo del agua subterránea para consumo humano
supera apreciablemente al del agua superficial (ej. 67 % en Alemania, 76 %
en Bélgica y 98 % en Dinamarca).
La degradación de la calidad del agua y la
contaminación de las aguas superficiales y subterráneas, son los mayores
problemas que enfrenta la gestión de los recursos hídricos en América Latina
(CEPAL, 1999). Actualmente en Brasil, Colombia, Guatemala, México y
Venezuela, se ha incorporado el enfoque del control de la contaminación
desde la perspectiva de la cuenca hidrográfica, con el objetivo de
identificar y manejar la externalidades en los sistemas hídricos.
Se considera que el deterioro constante de la calidad de este recurso es el
mayor problema que enfrentan los responsables de su gestión (AUGM, 1998).
Aun no se advierte claridad respecto de los métodos funcionales que se
implementarán para formular políticas, lograr la coodinación institucional,
solucionar conflictos y planificar y ejecutar proyectos.
Por ahora, sólo iniciativas aisladas, en su mayoría impelidas más por las
urgencias que por decisiones estratégicas vinculadas al ordenamiento
territorial, ocupan el escenario regional.
Este trabajo tiene como objetivo destacar los aspectos más relevantes que se
relacionan con el manejo del agua en el sector rural, comprendiendo aquellos
vinculados con cuestiones ambientales, productivas, sanitarias y de gestión.
Principalmente se propone exponer las problemáticas e implicancias de la
administración del recurso agua en la región pampeana.
El
manejo de las cuencas rurales
En la región del país identificada
como maicera núcleo, salvo durante algunos años de la década del setenta del
siglo pasado, la cuenca como unidad lógica de planificación, ha sido
desconocida casi permanentemente, en especial por los organismos
involucrados en la gestión territorial.
En los últimos años, se abordaron
algunas propuestas regionales para la gestión a nivel de cuencas a través de
los llamados comités de cuencas, principalmente desde los sectores
provinciales, que propiciaron acciones orientadas hacia una gestión
integrada de los recursos hídricos (CEPAL, 1999).
Más allá de la concepción hídrica
debe interpretarse a la cuenca como un campo operacional de interacciones
humanas y naturales. Las posibilidades de ordenamiento de las cuencas se
ven afectadas por obstáculos, que dificultan, e impiden en casos, alcanzar
los objetivos propuestos, y donde los límites juridiscionales y de las
propiedades, raramente coinciden con los de la cuenca y generan conflictos
entre los diversos intereses.
Los intereses políticos (y personales) que
son susceptibles de ser alterados por acciones en la cuenca, establecen
modificaciones en cuanto a los tipos, prioridades y desarrollo en el tiempo
de las tareas necesarias a emprender, así los objetivos públicos pueden no
coincidir siempre con los intereses particulares. En términos generales, la
planificación del uso de la tierra en las cuencas, es resistida por quienes
deben ejecutarla, por razones económicas, costumbres, disponibilidad de mano
de obra, etc., quizás no sea atractiva para los destinatarios por tener
beneficios (al momento) intangibles.
La densidad de habitantes
(opiniones/decisión) presentes en una cuenca, conspira contra la unificación
de criterios, cuando se pretende modificar hábitos y tradiciones
productivas, más, la presión de la velocidad de generación de las
innovaciones tecnológicas, tiende a aislar al destinatario, transformándolo
en un referente individual, en desmedro de la conciencia colectiva, mientras
que la disparidad en la capacidad capital de las empresas rurales ubicadas
en la cuenca, es también un obstáculo para los emprendimientos del conjunto.
Un
enfoque integral de cuencas no significa que todos los problemas han de ser
resueltos al mismo tiempo, sino que se prefiere un enfoque mediante el cual
las acciones individuales son confrontadas con un marco hidro-económico-social
y ambiental, actuando como un sistema (FAO, 1992). La integración ocurre en
este marco y no necesariamente al nivel de cada acción individual, siguiendo
un enfoque de gestión integrada utilizando la cuenca hidrográfica como la
unidad básica de gestión.
El enfoque del manejo de cuencas
hidrográficas rurales debe ser similar, aun a diferentes escalas. Esto es,
desde tamaños de pocas hectáreas hasta miles, los criterios de ordenamiento
son válidos, dado que los elementos que la integran solamente cambian de
dimensión, no perturbando su funcionalidad actual o futura.
Manejar cuencas rurales, implica la
incorporación de la variable ambiental en el planeamiento regional,
significa estudiar el efecto de las acciones fundamentalmente antrópicas,
sobre las condiciones de vida y de trabajo de los diferentes actores
sociales, sobre el funcionamiento de las empresas rurales y sobre las
problemáticas tecnológicas vinculadas al uso de los recursos naturales. En
este sentido, un plan de ordenamiento de
las cuencas rurales debe apoyarse principalmente en instrumentos de
índole socio-económicos-culturales, agroproductivos, hidrológicos y viales,
todos ellos de actuación horizontal, imprescindibles para los sectores
implicados y que se articulen en una política ambiental definida por la
autoridad gubernamental local.
Las posibilidades de implementación del
ordenamiento territorial en las cuencas rurales regionales podrán
jerarquizarse a partir de la creación de estructuras técnica-administrativas
que orienten sobre la definición e instrumentación de las diferentes
acciones.
Agua para los cultivos
Las
diferentes unidades agroecológicas de la región, poseen características
edafoclimáticas que definen su aptitud para la producción de materia seca.
El monto de las precipitaciones disminuye de este a oeste, con picos de
concentración en las estaciones de otoño y primavera.
Durante
su crecimiento y desarrollo, las especies cultivadas varían los
requerimientos de agua y establecen una relación directa con el balance
hídrico regional. La cantidad de agua utilizada por los cultivos está
vinculada con el rendimiento, esta relación se denomina eficiencia en el uso
del agua (EUA) y usualmente se expresa como kg de materia seca por mm
de agua consumida (kg MS.mm-1) (Gardner et al.,
1985; Dardanelli et al., 2002). La EUA es una medida de comparación
entre sistemas productivos y entre prácticas agronómicas. Regionalmente
existe un amplio rango de EUA (Andrade et al., 2000), para los
cultivos estivales más comunes, en el caso de soja y maíz, por ejemplo, los
valores medios podrían ser 9.3 kg MSGrano.mm-1 y 18.2 kg
MSGrano.mm-1, respectivamente.
El
deterioro de los suelos y la deficiente captación y retención del agua que
escurre en los paisajes ondulados conspiran contra la EUA de cultivos y
pasturas, generándose escenarios de sequías temporarias que limitan el
potencial productivo, más cuando se producen en períodos fisiológicos
críticos. Este estrés hídrico conduce a diferentes niveles de disminución de
rendimiento de acuerdo a la intensidad y al momento de ocurrencia. La
pérdida de 100 mm de precipitación en un ciclo estival (lluvia efectiva: 80
%), equivale a alrededor de 9 q y 18 q de soja y maíz repectivamente,
importante perjuicio económico para una empresa rural.
La resistencia a
las condiciones de estrés resulta diferente para los distintos cultivos,
así, a través de mecanismos relacionados con la profundización de las
raíces, el ajuste osmótico y el control de la transpiración, aquellos
amortiguan los efectos de déficit hídrico (Andrade y Sadras, 2000), a pesar
de que las plantas presentan menos resistencia a perder agua que el suelo.
Existen medidas agronómicas mitigadoras y de escape a condiciones de humedad
restrictivas para la obtención de materia seca: selección de cultivares y
fecha de siembra, densidad de plantas, sistemas de labranza, esquemas
rotacionales y manejo de los residuos de cosecha (Dardanelli, 1998).
Conviene destacar que el eficiente manejo agronómico del agua debe
integrarse a un ordenamiento hidrológico y hidráulico que optimice la
evacuación de excedentes y la economía hídrica edáfica.
Riego
Desde inicios de la
década del noventa comienza a difundirse en la región pampeana,
especialmente en la zona norte de la provincia de Buenos Aires y centro sur
de la provincia de Santa Fe la práctica del riego complementario en cultivos
extensivos.
Los argumentos de
difusión de esta tecnología se basaron en el aumento y estabilidad de los
rendimientos físicos, la disminución del riesgo, los precios ventajosos de
los commodities, la intensificación del manejo, y las posibilidades
de amortización del equipamiento en cortos períodos de tiempo (SAGPyA,
1995).
Después de más de diez
años, la cantidad de establecimientos que incorporó esta tecnología fue cada
vez menor. Razones vinculadas a la incertidumbre de financiamiento por parte
de las entidades crediticias, a los montos variables de inversión de capital
y del costo de producción por unidad física producida, debido principalmente
a los cambios de precios de insumos y granos, aceleraron esta tendencia.
Durante el período de expansión del riego (1990-1996), fundamentalmente a
expensas del sistema por aspersión, la presión comercial fue muy intensa y
muchas operaciones comerciales se realizaron invirtiendo la lógica de
gestión, primero se adquiría el equipamiento para posteriormente, determinar
la calidad y cantidad del agua disponible para operarlo. Así se reconocieron
muchos fracasos, y relativamente pocos éxitos, cuando después de realizarse
la costosa inversión se advertía la imposibilidad de disponer de una
provisión confiable de agua para aplicar la práctica.
La fuente de agua utilizada en estos
emprendimientos fue y es, mayoritariamente subterránea, existiendo dudas
sobre la factibilidad de explotación de los acuíferos regionales, su
distribución geográfica y las condiciones de servicios posibles, debido a la
escasa información disponible, principalmente en el último atributo.
Las formaciones
subterráneas más importantes corresponden al Puelchense y al Pampeano.
Respecto a la primera, es un acuífero
semiconfinado de profundidades variables de alrededor de 30 m a 50 m, un
espesor medio 30 m, y caudales de explotación de hasta 100 m3.h-1.
La segunda, son acuíferos multicapa, de libre a semiconfinados, cuyas
profundidades de explotación varían entre 50 m y 100 m, y los rendimientos
son muy heterogéneos, así como la calidad del agua.
En pleno período de difusión del riego y
ante la presunción de que la transferencia de esta tecnología se realizaba a
un ritmo mayor a la de las capacidades del sector para administrarla, la
cátedra de Manejo de Tierras de la UNR (Montico y Di Leo, 1996), implementó
un “Relevamiento de intención de riego en el sur de la provincia de Santa
Fe”, con el objetivo de evaluar expectativas y conocimientos de los
productores rurales sobre la práctica de riego. El campo muestral comprendió
ocho (8) departamentos del sur de la provincia y a través de la técnica de
encuestamiento personalizado, se entrevistaron ciento trece (113)
productores agropecuarios, comprendiendo una superficie de 27.719 hectáreas.
Respecto a las respuestas más relevantes, el 80,5 % creía que existía
calidad de agua para regar, a pesar de que el 79,6 % no había realizado
análisis químico alguno, y el 77 % de los productores estimó que no estaba
bien informado sobre la técnica, ni en sus posibilidades, ni en sus
perjuicios. Así, en este marco contradictorio e incierto, creció la
superficie regada, lejos de optimizarse el prioritario manejo del agua
provista por las precipitaciones.
Actualmente, la
expectativa de la incorporación del riego a los sistemas de producción
extensivos está desalentada por la grave descapitalización de las empresas
rurales, los aun no tentadores márgenes entre costo y beneficio, el presunto
período húmedo por el que atraviesa la región (Magrin et al., 1998),
y por que no, por las insistentes alertas que surgen de experiencias no
satisfactorias.
No obstante lo
antedicho, el resurgimiento de esta práctica no debe descartarse en el
mediano plazo, más si se revierten algunos indicadores económicos y se
cumplen los pronósticos de una tendencia a la disminución del monto de las
precipitaciones en la región.
De cumplirse esta
posibilidad, se agregará un ingrediente que ya logró esbozarse en algunas
zonas en pleno período de expansión del riego, la
virtual competencia por sobreexplotación de acuíferos entre el riego
extensivo y el abastecimiento de agua potable para las poblaciones cercanas.
Inundaciones
Las llanuras son un escenario de suma fragilidad ante eventos hidrológicos
extremos, de déficit o excedentes hídricos. En este último caso, la
incapacidad del relieve de evacuar volúmenes importantes de agua, junto a
otros factores, conduce a la ocurrencia de vastos y persistentes
anegamientos.
Los sistemas
hidrológicos
son especialmente sensibles a los cambios artificiales, el efecto que
provoca una obra de arte como rutas, vías de ferrocarril o hasta los surcos
de arado, son de gran magnitud e impactan trascendentemente en las cuencas (Zimmermann,
1990). Como consecuencia de la baja pendiente de las áreas llanas (del orden
de 50 cm.km-1, o menos) un desnivel de un metro significa una
barrera infranqueable desde el punto de vista hidrológico, que altera el
escurrimiento natural de las aguas, acumulándolas.
En Argentina, el
sector más representativo de estas características es la llanura pampeana.
Desde inicios de 1970, han entrado en crisis sistemas exorreicos (cuenca del
Río Salado), endorreicos (cuenca de las lagunas encadenas del oeste) y
arreicos (región del noroeste bonaerense, nordeste pampeano y sur
santafesino), concurrente con un cambio del régimen semiárido en algunas de
ellas a subhúmedo-húmedo.
Los cambios en el
uso del territorio han contribuido a la manifestación de los procesos de
anegamiento. Como ejemplo, es posible destacar el caso de la cuenca del
arroyo Ludueña (Santa Fe),
las
tecnologías de uso del suelo implementadas, la intensa agriculturización,
la creciente parcelación y el consiguiente aumento de la densidad de caminos
secundarios y rurales, aceleraron el escurrimiento superficial provocando
rápidos picos de caudales. Entre 1969 y 1990, se registraron dismuniciones
del tiempo de concentración (rapidez con que llegan los aportes de agua
ubicados en las partes más alejadas de la cuenca) cercanos al 15 % (Zimmermann
et al., 2001).
Las inundaciones generan alteraciones ambientales de difícil reversión,
localidades anegadas con alta tasa de evacuados y grandes extensiones
rurales inutilizadas, producen entre otros, daños en la infraestructura,
interrupción de las vías de comunicación, canalizaciones anárquicas y
problemas sanitarios.
Los trasvases de
agua desde zonas con actividades agrícolas, a humedales o a ríos y arroyos,
pueden producir problemas de contaminación por fertilizantes u otros
agroquímicos, pueden afectar la estructura y funcionamiento de los sistemas
naturales superando los límites de asimilación de nutrientes y
contaminantes, y producir la eutrofización de los cuerpos de agua. En áreas
con tendencia a la salìnización, tanto los trasvasamiento de aguas con
elevada salinidad como la disminución en la recurrencia de las inundaciones
por obras hidraúlicas, pueden producir rápidos procesos de salinización
secundaria y disturbar ambientes naturales (Gabellome et al., 2001).
Cuando las ocupaciones poblacionales se asientan sobre las llanuras
aluviales de los ríos y arroyos, las planicies marginales de lagos y lagunas
y los bajos, son espacios de riesgo hídrico. Tal los casos, por ejemplo, de
los planos aluviales del conurbano bonaerense y los sectores periféricos de
Junín, Roque Pérez y General Belgrano en la provincia de Buenos Aires. La
colmatación de sectores bajos con capacidad de almacenaje disminuida, es
corresponsable de anegamientos en áreas naturalmente arreicas, entre muchas
localidades puede citarse en la misma provincia a Carlos Tejedor, Henderson,
El Triunfo y San Gregorio.
En
el sur de la provincia de Santa Fe, quizás el caso más paradigmático sea el
de La Picasa, donde la conjunción de fenómenos naturales (geomorfológicos y
climáticos), más las antrópicos (canalizaciones clandestinas y degradación
de los suelos) resultan en una problemática regional de gravísimos impactos
ambientales. Un aumento de la superficie anegada desde 6.000 ha a 130.000 ha
en menos de 5 años, ha transformado a la región en un territorio altamente
inestable y de impredecible futuro.
Aun cuando Florentino Ameghino lo advirtiera claramente en 1884, muchas
obras de infraestructura fueron construidas y se siguen construyendo, sin
tener en cuenta el riesgo en su diseño, típico caso de las rutas y de los
caminos vecinales, redes pluviales o cloacales y hasta obras protectivas de
contención.
En el sector rural
el evento infringe severos perjuicios. En la actividad ganadera, disminución
del porcentaje de preñez, menor producción de terneros y de carne, menor
ganancia de peso, aumento de enfermedades parasitarias e infecciosas, menor
superficie implantada con verdeos y pasturas, y mayor descapitalización en
vientres.
En la actividad
agrícola: menor superfìcie agrícola y producción, mayores gastos
productivos, y de comercialización, menor calidad del producto cosechado, y
en los suelos, degradación química, física y biológica, aumento de la
salinización y de los riesgos de sodificación.
Entre otros aspectos
igualmente serios, degradación de instalaciones y mejoras, pérdida de vida
útil de maquinaria e implementos, incremento de costos de mantenimiento y
reparación de maquinarias e instalaciones, aumento de los costos de
transporte de granos y carne, degradación de la red eléctrica rural, aumento
de la desocupación rural y urbano, e incremento del éxodo rural (Ventimiglia
et al., 2001).
Desde hace años, en
los países desarrollados, se aborda la planificación del desarrollo en
regiones amenazadas potencialmente por crecidas e inundaciones a través de
cartas de riesgos hidricos (Hernández, 2001). Este recurso
herramental, además de servir de base para legislar sobre la ocupación del
espacio físico, es sumamente importante para generar sistemas de alerta
urbano o rural, orientar la valuación fiscal, prevenir a la defensa civil,
dimensionar el riesgo asegurable, valuar las emergencias agropecuarias,
proteger al Estado ante reclamos especulativos, ordenar las acciones ante
emergencias, planificar las obras civiles y fundamentalmente, aportar al
Ordenamiento Territorial.
Desde la
planificación y gestión de los recursos hídricos la conceptualización del
riesgo, en términos de la teoría social del mismo, permite incorporar cuatro
dimensiones: peligrosidad, vulnerabilidad, exposición e incertidumbre (Natenzon,
1995).
Andrade (2001) considera que generalmente, el problema de las inundaciones
se ha considerado de manera fragmentaria, dando un tratamiento desigual a
cada una de estas dimensiones, componentes del riesgo.
La incorporación a la evaluación de las inundaciones, de abordajes
integrados, y el apoyo de
herramientas pronóstico y de alarma
como
la modelación matemática, permite cuantificar los cambios inducidos por
acciones del hombre, sus efectos y la posible modificación de la calidad
ambiental.
Erosión hídrica
La
erosión hídrica es una de las formas de deterioro del ambiente rural surgida
de la interacción que ocurre en los sistemas de producción, entre la
tecnología aplicada por el hombre para producir y el recurso suelo (Denoia,
1999).
Como proceso natural, no
representa un grave perjuicio para el sector, pero inducido por las
actividades antrópicas, perturba de manera extrema la evolución de los
agentes formadores y funcionales de los suelos. Los sectores con pendientes
mayores al 0.8 %, carentes de cobertura natural y que reciben importantes
aportes de agua excedente de campos vecinos, predisponen la manifestación
del proceso erosivo.
Su asociación histórica
con el modelo de producción de granos y oleaginosas, condujo al deterioro
del 16 % de la superficie total en las provincias de Córdoba y Buenos Aires
y del 6 % en la de Santa Fe (SAGPyA, 1995).
El transporte del material
desprendido, genera aguas abajo, perjuicios relacionados con la obturación
total o parcial de las alcantarillas, la colmatación de los canales y
cunetas, y la obstrucción de vías de agua mayores, hasta producir
inconvenientes de navegabilidad en los cursos de gran envergadura como el
río Paraná. Esta condición regional fue advertida décadas atrás por Kugler
(1984), cuando insistía en la intensificación de los procesos aluviales de
las grandes cuencas y su consecuencia sobre la vida útil de las obras de
arte.
La erosión hídrica
produce cambios en las propiedades edáficas. Los suelos erosionados poseen
una tendencia a la compactación y a la pérdida de capacidad de infiltración,
condiciones que impactan negativamente sobre la capacidad almacenaje de agua
de los mismos. Tanto la pérdida de partículas de suelo, como de agua por
escurrimiento, afectan la aptitud productiva y conspiran contra la
estabilidad y autonomía de los sistemas de producción.
Actualmente las tecnologías de manejo de
suelos que privilegian su cobertura con residuos de cosecha, más el diseño y
ejecución de prácticas de sistematización en los sectores más críticos,
posibilitan el control de los excedentes en las cuencas. De esta manera
además de evitar la degradación de los suelos, realizan un importante aporte
al control de la hidrología regional (Montico y Di Leo, 2000). Los eventos
catástrofes producidos por las inundaciones en sectores rurales y urbanos
regionales en tiempos recientes, podrían haberse morijerados por la
sistematización programada de las áreas afectadas por erosión hídrica.
Contaminación
-Barros
Cloacales
La insuficiente cantidad de plantas de
tratamiento de efluentes cloacales en el territorio rural y la consecuente
descarga directa de aguas servidas, principalmente de origen doméstico,
representa un factor contaminante de muy alto impacto ambiental. Más, cuando
algunos vertidos se realizan en los cursos de agua, sin tratamiento alguno.
En los casos donde los efluentes son
tratados, la búsqueda de un destino para los lodos cloacales (biosólidos)
significa hoy un importante desafío ecológico (Clapp
et al., 1994; Torri y Lavado, 2001). El agregado de biosólidos
al suelo como enmienda orgánica tiene efectos sobre procesos físicos,
químicos y biológicos y originan cambios significativos en las relaciones
suelo-planta-agua. Los cambios físicos incluyen aumentos en el contenido de
materia orgánica, mejora de la agregación, la capacidad de retención hídrica
y la infiltración del agua. Por estas razones, los biosólidos han sido
utilizados en muchas áreas para la recuperación y revegetación de suelos
disturbados y para el mejorameinto de suelos marginales, restaurando la
productividad y calidad de los mismos (Oberle y
Keeney, 1994). La USEPA (1993) lo reconoce como un sustituto parcial
de los fertilizantes y como un corrector de las propiedades físicas
ambientalmente aceptable, no obstante para muchos investigadores los
estandares de aplicación aun no resultan satisfactorios (Mazzarino, 1998).
La acumulación
de elementos traza en los suelos y la potencial trasmisión de patógenos,
podría significar un riesgo ambiental importante si no se observan
cuestiones ligadas a su tratamiento previo.
Los metales pesados presentes, provienen
mayormente de la corrosión en cañerías conductoras de agua potable, techos
metálicos y de vertidos no permitido de efluentes industriales. Algunos son
micronutrientes (cobre y cinc) (Lavado y Rodriguez 1999) y otros (cadmio,
principalmente) significan una amenaza para el medio ambiente y la salud,
toda vez que se acumulen en el suelo o migren al agua (Dudka et al.,
1996).
Las normas nacionales, relativas al
contenido de metales pesados en el biosólido, no están aún definidas, la
legislación vigente hasta el presente no contempla máximos para uso
agrícola, habiéndose sólo establecido los máximos para barros cuyo destino
son los rellenos sanitarios, a nivel nacional Ley Nº 24.051 y Ley Nº 11.717
en la provincia de Santa Fe (Lavado y Taboada, 2000).
-Arsénico
El arsénico se
encuentra naturalmente en el medio ambiente, puede estar en forma tri y
pentavalente, ya sea en compuestos orgánicos e inorgánicos. El de mayor
actividad tóxica es el As III. El agua de los acuíferos suele presentar
concentraciones medias de arsénico cercanas a 1 mg.l-1.
Las
características hidráulicas de las aguas subterráneas representada por una
lenta velocidad de escurrimiento (que aumenta el tiempo de contacto con los
sedimentos geológicos), la composición mineralógico-químico de este
sedimento y su vulnerabilidad a los procesos de meteorización, disolución y
facilidad para ceder oligoelementos al agua subterránea, son las causas del
enriquecimiento de los acuíferos.
El consumo humano de agua con altos
contenidos de arsénico y otros oligoelementos provoca una enfermedad
conocida como HACREA (Hidroarsenisismo Crónico Regional Endémico Argentino)
que provoca manifestaciones cancerígenas.
Desde 1913 se han reportado manifestaciones
patológicas de esta enfermedad. El Dr Nicolli y colaboradores (1989),
advierten sobre la presencia de algunos contaminantes asociados con el
arsénico (flúor, vanadio y uranio) y otros de comportamiento geoquímico algo
diferente (selenio y antimonio).
Entre los efectos tóxicos por consumo o de
agua con altos contenidos de arsénico puede mencionarse algunos:
híperpigmentacion, hiperqueratosis, gangrena y cáncer de piel, cirrosis,
problemas de reabsorción renal, parálisis, pérdida de la audición,
inhibición de algunas de enzimas y daños al intestino.
En la provincia de Santa Fe, otras
investigaciones llevadas a cabo por Nicolli
sobre las aguas subterráneas en la cuenca del río Carcarañá, revelan una
concentración media de arsénico de 201 mg.l-1 y valores máximos
que superan los 720 mg.l-1. Una cuestión importante a considerar
es la existencia de períodos de toxificación y detoxificación del arsénico
en las poblaciones que consumen aguas arsenicales, debido a la variación
anual de la concentración de este elemento.
La Ley
Provincial Nº 11.220 de 1995, obliga a los servicios de agua potable a
suministrar agua de bebida con concentraciones de arsénico de 50
mg.l-1
(Límite Recomendado) o menos, valor guía recomendado por
la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 1985 (Vazquez et al.,
1998).
En los sistemas productivos, más allá de
los transtornos operativos que ocasiona la utilización de aguas de mala
calidad, la ganadería resulta la más perjudicada. El agua provee a los
animales una importante cantidad de elementos, como sodio, calcio, magnesio
y azufre, que incorpora a sus funciones metabólicas. Las aguas arsenicales y
muy ricas en otras sales, alteran el paladar bovino disminuyendo su consumo
y, en sistemas de cría y tambos, modifica la calidad y la cantidad de leche
obtenida.
-Fertilizantes
La utilización de fertilizantes, principalmente de síntesis, representan un
potencial riesgo de contaminación de acuíferos subterráneos cuando su
aplicación se realiza en ausencia de las consideraciones agronómicas que
contemplan el balance de nutrientes entre el consumo de los cultivos y el
aportado por los suelos (Reynoso et al., 2004).
Los nutrientes constituyen parte de los recursos del ambiente, los que
conjuntamente con el manejo de las características de los genotipos, el
conocimiento de la dinámica de las variables climáticas, las labranzas y
otras prácticas tecnológicas, generan incrementos en los rendimientos
físicos de los cultivos.
Los nutrientes que
mayoritariamente se aportan al suelo a través de la fertilización son el
nitrógeno y el fósforo. Los compuestos orgánicos de nitrógeno no son muy
móviles en el suelo, razón por la que sólo sus productos de degradación son
potenciales contaminantes de los acuíferos.
Los nitratos que migran hacia los sistemas subterráneos dependen (además de
los factores climáticos) de la frecuencia de aplicación y del tipo de
fertilizante utilizado, de la cantidad total de fertilizante incorporado,
del nitrógeno orgánico e inorgánico presente en el suelo, y de las prácticas
tecnológicas implementadas (Costa et al., 2000;
Rimski-Korsakov et al., 2000).
Los compuestos de fósforo se presentan en
forma orgánica e inorgánica y la mayoría de ellos se mantienen estables en
el tiempo. Las forma inorgánicas del fósforo son fijadas en un proceso por
el cual los compuestos solubles cambian a formas menos solubles por
reacciones con compuestos orgánicos e inorgánicos del suelo. Estos
compuestos tienen una movilidad limitada y pocas probabilidades de abandonar
el suelo hacia las napas.
Respecto al primero, se conoce que la
agricultura participa en forma significativa en la contaminación nítrica
(Hénin, 1990; Adiscott, 1995; Knisel et al., 1995).
Si bien el uso
de fertilizantes nitrogenados ha aumentado considerablemente en los últimos
cinco años, Andriulo (1995) sostiene que la
fertilización no es la principal fuente en la contaminación de los
acuíferos. Debido a que solamente en estos últimos años se ha intensificado
el uso de nitrógeno fertilizante, el mayor aporte de este nutriente podría
provenir del lavado de nitratos originados en la mineralización de la
materia orgánica del suelo y no aprovechados por el sistema radicular de las
plantas.
El agua para
el consumo humano o para riego (ver Riego) se extrae de la formación
Puelches y los sedimentos de las formaciones pampeana y postpampeana, que
poseen una recarga autóctona (Santa Cruz, 1988).
Sus límites, superior e inferior, no son impermeables, por lo que los
nitratos exportados del suelo a través del lavado ingresan a estos
acuíferos (Costa et al., 2000; Rimski-Korsakov et al., 2000).
Lavado y
colaboradores (1999) sugieren una relación importante entre prácicas de
manejo de los suelos como las labranzas y la concentración en el suelo de
algunos elementos químicos por fertilización, siendo probable que ello
represente un riesgo potencial para la calidad del agua subterránea. En
sistemas intensivos la elevadas dosis de fertilizantes empleadas anualmente
consituyen un importante riesgo hídrico ambiental.
Hure y colaboradores (1998), en la zona hortícola cercana a la ciudad
de Rosario (Santa Fe), hallaron que en el 60 % de los 25 establecimientos
testeados, el agua de consumo presentaba concentraciones de NO3-
mayores a 45 mg.l-1 y en el 8 %, concentraciones de NO2-
mayores a 0.1 mg.l-1, ambos, límites de riesgo de salud para la
OMS. Asimismo Sardi y colaboradores (1997), en producciones animales
intensivas del norte y sur del Gran Buenos Aires hallaron que alrededor del
42 % de 57 muestras superaban el límite de NO3-.
-Plaguicidas
Los contaminantes no permanecen estáticos en
el punto de emisión, estan sujetos a un devenir espacio-temporal que incluye
una serie muy compleja de causalidades, que tienen como consecuencia, que
sus efectos se manifiesten a gran distancia y tardiamente, en sujetos
habitualmente distintos a los causantes de la misma (Eguiazu, 1989; Arnold y
Briggs, 1993). La variable espacial por el momento, no es controlable, y
sustancias de riesgo ambiental pueden ser exportadas, transportadas o
producidas en forma libre (Mills y Thruman, 1994; Raskovsky y Laurenzano,
1994; Shuval y Gruener, 1997).
La irrupción del hombre en el orden natural,
sustentada en la búsqueda de la máxima producción física en el ámbito rural,
condujo a la necesidad creciente de ampliar la oferta de productos químicos
por parte de los laboratorios de desarrollo de agroquímicos (Rodrigues,
1997; Pimentel, 1998).
Estos productos, considerados genéricamente
como agrotóxicos, poseen una movilidad y persistencia controlada por sus
características y las del ambiente donde actúan, siendo en su mayoría
contaminantes difusos.
Los plaguicidas deben ser suficientemente móviles como para alcanzar su
objetivo y suficientemente persistentes como para eliminar el organismo
específicamente atacado. Estas dos cualidades no son deseables desde un
punto de vista ambiental. El desplazamiento de los plaguicidas hacia el
acuífero es un fenómeno complejo donde actúan principalmente los procesos de
sorción, degradación y volatilización.
La mayoría de los plaguicidas químicos son sustancias de bajo peso molecular
y poco solubles en agua (como los organoclorados). La solubilidad
(especialmente de fosforados y carbamatos) es la propiedad que más
condiciona su transporte hacia estratos inferiores, pero existen otros
factores que determinan la movilidad y persistencia de los plaguicidas y que
influyen sobre los mecanismos de absorción y degradación.
Los minerales
arcillosos y la materia orgánica del suelo junto con la actividad biológica
pueden retenerlo parcialmente y amortiguar la contaminación de las aguas
subterráneas.
La capacidad
asimilativa del suelo está determinada por los procesos bióticos y abióticos
que conducen a la transformación del plaguicida en metabolitos no tóxicos.
Sin embargo, el herbicida atrazina,
perteneciente el grupo químico de las triazinas, y utilizado ampliamente por
su acción como pre y postemergente para el control de malezas, especialmente
en el cultivo de maíz, posee metabolitos
de degradación más tóxicos que el producto de origen (Bowmer, 1991;
Mills y Thruman, 1994). El glifosato,
principio activo del herbicida de mayor uso en la región pampeana,
también es un agroquímico con evidencias de que su formulación
(principalmente por su surfactante) produce impactos negativos en el
ambiente (WHO, 1994; Hung et al, 1997; NCAP, 1998).
Si bien, no existen evidencias concluyentes
en la región pampeana de contaminación de acuíferos por plaguicidas,
trabajos de investigación (Andriulo et al., 2002a, 2002b; Lenardon
et al., 2002) indican que la temática debe abordarse de manera activa y
amplia, debido a que genera un marco de incertidumbre, fundamentalmente ante
el desconocimiento del riesgo potencial que implica.
Comentarios
En
las últimas tres décadas en la región pampeana Argentina se sucedieron
diferentes modelos de uso de la tierra que se basaron en la intensificación
productiva, postergando la preservación y conservación de los recursos
naturales (Montico y Pouey, 2001). Prueba de ello, es que el agua no
representó, ni aun representa para la función pública, con excepción de
acciones aisladas, un motivo de verdadera atención, y los actores privados
ignoran o subestiman la problemática y las externalidades que derivan de su
uso y administración.
Comienzan a evidenciarse señales del deterioro de la calidad del agua por
acción u omisión, situación que obliga a reflexionar sobre la celeridad con
que debe darse la intervención por parte de los decisores, desde la
armonización de la tecnología con el ambiente hasta la articulación de la
apropiación del territorio con las necesidades sociales. Es imprescindible
actuar de manera sistemática en base a la formulación de propuestas activas.
El
aprovechamiento y gestión del agua debe basarse en un planeamiento que
implique la participación de los usuarios, los planificadores y los
responsables de las decisiones a todos los niveles.
Coincidiendo con
Fernández Jauregui (2001), la gestión de los recursos hídricos en la región
pampeana debe abordarse desde un enfoque multidimensional y multiobjetivo,
reconociendo al agua como bien económico indispensable para el crecimiento y
el desarrollo.
Las bases del cambio del compromiso con el aprovechamiento, ordenación y uso
de los recursos de agua dulce, deben contemplar la definición de las cuencas
hidrográficas como unidad de desarrollo en lugar de las divisiones
políticas, el reconocimiento de la relación entre aguas superficiales y
subterráneas, la interacción entre los sectores rurales y los urbanos, y la
aplicación de los principios de la sustentabilidad.
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