El lugar de los
colonos. Ambientalismo y transformaciones territoriales en el agro misionero
Brián G. Ferrero*
* Programa de Postgrado en Antropología
Social. Universidad Nacional de Misiones. CONICET..La presente
investigación se realizó con una beca MAB Young Scientists Award 2004,
UNESCO.
A partir de la década de 1980 comienzan a producirse profundas
transformaciones en la composición de la estructura agraria de la
provincia de Misiones –en el noreste argentino-. Dos grandes procesos se
desarrollan conjuntamente. Por un lado, desde el Estado provincial se
comienza impulsar un modelo productivo basado en la producción
foresto-industrial y el turismo, acompañado por la profundización en los
’90, de políticas económica de corte neoliberal que implicaron la
disminución en los precios de los productos rurales, la eliminación de las
barreras al comercio exterior, la ausencia de políticas crediticias, y el
retiro de la intervención gubernamental en la dirección de la economía
regional. Una de las principales consecuencias de tal proceso en Misiones,
es la marginalización y empobrecimiento y de las familias de pequeños y
medianos productores rurales -localmente denominados “colonos”-. Por otro
lado, ya desde la década de 1980, se comienza a hacer presente en el
espacio rural de Misiones, un frente ambientalista cuyo objetivo principal
es la conservación de la selva paranaense. En una primera etapa, este
frente llevó a cabo una notable expansión de la cantidad de reservas
naturales estrictas, no sólo excluyendo a los pobladores rurales de la
conservación, sino también presentando a la conservación de la selva como
opuesta a la presencia de colonos. Posteriormente, en una segunda etapa,
que se inició a mediados de la década de 1990, la conservación de la selva
misionera se plantea desde la perspectiva del desarrollo sustentable, y
con el ingreso de nuevos actores al frente ambientalista –fundamentalmente
agencias de desarrollo rural-, se inicia una gradual integración de la
población rural.
A partir de las transformaciones en los modelos de desarrollo, comienzan a
originarse nuevas territorialidades en el espacio misionero. Estos nuevos
territorios se van delineando al hacerse presentes nuevos actores
sociales, con nuevos intereses y nuevos tipos de relaciones. Las
dimensiones espaciales que se originan en la implementación de diversos
modelos territoriales y de desarrollo pueden ser analizadas a través del
concepto de cosmografía. Este concepto es definido por Little (2001) como
las identidades colectivas e históricamente contingentes, ideologías y
sistemas de conocimiento sobre el entorno desarrollados por un grupo
social para establecer y mantener territorios humanos. El concepto de
cosmografía, es entendido como una conjunción entre cosmología y
geografía, donde las visiones culturales del mundo (cosmos) son inscriptas
(grafía) en áreas geográficas. Cada cosmografía es capaz de crear
diferentes tipos de territorios humanos estrechamente vinculados a las
características biofísicas de las áreas geográficas. De esta forma, el
concepto de cosmografía es más abarcador que el de territorio, aunque
ambos están directamente unidos ya que el territorio de un grupo social es
inevitablemente creado sobre un conjunto de principios cosmográficos.
Nuevas cosmografías se suceden en la historia, no sólo generando
conflictos sobre los territorios, sino también situaciones de
incorporación y acomodamiento que provocan transformaciones continuas de
las cosmografías ya existentes y de los reclamos territoriales. A su vez
que la superposición de cosmografías crea complejos dinámicos de poder.
En la provincia de Misiones, hasta la década de 1970 predominó una
cosmografía basada en el desarrollo rural, que se inició con la expansión
de la frontera agraria sobre las selvas, transformándolas en espacios
productivos. A partir de la década de 1980 toma fuerza otro modelo de
desarrollo para Misiones. La actividad forestal adquiere un peso creciente
en la organización del territorio, siendo dominada por empresas y
corporaciones transnacionales y concentrándose en grandes propiedades. El
sector forestal pasa a contribuir al Producto Bruto Geográfico con el 16%,
mientras la ganadería y la agricultura representan en conjunto el 8,9%
(INTA; 2002).
Por fuera de las tierras en forestación se observa un mosaico donde
combinan pequeñas y medianas explotaciones rurales con Reservas Naturales.
De manera que en la provincia se delinean dos cosmografías: una forestal y
otra ambientalista-colona. Si bien existen estrechos vínculos entre ambas,
la concepción e intervención sobre el espacio que cada una realiza, se
construye en una arena política particular. Los actores presentes en cada
cosmografía tienen sus propios intereses, con lo cual estas se constituyen
en campos de disputas, enfrentamientos y alianzas (Little, 2001). En los
territorios de producción forestal los actores relevantes son empresas
forestales nacionales e internacionales, y los Estados nacional y
provincial. En el territorio ambientalista-colono se hace presente un
conjunto de actores, ideas y formas de intervención en el espacio, que
promueven la conservación de la selva y proponen modelos alternativas de
desarrollo bajo la denominación de desarrollo sustentable o agroecología.
Los actores que forman parte de esta cosmografía conforman un conjunto
heterogéneo, y entre estos es común asistir debates donde se manifiesta
una amplia diversidad de concepciones sobre el medioambiente, el
desarrollo y las estrategias de acción.
Los procesos y relaciones sociales que se desarrollan en el campo
misionero son resultado tanto de las tendencias del capitalismo y las
políticas ambientalistas como de la acción de los diversos actores que
participan en este espacio. Estos, despliegan estrategias e iniciativas
que muestran que tales procesos no son unidireccionales. En este trabajo
analizaremos los sentidos que para los colonos, cobra la experiencia de
vivir en un espacio con una fuerte presencia de discursos e intervenciones
ambientalistas, el espacio de la cosmografía ambientalista-colona. Tales
discursos e intervenciones se ligan a: procesos de exclusión y
marginalización de pequeños y medianos productores –que a su vez son
consecuentes con la marginalidad originada en las políticas neo-liberales
para la región-; transformaciones en las técnicas productivas colonas;
transformaciones en las relaciones sociales a nivel local que se vinculan
con el surgimiento de nuevas redes clientelares; y finalmente,
fortalecimiento de nuevas identidades sociales entre los colonos.
Nuestra área de estudio la constituye la región norte de Misiones, puesto
que allí se hacen presentes con mayor fuerza las propuestas ambientalista.
A partir de fines de la década de 1980, esta región adquirió cierta
singularidad por contar con el mayor remanente de la selva paranaense de
la región. A su vez, aquí se concentra la mayor parte de las reservas
naturales de la provincia -que constituyen la manifestación espacial mas
clara de la cosmografía ambientalista (Little; 2001)-, mientras gran
cantidad de programas de desarrollo sustentable son llevados a cabo con
los colonos.
Transformaciones en la estructura agraria misionera
La provincia de Misiones se encuentra en el extremo nordeste de la
República Argentina, limitando con Brasil y Paraguay. La mayor parte de su
territorio corresponde al ecosistema selva paranaense o bosque atlántico
del alto Paraná. Hasta el siglo XVI este ecosistema se extendía desde el
río Paraguay hasta el océano Atlántico, abarcando la mitad este paraguaya,
parte de los estados del sur de Brasil y la provincia de Misiones en
Argentina. Por entonces, la selva paranaense contaba con una superficie de
casi medio millón de km², de los cuales actualmente se conserva sólo el
7,8% . A partir de fines del siglo XIX y fundamentalmente durante el siglo
XX, se deforestó la mitad de la superficie de selva de Misiones.
Actualmente esta provincia cuenta con 1.123.000 ha de selva, lo cual
representa el 20% de la selva paranaense existente; esta se presenta en
forma de un corredor continuo, lo cual le da gran valor en términos de
conservación .
Durante todo el siglo XX, el territorio misionero ha cumplido el rol de
frontera agraria, esto es de un espacio abierto, apto para atraer
población en busca de oportunidades de ascenso social. Desde una
cosmografía desarrollista, las selvas fueron pensadas como espacios
vacíos, sobre los cuales se debía llevar el progreso, transformándolas en
espacios productivos . Esto se tradujo en el fomento a la colonización,
primero mediante programas estatales y privados, y posteriormente abriendo
el territorio a la colonización espontánea (Bartolomé; 2000). A su vez,
desde inicios del siglo XX se fomentó la explotación forestal de la selva
en manos de capitales privados.
En su dimensión simbólica, el espacio de frontera se crea al ser
instituido como una zona desconocida y sin historia. Una de las cualidades
de tales espacios, radica en su carencia de identidad, distinguiéndose de
los espacios regionales. “Así como el discurso regionalista lucha por
imponer marcas durables, propiedades ligadas al origen, el discurso sobre
la frontera se sustenta en lo nuevo, lo cambiante, lo que no tiene su
origen en el lugar” (Schiavoni 1997:267). Los frentes pioneros son
procesos de fabricación del espacio regional en una ‘genética de las
regiones’, para lo cual uno de los primeros pasos es el de quitar la
identidad al lugar. La creación de una frontera implica la conversión de
zonas poco pobladas en ‘tabulas rasas’ donde lo que se pone en juego es el
ordenamiento, la institucionalización y la historia.
La expansión de la frontera agraria en Misiones finalizó en la década de
1990, con el agotamiento de las tierras fiscales sin ocupantes.
Actualmente, la población rural constituye un 30% del total provincial,
asentada en pequeños lotes con una superficie promedio entre 10 y 25
hectáreas (Schvorer; 2003). Las unidades productivas responden al modelo
de agricultura familiar que se cristalizó en la provincia durante la
década de 1990, fundado en la estabilización de la pequeña explotación a
través de la especialización tabacalera, en contraposición al patrón
clásico de capitalización mediante la plantación de perennes como la yerba
mate, el té y el tung (Schiavoni; 2001). Dentro de las chacras se
desarrolla cierta diversificación productiva, a través de la ganadería,
forestación y horticultura para el consumo doméstico. El cultivo del
tabaco, predominante, no cuenta con el apoyo de las organizaciones de
desarrollo agroecológico, dado que implica el uso de una variada gama de
agroquímicos y el periódico desmonte dentro de las unidades productivas. A
su vez, requiere del trabajo de todo el grupo doméstico durante 10 meses
al año, con lo cual se reducen las posibilidades de lograr una producción
diversificada. La caída de los cultivos de yerba mate, té y tung, y la
expansión del tabaco, está acompañada por la descapitalización y
empobrecimiento de los productores debida a los bajos precios y sus
modalidades de comercialización.
Durante la década de 1990, se acentuó notablemente la crisis de la pequeña
y mediana explotación rural misionera. Diversos factores han ido
modificando la economía y la sociedad provincial poniendo en jaque las
posibilidades de reproducción social de la pequeña y mediana producción
agrícola. La retracción del Estado en la regulación de mercados de la
producción local, llevó a la ausencia de políticas crediticias, y a
eliminar tanto fuentes de financiamiento del sector agropecuario (tasas,
intereses, etc.), como los organismos reguladores de la producción y
comercialización de los cultivos. En 1991 el decreto del gobierno nacional
de Desregulación Económica, golpeó duramente al sector agropecuario,
desapareciendo instituciones (como la Comisión Reguladora de la Yerba
Mate) que intervenían en los mercados de bienes y servicios. Tales medidas
contribuyeron a debilitar al Estado sin que ello implicara mayor
eficiencia del sector público (Barsky 1993). Esto tiene lugar en un
proceso de concentración capitalista de la producción, manufacturación y
comercialización de los cultivos tradicionales en manos de acopiadores y
molineros (particularmente es el caso de la yerba mate, té y tabaco),
quienes controlan los precios de la materia prima y generan mayor
dependencia de los productores pequeños y medianos, los que se han ido
descapitalizando y empobreciendo (Schvorer; 2003). Desde el Estado, las
principales estrategias de desarrollo rural han sido el Programa de
Crédito Supervisado Fida—Bid (1992), el Programa Social Agropecuario
(1993) y Cambio Rural (1993), los dos primeros orientados específicamente
hacia los pequeños productores. Más allá de estos programas, según el INTA
(2002), el sector de los pequeños productores no ha logrado revertir las
consecuencias del proceso de concentración capitalista acentuado en las
últimas décadas, viendo disminuir sus ingresos en forma significativa .
Estos procesos están relacionados a los cambios globales en la economía,
el Estado y la sociedad iniciados durante la década de 1970,
profundizandose en los años ’90, que en el noroeste misionero implicaron
la transformación progresiva de un modelo productivo diversificado
(explotaciones agrarias pequeñas y medianas de yerba mate, tung, cítricos
y forestales) a un modelo productivo cada vez más concentrado en la
explotación forestal. Durante la década del ’90, la actividad del sector
primario que experimentó el crecimiento más importante fue la silvicultura,
a su vez en el rubro exportaciones el mayor crecimiento fue el de la pasta
celulósica. De esta etapa además se advierte la expansión del bosque
implantado con coníferas en Misiones (basado principalmente en el cultivo
de pinos elliotis y taheda). La expansión del sector forestal se produce
acompañada por un proceso de concentración tierras, en el cual se observa
que aproximadamente 230 propiedades mayores de 625 has. ocupan un 45% de
esa superficie; a su vez, las explotaciones de más de 5.000 has.
representan el 35% de la superficie provincial, mientras en el otro
extremo las unidades de 50 has. o menos representan el 87,8% del total de
las explotaciones, ocupando tan sólo el 34,4% de la superficie provincial.
Es paradigmático el caso de la empresa forestal Alto Paraná S.A.,
propietaria de un 8% de la superficie provincial. (INTA; 2002)
La expansión de la forestación y la concentración de tierras han implicado
una revalorización de la tierra, que llevó al aumento de los conflictos
por la ocupación de tierras. Hasta la década de 1980 en Misiones predominó
la explotación forestal del bosque nativo en un sistema en el cual era
común que una vez explotado el monte, el propietario permitiese a familias
colonas la ocupación de la tierra, con la expectativa de posteriormente
ser indemnizado por el Estado. A partir de la década de 1990, con la
valorización de la tierra por la expansión forestal, toma fuerza el
conflicto entre pequeños productores ocupantes y quienes reclaman la
propiedad de las tierras. En este conflicto participan el Estado
provincial como mediador y ocupantes organizados con el apoyo de ONG
locales y sectores de la iglesia católica.
El frente ambientalista
Paralelamente a las transformaciones en la concentración de tierras,
empobrecimiento de los pequeños y medianos productores, y el incremento de
la actividad forestal, en Misiones tiene lugar la expansión de un frente
ambientalista. El avanze de este frente también cuenta entre sus
consecuencias la marginalización de los colonos.
La expansión del frente ambientalista coincide con el fin de la expansión
de la frontera agraria. Ante la visión de que Misiones contenía el último
remanente continuo de selva paranaense, durante la década de 1980 se
comenzó a gestar un sector ambientalista con la consigna de salvar la
selva de forma inminente. Entonces se inicia un proceso que puso en marcha
un mecanismo no del todo articulado, en el cual la selva pasó a ser uno de
los elementos constitutivos de la identidad misionera. En los slogans del
gobierno provincial, se proclamó a Misiones como “salvajemente verde”, o
“un bastión verde del planeta” asignándole valor global al territorio. De
esta forma los espacios de selva y agrícolas, pasaron a ser disputados
entre cosmografías ambientalistas y forestales.
En las áreas selváticas, el frente ambientalista introduce una serie de
nuevas actividades tales como la implantación de proyectos
agro-forestales, la restauración de tierras deforestadas, la demarcación
de tierras indígenas, la cosecha y marketing de productos de la selva, la
aplicación de técnicas selectivas de forestación, prospecciones de
biodiversidad, ecoturismo, etc. Persiguiendo intereses propios, de una u
otra manera relacionados con el ambientalismo, diversos actores sociales
crean un espacio político de nuevas alianzas alrededor de objetivos
específicos, creando nuevas contradicciones a su vez que producen
superposiciones de intereses políticos (Little, 2001).
El frente ambientalista misionero se constituye en torno a un amplio
abanico de actores, entre los que se destacan el Estado provincial
-principalmente desde el Ministerio de Ecología y Recursos Naturales
Renovables-, y agrupaciones ambientalistas locales, nacionales e
internacionales. También, agencias de desarrollo rural, tanto oficiales
como no gubernamentales, durante la década de 1990 comenzaron a incorporar
propuestas productivas agroecológicas y de desarrollo sustentable . Más
recientemente, movimientos colonos están integrando este discurso en sus
reclamos productivos y por la tenencia de la tierra . Este sector no
resulta en un frente hegemónico y estable, sino más bien en un campo en
conflicto, donde se generan discursos alternativos vinculados a la
problematización de la relación entre sociedad y naturaleza. A su vez, el
discurso de la biodiversidad presente en Misiones ha resultado en un
creciente aparato, que sistemáticamente organiza la producción de formas
de conocimiento y tipos de poder, ligando unas a otras a través de
estrategias y proyectos concretos.
La manifestación espacial mas concreta de la cosmografía ambientalista
misionera la constituyen las Reservas Naturales. La mayor parte las
Reservas Naturales misioneras fueron creadas en un acelerado proceso que
tuvo lugar entre los años 1987 y 1997, cuando se pasó de dos a cincuenta
Reservas . En esos diez años, la superficie bajo regímenes de conservación
pasó del 2,9% del total provincial al 7,4%, es decir que creció un 151%
-se pasó de 864 km2 en conservación a 2205 km2 (INTA 2002)-; a esto debe
agregarse la sanción del Corredor Verde Misionero que abarca un 8% de la
superficie provincial, cuya aplicación aún no se ha efectivizado. La
creación de Reservas Naturales en este período tuvo uno de sus pilares en
la idea de que eran necesarias rápidas acciones para conservar los últimos
espacios de selva que aun no habían sido ocupados por la producción
colona. De manera que la creación de Reservas implicó una carrera contra
los colonos por los últimos espacios de selva. La creación de las Reservas
Naturales se basó en la idea de que la naturaleza sólo puede ser protegida
al separarse de la convivencia humana. Según esta lógica biocéntrica, que
postula una dicotómica entre naturaleza y sociedad, existe un ámbito
natural, separado y distinguible del ámbito social. Desde tal lógica se
postula como un principio universal, que el mundo salvaje sólo puede ser
protegido al apartarse de la convivencia humana. (Diegues; 2002).
El lugar de los colonos
Frente a las transformaciones en la estructura agraria y la expansión del
frente ambientalista, la población rural se posiciona en una búsqueda
reivindicativa de un lugar de legitimidad y pertenencia en el espacio
rural misionero. Este posicionamiento toma diversas modalidades. En las
luchas por mejorar las condiciones de comercialización de la producción,
adquiere formas institucionalizadas tanto en las asociaciones gremiales de
pequeños y medianos productores -por ejemplo el Movimiento Agrario
Misionero-, como en la participación de los productores en proyectos de
desarrollo rural llevados a cabo agencias estatales y no gubernamentales
–por ejemplo INTA, PSA, o la ONG INDES-. Otra de las manifestaciones
institucionalizadas de este enfrentamiento puede notarse en las
agrupaciones de productores ocupantes de tierras privadas que luchan por
la propiedad de las mismas.
La búsqueda de un lugar de pertenencia y legitimidad en el territorio de
la cosmografía ambientalista, también lleva a reivindicaciones que se
manifiestan de formas no institucionales, sino que se dan en los discursos
y las prácticas cotidianas. Podemos ver esto a partir de los sentidos que
cobra en las colonias, el termino de “la ecología”. En sentido amplio,
para los pobladores rurales “la ecología” denomina al conjunto de actores,
ideas, proyectos y prácticas que se instalan en el área problematizando la
relación sociedad-naturaleza, y proponiendo formas de producir y
relacionarse con los recursos naturales diferentes a las que previamente
se desarrollaban. Entre los sectores que conforman “la ecología”, se
cuentan desde el Ministerio de Ecología provincial hasta agencias de
desarrollo rural que proponen formas “sustentables” de producción,
consultores de organismos internacionales y evaluadores de organismos que
financian a las agencias de desarrollo. De manera el conjunto de actores
que en este trabajo denominamos frente ambientalista, coincide con quienes
forman parte de “la ecología”.
En la idea local de “la ecología” es posible notar dos tipos de sentidos
que sin ser opuestos pueden considerarse uno negativo y otro positivo. Uno
de los elementos centrales de la idea local de “ecología” radica en su
aparente externalidad al mundo colono. Ya se señale al Ministerio de
Ecología o a ONGs como los portadores de este discurso, el mismo se
considera foráneo a las colonias. Para los colonos, el discurso ecológico
es fundamentalmente urbano. Es en las ciudades donde se discuten estos
problemas, donde determinados hechos pasan a ser “ecológicos”, donde se
crea este término, se originan las reglamentaciones conservacionistas y
los proyectos de desarrollo sustentable, y donde se encuentran los
científicos, técnicos y políticos que construyen el saber ecológico.
Precisamente uno de las razones por las que suelen rechazarse las “ideas
ecologistas”, es por ser una importación que poco tiene que ver con la
vida local. Se considera a éste un saber des-territorializado, construido
por personas con un conocimiento fundamentalmente teórico del mundo rural,
de un nivel de abstracción que no termina de ajustarse a los problemas
concretos de las colonias. Así, “la ecología” es en parte vivida como una
imposición externa a la población. De forma que para los colonos, “la
ecología”, imprime un nuevo orden sobre el territorio, buscando crear un
territorio ecológico, que implica la presencia de nuevos actores, la
resignificación de los ya presentes, y el surgimiento de nuevos intereses
que le dan sentido al mismo.
Pero el principal factor del que deriva la valoración negativa de “la
ecología” radica en la presencia de agentes de control ambiental. Por el
área rural circulan inspectores forestales y guardaparques –ambos
dependientes del Ministerio provincial de Ecología- controlando y
sancionando el cumplimiento de las normativas ecológicas referentes a la
extracción de madera de ley, la quema de monte, caza, etc. Al ser
considerados entre los responsables por la degradación de la selva, los
colonos pasaron a ser sujetos a control. Para los colonos, “la ecología”
ha implicado un cierre en el espacio, así como limitaciones en la
movilidad y en la explotación de los recursos naturales. Si antes podían
desplazarse buscando tierras fiscales disponibles, entrar en los montes
procurando caza, y hacer rozados sin temores aun careciendo permisos, con
la expansión del frente ambiental sus posibilidades se redujeron y esas
actividades pasaron a estar prohibidas y/o controladas. En tal sentido “la
ecología” es vivida por los colonos como una fuente de sanción; tal es así
que el término con que en el área rural se llama a los guardaparques es
precisamente: “la ecología".
De manera que, en cierto sentido en el mundo de los colonos el territorio
ambientalista y la conservación de la selva, están directamente ligados al
control y la sanción. En palabras de un productor local: “La ecología no
le deja cazar o quemar, antes se hacía rozado en el monte, ahora se hace
para plantar no más, antes no era así. Ahora piden que hay que tirar
capuera , pero para el monte está más difícil, porque se controla, hay que
cuidarse más”. El temor de los pobladores hacia los agentes oficiales de
control ambiental se refleja tanto en el hecho de ocultar rozados
clandestinos dejando cortinas de monte, de hacerlos lejos de los caminos
por donde se supone transitan esos funcionarios.
Como parte del conflicto entre pobladores y conservacionistas, también es
posible asistir a cierta amenaza solapada de los colonos hacia las
Reservas Naturales. Es común escuchar en las colonias, que las Reservas
Naturales podrían llegar a ser invadidas por colonos en busca de tierras y
transformadas en colonias. La primera vez que el gobierno provincial
invitó a asociaciones de colonos a participar de un taller de gestión del
la Reserva de Biosfera Yabotí fue en el año 1999 –los pobladores no fueron
convocados ni en la planificación de la Reserva, ni durante los primeros
seis años de su existencia-. En ese taller un productor local sentenció
que: “si no se hace algo (dar una ayuda económica) para los que están
afuera de la reserva, se van a meter”. Con esto daba a entender que la
Reserva de Biosfera no podía estar ajena a las necesidades de la población
de su Area de Influencia, que debía existir algún tipo de integración
positiva entre conservación y pobladores, porque de lo contrario la
población finalmente ocuparía esa Reserva. Tales amenazas deben ser
interpretadas en el marco de los conflictos generalizados en toda la
provincia, por la ocupación de latifundios por parte de colonos sin
tierras.
La ecología en sentido positivo
Mas allá del rechazo hacia el sector ambientalista, los colonos
manifiestan acuerdo con este sector en la necesidad de conservar la selva
misionera. Esto aparece en la región como un valor generalizado, que
inclusive lleva a muchos pobladores a reclamar una presencia más efectiva
de los agentes conservacionistas. Algunos colonos consideran que la
disminución de la fauna salvaje se debe a la caza furtiva y
responsabilizan a “la ecología” (guardaparques) por no cumplir
eficientemente con “su rol” de controlar. Un antiguo colono al respecto,
comenta que “hasta hace quince años era impresionante la cantidad de
bichos que había, pero se terminó ahora, yo no sé qué hace la ecología,
ganan su sueldo pero no cuidan”.
La valoración positiva de “la ecología” y las reservas naturales, suele
vincularse con cierta añoranza por las características de la región en el
pasado cercano. Los relatos de los pobladores rurales sobre los tiempos en
que se colonizó la región, describen al norte misionero en términos casi
paradisíacos, como un lugar donde la fauna salvaje abundaba y de su caza
vivían familias enteras, las chacras contaban con abundante madera, el
agua de los arroyos era límpida, y la tierra la más rica de la provincia.
En los diversos sentidos que los colonos le dan a la conservación, podemos
ver las porosidades en los límites entre las cosmografías ambientalista y
desarrollista-rural, y cómo el propio concepto de cosmografías debe ser
pensado de manera lo suficientemente flexible para permitir el traspaso de
actores e ideas de una cosmografía a otra. Probablemente una de las
explicaciones al sentido positivo de “la ecología” y la adopción de
valores ambientalistas por parte de los colonos, radique en que esto les
permite reclamar un lugar en la nueva cosmografía ambientalista. De manera
que los colonos no se oponen de manera radical a “la ecología”, sino que
también buscan un lugar en “la ecología”. Esa búsqueda de inclusión se
manifiesta por ejemplo, cuando se considerar que entre los beneficiados
por la conservación del monte se encuentra: “la humanidad”, o “todos
nosotros”, dos términos en que los colonos se incluyen. O tal como
mencionó un ocupante de tierras fiscales “si cuidamos el monte va a ser
mejor para todos, para mis hijos, y después mis nietos, que van a poder
ver el monte que les dejamos”. De esta forma se disputaría un lugar
legitimo en el nuevo territorio ambientalista. Pero esta disputa es
realizada por los pobladores rurales haciéndose eco del discurso
ambientalista.
En la resignificación que los colonos hacen del discurso ambientalista,
consideran que una de las principales causas de la deforestación de la
selva misionera se encuentra en el tipo de explotación que ellos mismos
realizan de los recursos, fundamentalmente aquella que deriva del cultivo
de tabaco, que implico que el periódico desmonte y el uso de agroquímicos.
Es precisamente en este punto donde se establece un vínculo entre la
búsqueda de un lugar en el territorio ambientalista y los reclamos por
inclusiones en el modelo productivo que se viene implantando en la
provincia. Los colonos canalizan en el reclamo de inclusión en el nuevo
territorio ambientalista sus reclamos productivos. Un viejo colono
emigrado del sur de la provincia manifiesta que: “…si a mi me diesen una
subvención o algo, yo dejo una parte del monte. Si el gobierno me paga el
valor de mil kilos de tabaco, un decir, y yo no tengo problemas
económicos, no le voy a tirar el monte y todavía le voy a plantar árboles
adentro. Únicamente así que la gente va a dejar de tumbar. Porque a mi me
gusta la plantita del monte, que vivan, me da lástima tumbar, pero no se
puede hacer otra cosa. Así como estamos, para mí es imposible, tengo que
seguir tumbando el monte”.
Es significativo que los reclamos por formar parte de “la ecología” se
vinculen a reclamos productivos y que ambos estén fundamentalmente
dirigidos al Estado provincial, no sólo en tanto es uno de los principales
gestores de las acciones conservacionistas, sino también en tanto,
históricamente ha sido uno de los más importantes referentes de los
colonos para formular sus demandas productivas.
Propuestas productivas alternativas
En la cosmografía ambientalista-colona, los colonos van construyendo un
territorio con características particulares. Tal territorio se vincula con
la aparición en la década de 1990 de diversas programas y agencias de
desarrollo rural que trabajan con pequeños y medianos productores, tales
como los programas gubernamentales: Programa Cambio Rural destinado a
productores medianos, y el Programa Social Agropecuario destinado a
pequeños productores, y las agencias no gubernamentales: INDES, Proyecto
Rural de la Pastoral Social de Iguazú. Las propuestas de estos agentes
coinciden en basarse en alternativas de desarrollo sustentable y
fundamentalmente agroecológico , que permitan la sostenibilidad de las
unidades productivas a largo plazo sin degradar los recursos naturales. La
acción de estas agencias constituye otro de los principales medios en que
se vehiculiza el discurso ambientalista hacia los productores.
A partir de la presencia de tales agencias de desarrollo, en el ámbito de
la colonia se tejen nuevas redes sociales y alianzas políticas que
posibilitan la apropiación y resignificación de las ideas ambientalistas y
particularmente agroecológicas. Para los productores, las propuestas
agroecológicas no sólo representan cambios productivos, promesas de un uso
sostenible de los recursos naturales, y una mejora en la calidad de vida.
También implican transformaciones en las relaciones personales y grupales
que trascienden las propuestas iniciales de las agencias de desarrollo.
Los proyectos agroecológicos establecen encuentros entre los reclamos
productivos de los pobladores y las consignas ambientalistas. Las
alternativas productivas agroecológicos en parte se hacen eco de las
necesidades y reclamos de los pobladores locales, a su vez que se mantiene
el interés por la conservación de la selva. Al incorporar tales
modalidades productivas, los colonos encuentran una nueva forma de
encauzar sus reclamos.
El discurso de la biodiversidad y las propuestas agroecológicas, toman
formas particulares y se encuentran en un permanente proceso de
construcción en cada una de las colonias. La intervención de los distintos
actores del frente ambientalista genera una problematización de la
relación entre los saberes sobre la naturaleza, las prácticas productivas
y las relaciones de poder en el ámbito local, así como la búsquedas de
nuevas legitimidades sobre el territorio.
En las alianzas que se establecen entre las agencias de desarrollo rural y
los colonos, los discursos agroecológicos circulan y son apropiados de
manera diferencial, según la posición de cada sujeto. Cuando los colonos
ingresan en la estructura de dichas agencias, se da una permanente
recreación de las prácticas y de las percepciones del medio y el espacio,
dando lugar a modalidades productivas híbridas donde se combinan las
técicas y cultivos “tradicionales” con las agroecológicas. En este
sentido, hablamos de un proceso de construcción social de la agroecología,
como un proceso activo y no acabado, en que el desarrollo agroecológico
adquiere nuevos significados y estaría fuertemente condicionado a la
interacción social de los actores participantes.
En otro trabajo (Ferrero, Jelonche; 2003) analizamos diversos casos en que
la incorporación que los productores hacen de las propuestas
agroecólogicas se desarrolla de forma paralela al interés por ocupar
lugares jerárquicos dentro de la estructura local de las instituciones.
Con esto podemos ver que los intereses y la adopción del discurso
agroecológico y sus prácticas se construye en el mismo proceso de
incorporación a la estructura local de las agencias de desarrollo. Por
tanto el lugar que cada productor vaya jugando dentro de esta estructura y
su trayectoria en las instituciones, irán vinculados a la incorporación
activa de las ideas agroecológicas.
Por otro lado, los sentidos que adquiere la agroecología en las colonias,
se construyen por mecanismos que van más allá de los planteos de las
instituciones portadoras de este discurso. Aunque la propuesta
agroecológica implican crear nuevas relaciones sociales no jerárquicas,
basadas en valores comunitarios como la solidaridad y la igualdad, la
dinámica de trabajo en la colonia deriva en otro tipo de relaciones, tales
como alianzas clientelares, contrarias a dichos objetivos. Dichas
alianzas, implican distinciones jerárquicas entre los individuos, en tanto
derivan en diferencias de estatus y acceso diferencial a los recursos (ver
Ferrero, Jelonche; 2003). Aunque que tales relaciones entran en
contradicción con los valores pretendidos por las instituciones, son estas
las que posibilitan que la propuesta “foránea” de la agroecología ingrese
a la colonia y ocupe un lugar en el mundo colono. A su vez, las propuestas
agroecologícas en cierto modo vinculan los reclamos productivos de la
población local, frente a la crisis de los cultivos industriales, y las
ideas ambientalistas.
Consideraciones finales
La expansión de una cosmografía ambientalista en el norte de Misiones
trasciende los objetivos de los agentes que conforman el frente
ambientalista. Las poblaciones rurales toman una actitud activa en este
proceso, resignificando las prácticas y las ideas ambientalistas, tanto
relativas a la creación de reservas naturales como a los programas de
desarrollo sustentable o agroecológico. El territorio ambientalista no se
constituye sólo desde los objetivos de los actores ambientalista, así como
la posición de los colonos no sólo implica amenazas de intrusión a la}s
Reservas Naturales o de realizar rozados clandestinos. También se
desarrollan estrategias de incorporación a la cosmografía ambientalista,
por ejemplo en el trabajo que muchos productores realizan con agencias de
desarrollo rural, incorporando así ideas y prácticas ambientalistas. Con
esto no sólo transforman sus chacras y su relación con el medio, sino que
también encuentran alternativas productivas.
El problema aquí tratado va más allá de un enfrentamiento entre
cosmografías diversas, por el contrario, hay apropiaciones permanentes de
elementos que trascienden los límites de las cosmografías. Así, al
interior de muchas colonias, los principales responsables por la difusión
e implementación de ideas y prácticas ambientalistas, son colonos
pertenecientes a las mismas comunidades. Con lo cual muchos productores no
sólo formarían parte de una cosmografía desarrollista y otra
ambientalista, sino que además contarían con una participación activa en
la expansión de la segunda.
El territorio ecologista se construye en una dinámica de conflicto entre
distintos intereses. Las posiciones ambientalistas se gestan tanto en los
centros de poder, en las reuniones ecologistas globales, o en las ciudades
-como sostendrían muchos colonos-, como en las periferias. En la selva
misionera la idea de “la ecología” funciona como herramienta política a
partir de la cual, por oposición, los colonos pretenden restarle
legitimidad a la intervención del Estado y las agencias que crean Reservas
Naturales. A su vez desde el concepto de “la ecología”, los mismos
pobladores también buscan construir una legitimidad propia sobre el mismo
espacio. Así los colonos incorporan los principios de la cosmografía
ambientalista en sus reclamos territoriales –y productivos-. Pero los
sentidos colonos de “la ecología” no se refieren sólo a cuestiones
relativas a la conservación del medio sino también a problemas
productivos. El reclamo por un lugar en “la ecología”, se liga
estrechamente a la necesidad de no dejar de formar parte del sector
productivo de la provincia y de detener el proceso de empobrecimiento y
marginalidad iniciado hace más de una década.
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